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1 ene 2011

EL NUEVO MARISCAL RADETZKY

Acabo de escuchar, queridos lectores de este blog, el concierto de año nuevo. Sabido es de sobras por todos vosotros que se cierra con dos bises obligados: el soberbio Danubio Azul de Johann Strauss (hijo), al que sigue la Marcha Radetzky, vibrante y enérgica composición de Johann Strauss (padre). Pese a lo que narraré, quiero que conste que ambas piezas me encantan. La primera quedará para siempre en mi memoria ligada a una de las más bellas escenas de 2001 una odisea espacial, la fascinante película de otro gran genio. Stanley Kubrick fabula allí sobre una historia (¿tutelada?) de la evolución humana valiéndose, entre otros recursos, de la música. Al máximo avance tecnológico concebido en su época, una estación en el espacio orbitando la Tierra, la hace bailar al compás ternario de aquel vals. Y cada escalón evolutivo queda subrayado por el do, sol, do inicial del Así habló Zaratustra, obra de Richard Strauss, homónima e inspirada en la literaria Nietschiana que establece la teoría del superhombre (Übermensch). ¿Casualidad? Antes de proseguir, me gustaría apostillar que cuando el Danubio se estrenó en la Exposición Universal de París de 1867, el éxito fue tal que a las pocas semanas ya se habían vendido en el mundo un millón de ejemplares de la partitura. A comienzos del XX, el certificado de defunción de los valses orquestales fue expedido por Maurice Ravel bajo el soporte de una nueva obra maestra, La Valse.

Pero no estamos en ese 2001 del film. Una década después de la fecha imaginada por Kubrick, en una alegoría que raya lo grotesco, la Marcha Radetzky parece imponerse sobre el Danubio Azul. Conviene recordar ahora a la figura histórica del mariscal Radetzky. En su biografía destacan hechos gloriosos en las guerras contra Napoleón y en las campañas italianas, contribuciones a teorías reformadoras del ejército, el mérito de ser la primera persona que redactó la receta de la Cotoletta alla milanesa, costillas de novillo empanadas, vamos, y el haber contribuido decisivamente a reprimir las revueltas populares que azotaron a la Europa de 1848. Esta última faceta fue la que entusiasmó a Strauss padre, hasta el punto de construir sobre el trotar del caballo del militar el tema musical de la marcha con que lo homenajea. Se da la paradoja de que Strauss hijo, en las antípodas ideológicas de su progenitor, llegó a participar en los disturbios de Viena, e incluso estuvo encarcelado por atreverse a interpretar en público La marsellesa.

No en vano París fue el ejemplo a seguir en el resto del continente. La crisis financiera de 1846, las malas cosechas, la depresión económica posterior y un tercio de la población sin empleo provocaron el levantamiento de los pequeños burgueses y los asalariados. Ese fue el origen de la Segunda República. Las mismas circunstancias se daban en Italia con el agravante de la división política del territorio. En Milán, los manifestantes lograron imponer al vice gobernador algunas de sus reivindicaciones, pero Radetzky se negó a acatarlas. El mariscal masacró a los insurrectos milaneses amenazando además con bombardear la ciudad. Tras sucesivas victorias y derrotas parciales, las tropas austriacas, auxiliadas de napolitanos y franceses aplastaron el movimiento.

Y hete aquí que uno se ve en el 2011. Con más concreción, en el uno de enero de 2011. ¿Hay crisis financiera, crisis energética, crisis educativa, crisis laboral? Pues más o menos como en 1848. Con esto en mente, os invito a imaginar, apreciados amigos, que ocupáis una de las butacas de la Wiener Musikverein, una de las mejores salas del mundo en sonoridad. El concierto toca a su fin. En la selección de este año se ha incluido una pieza de cierta altura de espíritu, el Mephisto-Walz de Franz Liszt, como contraste al repertorio habitual, rendido a la música fácil y ligera que apetece tras la resaca de una noche de festejos. Antes aludí a una alegoría, aquella en la que parece que se impone la Marcha Radetzky sobre el Danubio azul. Permitidme que la entrevere con el relato.

Sale el director al escenario entre aplausos. La interpretación del vals de Strauss hijo ya es historia. Imposible recuperarla del pasado. En nuestros bolsillos todavía queda confeti de la víspera. Pero es tan historia como el vals. Un zigzag de batuta pone en marcha al tambor. Cuatro compases de tutti. El director desdeña a la orquesta y se vuelve hacia el respetable pues los maestros pueden interpretar solos. Conocen su trabajo. Es el público el que necesita lecciones de solfeo. Clap, clap, clap, clap… Muy bien. Lo están haciendo ustedes muy bien. Clap, clap, clap. Así, con ritmo, todos al tiempo fuerte del binario. Clap, clap, clap. Oiga, que me duelen ya las manos. Clap, clap… Usted se calla y a dar palmas. Clap, clap, clap, clap. Pero es que esto es demasiado rígido, ¿no podríamos volver a la libertad de movimientos de un vals? Clap, clap, clap. No. Clap. Donde haya una marcha uniformadora pisando sobre la Tierra, clap, clap, que se quite la anarquía de un baile en los espacios siderales. Clap, clap, clap. ¿Y no le parece a usted, señor director, que nos suben demasiado los impuestos y las tasas? Clap, clap, clap. Que se calle le digo, clap, si subimos los impuestos y las tasas y los precios, clap, clap, es porque no hay más remedio. Clap, clap, clap… Bueno, clap, si usted lo dice, pero no creo que sea urgente lo de las pensiones, clap, clap, a fin de cuentas, se piensa en dentro de 30 años, clap, clap, ¿no sería mejor esperar a superar la cr…? Clap, clap. Coño, no me replique, clap, clap, usted se mantiene pendiente de mi batuta y del redoble y ya está, clap, clap, ¿no ve que si le pido sacrificios, clap, es por su propio bien? Clap, clap, clap… Además, yo soy un mandao, clap, yo hago lo que me ponen en esta partitura. Clap, clap… ¿Y lo de los sueldos, señor director?, clap, clap, ¿recuperaremos alguna vez lo que nos han bajado? Clap, clap. Naranjas de la China, clap, clap, eso no está en el pentagrama. Clap, clap, aplaudan, clap, clap, sigan con sus palmas, clap, todos juntos sin rechistar. Clap, clap, clap. ¿Y el empleo, señor director? Clap, clap. Chitón le digo, clap, clap, ¿no ve que lo estoy salvando?, clap, clap, ¿no ve que gracias a mi responsabilidad y a mi entrega al bien común y a tomar el toro por los cuernos, clap, clap, acabaré por salvarlos a usted y a todos? Clap, clap, clap, clap… Sigan, sigan así. No se me descantillen. Clap, clap, clap, clap… Y al primero que no palmee al compás, clap, clap, lo militarizo de verdad. Clap, clap, clap. Va a estar el menda palmeando la Marcha Radetzky hasta empalmar con el concierto del 2012. Clap, clap, clap…

No sé vosotros, estimados lectores, pero, visto así, yo prefiero el Danubio azul..., y el confeti.

5 jul 2010

Rafael Nadal, Campeón de Wimbledon

Ayer, nada más finalizar el partido Berdich-Nadal, mi familia y yo, provistos de 4 banderas españolas, dos con escudo constitucional, las restantes mostrando la silueta arrogante del toro de Osborne, nos lanzamos a la calle entusiasmados. Por fortuna, guardo en mi casa parte del instrumental de Takiraris, el grupo de música andina al que pertenezco desde su fundación. Así que, a falta de cornetas de plástico, me llevé un erke boliviano. Con tal aerófono también se propinan estridentes bocinazos. Mi mujer cogió el bombo legüero. Mis hijas, sendas carracas como las que se utilizan para marcar el ritmo en las morenadas de los carnavales de Oruro.

Pero…, Alberto, si no hay nadie celebrándolo: solo nosotros. Eso será, Charo, porque hemos salido de los primeros. Todavía habrá mucha gente esperando a que acabe la ceremonia. Hay quien disfruta viendo cómo el duque de Kent saluda a los recogepelotas y les gusta escuchar los discursos y eso… Seguro que, conforme nos acerquemos a la fuente de La Cibeles, nos iremos encontrando a una muchedumbre de festejantes.

Mas esa tarde de un domingo de julio mostraba el habitual aspecto que tienen las calles en las tardes de los domingos de julio: desérticas. Por un momento pensé que me equivocaba, que a esas horas todo quisque estaría en la piscina o en la siesta o, si acaso, refrescándose con el aire acondicionado de los grandes almacenes en rebajas. Las masas, contradiciendo mis predicciones, no aparecían por ninguna parte. Más aún, si nos adelantaba un coche, alguno de sus ocupantes sacaba medio cuerpo por la ventanilla para gritarnos una ocurrencia.

¿Pero qué hacéis? Si la roja ya eliminó ayer a Paraguay. Menuda panda de despistados.

No daba crédito a la situación. Porque acababa de producirse un evento deportivo de primera magnitud: el rey de la tierra batida conseguía alzarse por segunda vez con el triunfo nada menos que en la catedral de las pistas de hierba. El mayorquín, a quien el Estado no le sufraga ni un céntimo ni lo incentiva con primas ni le paga los viajes ni los hoteles ni los entrenadores ni los preparadores físicos, aumentaba su liderazgo en el ranking de modo que este no peligrará durante mucho tiempo. Otros compatriotas nuestros han ganado en Wimbledon. Sí. Y también han ocupado el número uno. Pero siempre de modo efímero. Por el contrario, hay Rafa para rato. Este Rafael Nadal, aunque solo represente a su país en la Davis, encarna el mascarón de proa del tenis nacional llevando a cualquier rincón del mundo el nombre de España. Aparte de excelente tenista, de esos pocos poquísimos que pasarán a la historia junto a los Borg, a los Sampras, a los McEnroe, a los Lendl, a los Agasi o a los Federer, Nadal se comporta con una enorme deportividad sobre las pistas y derrocha generosidad con sus rivales.

Y ya me disponía a regresar decepcionado a mi casa, cuando al entrar en la Gran Vía comenzaron a unírsenos grupos de fanáticos. A la altura de Fuencarral calculé que seríamos unos 700 ó 900. Al final de la gran avenida nos aguardaban decenas de miles de hinchas del tenis. En verdad que resultó muy apasionada la celebración. En medio de un estrépito de trompetas, silbatos y percusiones, se corearon los eslóganes de rigor.

VA-MOS, RAFA, VA-MOS, RAFA… I-LLA, I-LLA, ILLA…, RA-FA MA-RA-VI-LLA… I-LLA, I-LLA, ILLA…, RA-FA MA-RA-VI-LLA… QUÉ TEN-DRÁN, ESAS BOTE-LLITAS. QUÉ TEN-DRÁN, ESAS BOTE-LLITAS… SA-CAEL CAL-ZON-CILLO, BO-TA LA PE-LO-TA, Y TI-RA UN BUEN SER-VI-CIO. SA-CAEL CAL-ZON-CILLO, BO-TA LA PE-LO-TA, Y TI-RA UN BUEN SER-VI-CIO…

Las jóvenes llevaban felpas y muñequeras rojigualdas. Los muchachos se metieron en la fuente para lanzarnos agua con sus raquetas mojadas. La intensidad de los aplausos llegó a tal punto que se rompieron muchas de las esferas de los relojes de muñeca. Qué emocionante. Creedme, queridos lectores, si os digo que la alegría y el arrebato se instalaron unánimamente entre los centenares de miles de congregados.

Además, a la noche, la sección de deportes de los informativos se abrió con el evento tenístico al que me refiero. Esta vez no hubo que esperar a que los periodistas desglosaran hasta la más pequeña novedad sobre el fútbol. No hubo que esperar a que nos informasen acerca de la evolución de la lesión de rodilla del tío que plancha los banderines del córner del estadio de Los Pajaritos.

Qué alivio, ¿verdad?

21 jun 2010

Exótica mortaja

En varias ocasiones, no solo en este blog, sino en algunas de mis novelas, he manifestado el respeto que profeso por los muertos. A ellos no les queda otra oportunidad que la de perdurar en nuestra memoria. De ahí que se les deba cierta consideración, aunque solo sea por eso, por el hecho de estar muertos. En el spot que ahora escribo os narraré, queridos amigos, un episodio que ilustra esa especie de veneración que los humanos sentimos por los seres queridos que han fallecido.

Me enteré ayer, cuando mi esposa me relató lo que le habían contado un par de mujeres con las que coincidió en la playa. Eran hermanas. Una de ellas sufría una depresión nerviosa. La otra, aun manteniéndose al filo de enfermedad tan ingrata, sobrellevaba de mala manera la desgracia que les había caído a ambas. Al parecer, su madre les señalaba con frecuencia el armario de su dormitorio.

Niñas, acordaos de que ahí arriba, en el techo del ropero, hay una caja. Cuando me muera, enterradme vestida con lo que hay dentro. Ay, mamá, qué pesadita te pones con lo de la caja. Qué dramática…, mira que las cosas que nos dices. Y sí…, ya sabemos lo de la dichosa caja…, no nos lo repitas más, por favor.

Las madres suelen tomar esas determinaciones acerca de su propio entierro. La mía, por ejemplo, me recordaba cada dos por tres el cajón en el que guardaba la póliza y el último recibo de su seguro, así como el testamento vital por el que nos autorizaba a mis hermanos y a mí a suspender tratamientos médicos que dañaran su dignidad o prolongasen de manera inútil su agonía. Tampoco le hacimos mucho caso en eso. Hasta que llegó el momento, claro.

Como a estas dos señoras de las que hablo. Muerta la madre, procedieron a cumplir su voluntad. Subida a una silla, una de las hermanas rescató, tentando con la mano, la caja que reposaba encima de un ropero demasiado elevado para su estatura. Cuando la abrieron, las dolientes se quedaron perplejas. Dentro había un vestido de faralaes con todos sus complementos, peineta, flores, collar, zarcillos, pulseras, tacones…

Pero bueno…, ¿esto qué es? ¿Cómo es que a mamá se le ocurrió que la amortajáramos de flamenca? No me lo explico. Yo tampoco…, como no sea que…, sí, seguro que sí. Seguro que sí qué, suéltalo de una vez. Tranquila, hermana, ¿no te acuerdas de que mamá, cuando era joven, fue varias veces de romería al Rocío? Y hasta era cofrade de la Hermandad de Málaga. Bueno, puede que tengas razón. Aunque llevaba muchísimos años sin contacto con la Hermandad, a lo mejor seguía con su devoción por la Virgen del Rocío.

Y como a los muertos no se les discute, las hijas vencieron su inicial resistencia a usar una mortaja tan folclórica. Ahora bien, por lo que le dijeron a mi esposa, su trabajito les costó enfundarle el vestido de faralaes al cadáver. Por un lado, el rigor mortis no suponía precisamente una ayuda. Por otro, la madre ya no disponía del talle de sus años mozos. Los michelines se resistían a entrar en cintura, y aquí la expresión es literal. A empellones hubo que domeñar a las grasas sobrantes. Los brazos se negaban a avanzar por el interior de las mangas. Y por la espalda, la cremallera no corría, se atascaba, se hincaba en la epidermis pálida de la ex rociera. En cada esfuerzo, las costuras amenazaban con reventar. Tampoco fue nada facil calzarla. Aparte de que la madre parecía haber ganado dos números de pie desde su juventud, sus hijas renunciaron a cerrar las hebillas de unas correas incapaces de rodear los gruesos tobillos. Menos mal que aquel cuerpo ya no podía sentir dolor, porque las manipulaciones a las que lo sometieron rayaban la violencia de los combates de sumo japonés.

Las dos mujeres quedaron exánimes, tanto en lo físico como en lo anímico. Me lo imagino a la perfección. Cuánta pesadumbre la de pelear con el cadáver de una madre a fin de cumplir con su voluntad. El caso es que, después de aquel brete, que no deseo a nadie, el entierro se efectuó sin mayores percances.

Lo peor vino meses más tarde, cuando vendieron el piso de la difunta y hubo que desmantelarlo. Hete aquí que, en la tarea de desmontar el ropero, aparece una segunda caja, también sobre el techo del mueble, pero que se hallaba más cerca de la pared que la anterior. Normal que, sin subirse a una escalera, no lo hubiesen descubierto antes. Las hermanas abren esta nueva caja. Sorpresa morrocotuda. La caja contenía un hábito del Carmen. Estupor. Desconcierto. Pasmo. Remordimiento. Aflicción sin límites.

De inmediato comprendieron cuáles eran los anhelos de su madre para descansar en el féretro. Mucho más lógico utilizar como mortaja un hábito de devota de la Virgen del Carmen que no un festivo traje de gitana. Aquello sonaba a sarcasmo. Se les vino el alma a los pies. No era para menos pues lamentaban, no ya haber desatendido la voluntad de su madre, sino haberla enviado al cementerio ataviada de Isabel Pantoja y haciendo el ridídulo entre sus compañeros de nicho.

Y la cosa tiene mal arreglo. Por la cabeza de las hijas pasó la idea de la exhumación. Mas ¿quién es el valiente que se enfrasca en desnudar a un cadáver en pleno proceso de putrefacción? ¿Eh?, ¿quién es el valiente? ¿Y quién se atreve a apartar puñados de larvas para encontrar los botones? ¿Quién se arriesga a tirar de una manga y quedarse con una mano gelatinosa y fétida?

No. Reconozco que la cosa tiene mal arreglo. De ahí una depresión nerviosa tan bien fundamentada.

A mí me habría sucedido igual. Qué queréis que os diga.

3 jun 2010

Ulpiano Serrano Varesse

Hoy os quiero hablar, queridos lectores de este blog, de un personaje que, pese a cierta peripecia muy interesante de su biografía, no ha ocupado ningún lugar en la historia de la ciencia. Se trata de Ulpiano Serrano Varesse. Su primer apellido coincide con uno de los míos pues pertenece a una rama de mi familia materna. Sin embargo, aunque sé de él por referencias de mi tía, ha sido ahora cuando me he ocupado de su persona.

Y es que un compañero de la Universidad, sabedor de mis aficiones astronómicas, me pidió que pusiese un poco de orden en algunos de los papeles antiguos de la Sociedad Malagueña de Ciencias, cuyo archivo histórico quiere rescatar del polvo de los estantes para digitalizarlos y ofrecerlos al público a través de Internet. Este amigo al que me refiero había encontrado una serie de hojas sueltas, bastantes con tachaduras, otras rotas o arrugadas, las más entreveradas de gráficos, pero todas ellas ininteligibles y firmadas por Ulpiano Serrano Varesse. Acepté encantado el trabajo de examinar aquel material, en apariencia elaborado por un demente. Al menos esa era la impresión que le causó al archivero en un principio. Sin embargo, me despojé de cualquier prejuicio pues recordé las anécdotas que mi tía solía contar de su tío abuelo Ulpiano. Por lo visto, Ulpiano fue un excelente matemático. Estudió en Salamanca, Coimbra y la Sorbona. Mi tía no recordaba los nombres de sus maestros, pero supuse que algún contacto hubo de tener con el gran astrónomo francés Camille Flammarion, ya que hallé numerosas referencias a este científico en los escritos de Ulpiano.

Después de unos días encerrado en mi casa, obsesionado como llegué a estar con la lectura y transcripción del manuscrito de mi antepasado, quedé convencido por completo de que Ulpiano había participado en el Premio Guzman. ¿Y qué es el Premio Guzman? Ahora mismo os lo explico.

Hoy en día estamos razonablemente seguros de que no hay vida inteligente en nuestro cosmos cercano. (A veces incluso se duda de que haya vida inteligente en la Tierra.) Pero en el siglo XIX la situación era bien distinta. Tras descubrir que la Luna, Marte, Venus y el resto de planetas eran mundos esféricos que, al igual que el nuestro, giraban en torno al Sol obedeciendo a las mismas leyes físicas, ¿por qué no imaginar la existencia de otras civilizaciones que viajan a bordo de aquellos cuerpos tan similares? Por supuesto que se consideraba muy lógica la idea. De hecho, incluso mentes admiradas por su rigor y su genio concibieron procedimientos para transmitirles a aquellos seres algo así como “eh, estamos aquí”. El mismísimo Carl F. Gauss, por ejemplo, propuso plantar árboles de gran copa en largas hileras de centenares de quilómetros de longitud. El plantío resultante reproduciría el enunciado del teorema de pitágoras: un triángulo rectángulo en el que la hipotenusa y los catetos sirvieran de base a sendos cuadrados. Contemplado desde el espacio, aquel esquema arbóreo delataría la presencia de la humanidad. También ideó un sistema de espejos que recolectara la suficiente luz solar como para enviarla a la Luna a modo de heliógrafo interplanetario. No abundaré aquí sobre el particular. Baste decir que un buen número de científicos invirtieron tiempo de sus investigaciones en planificar métodos para contactar con inteligencia extraterrestre. Sobre todo a raíz de que Flammarion, en 1891, convocase el premio Guzman dotado con 100.000 francos. Para ganarlo era preciso acreditar, en el plazo de 10 años, que se había logrado comunicar con habitantes de otro planeta, y que se había recibido respuesta.

Pues bien, mi antepasado Ulpiano Serrano Varesse fue uno de quienes concurrieron al Premio Guzman. Esa era la única conclusión posible que justificara, no solo el esquema y desarrollo de los textos encontrados en la Sociedad Malagueña de Ciencias, sino algunas de la excentricidades narradas por mi tía. Ella contaba que Ulpiano se encastilló durante una larga temporada en unos terrenos de secano que la familia poseía entonces en los páramos de Zafarraya. En una casa de labor aneja al cortijo, el matemático instaló una estructura de gran tamaño a la que mi tía se refería como un paraguas plateado y gigante. Una parabólica, sin duda, ya que el techo de aquella nave era corredizo. En su relato también aparece una línea eléctrica que, proveniente del salto de agua de un arroyo, conectaba primero con una especie de depósito de agua de forma cilíndrica, y luego proseguía hasta el paraguas plateado. Todo esto concordaba con los gráficos y cálculos que se han conservado en el archivo de la SMC. Y si a mi tía, cuando era niña, le tenían terminantemente prohibido acercarse a lo que ella llamaba un depósito de agua, es porque, en realidad, se trataba de un condensador con una burrada de faradios de capacidad. El método no debió de ser otro que el de, una vez orientada la parábola hacia su objetivo, provocar chispas eléctricas en el foco a fin de enviar un haz de fotones adonde se apuntase. Efectuada la transmisión, Ulpiano esperaría una respuesta con el ojo pegado al ocular de su telescopio.

Por cierto, aquel telescopio, un refractor de 150mm de abertura y 1.5m de distancia focal provisto de una aparatosa montura ecuatorial alemana, lo doné al Centro de Ciencia Principia cuando hubo que desprenderse de la finca para repartir la herencia. Mis hermanos y primos no pusieron inconvenientes en ello pues aquel armatoste, lentes arañadas, mecanismos atascados, engranajes rotos, no poseía ya otra utilidad que la de venta al peso del hierro o pieza de museo. Y siempre más digno para un instrumento científico acabar como pieza de museo que degradarlo como chatarra.

Pero me estoy yendo por las ramas. Os contaba, queridos amigos, que estudié a fondo los papeles de Ulpiano Serrano. (De hecho, ultimo una edición facsímil que, acompañada de mis transcripciones e interpretaciones, se publicará este otoño en la editorial Nivola.) Había en ellos muy poca literatura. Casi todo eran números, fórmulas, ecuaciones. Supe de los planetas con los que intentó contactar gracias a que allí se reflejaban sus coordenadas celestes. Bueno, con más concreción, las coordenadas que tenían los planetas en las fechas en las que Ulpiano realizó sus experimentos, y que confirmé con mis propios cálculos. Puedo aseverar que se mandaron mensajes a la Luna, a Venus, a Mercurio y a Ceres. Sí, al asteroide Ceres. Qué curioso, ¿verdad? ¿Por qué a Ceres sí, y a Marte no? Cualquiera pensaría en Marte, digo yo… Porque a fines del XIX ya se había despertado una primera alerta marciana a partir de los canalli que aseguraba ver Schiaparelli. Quizá por eso mi antepasado pensó en centrarse en otros mundos en los que no escudriñaran sus competidores.

¿Qué era lo que transmitía a través de la parabólica? Números. Transmitía series de fogonazos cortos terminados en un fogonazo largo, o sea, como los puntos y rayas del morse, salvo que la raya no tenía para él más función que la separadora entre dos cifras. Y lo que enviaba eran series numéricas, la serie de los primeros cuadrados (1, 4, 9, 16, 25), la de los primeros cubos (1, 8, 27, 64, 125), la de los primeros números primos (1, 2, 3, 5, 7, 11), la sucesión de Fibonacci (1, 1, 2, 3, 5, 8, 13)… Es decir, series numéricas que pudiesen ser descartadas como de origen natural o aleatorio por una inteligencia extraterrestre.

A estas alturas de mi narración, os preguntaréis si Ulpiano Serrano recibió respuesta del cosmos alguna vez. Por desgracia, no estoy en condiciones de asegurar nada. Lo único cierto es que no ganó el Premio Guzman, que, dicho sea de paso, quedó desierto. Pero en la última de las hojas que examiné, la correspondiente a una de las comunicaciones (¿fallidas?) con Venus, se leen unas series numéricas que a mí, hasta ahora, no me sugieren ningún patrón. Y esta serie numérica la escribió en la columna de las observaciones, y no en la de las transmisiones. Muy posiblemente se trate de destellos que Ulpiano detectó provenir de Venus. Eso no es extraño. Se han visto muchos de ellos: caída de meteoritos, relámpagos causados por las tormentas eléctricas del planeta… Lo que sí me escamó fue la cantidad registrada de destellos tan consecutivos. Y también es raro que mi antepasado, según relata mi tía, desapareció una noche sin que se supiera más de él. Ni siquiera hay una tumba suya en ningún cementerio. Tampoco conozco con exactitud la fecha de su volatilización, por si esta coincidiese con la de la misteriosa observación de Venus.

¿Qué pudo descifrar mi antepasado en esa serie extraña de números, quién sabe si real o imaginada, que aún no atino a descubrir? Espero tenerlo solucionado para cuando se publique el libro.

17 abr 2010

Siluetas en El Torcal

No creo haberos contado nunca que practico la ecolocación. Para quien no lo sepa, el término fue creado en 1938 por Donald Griffin a fin de describir la habilidad de los murciélagos consistente en crear imágenes mentales de su entorno utilizando el efecto sónar. La misma característica se descubrió más tarde en ciertos cetáceos, quienes generan en su cavidad nasal trenes de chasquidos cuyos rebotes en los objetos que les rodean les permiten orientarse. El fenómeno no sería posible de no escuchar en estéreo, pues a cada uno de los oídos llega el eco con diferente intensidad o timbre. Hace años me enteré de que un chiflado afirmaba haber adquirido el sentido de la ecolocación a base de mucha práctica y mucho ensayo. De inmediato me pareció aquella una más de las trolas con que la gente anhela saltar a la fama o ganarse unos eurillos. Vosotros, amables internautas, conocéis a través de las entradas de este blog mi habitual escepticismo, pues soy hombre de ciencia. Así que decidí utilizar el método introspectivo para dilucidar si este asunto de la ecolocación humana era o no una patraña.

Con buena lógica, elegí los clics palatales como sonido con el que entrenar a mi cerebro pues se parecen bastante a los que emiten los delfines. Más adelante supe que las pocas personas que se han instruido en la ecolocación hacen lo mismo: chasquear con la lengua contra el paladar, o sea, imitar la onomatopeya que suele interpretarse como reprobación o reclamo de silencio. Con los ojos fuertemente vendados, avanzaba y retrocedía por el pasillo de mi casa produciendo series de clics palatales, ora más cortas, ora más largas, estas más rápidas, aquellas más lentas, cambiando en intensidad... Al principio me sentí ridículo viéndome enfrascado en semejante estupidez, pero si aquel individuo declaró que le éxito le costó meses, no iba yo a abandonar al primer intento. Me propuse entonces realizar ese absurdo recorrido de gallinita ciega todos los días durante media hora. Al cabo de una semana o diez días, fue en una de las evoluciones, a mi juicio aún inútiles, cuando me quedé paralizado por la sorpresa: noté a mi derecha el vano de la puerta del cuarto de baño. Difícil describir el hormigueo de mis emociones ya que se trataba de una sensación por completo nueva para mí. Al oír mis propios paquetes de chasquidos, en mi mente se formaba la impresión verídica de que a mi izquierda ya no se hallaba la pared del corredor, sino un hueco con una reververancia más lejana. Curiosísimo, de verdad. No os miento si os asevero que mi corazón pegó una extrasístole con esa percepción inédita, parecida a un presagio, e imposible de expresar con palabras.

No os cansaré, estimados lectores, con el proceso posterior de mi entrenamiento. A los efectos de lo que os contaré a continuación, os bastará con saber que domino ahora una técnica según la cual, tras unos 15 ó 20 clics palatales, obtengo una especie de imagen a grosso modo de lo que hay a mi alrededor. No con demasiada resolución, lo admito, aunque sí hasta el detalle de distinguir (o mejor, presentir) formas y objetos del tamaño de un cenicero.

Pues bien, tras estos imprescindibles precedentes, ahora viene la inquietante historia que os deseo relatar. Sucedió el sábado pasado en el Torcal de Antequera, un exuberante paraje natural famoso por la fantástica acción que los meteoros han realizado en la roca rebelde. No creo que haya un solo libro de geología general en el que no se mencione al Torcal como prototipo de erosión kárstica. Arriba, en la meseta, a 1060 metros de altitud, la Junta de Andalucía ha construido un centro de acogida para visitantes y el edificio que deberá albergar al futuro observatorio astronómico. Con la débil esperanza de encontrar cielos despejados, unos cuantos amigos acompañamos a Francisco, el flamante Director del observatorio. Bien pronto nos convencimos de lo inútil de montar los telescopios pues, nada más salir de la comarcal y comenzar la ascensión por la carretera de montaña, la furgoneta se sumergió en una niebla que se espesaba quilómetro a quilómetro. Viajábamos en el vehículo Francisco, Eduardo, Valentín y yo. Por detrás nos seguía Carlos en su BMW.

¿No hemos llegado?, porque ni siquiera se ve el observatorio. Claro que hemos llegado, circulamos por el aparcamiento, la cúpula debería de estar ahí.

Mas no la distinguimos hasta llegar a su misma base. Al apearnos, nos reímos un momento con la situación. Vaya una noche de perros la que habíamos escogido para mirar las estrellas. No obstante, había otras cosas en las que entretenerse. Francisco descargó más mobiliario con el que acondicionar una instalación que le entregaron vacía. Luego subimos a la cúpula. Alrededor de una hora invertimos en examinar las causas por las que los motores no terminaban de hacer su trabajo y en pensar soluciones para remediarlo. También hablamos de otros futuribles, que si cómo subir el reflector hasta lo alto, que si podrían fijarse 2 ó 3 columnas en la terraza sobre las que colocar sendas monturas, que si hay que tapar com gomaespuma el hueco entre el pilar maestro y el suelo de la cúpula para que el aire caliente de la sala de abajo no provoque turbulencias, que si se precisan deshumidificadores a mansalva...

Por fortuna, Francisco ya había llevado mesas, sillas, una radio con la que Carlos siguió el Madrid-Barcelona, y un microondas que nos proporcionó palomitas de maíz y té caliente. Disfrutamos de un rato de conversación muy agradable mientras cenábamos. Carlos se marchó en el descanso del partido, ya que perdió el interés con el gol de Messi. Los demás dijimos de quedarnos hasta terminar los víveres y bebidas. Eso sí, como el agua corriente la cortaban a las 22:00, aquel de nosotros que necesitaba orinar debía salir al campo a fin de no ensuciar el cuarto de baño. Cada vez que se abría la puerta impresionaba el telón albino de la niebla dibujado en el vano como un cuadro minimalista. Aunque nos lo tomábamos a guasa, innegable que en algo nos perturbaba la contemplación de aquella persiana de vapor de agua, una cortina uniforme y opaca, casi con vida propia, iluminada por los fluorescentes de la habitación. Creedme si os digo que más allá del umbral no se vislumbraban más de 10 centímetros de baldosas. Y si alguien, armado de una linterna, se internaba en las tinieblas, volvía a los pocos minutos exteriorizando su temor, aunque todavía medio en serio, medio en broma.

Porque no me imaginaba lo que había ahí afuera, Francisco, que, si no, me subo a la cúpula y meo en el platillo de la terraza. ¿Pero qué hay ahí afuera, Eduardo? Nada, Francisco, nada de nada, esa es la cuestión: que no hay nada: qué miedo, joder. ¿Miedo tú?, ja, ja, ja... Hombre, pues claro que sí, como para no tenerlo..., si es que te ves en medio de la nada. Y, además, se oyen unos ruiditos por aquí y por allá..., y tú sin saber de qué se trata ni poder moverte mientras no acabes... En la próxima, Alberto, me acompañas tú dando chasquidos con la lengua: así por lo menos estoy seguro de que no me estampo contra una piedra. Sí, claro, Eduardo, como que vamos a ir a mear de dos en dos, como las mujeres en los bares..., ja, ja...

Aquellas declaraciones nos provocaban más hilaridad que otra cosa. A mí, en particular, me divertían. Y no os extrañe que mis amigos supieran de mi habilidad para la ecolocación ya que han comprobado en numerosas ocasiones que no me quedo con ellos. A bien que no habremos pasado noches sin Luna, al raso y sin una sola luz encendida para no interferir en las observaciones astronómicas... Pero hube de cambiar de actitud cuando me tocó el turno a mí.

Confiado en mis clics palatales, clic, clic-clic, descendí por la rampa hacia el aparcamiento, clic-clic, clic. Percibí un bolardo de unos 3 palmos que esquivé sin titubear. Clic. Luego tuve el pálpito del bordillo de un escalón perpendicular a mi trayectoria, clic-clic. A mi derecha, clic-clic, adiviné la chapa de la furgoneta de Francis, clic, y más allá presentí las siluetas caprichosas y de timbre metálico de las rocas y el eco sordo de unas matas bravías. Aquí mismo. Para qué alejarse más, ¿no? Puesto de cara al observatorio, ver, lo que es ver, no se veía sino el rectángulo de luz de la puerta abierta flotando en la negrura. Creedme si os digo, queridos lectores, que aparte de esa especie de faro marítimo las sombras comenzaban a una cuarta de tu nariz. Daba la total impresión de que te hallabas en el espacio intergaláctico, envuelto en el misterioso manto de la energía oscura, a millones de pársecs de cualquier astro. Tranquilo, Alberto, no pasa nada ya que, como decía Eduardo, no hay nada ni nadie. Y el caso es que sí se escuchan ruiditos. ¿Crujir de ramas? A lo mejor. ¿Una alimaña? ¿Una perdiz? ¿Un conejo? Menos mal que ya has terminado. Regresa, porque lo del miedo de Eduardo no era tontería. Clic, clic-clic...

Alberto, qué te pasa, por qué vienes corriendo..., ¿y esa cara?, si parece que te has topado con un zombi... No sé si era un zombi, Valentín, pero sí que tenía forma humana: he tenido la corazonada de que me seguía una cabeza sobre un tronco con dos brazos: por la parte de abajo apenas si he detectado un apoyo irregular, como si las dos piernas las tuviera unidas en una. Y viene hacia aquí, ¿eh?: clic, clic-clic: rápido, lo mejor que podemos hacer es recoger los bártulos y tomar las de Villadiego.

Mis compañeros, que me conocen bien, supieron de inmediato que lo mío no era cachondeo, que si les aseguré que había una forma humana deambulando ahí afuera, entonces es que ahí afuera había una forma humana acercándose al observatorio. Echada la llave, los cuatro avanzamos juntos hacia el aparcamiento. Clic, clic-clic. Cuidado, Francisco, esa cosa la tienes justo delante, párate. El farol no alumbraba más que a Francisco y a Valentín en el eje de un ridículo cilindro de niebla, cli-clic, mas ambos supieron que no les mentía porque los puñeteros ruiditos procedían del punto exacto al que yo les señalaba. Clic. No sé si ellos también experimentaron un escalofrío ni si se les aceleró el ritmo cardiaco como a mí, clic-clic, pero retrocedieron hasta que todos nos reunimos en una piña. Clic. Aquí, tiremos por este lado, clic-clic, que se aproxima, venga ya. Los gritos se sucedieron impidiéndome en ese ataque colectivo de histeria el percibir con claridad mis chasquidos de lengua. Clic, clic-clic. Me cagüendiez, ¿pero dónde está la puta furgoneta de los cojones? Clic, ya llegamos, clic-clic. Nos sumió un terror unánime, clic, clic-clic, no recuerdo haber sufrido jamás aquel temor primario a lo desconocido. Clic. Venga, no nos entretengamos. Las mochilas al asiento trasero y todos dentro.

El parabrisas parecía la pantalla de una televisión sin sintonizar. Cuando Francisco activó el desempañador nos dimos cuenta de que no se trataba de vaho, sino de la nube en que estábamos inmersos. Clic, clic-clic. Francisco, por el amor de Dios, arranca de una vez, que lo tenemos ahí en la puerta, clic-clic... Presiento a esa cosa ahí,clic, a menos de un metro, clic-clic.

Ya os podéis figurar, apreciados amigos, el alivio que nos supuso alejarnos del observatorio y culebrear por la carretera hasta que, 15 quilómetros más abajo, recuperamos la visibilidad. Paramos en uno de los pubs de Villanueva de la Concepción. Allí sentados, cada cual frente a su bebida, charlamos de todo menos de lo que acabábamos de vivir, como si no nos creyéramos el episodio que nos había sucedido.

Hasta el día de hoy, todavía seguimos en la misma actitud.

28 feb 2010

Qué crisis ni crisis...

Oye, Edin, ¿te has quedado con la cara de este hombre que acaba de salir?, porque va a ser tu próximo trabajo. Se llama Inocencio García. Pero esta vez te daré instrucciones especiales, ¿vale?, que se trata de un antiguo compañero de estudios. Pobre Inocencio… Bueno…, Inocencio…, en la Facultad lo conocíamos por Chencho. Hasta me ha dado un poco de lástima este Chencho. Fíjate, Edin, para que luego vayan por ahí diciendo que no tengo corazón. Ahora bien, una cosa son los sentimentalismos, y otra muy distinta, los negocios. Porque no deja de asombrarme que de 5 años para acá hayamos coincidido Chencho y yo nada menos que en 3 negocios. Y antes de eso no nos veíamos desde que abandoné la carrera de Económicas. ¿Fue en el tercer curso o en segundo? Bueno, ya no me acuerdo.

El caso es, Edin, que Chencho no iba nada mal en económicas. No se contaba entre los más brillantes de la promoción, pero aprobaba casi todas las asignaturas en junio y con algún que otro notable salpicado en su expediente. Admito que me alegré bastante cuando lo vi entrar en mi agencia inmobiliaria, la que yo regentaba allá por el 2005.

Coño, Pedro, qué sorpresa, joder, quien menos me esperaba encontrarme aquí. Hombre, Chencho, me cago en la puta…, cuánto tiempo, siéntate, por favor, y cuéntame, qué es de tu vida. Pues mira, Pedro no me va nada mal: entre un economista, un graduado social y yo montamos una asesoría de empresas. Por el momento, cruzaré los dedos, acuden los clientes. ¿Y tú, Pedro?, ¿trabajas aquí? ¿Trabajar aquí?, pues claro, Chencho, si soy el dueño, y querrás que te busque una vivienda, ¿no?, vamos primero a ese asunto, y luego nos tomamos unas cervezas en el bar de al lado.

Le vendí un chalecito en esa promoción de la zona norte que me dejó tan buenos dividendos. Y que sepas, Edin, que no me resultó nada fácil convencer a Chencho. Qué asustón se mostraba con eso de embarcarse en una hipoteca que se llevaría más de la mitad de lo que él facturaba con su asesoría. Pero al final, acuérdate, en aquella época picaba todo el mundo, que si el ladrillo era la mejor inversión de futuro, que ese es un dinero que se revaloriza sin parar, que si los tipos no hacen más que bajar, que si se prevé un euríbor bajísimo en pocos meses, que si siempre se cuenta con la opción de renovar el préstamo a un plazo mayor o, en el peor de los casos, se vende sin problemas, que si el mercado está muy activo… En fin, lo de costumbre.

Pero a finales del 2008 me enteré de que lo estaba afectando la crisis. La mayor parte de su clientela había echado el cierre y despedido a sus obreros, lo que le supuso a su actividad una merma importante de ingresos. De hecho sus socios, intuyendo el desastre, se buscaron las habichuelas por otro lado. Según me contó, el graduado social se preparaba unas oposiciones a no sé qué, Secretario de Ayuntamiento o algo así, y el economista consiguió nómina fija en una compañia de seguros. Eso sí que es gente con vista y no el pobre Chencho. Yo mismo, Edin, previendo la nueva situación, me deshice de la inmobiliaria para montar la agencia de reunificación de deudas con la que me fue de perlas. Porque lo que es a mí, desde luego, la crisis me ha venido de perlas. Qué crisis ni crisis. Si es lo que yo siempre digo, que hay que estar al loro, que hay que verlas venir, que la selección natural de la era moderna consiste en eso, en bandearlas, en el quiebro, en el sálvese quien pueda, etcétera, etcétera…

Por eso supe otra vez de él, porque vino a mí apurado por la hipoteca y por el crédito con el que acondicionó el despacho. Y es que Chencho persistía en el convencimiento de que su despacho tenía futuro. Seguiría intentándolo él solo. Desaparecidos sus dos socios, se repartieron el haber en 3 partes, pero él se hizo cargo de todo el debe. Qué infeliz. Eso sí, le conseguí un nuevo crédito con el que también liquidó los plazos del coche y los de la cocina y los muebles y esas cosas. A mí me pareció una locura, pero pensé que allá él. Por supuesto que yo, en su lugar, habría cambiado de tercio. Sin ir más lejos, en cuanto comenzaron los bancos a cerrar el grifo, me puse a pensar en el mejor recambio para la agencia de reunificación de préstamos. Por eso monté este negocio de cobro de deudas.

Y mira por dónde, Edin, de nuevo ha venido hoy a tratar conmigo. Me lo temía. En cuanto vi su nombre entre los mororos a los que les envío el cobrador del turbante, supe que entraría por esa puerta pidiéndome piedad. Confieso que me han conmovido sus lloriqueos, aunque sean los mismos que me sueltan todos: que si solo está pasando un bache, que si tiene en perspectiva un importante cliente que lo sacará del apuro, que si hiciera la gracia de ampliarle algún plazo, un par de meses, uno, al menos… Me ha dado lástima. Ya te lo dije antes, Edin, que aquí dentro del pecho también tengo corazón. Pero el acreedor es quien nos paga y quien nos ha solicitado el servicio. Nosotros nos debemos siempre al acreedor y no al moroso, por muy amigo de uno que este sea.

Así que, ya lo sabes, Edin, este es tu próximo trabajito: Inocencio García. Toma su dirección y la de su oficina. Hazlo esta noche. Eso sí, teniendo en cuenta que se trata de un ex compañero de carrera, no le rompas las 2 piernas. Con una es suficiente. Hazme ese favor, Edin, solo una pierna. Y sé rápido. Que no sufra.

Pobre Chencho. Qué lástima me da que no haya sabido adaptarse a la crisis.

21 feb 2010

Oiga, ¿Es ahí la Paz? Aquí Gila

Nunca he sido amigo de que los proyectos educativos se cambien a la par que los gobiernos, y apenas si duren lo que una o dos legislaturas. Mi larga experiencia como alumno y como profesor me ha llevado a concluir que, desde la implantación de un plan de estudios hasta que este acaba por funcionar han transcurrido 15 ó 20 años. Y 20 mejor que 15. Sin embargo, cuando se empezó a hablar de la última reforma, esta que sustituirá por grados y másteres lo que antes eran licenciaturas e ingenierías, se planteó una medida que me resultó muy apropiada. Me refiero a la confección de un catálogo de titulaciones que pusiera un poco de orden en el crecimiento absurdo del número de títulos. Porque se había llegado al punto de que se estaban convirtiendo en nuevas titulaciones lo que, con buen juicio, consistirían en simples especialidades de otras ya existentes, o meras ampliaciones de enseñanzas más cercanas a la formación profesional que a la universitaria. Como suele acontecer, aquello de un catálogo de titulaciones tirando a parco se fastidió. Si se anunciaba que se iba a suprimir tal titulación, las protestas de los colectivos implicados impelían al legislador a dar marcha atrás. ¿Resultado? Ahora hay más titulaciones que antes. Es de una de ellas, queridos amigos, de la que os quiero hablar en este post.

Se trata del Máster Interuniversitario en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos humanos. Sí, sí, habéis leído bien: 11 palabras. Añoro la época en la que con 3 ó 4 era más que suficiente: Licenciado en Física, Doctor en Filología Española, Ingeniero Industrial… Cuando escuché la noticia de que habían echado atrás ese Máster en la primera convocatoria, pero que la Junta de Andalucía había terminado por aprobarlo, lo busqué en Internet. Me picaba la curiosidad. ¿En qué consistirá ese título tan sonoro? ¿Qué puñetas se estudiará allí? ¿A quién se le habrá ocurrido que el pacifismo sea objeto de aprendizaje universitario? Porque yo creía que el pacifismo es una opción personal, una cuestión ética, si queréis, pero no algo en lo que haya que entrenarse mediante la memorización de libros, realización de prácticas o consultas bibliográficas. ¿Será que existe un proceso de aprendizaje tras el cual salen pacifistas quienes se someten a él? ¿Acaso este máster logra formar a mediadores especializados en evitar las guerras?

Cuando quise consultar el profesorado que se encargaría de la docencia, en lugar de un puñado de nombres, tuve que girar la ruedecilla del ratón para completar varias pantallas llenas de expertos. Con claustro tan nutrido y por mucha matrícula que se prevea, seguro que cabrán a 15 ó 20 profesores por alumno. Otra sorpresa me llevé al leer los objetivos del máster:

Su objetivo fundamental es la formación de estudiantes cualificados para el análisis y comprensión de las realidades presentes y la construcción de futuros pacíficos, dotándoles de recursos intelectuales competentes para asesorar en las materias objeto de estudio, a aquellas instituciones y organizaciones que lo demanden.

Toma ya. Ay, si Gila aún viviera entre nosotros... Qué gran sketch compondría con ello... Me imagino al inmortal humorista en el escenario, con el teléfono a su derecha y caracterizado de presidente de un gobierno cualquiera.

Qué lata de guerra, ¿verdad? Estoy ya tan harto de la guerra como de las misiones humanitarias. Y es que se me va medio presupuesto del Estado en tanques y en tiritas. De hoy no pasa que acabe con la guerra. Así que ahora mismito busco en las páginas amarillas algún titulado en Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos humanos. A ver..., anda, en el barrio solo hay 3. De este tal Adolfo Matamoros no me fío ni un pelo. Y no lo digo por Matamoros, sino por Adolfo, porque hubo un Adolfo que la lio buena en el siglo XX. ¿Y este?, Napoleón Bailén Arapiles. Menos. Ah, este creo que servirá: Cándido Banderas Blanco. Lo telefoneo de inmediato.

Oiga, ¿es usted el Máster en Cultura de Paz? Sí, señor, Cándido Banderas Blanco para servirle, ¿qué desea? Pues verá, Cándido, soy el Presidente, y es que tengo un engorro de guerra que me quiero quitar de encima de una vez, que entre tanto funeral y tanto parte y tanta reunión con los generales, que no se puede usted imaginar lo pesaditos que se me ponen los generales, pues no doy abasto. Ah, no hay problema, Presidente, ha llamado usted a un experto, ya he perdido la cuenta de las guerras en las que he mediado. Si quiere, le remito mi currículum por e-mail. No, no hace falta, Cándido, me corre prisa el asunto. Si es así, Presidente, ¿para cuándo quiere usted que intervenga? Pues lo antes posible, Cándido. A ver si puede ser antes de que acabe esta semana, porque la próxima tengo un viaje oficial a Poligonia. Bueno, Presidente, déjeme que consulte mi agenda..., el jueves y el viernes ya los tengo comprometidos con otras guerras, ¿le viene bien el miércoles, por ejemplo? Vale, el miércoles mismo, pero a ver si puede ser por la mañana, que por la tarde tengo que inaugurar un parque eólico. Ah, y mándeme primero un presupuesto, por favor, no se me vaya a poner el asunto en un pico, porque con la dichosa guerra se me ha ido ya un dineral. Contenta tengo a la Ministra de Hacienda... ¿Cobra usted muy caro, Cándido? No, qué va, ya lo comprobará: facturo un fijo por guerra y un tanto por muerto que se lleve contabilizado. Además, las víctimas civiles se las cobro a mitad de precio que las víctimas militares. Y por los prisioneros no se preocupe, que los tengo en oferta: ha tenido usted suerte, Presidente, hasta fin de mes no cobro por prisioneros. Una bicoca, se lo aseguro, y no como otros Másteres en Cultura de Paz que son unos abusones. No, si me fío de usted, Cándido, pero..., una última cosa, ¿y la garantía? Pues tiene usted dos años de garantía, Presidente. Si su guerra se reactiva antes de 2 años, le devolvemos el dinero.

Visto así, queridos amigos, quizás el Máster en Cultura de Paz se postule como una profesión con futuro.

8 ene 2010

El Secreto comercial de McDonald's

No me lo podía creer hasta que no lo comprobé esta mañana. Ya sabéis, queridos lectores de este blog, que no suelo bromear con los sucesos extraordinarios. Y este que me propongo narraros, es extraordinariamente extraordinario. Ahora me explico el empeño que puso el gerente, o el representante o el abogado, ya no recuerdo con exactitud lo que era, de la multinacional McDonald's para radicar una sucursal de la famosa hamburguesería en los bajos del bloque de pisos en el que viví hasta finales del XX. Quienes conozcáis Málaga sabréis a cuál me refiero: al que se halla en una de las esquinas de la plaza de la Solidaridad, justo a mitad de camino entre los centros comerciales Larios y Vialia.

En aquel entonces, los vecinos creíamos que McDonald's había elegido nuestro edificio por lo estratégico de su ubicación, justo entre dos grandes complejos de ocio. Sin embargo, sus técnicos no contaron con que a nosotros no nos hacía la menor gracia que instalasen sus tremendos aparatos de aire acondicionado en la planta diáfana en la que jugaban nuestros hijos y, encima, la agujereasen para asomar por ella la espantosa chimenea que vomita humos 12 horas al día desde un nivel más bajo que el de nuestras ventanas. Y el aroma, imaginaos, no sería precisamente de Ô de Lancôme. Lo malo del asunto es que, años atrás, antes incluso de la entrega de llaves a los compradores, el promotor inmobiliario había incluido unas cláusulas en el reglamento de la Comunidad de Propietarios que autorizaba a la multinacional del colesterol a cometer tamaño atropello. Fuimos a juicio. El pleito se alargó, como siempre, meses y meses pues cada parte demandó a la otra. No nos explicábamos la tenacidad de McDonald's por establecerse allí, en vez de probar con algún otro inmueble cercano. Porque locales libres había muchos.

Al final el asunto se arregló con un acuerdo. McDonald's renunciaba a ocupar la planta diáfana a cambio de que la autorizáramos a pasar sus tubos, a través de uno de los patios interiores, hasta la azotea. Allí no molestaban ni la chimenea ni las bombas de calor. En contrapartida, McDonald's nos regaló unas reformas en el portal e indemnizó en metálico a los vecinos a quienes se les quitó algo de luz. Retiradas las denuncias, ahí está el McDonald's. Si os acercáis por allí, veréis cómo aflora por encima del bloque el ojo de una especie de periscopio gigantesco.

¿Fin de la historia? Qué va. Ahora viene lo más impresionante. Ha llegado a mi conocimiento, por cauces que no revelaré, el secreto comercial de esta empresa fundada por los hermanos Mac y Dick McDonald en 1940, la fórmula que les ha proporcionado éxitos y más éxitos durante más de medio siglo. Según me aseguraron, hay puntos del planeta que disfrutan de ciertas propiedades que ninguna ciencia consigue explicar, puntos denominados atractores digestivos. Se reconocen por síntomas muy curiosos. Por ejemplo, en un perímetro de 5 metros a su alrededor, instrumentos muy sensibles detectan un gradiente geomagnético infinitesimal. También sorprende que determinadas personas, en concreto los varones noruegos que sean zurdos y pelirrojos y no superen el 1,65 de estatura, experimentan un ligero escalofrío en los antebrazos cuando se acercan a un atractor digestivo. La fuente por la que conozco este extremo sí que puedo hacerla pública pues tan extraña eventualidad fue investigada por el célebre escritor americano Richard Wallace al advertir que la plantilla de ojeadores de McDonald's respondía a un biotipo inusual. Y la última de las cualidades de los atractores digestivos, la que los entendidos llaman invariabilidad de recorrido pseudoaleatorio, es la que he comprobado esta mañana. Consiste en seguir el siguiente algoritmo:

1. Salir de casa y mirar el reloj.
2. Si la aguja del minutero señala un minuto par, andar hacia la derecha. Si no, a la izquierda.
3. Caminar a paso natural contando el número de zancadas desde cero.
4. Detenerse al llegar a una intersección.
5. Si el número de pasos que lleva es par, tomar la derecha, y si es impar, la izquierda, claro está, siempre que sea posible, ya que alguna de las vueltas quizá no pueda transitarse.
6. Volver a la instrucción 3.

Así lo hice, apreciados amigos. Al cabo de media hora, me vi en la mismísima puerta del McDonald's de mi antiguo domicilio. Incrédulo, me llegué a casa de mi hermano y repetí la experiencia. El algoritmo de arriba me llevó derechito a otro McDonald's, este el de la Plaza de la Marina. Insistí. Cogí el coche, aparqué en Segalerva y consulté la hora. Ya en la acera, me atuve a las 6 instrucciones relacionadas. ¿Adivináis dónde terminé? Exacto: en el McDonald's del Centro Comercial Rosaleda.

Probadlo vosotros. Veréis que no falla.

2 dic 2009

Día Mundial contra la discriminación de las mujeres barbudas

Queridos amigos, el pasado sábado, invitado por el Presidente del Parlamento autónomo, concurrí a los actos programados para el Día Mundial contra la Discriminación de las Mujeres Barbudas. No adivino la razón de por qué pensaron en mí. De hecho, en toda mi obra narrativa no hay la menor alusión a féminas barbiluengas. Ni siquiera a pelusillas en el bigote de alguna anciana. Cierto que los servicios de protocolo convocaron a numerosas personalidades del mundo académico, literatos, artistas, políticos de todas las tendencias, músicos, adivinadoras de renombre y a los mejores payasos del panorama internacional. De ahí que me sintiese muy honrado de que hubieran contado conmigo para integrar aquella abigarrada nómina de prestigiosos personajes, así como del lugar de privilegio que me reservaron en la tribuna que presidía la Ministra de Igualdad. Aunque no llegué a intervenir pues solo hablaron las autoridades y los oradores previstos, contribuí con mis gestos de asentimiento a la lucha contra la injusticia que tocaba librar aquella jornada.

Ahora bien, fascinado por el discurso que pronunció la célebre poetisa Josefina Villabuena, no pude evitar pedirle después el texto para entresacar de él los párrafos más brillantes y reproducirlos en este blog, por supuesto que con el permiso de la autora. Helos aquí:

Ha llegado el momento de decir basta. Basta ya de machismo de cayado y honda. Basta ya de la dictadura de los modelos arcaicos de belleza. Basta ya de plegarnos a la oligarquía de la industria cosmética. Basta de acudir a escondidillas a los depiladores láser. Basta ya de la segregación circense a que nos han sometido todas las culturas desde el calcolítico. Porque os aseguro a vosotras, amadas compañeras de batalla, que la nuestra, la cultura de las mujeres barbudas, es una cultura tan digna y tan rica y tan plena de matices como cualquier otra. Desprendámonos del burka de la vergüenza. Mostremos nuestras hirsutas mandíbulas con orgullo, nuestras perillas, nuestros mostachos, nuestros bigotitos recortados con gracia, nuestras patillas como telón de fondo de zarcillos y aretes, nuestras vellosidades faciales multicolores, ora barbirrubias, ora barbirrojas, ora barbicastañas, ora barbicanas, e incluso, por qué no, barbiteñidas. Desde este estrado, admirada, contemplo vuestro valor. No solo la mía, sino cada una de vuestras barbas, es una bandera de libertad, un gallardete insignia, un estandarte de honra y de conciencia social que hay que blandir sin sonrojo, como un signo más de nuestra condición femenina, en paridad con el resto de atributos que eones de educación opresora han adjudicado a nuestro sexo. Pregunto a la historia, a la religión, a las obsoletas instituciones de tiempos pretéritos, a los publicistas, a los asesores de imagen, a las tiránicas corrientes que todavía, en pleno siglo XXI, pretenden imponernos una moda y un estereotipo encorsetado, ¿por qué razón se empeñan las mentes retrógradas en reservar a los hombres el monopolio de la barba?

(…)
Por otro lado, si nos congregamos en esta fecha tan entrañable, es porque nuestro problema no consiste exclusivamente en una cuestión estética. Hay discriminación. Y todas lo sabemos o lo hemos sufrido en algún momento de nuestra difícil existencia. Las estadísticas no mienten. Según el último informe del Comité de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género Capilar, no existe una sola compañía aérea en cuya plantilla figuren azafatas barbudas. Nos contratan, sí, para eludir las sanciones de la legislación actual en materia laboral, pero como oficinistas que nunca trabajamos de cara al público. Y la situación empeora aún más en el ramo de la publicidad o el comercio. Por poneros un ejemplo, en nuestro país solo se tiene constancia de una dependienta barbuda, y esta ejerce en un sexhop especializado en fetichismos. No hay derecho. Repito: basta ya.
(…)

Por fortuna, los grupos parlamentarios progresistas, de los que hoy nos acompañan varios representantes, han hecho coincidir este Día Mundial con la presentación del proyecto de Ley que pondrá fin a tanta iniquidad. Quiero agradecerte aquí, Ministra, y en público, los desvelos que has mostrado hasta desembocar en esta importante iniciativa de tu cartera. Una vez que se apruebe, cualquier discriminación por razones pilosas será considerada un delito penado con multa, indemnización y cárcel. Esperemos que las fuerzas reaccionarias no se opongan a estos avances en materia de igualdad. Vislumbro vuestros rostros de satisfacción al anunciaros estas medidas. Debajo de vuestras barbas de chivo, de vuestras moscas, de vuestras sotabarbas, de vuestras barbas de abanico, de collar, a lo Velázquez, a lo Quevedo, a lo Napoleón III, adivino centenares de sonrisas.

Deseo, queridos lectores de este blog, que os haya interesado esta breve crónica.

30 sept 2009

Coche número 4

Tal vez no creáis, estimados amigos, lo que os relataré en esta entrada. Por supuesto que comprenderé vuestro escepticismo. Tampoco yo daría crédito a una historia tan inquietante como absurda y de la que no ha salido la menor alusión ni en los periódicos ni en ningún espacio informativo. Aun a riesgo de ello, no me resisto a narrar el episodio, ciertamente inverosímil, que me sucedió este lunes.

Por la tarde me desplacé a Córdoba por cuestiones de trabajo: un viaje corto, de 14:30 a 21:30, que llevo a cabo 3 ó 4 veces al año. Como resido cerca de la estación de RENFE, me resulta muy cómodo utilizar el tren de alta velocidad, ya que el trayecto Málaga-Córdoba se reduce a poco menos de una hora. A eso de las ocho y veinte me situé en el andén dispuesto a tomar el convoy de regreso a mi ciudad. Vi aproximarse a la lanzadera por mi izquierda, desacelerando, culebreando en el cambio de agujas, barriendo el recinto con dos haces de luz que procedían de sus poderosas pupilas. Los pasajeros que aguardaban la llegada del AVE se levantaron de sus bancos o se acercaron hacia el borde. En tales circunstancias, no suelo ponerme en pie hasta que no descienden quienes se apean en Córdoba. Como no acarreo más que con el mini portátil en su funda, no tengo el menor empeño en conseguir espacio en el portamaletas. Sin embargo, de todos los vagones se bajaron unos cuantos viajeros menos del mío. En ese momento pensé en la circunstancia, para mí curiosa, de que ninguno de los ocupantes del coche 4 tuviese a Córdoba como destino. Pero aún más curioso me pareció que viniera vacío. En fin, busqué mi asiento, el 11-A, y saqué del maletín las gafas de cerca y el libro que había empezado a la ida: La esfinge maragata, de Concha Espina. Intentando sumergirme en la ficción que me proponía la escritora cántabra, no conseguía evitar que surgieran interrogantes en mi mente.

¿Por qué no había nadie? ¿Quizá salieron todos en Ciudad Real o en Puerto Llano? ¿Un equipo de fútbol? ¿Un grupo de escolares? Quién sabe. Y si no es así, ¿le merecerá la pena a RENFE una singladura con tan poca gente? Porque el gasto en electricidad necesario para mover tamaña masa de hierros ha de ponerse en un pico…

Al cabo de unas quince páginas me quité los lentes para dirigir la vista a través de la ventanilla. Partíamos de Puente Genil, donde el tren se detuvo unos instantes. Ya de anochecida, los cristales ahumados casi no permitían vislumbrar el paisaje. De ahí que se me antojase contemplar el exterior iluminado por las farolas de la estación. Fue entonces, antes de volver a la lectura, cuando advertí que había varias bolsas de viaje en las baldas superiores. Y también algún troller y prendas sueltas y un par de paquetes envueltos en papel de regalo. Ah, y una botella de agua empezada. Me surgió la duda. Imposible que todo el mundo se olvidiara su equipaje. Qué raro. ¿Estarán todos en el coche cafetería? Porque la luz de los servicios indica Libre. ¿Y si te acercas a tomarte un té?, ¿eh, Alberto? Así compruebas tu sospecha y estiras un poco las piernas, que te has pasado toda la tarde sentado.

El primer ramalazo de estupor lo sentí al accionar el botón de apertura de la corredera que comunicaba con el coche 3. No se abrió. Me desplacé al otro extremo. Su gemela tampoco amagó la menor obediencia. De golpe me atacó un sentimiento de soledad. Me hallaba , desconcertado, inquieto, viajando rumbo sur a bordo de un ferrocarril fantasma, con huellas de presencia humana, sí, pero por completo solitario. Sabía que en otros vagones había gente pues en Córdoba presencié cómo subieron. Sin embargo, no podía confirmarlo a ciencia cierta. Caminando por el pasillo descubrí un teléfono que reposaba en una de las mesillas desplegables. Cógelo, Alberto, tal vez averigües algo llamando a uno de los números de su agenda.
El Nokia, en modo filmación de vídeo, exhibía en su pantalla el mensaje de error Not enough memory. Seguro que su dueño lo dejó en medio de una grabación. Mírala, Alberto, atrévete a descubrir lo que se estaba grabando.

Tras el Play, apareció el rostro de un varón de unos veintipocos: no me grabes, Yoli, que me da mucho coraje: el joven manoteaba delante del objetivo en señal de protesta: ¿y por qué no, cari? si estás muy guapo. En off se escuchaba la voz de una muchacha, sin duda su novia, que sería quien manejaba el aparato. Por detrás del mozo se distinguía el decorado del coche número 4. En un instante dado, se percibió un politono y, a continuación, un grito espeluznante articulado con el timbre de una mujer aterrorizada. Renuncio a describirlo aquí. Cualquier intento por mi parte se quedaría corto. La cámara enfocó entonces a una señora madura, muy elegante, que fija los ojos en su propio móvil. Parece que lee un SMS. En sus facciones se adivina el espanto, la alarma, el temor. Vuelve a gritar. Los pasajeros la contemplan extrañados, pero no da tiempo a que nadie la ayude ya que ella sale corriendo de la escena. El ferrocarril debe de estar detenido en Puerto Llano. De inmediato suena otro teléfono. Y ahora es un chaval quinceañero el que profiere un alarido y abandona también el vagón como alma que lleva el diablo. ¿Qué pasa, cari? No lo sé Yoli, tranquilízate, seguro que no es nada… Pero la enigmática serenata de timbres y tonos, entreverados de chillidos histéricos y vociferaciones ininteligibles, no cesaba. Todo lo contrario. Uno tras otro, los pasajeros que recibían mensajes desalojaban el coche en estampida entre exclamaciones de pavor.

Admito que la visualización del vídeo me produjo escalofríos. Sobre todo, cuando es el muchacho, el novio de Yoli, quien recibe una llamada y descuelga y, al leer la pantallita de su Motorola, deforma los rasgos de su faz en un rictus estremecedor. Ahí se acababa la filmación. Como comprenderéis, queridos amigos, el resto de mi viaje lo pasé bastante asustado. Al parar el AVE en Antequera, dudé en si apearme o no. No atinaba a decidirme por ninguna de las dos opciones. Si descendía, quizá corriese la misma suerte que los pasajeros que me precedieron que, por cierto, a saber cuál fue. Y tampoco me hacía la menor gracia continuar el camino en la tétrica soledad de aquel recinto. El ferrocaril arrancó conmigo dentro. Seguía atrapado en el vagón número 4, atenazado por la incertidumbre. Ni Concha Espina ni mini portátil ni gaitas. Pasé la media hora que restaba de trayecto vigilando por la ventanilla, intentando adivinar por dónde íbamos, anhelando que llegáramos lo antes posible.

Ya en Málaga, abandoné la estación a la bulla, sin girar la cabeza, sin siquiera esperar a alguien de la tripulación para pedirle explicaciones. Me urgía alejarme de aquel terrible escenario que me hizo experimentar un miedo atroz. Lo más extraño de todo, apreciados lectores, es que ni el martes ni hoy he hallado la menor alusión al incidente. Ningún medio de comunicación menciona nada al respecto. Por eso os dije al principio que quizá no me creeríais.

4 ago 2009

El puñetero fin del Universo

Anoche estuve hablando de nuevo con el fantasma de mi padre. Al igual que en anteriores ocasiones, me avisó de su llegada entrometiéndose en un sueño del que solo recuerdo su parte final. La relato. Me contaba entre los integrantes de una fila de personas, dispuestas una tras otra en un pasillo oscuro con vericuetos laterales que no conseguiría describir. La iluminación corría a cargo de unas fosforescencias rojas salpicadas como por azar en unas paredes de roca negrísima. Ah, y más adelante se vislumbraba una lucecita amarillenta hacia la que avanzábamos con parsimonia. Cuando llegué hasta ella, advertí que se trataba de un flexo de oficina situado sobre un tablero barninazo en caoba. El foco alumbraba a una rebanada de pan con tomate y lonchas de serrano. Con un tenedor que apareció en mi derecha, pinché 4 ó 5 trozos de jamón. En ese instante escuché a mi padre, que irrumpió en escena frente a mí, justo al otro extremo de esa especie de mostrador: No cojas mucho, Alberto, que tiene que haber para todos.
Miré a mis espaldas. No había nadie. No importa, papá, si soy el último.Mientras me alejaba de él, experimenté la sensación satisfactoria de haberlo corregido, de llevar yo la razón en una disputa tan inexistente como absurda. Ya se sabe…, los sueños siempre son absurdos. Y eso que, dentro de un sueño, todo nos resulta lógico y normal. Tan lógico como que, tras comerme la chacina, me subiera a un ascensor en compañía de Paquita, una amiga a la que no trato más que de feria de agosto en feria de agosto- El ascensor, no se detuvo en el último piso, sino que se transmutó en una grúa de las que utilizan los bomberos. Su brazo telescópico prosiguió extendiéndose metros y metros, muy por encima de la ciudad. Paquita y yo comenzamos a tener miedo. La longitud de aquella viga, dilatándose sin cesar, nos enviaba a la estratosfera. La ridícula cabina en la que nos apretábamos temblaba agitada por las corrientes de aire. Fue en una de esas sacudidas cuando salimos despedidos hacia el vacío. En ese instante me desperté sobresaltado, no solo por el vértigo de la caída libre, sino porque esta coincidió con un fuerte golpe en el colchón.Charo, por favor, que me vas a matar de un repullo: tengo el corazón a cien. Joder, Alberto, si es que no parabas de roncar, y ya estoy harta de chasquearte con la lengua…Me levanté. Intuí que el fantasma de mi padre me esperaba, como otras veces, en el salón. En efecto, ya por el pasilló reconocí el olor a Ducados: su marca de siempre. Pero, papá, ¿no te quitaste de fumar 2 lustros antes de morirte? Anda, Alberto, no me vengas con tonterías, entonces tenía un cuerpo del que ocuparme: ahora sí que puedo disfrutar del tabaco sin que me remuerda la conciencia. Sí, es verdad, tienes razón, y, oye, hazme un favor: cuando te inmiscuyas en mis sueños, procura que luego no se conviertan en pesadillas, porque, de lo contrario, terminaré con una dolencia cardiaca… Si eso yo no lo controlo, Alberto, échale la culpa a tu subconsciente. Además, gracias al repullo onírico retornas al estado de vigilia y te acercas a charlar conmigo. Bueno, sí, lo admito, si no hay más remedio que pasar por un susto de angina de pecho… Y bien, papá, ¿has visto ya a la tía Margarita? Qué va, tú no te imaginas la cantidad de almas que hay allí, como para toparme con ella, así, de pronto… Si es a tu madre, que lleva casi 4 años muerta, y por fin la encontré la semana pasada. Ah, ¿sí?, ¿ya has encontrado a mamá? Sí, hijo, sí. Qué buena noticia, papá, ¿Y sabes si vendrá también a visitarme? No tengo ni idea, Alberto. Ni si le será posible hacerlo. Si soy yo, y todavía no he averiguado cómo funciona esto. A tus hermanos, por ejemplo, no he logrado nunca aparecerme. Solo a ti. Pues sigue intentándolo, porfa, así me creerán: porque ya he dejado de relatarles nuestras conversaciones: me toman por gilipollas: intenta aparecerte a Fredy mismo, que ronca igual que yo: a lo mejor los ronquidos son la clave de tus apariciones. Puf…, con Fredy lo he probado en cantidad de ocasiones: naranjas de la China.Me encendí un cigarrillo mientras el fantasma de mi padre se incorporaba del sillón para sentarse a mi derecha, en el sofá. Su aspecto no se diferenciaba del que luce en el retrato que reposa sobre uno de los libreros de mi despacho. Cabello recio y negro. Tan negro como el medio bigotito estándar de los varones de su generación. A pesar de la cálida noche veraniega, vestía chaqueta, chaleco y corbata. Gafas de montura metálica. Y a ambos flancos de sus ojos se plegaban las típicas patas de gallo que esculpen el rostro de los Castellón en cuanto superan los sesenta. Eso sí, no llevaba su bastón. Claro que ahora no lo necesita.
Oye, papá, ¿me vas a decir por fin cómo terminará el universo?, la primera vez que viniste se te escapó que tú lo sabías. Por supuesto, hijo, allá todos lo sabemos, pero ya te advertí entonces que me es imposible revelártelo. Anda, papá, que estoy en ascuas: ¿se producirá el Gran Desgarramiento?, ¿acaso la Gran Implosión?, ¿quizás un acontecimiento cataclísmico que ni siquiera se ha imaginado? Que no, Alberto, que no, siempre me preguntas lo mismo, no seas pesado. Te lo pido de rodillas, papá, cuéntame algo, un poquito, aunque solo sea una pista. Ni pistas ni indicios: nada: lo tengo prohibido. Joder, papá, no me seas pusilánime, que en vida te importaban a ti bien poco las prohibiciones idiotas como esta, además, te prometo que no lo publicaré en ningún sitio ni se lo soltaré a nadie. Me limitaré a saciar mi curriosidad.
Y en ese instante, queridos lectores de este blog, el fantasma de mi padre al igual que en anteriores ocasiones, se desvaneció de repente sin que llegara a despedirse. Me quedé fumando solo, en la oscuridad del salón, contemplando la leve fosforescencia que fulguraba en el hueco que dejó el ectoplasma. Entonces caí en la cuenta de que a lo mejor mi padre sospecha que reproduzca aquí sus manifestaciones.
Papá, si estás leyendo este blog, que sepas que aquí tampoco relataré el puñetero fin del universo. Piénsatelo, anda. Hazme esa gracia.

28 jul 2009

Teléfonos

¿Os acordáis, apreciados amigos, de que hubo una época en que vivíamos sin teléfonos móviles? Parece mentira, pero es así. En aquellos tiempos pretéritos acontecían hechos insólitos que hoy cuesta trabajo imaginar. Las citas, por ejemplo, se concertaban con precisión dando sus coordenadas espacio-temporales. Caía dentro de la responsabilidad de cada cual atenerse a las instrucciones establecidas con antelación: a tal hora, en tal sitio. De lo contrario, el encuentro no llegaba a producirse. Si alguien se equivocaba de lugar o llegaba con demasiado retraso y no lo habían esperado, debía apechugar con el fracaso. Existían entonces, ancladas a las aceras, unas casetas de puertas acristaladas pensadas para tales menesteres. Os recuerdo que dentro de estas garitas cavernícolas se instalaban unos artefactos antediluvianos pensados para la comunicación. Sin embargo, rara vez le sacaban a uno del apuro pues, ora el auricular estaba arrancado, ora se tragaba las pesetas sin que se oyera la señal de línea, ora su uso quedaba inutilizado por cualquier otra manifestación de sano vandalismo. Sin embargo, hoy no hace falta el menor atisbo de precisión ni compromiso.
Son las y cuarto y aún no ha aparecido Laura. ¿La llamo? Sí, llámala, a ver por dónde anda. ¿Laura? Sí, Pepe, se me ha hecho tarde, ya lo sé. Pero, ¿ vas a tardar mucho más o elegimos un sitio para cenar y te llamamos después? No, no hace falta, Pepe, estoy casi al final de calle Larios. Ah, sí, ya te vemos: cuelgo.
Pero esto es solo el principio. Al teléfono móvil todavía le queda mucho trabajo.
Hola, perdonadme por el retraso, ¿sabéis ya dónde vamos a cenar? ¿Qué os parece si nos acercamos a Miguelito el Cariñoso? Ah, muy bien, allí asan unos estupendos espetos de sardinas. De acuerdo, pues nos vamos en dos coches. ¿Y si no hay sitio en Miguelito?, porque se ha puesto de moda… Pues nos metemos en cualquier otro merendero de los alrededores. Vale, tira tú primero, que te sigo.
Basta para el encuentro enunciar vaguedades como las del párrafo anterior. Ya se irán perfilando detalles conforme avance el reloj.
Pepe, no te vemos por el retrovisor, ¿acaso te has quedado atrás en el último semáforo? Sí, Laura, se me ha colado delante un pella que se me paró en el amarillo: vaya pelmazo, daba tiempo a que pasáramos los dos: pero ya salgo. Bueno, Pepe, no importa, nosotros vamos despacito, ¿nos veis? Sí, sí…, ya os vemos tres coches más adelante. Ah, y nosotros también os distinguimos detrás, entonces…, seguimos pues: a partir de los Baños del Carmen, os dejamos el primer aparacamiento libre, ¿vale?, nosotros buscaremos otro. De acuerdo, Laura, hasta ahora.
El protocolo de citas prosigue. Lo más probable es que hagan falta unas cuantas llamadas más.
¿Habéis aparcado ya? Ahora mismo, Pepe, nos ha costado trabajito, pero hemos encontrado un hueco en el lateral del arroyo Jaboneros. Ah, bueno, lo malo, Laura, es que no había mesa libre en Miguelito el Cariñoso, nos hemos sentado dos chiringuitos más allá. ¿En cuál, Pepe? En uno que no tiene nombre o, por lo menos, no lo leo desde aquí, pero no hay pérdida, ¿ves el astillero, Laura? Sí, si estamos al lado. Pues acércaos hacia él, que nosotros estamos en una de las dos terrazas, estamos haciéndoos señas. Ah, sí, ya vemos vuestros ocho brazos levantados…
Y todo arreglado.

Dios mío, ¿cómo puñetas funcionaba el mundo en la remota época en que no había móviles?

10 jul 2009

Breve Historia de la Perfección

En el borde de uno de los brazos de la Galaxia, una estrella de masa descomunal llega al final de su vida, agota el combustible de hidrógeno y helio del núcleo hasta que se muestra incapaz de soportar su propio peso. Se aplasta sobre sí mima. La energía liberada en el proceso desencadena una terrible explosión que libera energías inimaginables, las necesarias para catalizar reaciones nucleares de fusión. Todo tipo de elementos de la tabla periódica se generan en este infernal laboratorio cósmico. Gas y polvo es expulsado a velocidades increíbles hacia el vacío circundante.Miles de años más tarde, la gravedad ha actuado sobre esta nebulosa enrarecida, esta sopa de átomos sueltos que quedaron como vestigios de la hecatombe estelar. La materia se agrupa al atraerse. Conforme cae hacia su centro de masas, comienza a girar y a aplastarse hasta adoptar forma lenticular. El meollo más interior, cuando adquiera la suficiente entidad, dará lugar a una nueva estrella: nuestro Sol. Mientras tanto, en estas pistas circulares surgen otros puntos de concentración que atraen a más material hacia sí mismos y barren de obstáculos sus respectivas trayectorias. Nacen los planetas. Se trata de una época catastrófica. La Tierra, al igual que sus hermanos del sistema solar, sufre el bombardeo continuo de meteoritos y cometas provistos de muy mala leche. No obstante, gracias a ellos se deposita agua a raudales y se llenan las cuencas de espléndidos océanos en los que hay disueltas moléculas orgánicas de cierta complejidad. Solo unos 500 millones de años después, algunas de estas moléculas se han dispuesto en esbeltas cadenas que se retuercen como hélices: la Naturaleza ya dispone de ARN. No se sabe muy bien cómo, en este caldo primordial (como así lo llamó el biólogo ruso Aleksandr Oparim) aumenta la complejidad de las reacciones químicas hasta la concepción de la primeras algas y bacterias. Estas son las encargadas de llenar de oxígeno la atmósfera según un proceso bien estudiado, pero cuyos detalles no se incluirán en esta Historia de la Perfección por falta de espacio. Consulte el lector interesado las obras especializadas.
A partir de aquí, la selección natural entra en juego. Sus reglas son fáciles. Durante la vida de estos seres inferiores se producen mutaciones al azar. Muchas de ellas no sirven para nada o, aún peor, disminuyen las posibilidades de supervivencia del organismo afectado. No obstante, algún caprichoso cambio en los cromosomas da lugar a una mejor adaptación del individuo al ambiente. Estos bichitos o plantitas afortunados, por el simple hecho de subsistir con más oportunidades, tendrán una mayor descendencia, con lo que legan la mejora genética a sus herederos. Y así se pasa de los unicelulares a los pluricelulares, mucho después, a los invertebrados, a los vertebrados, los peces, los anfinios, los reptiles y, de estos, a las aves y los mamíferos.
Ahora hay disparidad de opiniones. Los creyentes sostienen que fue el soplo de la divinidad el que alumbró la inteligencia en el cerebro de un par de especies de primates: el homo neanderthalensis y el homo sapiens. La ciencia, por su parte, sigue investigando la causa de fenómeno tan curioso. Del neandertal tampoco se conoce la causa de su extinción. Con toda probabilidad, bien Dios, bien las leyes físico-matemáticas del universo, se decantaron por el sapiens en su camino hacia lo perfecto. Y por fin, nuestra generación ha tenido la suerte de asistir al último de estos pasos, al último avance, al último peldaño de la creación. Hemos contemplado fascinados cómo se llegaba, tras un fatigoso camino iniciado hace más de 4.500 millones de años, a la cúspide de la pirámide evolutiva, al prototipo de superhombre nietzschiano, al Zaratustra definitivo que dejará a la altura de una babucha a Newton y a Aristóteles y a Einstein y a Bach y a Gauss y a Galileo y a Cervantes y a Shakespeare. Se trata, nada más y nada menos, que de Belén Esteban. Bien la Providencia, bien las leyes de la Naturaleza, han necesitado de la explosión de una supernova y de varios eones para conseguir su objetivo. Y con el advenimiento de Belén Esteban termina este Breve historia de la perfección, de la que tal vez otro día, queridos amigos de este blog, os cuente nuevos capítulos.

15 jun 2009

Bautizos laicos

Hubo un tiempo en que los ateos eran personas serias, coherentes, de cierta formación intelectual. Como habían llegado a su convencimiento por medio del raciocinio, renegaban de Dios sin aspavientos, sin colgarse medallas, sin ridiculizar a los creyentes, respetándolos. Consideraban la fe como una debilidad de la condición humana, siempre temerosa de lo que habrá más allá de la muerte, y, por ello, no solían ensañarse con nadie. Si acaso, con los curas o con la jerarquía eclesiástica, exteriorizando su postura más como anticlericales que como anticristianos. Alguno, no queriendo asustar a familiares y amigos con las ideas que lo condenaban al infierno, hasta ocultaba su auténtico pensamiento autocalificándose de agnóstico: un escalón menos: tal vez el purgatorio.
En contraste con esta antigua circunstancia, los payasos y payasas de Progrilandia avanzan en la Cruzada de convertir al ateísmo en una flamante religión. A falta de ritos propios, echan mano de los ajenos amoldándolos a martillazos en un nuevo misal del despropósito, texto que hoy se halla en curso de redacción. Ya hace años que instalan en sus casas belenes laicos, maquetas de paisajes invernales en las que no figura el Niño Jesús ni la Virgen ni San José ni los Reyes Magos, pero sí el Caganer, claro. Y escribo Caganer con mayúscula pues este líder de la escatología ha entrado en el santoral del laicismo. (Sugiero que, en pro de la igualdad, se añada la correspondiente Caganera.) En Nochebuena no celebran la Navidad, sino el solsticio de invierno, atrasándolo en su ignorancia del 21 al 24 de diciembre. No importa. Hay que enmendarle la plana al Sol, quien alcanza el Trópico de Capricornio sobre la bóveda celeste 3 días antes simplemente porque es un facha. Además, ¿por qué el Sol es masculino y la Luna femenina? Machismo inaceptable. Propóngase a la RAE que se diga la Sol y el Luna.
Uno a uno se laicizan los ritos católicos para incorporarlos al catecismo progresista. La última adaptación: el bautismo: ahora llamado Ceremonia Laica de Imposición de Nombre. Si se populariza práctica tan avanzada, la economía a la que tiende el lenguaje acabará por reducirlo a sus siglas: CLIN.
¿Cuándo será el CLIN de tu bebé? El sábado próximo, que para entonces habremos terminado los cursillos PreCLIN en la agrupación local del Partido. ¿Y a qué hora será? A las cuatro de la tarde, no había otro hueco, chica, porque el sábado se celebran en el Ayuntamiento un CLIN tras otro: el Concejal de Sacramentos y Festejos no da abasto. Eso sí, le van a leer un poema de esta revelación de las letras..., cómo era..., bi.., bi..., Bibiana Aído, eso, y los maceros-sacristanes lo traducirán al català, al galego y al euskera. Qué bonito, ¿y qué música habéis elegido? Ah, esa es otra, mi ex suegra se empeñaba en Como una ola de Rocío Jurado, será carca la tía..., pero yo me empeñé en Ramoncín, concretamente, en Marica de terciopelo. Muy bien hecho, sí, señora, y que los retrógrados se vayan a tomar el fresco a una central nuclear: lástima que no pueda asistir al CLIN de Juan Aire Limpio, porque si es igual que el de tu mayor, el de Cabra Hispánica en Peligro de Extinción..., cuánto disfruté allí..., Santa Capa de Ozono: y hasta me emocioné cuando le dieron a tu niña su primera píldora postcoital y le rociaron su cabecita con agua derretida de un glaciar del Pirineo. ¿Cuántos cumple ya tu hija?, porque estará muy crecida, ¿verdad? Mucho, sí: cumple quince. Qué barbaridad, ¿quince?, Santa Bombilla de Bajo Consumo, si ya mismo hasta puede abortar... ¿Has visto cómo pasa el tiempo, chica?, ahora ni conocerías a Cabra Hispánica en Peligro de Extinción: solo le faltan unos meses para la Confirmación: Ay, qué ganitas tengo de que la Alcaldesa-Canóniga le entregue en la ceremonia su carné de atea...
Algo que sin duda dará mucho juego será la primera comunión. ¿Se sustituirá la hostia por una barrita energética consagrada por el Presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Autónoma? ¿Se conservarán los atuendos de marinerito y de novia? Porque más apropiados serán los uniformes de guarda forestal, ertzaina, ninfa del bosque, hippy, pañuelo palestino o mozo-moza de escuadra.
¿Y las ordenaciones? Porque estos talibanes del laicismo reclamarán, en el momento de recoger sus actas de ediles mucipales, un ritual ad hoc que les habilite para oficiar.
En definitiva, hay un amplio campo por el que progresar hacia un fundamentalismo laico cuyas festividades parangonen en brillantez con las cristianas.
Ay, aquellos ateos inteligentes del pasado...

13 jun 2009

Rebelión ante la subida del tabaco

Ya me había acostumbrado en estos tiempos a que el disparate se convierta en ley y se publique en los boletines oficiales del Estado o de las comunidades autónomas. Pero la crisis está provocando que estos absurdos derroten por la senda de la contradicción. Unos ejemplos:

* Nos dijeron que el automóvil era un despilfarro, que contaminaba, que destruía al planeta, y nos convencieron de que renunciáramos a él y nos acogiésemos al transporte público. Ahora no saben cómo incentivarnos para que compremos coches a pares y salvemos de la quiebra a esa industria.

* Nos pusieron a parir a la economía del ladrillo. Nos conminaron a frenar la expansión de aquella burbuja que explotaría en nuestras narices. Nos impelieron a renunciar a una propiedad para resignarnos al alquiler. Y ahora nos ordenan que compremos pisos como locos. Y que lo hagamos prontito y con bulla porque el mercado así lo requiere.

* Y después de fustigarnos a los fumadores con una persecución que ni la de Diocleciano, quieren valerse de nuestra debilidad para aumentar los ingresos de un Estado que camina hacia la indigencia.

¿Por qué siempre nos toca a los mismos? ¿Por qué cada vez que menguan las arcas de Hacienda nos eligen a los consumidores de nicotina a fin de aumentar la recaudación? ¿Por qué no reparten esa carga entre los practicantes de otros vicios? Y es que hay otras actividades que causan adicción susceptibles de penalizarse. Podrían, pongo por caso, subir las tasas del alcohol. Podrían introducir un impuesto especial sobre los preservativos o los dius o las píldoras anticonceptivas. Podrían penalizar fiscalmente las operaciones de estética y los implantes de tetas y los botos y hasta los pilates y los gimnasios. Podrían cobran un canon sobre la pornografía o reclamar un porcentaje a las casas de putas. Podrían incrementar el bocado fiscal a cualquiera de los muchos juegos de azar permitidos.


Pero no. El tabaco. Siempre le toca al tabaco, pese a denostarlo de todas las formas posibles, hacerse cargo del déficit presupuestario.

Ha llegado entonces el momento de plantarse, de decir basta con tanta tropelía. Haciendo cuentas, la subida de impuestos viene a ser equivalente a la de un cigarrillo por cajetilla. Propongo entonces la siguiente postura. Disminuyamos nuestro consumo exactamente en esa proporción. ¿Qué me fumo al día, un paquete?, pues a partir de mañana quemaré solo 19 pitillos. ¿Me fumo dos?, pues lo reduciré a 38 cigarros. ¿Fumo media cajetilla?, pues en jornadas alternas fumaré uno menos. Esto implica que cada 19 días (en el caso de un fumador de paquete diario) se ahorra uno de pasarse por el estanco.

Así, a nosotros apenas si nos supondrá esfuerzo (por supuesto que mucho menos que el imposible de quitarnos por completo del vicio), mientras que Hacienda recaudará lo mismo que ahora. Ni un céntimo más que hasta el presente. Dejaremos a nuestros fariseos con un palmo de narices. He aquí mi propuesta de consigna:

SUFRIDOS FUMADORES, PROCURAD CONSUMIR UN CIGARRO MENOS POR PAQUETE.

9 jun 2009

Selección Natural de nuevo

En una entrada anterior mencioné una historia relacionada con cierto mensaje subliminal que deslicé en uno de mis cuentos. Pues bien, mi buen amigo Antonio García González ha querido remediar la difícil visualización de aquel texto en el fichero html que colgaba de Internet redactándolo y corrigiéndolo en formato pdf. Además, Antonio ha tenido la amabilidad de permitirme enlazarlo de este blog.

Los interesados solo tenéis que pinchar en el título para echarle un vistazo.

Selección natural

12 abr 2009

La sombra

Hubo una especie de pacto de silencio entre quienes vimos la sombra, pues ninguno deseábamos que se nos tomara por trolosos o, peor aún, por fanáticos a quienes el fervor religioso les nubla la razón. Porque ya hay en este país una nómina demasiado larga de chiflados a quienes se les ha aparecido la Virgen en un olivar, o se han cruzado por el monte con un Jesucristo con la cruz a cuestas. Y eso que nadie manifestó que la sombra se tratara de la Virgen, de Jesucristo o de cualquiera de los santos. No. Además, tampoco prentendíamos iniciar una leyenda, una más de las que proliferan en Semana Santa. A saber cómo la transformaría el boca a boca. Cada uno de nosotros elaboró para sí mismo su propia explicación sobre la sombra o se contuvo en exteriorizar su desconcierto. Por eso, queridos lectores de este blog, me limitaré a narrar los hechos conforme acontecieron, con la máxima fidelidad a mis recuerdos. Interpretad vosotros lo que estiméis real, lógico o verosímil.

Sabed, estimados amigos, que todos los años saco el trono de cierto Crucificado del que no proporcionaré más detalles. Entendedme si los omito, por favor. Las razones las expuse arriba. Ah, y aclaro, para los que no conozcáis la jerga cofrade de mi ciudad, que sacar un trono significa llevar sobre el hombro el paso en el que se procesiona a la imagen. Pues bien, admito que fui yo el primero en apreciar algo extraño. A la hora y media de comenzar el cortejo, una simple mancha negra irrumpió por el rabillo del ojo. Cuando dirigí la vista hacia ella, solo vi un balcón iluminado por el sol del atardecer. Creí que se trataba de una de mis moscas volantes, esas aglomeraciones gelatinosas del humor vítreo con las que aprendí hace años a convivir. El oculista me tranquilizó en su momento, me dijo que les pusiera nombre y me olvidase de ellas. Y desde entonces bailan en mi campo de visión al compás del movimiento de mis órbitas.

Pero en este día que relato, conforme avanzaba el crepúsculo, se repitió el fenómeno en varias ocasiones. En unas, al nivel de un segundo piso. En otras, el borrón ensombrecía una señal de tráfico o la base de un semáforo. Pero aumentado sin cesar la frecuencia de sus apariciones y creciendo en tamaño aparente. Luego supe que algunos de mi compañeros de varal también se habían percatado de esa evolución.

Ya al anochecer, la sombra se quedó a la derecha del trono, avanzaba con nosotros, por detrás del público, amoldándose a las fachadas de las casas, irrumpiendo en los portales, traspasando las lunas de los escaparates y las ventanas de los bajos. Si mecíamos el paso sobre el sitio, al compás de la banda, la sombra también se detenía. Permanecía ahí, impasible, cuadriculada tras una reja o plegada en el doblez de una esquina. En el grupo de 8 ó 10 hombres comenzaron a formularse comentarios.

¿No le notáis una especie de testa? Sí, yo se la noto, y cuando la pared es plana, se me figura que hasta tiene brazos. ¿Y qué luz la producirá?, Porque estos hachones de cera del frontal del cajillo no pueden crear una sombra tan alta. Qué va, imposible. Y si se tratara de las farolas, la sombra no se movería con nosotros.

Normal que la gente no la vislumbara. Ellos, de cara a la procesión, miraban hacia el crucificado, y no a sus espaldas. Solo quienes portábamos la imagen nos dimos cuenta de que la sombra insistía en acompañarnos. Durante nuestro recorrido por el interior de la Catedral, la sombra se agingantó con desmesura. Creció hasta alcanzar el cielo de las bóvedas. Con tamaña superficie oscureciendo las columnas pudimos comprobar que, en efecto, se trataba de una silueta humana. Titánica, eso sí, mas la propia de un varón vestido con una túnica semejante a la de nuestro atuendo de portadores.

De nuevo en la calle, la sombra se contrajo a una altura normal. Advertimos que intentaba acercarse al trono porque las tinieblas de su contorno ya no se deslizaban por los muros, sino que se ondulaban como un magma negruzco sobre las cabezas de los presenciaban el cortejo. Y así continuó todo el tiempo, a dos metros, a cuatro, a solo uno... Y estábamos a punto de acabar la procesión, en la maniobra de rotar el trono sobre sí mismo y enfilarlo hacia la puerta, cuando el foco de una cámara de televisión apostado en un tercer piso proyectó una segunda sombra, la del Crucificado que llevábamos a hombros. Las dos sombras quedaron muy próximas, flotando como fantasmas en la nube de incienso de los turiferarios. Giraban a nuestro mismo ritmo, pasito a pasito, nota a nota de la partitura, batida a batida del tambor... Uno de los apéndices de la primera sombra, el que semejaba su brazo derecho, se alargó unos centímetros. Lo suficiente como para palpar el travesaño de la cruz. Algunos lo interpretamos como producto de la perspectiva, que cambiaba de ángulo al movernos en el viraje. Otros aventuraron algunas hipótesis que no reproduciré aquí. El caso es que, en ese instante, justo con el contacto, la sombra desapareció.

Como os dije antes, queridos amigos, yo sé exactamente lo que vi, y tal cual lo vi os lo he relatado. Ni he añadido nada de mi cosecha, ni pretendo formular la menor explicacion. Que cada cual piense lo que estime oportuno.

9 abr 2009

Miércoles Santo

A los seguidores de este blog que no conozcan la Semana Santa de Málaga les relataré en esta entrada dos tradiciones en verdad sensacionales que se viven la noche del Miércoles Santo en la capital. Una la lleva a cabo la Cofradía de Jesús el Rico. La imagen del Nazareno llega sobre su trono (llamado paso en otras localidades) a la plaza de la Aduana. Ante la imagen se sitúan el Obispo y el resto de autoridades civiles y militares. La gente enmudece. Los penitentes encienden sus cirios. Los músicos de la banda insertan en sus atriles de marcha la partitura del himno español. Muchos son los que se arrodillan. Otros preparan sus máquinas fotográficas. Nadie pestañea. Y en el instante en que suena un clarín, como aviso para que los intérpretes comiencen la ejecución de pieza tan briosa, se libera la paloma que fue capturada esa misma tarde en el Parque, y el ave evoluciona por una atmósfera mágica, revolotea hasta orientarse en medio de ovaciones y salvas de furor.
Y solo unas horas más tarde acontece un soberbio episodio. Este se desarrolla en la plaza de la Constitución, en el cogollo de la ciudad. Allí irrumpe la mole de 4.500 quilos sobre la que se erige una Virgen, qué casualidad, de nombre Paloma. Y conforme el trono avanza, se procede a la suelta de presos. Aplausos. Vítores. Lágrimas... Emoción a raudales. Los convictos han sido previamente repartidos entre el público para que los liberten durante la procesión. Creedme si os digo que el espectáculo supera lo grandioso. Conmueve contemplar cómo esos desdichados, libres ya de las bolas de acero que se encadenaban a sus pies, corretean sin saber a ciencia cierta a dónde dirigirse, despistados, tropezando con las sillas y las vallas, dispersándose entre la multitud enfervorecida que los aclama.
A nosotros nos dieron un recluso algo díscolo. Costó trabajo domeñarlo ymantenerlo inmóvil hsta el momento justo. Eso sí, al quitarle los grilletes, salió disparado como el que más. Qué enternecedor y qué excitante fue todo. Os lo recomiendo para el año próximo.

12 sept 2008

Hoy no es mi segundo cumpleaños


Hace cierto tiempo, la casa de cultura del ayuntamiento de una localidad importante de la costa me invitó a participar en uno de los encuentros con autores que organizan allí. No puedo ser más explícito ni en los lugares ni en las fechas por la razones que pronto se pondrán de manifiesto. La sesión transcurrió como en otras ocasiones. Hablé un poco de mis novelas, más de las circunstancias que concurrieron en torno a su creación que de las tramas en sí, finalizando el acto con un ameno intercambio de opiniones entre los asistentes. Durante la hora y media que duró aquello, me fijé en un hombre espigado y muy bien vestido que se sentaba en la cuarta fila. No apartó de mí su mirada en ningún instante. Empuñando un pequeño paraguas plegable, inútil sin amenaza de lluvia, con él asentía a cada una de mis aseveraciones moviéndolo muy despacito de arriba a abajo, como una baqueta que golpea a cámara lenta el platillo de una batería. Tanto interés prestaba este fulano a mis palabras, que creí que intervendría en el turno del público, cosa que no aconteció.
Tras firmar algunos ejemplares, los organizadores me llevaron a tapear por los bares del centro. Conforme a mi costumbre, solo bebí cerveza sin alcohol. Una vez que me despedí de ellos y me encaminé hacia mi hotel, al paso por una coctelería del paseo marítimo se me antojó una copa de cava. Los abstemios solemos caer en estas debilidades. Y ahí estaba yo, sentado en la barra, con el Codorníu burbujeando delante de mí, cuando un paragüitas fue depositado en el mostrador, justo a mi derecha. Lo reconocí de inmediato.
¿Me permite que lo convide? Por supuesto, usted estuvo en mi charla, ¿verdad? Así es, me gustó mucho, por eso quiero pagarle la consumición, pero, ¿no es mejor que nos tuteemos? Claro, no me importa, ¿y tú no me acompañas? Ahora mismo, camarero, por favor, traiga una botella. ¿Una botella?, por Dios, te la beberás tú, porque yo no seré capaz, acabaría con una trompa... Vamos, Alberto, no te rajes, además, ya es lo bastante tarde como para librarse de las costumbres, ¿qué hora tienes? Las veintitrés cincuenta. ¿Ves, Alberto?, casi media noche: hay que celebrar que se termina el día: y tú tienes doble motivo para la celebración pues has inaugurado tu segunda fecha de cumpleaños.
Entonces ni le pregunté a qué venía aquello del segundo cumpleaños. Solo quería deshacerme de ese compromiso, en aquel momento incómodo, para acostarme en mi habitación ante el televisor. Sin embargo, poco a poco cambié de opinión. Este individuo, del que tampoco me atrevo a desvelar el nombre con que se presentó, a buen seguro falso, resultó mantener una conversación muy atractiva. Sabía de todo, Qué cultura. Igual analizaba las consecuencias del tercer principio de la termodinámica que comentaba la lamentable interpretación de una sinfonía de Anton Bruckner en el pasado festival de Siena. Recitó versos de Pessoa en un excelente portugués. Detalló sin titubeos la receta del steak tártara. Enunció conjeturas sorprendentes sobre teoría de supercuerdas. Me explicó las reglas del baseball, desconocidas para mí. Enumeró de carretilla las proporciones exactas del hombre de Vitrubio y sus relaciones con la obra de Leonardo. Incluso mostraba soltura en los campos del conocimiento a los que me dedico. De hecho, discutimos un buen rato sobre la fiabilidad de las demostraciones matemáticas que recurren a algoritmos solo accesibles a los supercomputadores. Y encima, aderezaba sus frases con todos los registros posibles del humor, desde las sutilezas del británico, hasta el más desternillante sarcasmo irreverente. Reímos a reventar.
En definitiva, sentí por él una enorme simpatía. Así se comprenderá lo insuficiente de una única botella para velada tan intensa. Recorrimos varias terrazas. Cerramos algún club. Nos refugiamos en ruidosas discotecas. Siempre parloteando. Siempre con cava. Siempre intercalando estruendosas carcajadas. Y ya con las luces del amanecer, andando por la playa rumbo a mi alojamiento, sorteábamos un sector de hamacas cuando pronunció una insólita confidencia.
En una tumbona como aquella, Alberto, abandoné a mi última víctima.
A pesar del componente sincero de sus pupilas pensé que se trataba de otra de sus chanzas. Intenté seguirle la corriente.
Quién era, ja, ja..., ¿una raspa de sardina?, ¿una gaviota? Te equivocas, Alberto, era una anciana, hoy me tocaba cargarme a un varón de mediana edad como tú. Y esa hamaca, como tú muy bien dices, es un lugar tan bueno como cualquier otro. ¿Como yo bien digo?, ¿cuándo he dicho eso? Pues en tu última novela, ¿no te acuerdas?, te lo recuerdo yo: cualquier paisaje es susceptible de convertirse en la escena de un crimen. Ah, sí, eso lo puse en Regina angelorum, pero..., no lo afirmarás en serio, ¿verdad?, aquello solo era literatura...
La incertidumbre desapareció al desenfundar lo que antes tomé por un inofensivo paraguas plegable. Entonces supe con absoluta certeza que paseaba junto a un asesino. Y también lo inútil de salir corriendo. Al parecer, siempre daba una oportunidad a sus presas. Lo consideraba un acto de deportividad. En mi caso, me salvé al pronunciar la hora en un formato inusual. De haber dicho las doce menos diez, no estaría ahora escribiendo esta entrada en el blog. Eso me contó. Y concluyó con que su éxito se basaba en no obedecer a ningún patrón. Se mofaba igual de los investigadores policiales que de los psicópatas. Porque, según él, los primeros esperan patrones de conducta como pistas para dar con el criminal en serie, mientras que los segundos, por el gusto idiota de mostrar su inteligencia, elaboran exóticos patrones a los que ajustarse en sus fechorías. Y él precisamente no se atenía a ningún patrón. Hasta bromeó calificando su modo de operar como un metapatrón, que es la ausencia total de patrones.
Para cuando llegamos a mi hotel, se me habían pasado la borrachera y las ganas de reír. Temí que se arrepintiera de su amable indulto. No quiso entrar en el hall. Se despidió con un apretón de manos desde el umbral de la puerta giratoria.
Bueno, Alberto, no perdonaba a nadie desde hace años. Eso sí, sospecharás que no tendrás la misma suerte si desvelas mi identidad. No te preocupes, mis labios están sellados. Lo sé, pero quiero, tú que eres escritor, que cuentes lo sucedido esta noche y lo publiques en alguna parte, eso sí, omitiendo cualquier detalle que lleve a mi persona. Te lo prometo, así lo haré.
Queridos lectores de este blog, acabo de cumplir mi promesa en una fecha que no tiene nada que ver con la de mi segundo cumpleaños.