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29 ago 2012

EL ECCEHOMO DE CECILIA GIMÉNEZ

Cállense de una vez los criticones. Enmudezcan ya los envidiosos. Trágense sus carcajadas los sardónicos. Detengan las oscilaciones de diafragma aquellos que se ríen por mimetismo borreguil. Dejen de batir la mandíbula y de componer photoshops irientes y de mandar twits, no por jocosos, menos injustos y humillantes.

Porque si hay alguien en España que merezca la Medalla al Mérito en las Bellas Artes y la Placa al Mérito Turístico, esa persona no es otra Cecilia Giménez, la venerable mujer que, con la intención de restaurar un fresco de Elías García, ha desatado la furia de los falsos expertos, la sátira de los ignorantes y la indignación sarcástica de quienes jamás empuñaron un pincel.

Viva Cecilia Giménez.

¿Quién iba a imaginarse que un pueblecito de Zaragoza de apenas 5.000 habitantes fuera a saltar a las portadas de la prensa internacional? ¿Quién pronosticaría la afluencia de muchedumbres al Santuario de la Misericordia, movidas, no por rezar las estaciones del Vía Crucis, sino por una especie de morbo artístico? ¿Quién pensaría que una obra de poca entidad, y además probable plagio de otra de Guido Reni, alcanzaría fama mundial?

Y es que Cecilia Giménez, quien dicho sea de paso no tiene mala mano para el óleo, ha sacado a Borja del anonimato planetario, ha generado quién sabe qué expectativas de promoción turística y económica y, lo más importante, ha sustituido un fresco mediocre del XIX por una obra de vanguardia. A saber qué dirían de esa mima pintura los entendidos si estuviese firmada por Miquel Barceló, por Antoni Tàpies, por Fernando Botero o por Edvard Munch... Seguro que analizaban con sentencias sesudas el atrevimiento de los trazos, la maestría de la composición de un fondo que simula un pergamino, la valentía de esas
fosas nasales, solo insinuadas por sendos puntitos, la ingenuidad de un rostro bosquejado con genio, la ira contenida por la divinidad de una cabellera asombrosamente perfilada.

Viva Cecilia Giménez. Déjese su obra tal y como está. Que nadie se atreva a escarbar en los repintes con la intención de devolver al mundo la primitiva vulgaridad que un día lo decoró.

15 ago 2012

GRAMÁTICA DE LA CRISIS


La crisis, ya convertida en franca depresión, extiende su influencia a campos insospechados. Quién iba a pensar que hasta la gramática y la semántica modificarían sus normas afectadas por la recesión económica o recesión financiera (léase, en realidad, recesión de las ideas). Así que hoy os voy a mostrar, apreciados lectores de este blog, algunas interesantes innovaciones en el uso de la lengua de Cervantes.

Por ejemplo, en lo relativo a los accidentes gramaticales se está abriendo paso un tipo específico de número. Al plural de modestia, el plural mayestático y el plural sociativo se ha unido el flamante plural culpabilizador, restringido a conjugarlo en primera persona. Todos hemos escuchado en estos meses atrás frases del siguiente tenor:

Es que no hemos hecho los deberes. Tenemos que hacer los deberes. Hemos gastado lo que no teníamos. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Si hubiésemos tomado medidas a tiempo, ahora no estaríamos así. Etcétera, etcétera.

No sé a vosotros, pero a mí me dan patadas en el citoplasma cada vez que me incluyen en esa primera persona del plural culpabilizador. Porque yo no he construido aeropuertos sin aviones ni carreteras que no llegan a ninguna parte ni estaciones de AVE que reciben un viajero al mes ni pistas de pádel en aldeas de veinte habitantes. No he especulado con solares ni con viviendas ni con promociones ni con plazas de aparcamiento o trasteros. No he pertenecido al consejo de administración de ninguna entidad bancaria ni he jugado con los cócteles de acciones de los impositores ni les he vendido participaciones preferentes. No tengo chóferes ni asesores ni secretarios ni me he detenido en gasolineras para recoger maletines. Nadie me ha agasajado con yates ni con trajes ni con decoraciones millonarias ni tan siquiera con un viaje a Botswana para cazar elefantes. Por eso me jode la irrupción en la gramática de este plural culpabilizador con el que se pretende diluir la responsabilidad propia en la ajena. No. A mí que no me metan en esa primera persona del plural.

También hay novedades evolutivas en el campo de la semántica: la RAE, en su próxima revisión del léxico, ha de ampliar las acepciones del verbo pedir. Porque seguro que recordáis haber oído el estribillo estándar con el que nuestras autoridades rubrican sus declaraciones:

Pedimos nuevos sacrificios a los funcionarios. Hay que pedir esfuerzos adicionales a la ciudadanía. Pediremos más sacrificios a los contribuyentes... Y otra vez etcétera, etcétera.

Pero si realmente se tratara de una petición, al menos nos quedaba la posibilidad de negarnos a concederla, o bien admitirla en el grado que creamos conveniente. Aquí no. Aquí es una imposición a modo de trágala y que se lleva a efecto, queramos o no, a golpe de boletín oficial. Porque con el diccionario todavía sin revisar, lo correcto sería decir:

Exigimos nuevos sacrificios a los funcionarios. Impondremos esfuerzos adicionales a la ciudadanía. Obligaremos a que los contribuyentes se sacrifiquen todavía más.

¿No hubo uno de esos dirigentes que prometió llamar al pan pan y al vino vino?

Pues eso.







30 oct 2010

El puñetero cambio de hora

Cuando la estupidez se convierte en tradición, qué difícil es, no solo combatirla, sino al menos hacerla patente. Y de estupidez califico, queridos seguidores de este blog, al puñetero horario que rige en España. Aquí sufrimos una doble estupidez, la del huso horario y la del cambio de hora. Vamos por partes. Este pasado mes de marzo se cumplieron 70 años del primero de los dos desatinos. Y es que Hitler, conquistado un buen trozo de Europa, desde los Pirineos hasta la frontera rusa, decidió que todos los relojes de sus posesiones marcasen la hora de Berlín. Casi de inmediato, no se sabe por qué razón aunque se intuya, la España recién salida de la guerra civil se sumó al horario del III Reich. Y desde entonces tenemos que vivir al menos una hora por delante del Sol, que es quien dirigía nuestra vida de acuerdo al ritmo que la evolución impuso en el organismo de la especie humana.
Y mira que ha habido gobiernos de signos muy distintos en todo este tiempo…, ¿eh? Incluso un cambio de régimen. ¿Ningún gobernante ha caído en la cuenta de que el meridiano de Greenwich pasa por Castellón de la Plana?, ¿de que en Salzburgo, durante los equinoccios, amanece una hora antes que en Madrid?, ¿de que mientras en Nápoles se encienden las farolas de las calles, en La Coruña todavía se pasea con gafas oscuras?
La geografía le ha asignado longitud Oeste a la mayor parte del territorio nacional. Estamos en el mismo hemisferio que el Reino Unido, Irlanda y Portugal. Nuestra hora es, por tanto, la de Londres, no la de Berlín.
Y encima hemos de soportar un cambio de hora estacional aún más absurdo.
La idea se le ocurrió a Benjamin Franklin en 1784, quien argumentaba que se ahorrarían velas. La puso en marcha el kaiser Guillermo II en 1916 con el propósito de ahorrar carbón. Y por último se generalizó durante los años setenta para ahorrar petróleo. Pues bien, ni velas ni carbón ni petróleo. Basta ya de cuentos y de milongas. No se ahorra nada. Rien de rien, vamos. Cuando las autoridades dan la cifra del supuesto ahorro, resulta que se obtiene una cantidad ridícula: 6 euros por hogar. En mi caso, 1.5 euros por cabeza. Además, estas cifras oficiales son meras estimaciones, cálculos de Gran Capitán supervisados por ojos de un buen cubero. Un estudio científico requeriría de comparaciones con las épocas en las que no se llevaba a cabo el cambio de hora, algo imposible aquí por la lejanía de aquellos tiempos.
El único estudio serio (enlace al artículo) que conozco sobre el particular, a cargo de M. J. Kotchen y L. E. Grant, contradice la creencia general. Estos dos profesores de la Universidad de California aprovecharon para su invetigación que el Estado de Indiana no adoptó el cambio de hora hasta 2006 para poder cotejar el antes con el después. Tras miles de millones de datos sobre el consumo de los hogares acopiados durante tres años concluyeron con que cambiar la hora estacionalmente supone un aumento medio del gasto energético de un 1%. Toma ya. Lo dicho. Basta de milongas.
Y en el peor de los casos, en el de que se ahorra 1.5 euros por español, ¿quién no los ingresaría con sumo gusto en las cuentas del Estado si con ello no le transtornan la vida? Habría también que poner en el otro plato de la balanza las horas de trabajo perdidas por quienes no ajustaron el despertador o se quedaron dormidos, los accidentes laborales o de circulación provocados por la somnolencia, la asistencia sanitaria de los afectados por el jet lag, etcétera. Seguro que ese euro y medio se convierte en gasto, en vez de ahorro.
Antes hablé de la longitud. Y ahora le toca a la latitud. A mis alumnos de astronomía les hago el cálculo en clase. Auxiliado por el cañón de vídeo, les muestro en una hoja Excel cuál es la diferencia media a lo largo del año entre las horas diarias de luz y las de oscuridad a distintas latitudes. En España esta diferencia resulta despreciable. Cuanto más al Sur, más parejos son los días y las noches. A lo mejor en países muy septentrionales este incierto cambio de hora pudiera tener algún sentido, pero aquí, desde luego, no tiene ninguno.
Y en España, el cambio horario se junta con la inadecuada hora de Berlín para jodernos del todo. Mientras los niños de Belgrado van de día al colegio, los escolares de Oviedo o de Huelva salen de su casa en plena noche. Y en verano, salvo en las frescas regiones bañadas por el Cantábrico, en el resto de España peninsular no hay quien pueda darse un paseo antes de las 10 de la noche. Cualquiera es el guapo que pone un pie en la calle con un Sol que derrite los sesos.
Lo repito, cuando la estupidez se convierte en tradición…

1 sept 2010

Ensalada enriquecida

No recuerdo haberos hablado nunca de mis problemas de estómago. El episodio que hoy quiero relataros, queridos amigos, tiene que ver con ellos. Y es que padezco desde hace 15 ó 20 años de reflujo gastroesofágico (vulgo ardores). Para combatirlos he experimentado todo tipo de remedios. He probado cualquier medicamento de los muchos que se han desarrollado a fin de mitigar los efectos de esas molestias. Bueno, digo molestias por decir algo, porque en más de una noche, tumbado en la horizontalidad de mi colchón e inerme ante las profundidades del sueño, los ácidos gástricos se me han subido hasta la garganta provocándome un espasmo de glotis. Entonces pego un brinco de la cama. Nadie me estrangula, ni tampoco una cuerda alrededor de mi cuello procede al ahorcamiento. Es mi parasimpático, mi cerebro latente el que, en un acto reflejo, ha taponado la tráquea con la campanilla a fin de evitar que líquidos tan corrosivos penetren en mis pulmones. Hincho el diafragma, elevo los brazos, intento con desesperación llevar oxígeno a mi organismo, mas solo consigo, a base de angustiosos hipidos, aspirar una mínima cantidad de aire. A nadie le deseo tan terrible trance. Un trance que puede durar incluso medio minuto mientras recupero la respiración.

Comencé en los ochenta con la sal de fruta y el bicarbonato sódico. El primero me resultaba un simple placebo. El segundo empeoraba la situación con el efecto rebote. Luego se inventaron sustancias más efectivas para neutralizar la acidez, algeldratos, almagatos… Pero llegó un momento en el que tampoco me aliviaban. Una segunda generación de medicinas abordó el problema desde otros frentes. Los laboratorios sintetizaron famotidinas, ranitidinas, cisapridas… Por fin encontré pócimas efectivas. Las tomé todas. Hasta que descubrí el omeprazol. Qué revolución la del omeprazol. Aunque hayan nacido sucedáneos posteriores (lansoprazol o pantoprazol), el original sigue superando con mucho a sus imitadores. Gracias al omeprazol hago una vida casi normal. Me basta con engullir una cápsula de 20mg al día para despreocuparme de lo que como en los almuerzos, y solo andarme con cierta precaución ante las cenas. Mi dilatada experiencia como enfermo de hernia de hiato me avisa de cuándo puedo pasar una mala noche, en cuyo caso me acuesto casi sin cenar.

Eso fue lo que me ocurrió ayer. Previendo un reflujo nocturno, abrí una de esas bolsas con ensaladas que vienen listas para servir. Pero viendo en el plato aquella aburrida macedonia de lechugas, canónigos, rúculas y espinacas, qué panorama tan triste, se me antojó enriquecerla con algo de sabor. Así que migué sobre las hojas una latita de atún. Como me pareció poco, corté unos daditos de queso manchego y otros de magro de cerdo cocido. Aquello ganaba en colorido. ¿Y unas aceitunitas rellenas de anchoa? Por qué no. Anda…, si también hay abierta en el refrigerador una de acitunas negras. Pues échalas también, Alberto. ¿Qué daño te harían unas inofensivas aceitunas negras? Ninguno. Además, la combinación de olivas verdes con negras ta he quedado preciosa. Y ahora que caes, a tu ensalada le vendría muy bien un huevo duro ralladito por encima. Cuézase entonces un huevo. Y maíz dulce. Y un pimiento morrón cortado a tiras. ¿Palmitos? Cómo no…, y unas puntitas de espárragos blancos. ¿Remolacha y zanahoria? Por descontado. ¿Y esos ajos al natural que usas de vez en cuando como aperitivo? Sea. Abre el frasco y mete la cucharilla para sacar 2 ó 3 dientes. Joder, se te ha ido la mano y han caído por lo menos 15. Da igual, ¿cómo te van a sentar mal unos inofensivos ajos cuya fuerza se anuló al curarlos en aceite? Y están tan buenos… Déjalos ahí, el efecto saludable de una ensalada tan sana ha de contrarrestar cualquier aliño indigesto. Y no te olvides de la sal Maldon en abundante cantidad, un chorreón bien generoso de aceite de oliva virgen extra y otro de vinagre balsámico de Módena.

Creedme, apreciados lectores de este blog, conseguí una ensalada exquisita.

Eso sí, pasé una noche toledana. Ni omeprazol ni cinitaprida ni puñetas. Sobreviví hasta el amanecer gracias a 4 sobres de Almax y a intentar dormir con 3 almohadones a la espalda.

Hacedme caso. No enriquezcáis ensaladas así como así. Sobre todo, cuidado con los ajos. Porque seguro que fueron los ajos. No le echéis 15 dientes. Conformaos con 12 ó 13.

2 jun 2010

La dolce vita

Ayer asistí a la presentación del libro La dolce vita, una antología poética en la que Paco Ruiz Noguera ha recopilado textos relacionados con el cine de unos 200 autores españoles. Paco resaltaba anoche el hecho curioso de que, aunque comenzó su labor hace unos 15 años y en todo este tiempo nunca pensó en un título distinto del de La dolce vita, ha sido ahora, en el cincuenta aniversario del clásico de Fellini, cuando ha recibido el bautizo de la imprenta tras varios intentos frustados de publicación. ¿Era este entonces su destino? Seguro que sí. El acto transcurrió acorde con el ambiente intimista que suele reinar en las presentaciones de los libros de poesía. Bueno, y también me recordó, dado el símil cinematográfico, el solazamiento distendido que se respiraba en los desaparecidos cines de verano. Aprovechando que el libro se presentó en la cafetería del Hotel Málaga Lario, que se prolonga hacia un patio descubierto, el público bebía y fumaba y cambiaba de postura y entraba y salía con la misma libertad y desparpajo con los que despachábamos aquellas mágicas noches de agosto de programa doble y sesión continua.

Al finalizar me acerqué a felicitarlo, no solo por el alumbramiento de una obra bien editada, y de la que procuraré comprar un ejemplar, sino porque Paco ganó el mes pasado el XXX Premio Juan Ramón Jiménez de Poesía. También le di las gracias por haberme incluido en una sección de La dolce vita que, continuando con el homenaje felliniano, encabezó como 8 ½ trailers narrativos malagueños.

Y es que, como contrapeso a la poesía, Ruiz Noguera ha incluido en la antología 8 (y medio) breves fragmentos de sendos narradores, ya nacidos en Málaga, ya asentados en esta ciudad. En concreto ha seleccionado, a modo de trailers, párrafos de Antonio Soler, de José Antonio Garriga Vela, de Guillermo Busutil, de Alfredo Taján, de José Luis González Vera, de Juan Francisco Ferré, de Pablo Aranda, de Juan Antonio Vigar (el medio tráiler, según confesó allí mismo) y míos. La verdad es que resultó una sorpresa muy agradable para mí verme compañero de página de algunos de los escritores de mi culto. Vaya aquí mi agradecimiento a Paco por depararme semejante honor. Y eso que Paco y yo apenas si hemos mantenido trato en los últimos años. Desde los tiempos del grupo Banda de mar no volví a coincidir con él hasta julio de 2008, precisamente en la presentación de otro libro que comenté en una entrada de este sitio web (pínchese aquí para leerla).

Hoy, redactando estas línas, me ha picado la curiosidad por saber qué constancia hay en Internet de aquel grupo: Banda de mar. Google solo detecta 3 ocurrencias: la de mi blog, una mención en la biografía de Antonio Gómez Yebra, y otra en la de Francisco Selva López. Por eso me gustaría enriquecer la Red aportando alguna información.

El grupo Banda de mar fue fundado por jóvenes artistas de la ciudad, poetas, músicos y pintores, pero, sobre todo poetas. Con aquel nombre se quiso evocar a la célebre revista Litoral, bandera de la generación del 27, que aún sigue viva. Sus actividades se resumen pronto:

1) Tertulia literaria un día a la semana.
2) Publicación trimestral de una revista con obras de los integrantes de Banda de mar
3) Publicación anual de un número extraordinario dedicado monográficamente a uno de los miembros del grupo.

Nunca sobrepasamos la decena de personas. Aparte de los ya mencionados Paco Ruiz Noguera , Antonio Gómez Yebra y Francisco Selva, recuerdo a Enrique del pino, a Antonio García Velasco, a Antonio Abad, a Jesús Parra… Y a Miguel Gómez Yebra, claro, pues, siendo amigos desde el bachillerato, ingresamos a la vez en Banda de mar. Cuando nos incorporamos Miguel y yo a las tertulias, estas se celebraban en el Café Español. Pero aquello duró poco. ¿Cerró el establecimiento? Tal vez. Mi memoria, algo confusa, me lleva después a aquel pub que se puso tan de moda, Pepe Leche. Y, más tarde, a otro pub de la Malagueta todavía más caro. Al menos a Miguel y a mí nos parecía muy caro. Ni él ni yo trabajábamos, aún nos encontrábamos cursando nuestras carreras ya que éramos los alevines del grupo. Además, las publicaciones de Banda de mar no se costeaban solas. Había que aflojar 20 duros por cabeza cada vez que nos reuníamos. Esas 100 pesetas nos suponían a Miguel y a mí un agujero negro en nuestro presupuesto de estudiantes. Pero resistíamos semana a semana esperanzados en que el próximo número monográfico de la revista se dedicaría a uno de los dos. Porque ese era nuestro objetivo al integrarnos en Banda de mar: publicar como fuera…, publicar como fuese… Publicar, publicar y publicar.

En una de las tertulias vespertinas llegó el momento en que se decidiría cuál de los miembros de Banda de mar monopolizaría el número extraordinario. Puesto que han transcurrido más de 25 años desde aquello, supongo que no violo la confidencialidad de las deliberaciones, sino que, por el contrario, quizás esté aportando datos valiosísimos a la historia de la literatura. No sé quién propuso a Antonio Gómez Yebra. Sí que estoy seguro de que Miguel me propuso a mí, y yo lo propuse a él. Cada cual escribió el nombre de su preferido en un papelito para la votación secreta. El escrutinio, poco emocionante, arrojó el siguiente resultado:

Alberto Castellón —> 1 voto
Miguel Gómez Yebra —> 1 voto
Antonio Gómez Yebra —> El resto de los votos

O sea, Miguel me votó a mí, y yo le correspondí con mi voto, mientras que todos los demás se decantaron por Antonio Gómez Yebra. Miguel y yo nos caímos simultáneamente del burro. Estimando, con mayor realismo, la cantidad de cuotas de 20 duros que habríamos de abonar hasta que nos tocase a alguno de los dos acaparar el número monográfico anual, hubimos de renunciar a aquella sangría, inaguantable para nuestro bolsillo.

6 abr 2010

Paraguas cerrados

No sé si recordaréis, queridos amigos, que por estas mismas fechas subí al blog el año pasado un par de spots relacionados con la Semana Santa. Porque confieso que soy un entusiasta de la Semana Santa, o sea, lo que se denomina en estas tierras un semanasantero. De ahí que apenas si se haya notado actividad en este sitio web durante la Cuaresma. En aquella ocasión escribí 2 narraciones breves, una con tintes de parodia absurda, otra con ingredientes fantásticos. Pinchando AQUÍ podréis acceder a ellas sin necesidad de buscarlas en los enlaces de la izquierda. Sin embargo, hoy y en los próximos días os relataré algunas de las experiencias que he vivido relacionadas con el tema que me ocupa. La primera no sucedió precisamente durante la Semana Santa, sino en la procesión extraordinaria que realizó la Cofradía de Zamarrilla con motivo de la coronación canónica de su titular, la Virgen de la Amargura.
Para quienes no conozcáis Málaga, sabed que la Virgen de la Amargura, o de Zamarrilla, que el nombre del bandido acabó sirviéndole de apodo, recibe culto en una ermita, antaño situada a las afueras del caso urbano. En concreto, en el lado izquierdo del antiguo camino de Antequera. A lo largo del siglo XX, la ciudad extendió un brazo en esa dirección. La vieja carretera, hoy segmentada por la toponimia en una sucesión de calles larguísimas (Mármoles, Martínez Maldonado y Carlos Haya), se convirtió entonces en el eje de un nuevo barrio que se incrustó entre los más históricos de La Trinidad y El Perchel. La pequeña iglesia de una sola nave, tejado a dos aguas y graciosa espadaña acabó con el tiempo rodeada de bloques de pisos y al borde mismo de una de las más importantes arterias del tráfico, ya rodado, ya peatonal. Eso sí, su puerta de dintel de medio punto permanece abierta a casi cualquier hora del día. Así pues, como suele acontecer con las capillas callejeras, la gente comenzó a entablar con las imágenes que allí se alojan una relación cercana al paisanaje. Tanto la Virgen de Zamarrilla como el Cristo de los Milagros pasaron a integrar la nómina de vecinos. Rara la vez en que no pasase por allí y no distinguiera desde el exterior a 5 ó 6 personas dentro de la ermita en un turno ininterrumpido y casi organizado de visitantes diarios. Mi madre, sin ir más lejos, que no era precisamente una católica practicante, entraba todas las mañanas antes de hacer la compra para saludar a la Virgen. Esta popularidad se evidencia en las filas de promesas que marchan tras los 2 titulares en la noche del Jueves Santo. Nada de extraño pues en que le fuera concedido a la Cofradía el honor de coronar canónicamente a su Virgen de la Amargura, para lo cual viajó la imagen en un trono de estreno hasta la Catedral de Málaga a los hombros de doscientos y pico de sus hermanos.
El episodio que os quiero relatar sucedió en el desfile de regreso a la ermita, con la Virgen ya coronada. En esas fechas mi familia residía en los aledaños de calle Mármoles. Mi mujer, mis hijas y yo nos acercamos a la ermita a esperar, como otros centenares de espectadores, la llegada de la comitiva. Allí se congregó todo ese barrio sin nombre, más muchas otras personas del resto de la ciudad en una especie de multitudinario comité de bienvenida. El tiempo no acompañó. Ya desde la tarde se presagiaba la desgracia. Porque los malagueños y, en general, los cofrades de cualquier sitio saben bien la desgracia que la lluvia supone para una procesión, cómo sufren los enseres, los bordados, los estandartes, las túnicas, los palios, cómo las tallas pueden malograrse con daños terribles, en ocasiones irreparables. Una tragedia, sin duda.
Y hete aquí que la cruz guía aún no había alcanzado la Casa Hermandad, serían las once de la noche, no lo recuerdo con exactitud, cuando comenzó a caer una tormenta de las de aquí te espero. Como todo el mundo estaba prevenido por las amenazantes nubes del crepúsculo, en pocos segundos se cubrió la calle del magma multicolor de los paraguas. Los integrantes del cortejo, aun sin quebrar la formación, avanzaban con los rostros descompuestos, dibujando en sus facciones el desconsuelo y el temor. Una jornada que habría de concluir con la vuelta triunfal de la Virgen de su devoción, estaba marcando una fecha aciaga para la historia de la Cofradía de Zamarrilla. El trono, a fin de minimizar el desastre, aligeraba el paso a tirones cada vez más largos, olvidándose de la campana de órdenes. Las barras de palio se estremecían en un vaivén tembloroso como se estremecía y temblaba el ánimo de quienes presenciábamos aquella angustiosa escena. El público permanecía callado, con el corazón encogido por la catástrofe, muchos con los ojos húmedos o ambas manos tapándose la boca. En esto se oyó una voz por encima del estruendo del aguacero.
Cerrad los paraguas. Cerremos todos los paraguas. Si la Virgen se moja, que también nos mojemos nosotros. Venga ya, cerrad los paraguas de una vez.
Y todos cerramos de inmediato los paraguas, más que por obediencia instintiva, por haber compartido el sentimiento de un grito que rompió el silencio de la decepción. La lluvia caía ahora inmisecorde sobre nuestras cabezas, se deslizaba por nuestros semblantes de estupor y empapaba nuestras ropas. Pero nadie se movió de la baldosa que ocupaba. Cómo moverse de allí. Ni hablar. Ya puestos, había que aguantar a pie firme. Más aún, al estrépito de aquel espantoso chaparrón se unió el de un aplauso unánime, como si en vez de nubarrones la procesión hubiera llegado bajo la luz de las estrellas. Y luego comenzó la gente a actuar con la naturalidad de una benigna noche de verano, y se oyeron y corearon uno tras otro esos vítores que se llevan las vírgenes.
Viva la Virgen de la Amargura. Viva. Viva la Virgen de la Amargura. Viva. Viva la Virgen de la Amargura. Viva. Arriba la Virgen de la Amargura. Arriba. Viva la Zamarrilla coronada. Viva...
Y si algún despistado aparecía con retraso por un callejón para unirse al encierro, en seguida se le conminaba a cerrar su paraguas y mojarse como nos mojábamos los demás.
Ese paraguas, que se cierre es paraguas.
Y el individuo también lo entendía. Y el individuo también lo cerraba. Y el individuo también se unía al coro y a la ovación. Y el individuo también se empapaba de agua de lluvia, como empapados estábamos todos de resignación y de entereza.

20 ene 2010

Lástima de bisturí

Hace tiempo leí, no me acuerdo dónde, un interesante artículo sobre el mecanismo que nos lleva al sueño. Según se afirmaba allí, una reminiscencia del pasado arborícola de la especie de la que, a golpe de evolución, procedemos consiste en que nuestro cerebro no anula el sentido del equilibrio mientras dormimos. Como prueba de ello, piénsese en que todos somos capaces de permanecer horas y horas sumidos en el sopor, justo en el borde del colchón, de lado, en una postura precaria, y raro que acabemos en el suelo. Controlamos a la perfección, incluso en pleno letargo nocturno, los débiles movimientos que nos mantienen nivelados sobre la cama. ¿La razón evolutiva? Lógica: lo más seguro para pasar la noche en una selva plagadita de animales carnívoros es refugiarse en la copa de un árbol. El individuo que no logra mantenerse arriba y se desploma no transmitirá a su descendencia unos genes en los que no se refleja la habilidad de descansar encaramado a una rama.Sin embargo, la fisiología del ser humano cuenta con cierto inconveniente. Tanto el oído como la equilibriocepción (palabreja que designa al sentido del equilibrio) reciben señales de órganos situados ambos en el mismo lugar del cráneo. Así, el estudio al que me refiero concluye con que, cuando nuestro cerebro ha de desconectar la recepción de ruidos como etapa imprescindible para entrar en el sueño, a veces se confunde suspendiendo también la vigilancia de nuestra estabilidad. Me resultó muy curiosa la explicación de esos repullos, esos sobresaltos que en ocasiones nos despiertan de golpe: patada a las sábanas, incorporación súbita del cuerpo, pelota de baloncesto botando dentro del pecho: y que casi siempre se acompaña de la visión onírica de nosotros mismos envueltos en el vértigo de una caída.De algo relacionado con esto es de lo que os quiero hablar hoy, queridos amigos de este blog. Veréis. Años llevo siguiendo la misma rutina tras el almuerzo. Mi mujer y yo sintonizamos un informativo en la televisión. En cuanto comienza la sección de deportes, nos pasamos a La 2, pues ambos nos contamos entre los seguidores de Saber y Ganar. Y justo tras despedir el presentador a los concursantes, me tumbo en el sofá, boca arriba, con los ojos cerrados y las manos entrelazadas sobre el torso. La siesta no perdona. Mi subconsciente actúa con tal rapidez y eficacia, que con frecuencia ni siquiera llego a percibir la sintonía con la que se cierra el concurso. O sea, casi una catalepsia fulminante. Los que asisten a este fenómeno aseveran que el ronquido no tarda en aparecer más de un par de minutos. Y luego, a las cinco menos cinco, otro dispositivo neuronal extraordinario me despierta a fin de tomarme el té, cómo no, a su hora.Pues bien, este maravilloso engranaje biológico que os acabo de describir está siendo perturbado últimamente. Y es que mi esposa, armada con el mando a distancia, zapea: pér-dó-ná, pér-dó-ná: una voz electrizante se cuela por mi oreja: ¿nó-té-jó-dé?: proviene del televisor, ahora convertido en terrorífico instrumento de castigo: ¿vá-lé?: no habla de corrido, sino que silabea convirtiendo en tónica cada fonación: pér-dó-ná, pér-dó-ná: acentuando todas las vocales: ¿nó-té-jó-dé?: aticulando con saña los signos de interrogación: ¿vá-lé?: con una frecuencia en hercios y un timbre ferroviario que raya el umbral de la sensibilidad humana. Mi cerebro lucha: Alberto, no hagas caso: se obstina en abstraerse de embates tan despiadados: si tú coges el sueño en seguida: mis conexiones sinápticas prueban todo tipo de combinaciones con las que neutralizar aquellas espantosas estridencias: concéntrate de una vez, Alberto, que no se diga…, hombre.
Os juro, apreciados internautas, que esos alaridos en nada se parecen a los cantos de sirenas que encandilaron a Ulises. Qué espanto.

Pero la cosa no queda ahí. Si se da la afortunada circunstancia de que se calla esa histérica, entonces mis pabellones auditivos reciben el ariete de una melodía diabólica: y es que yo soy un tsunami: una canción sin duda concebida para la tortura: yo soy una chica in: ni los médicos de Mauthausen habrían compuesto tan refinado tormento: y es que soy algo imparable: mi columna vertebral se agita convulsionada por ramalazos de 220 voltios: no te puedes resistir: el estómago se me encoge, sudo, tiemblo: y es que yo soy un tsunami: casi prefiero que un tsunami de verdad me arranque del diván y me libre de escuchar ese sonsonete. El sonsonete ramplón de una chica in, in de infame, que, si triunfa, servirá a Europa de coartada para expulsarnos del continente.

Reflexionando sobre esta circunstancia, creo que es mi cerebro el que se niega a desconectar del todo el sentido del oído. Tal vez advierta en estos sonidos que salen de la televisión el peligro atávico de los depredadores. En un mecanismo de autodefensa cuya comprensión se me escapa, quizá considere mi mente que he de mantenerme alerta, que no me conviene dormirme ante el posible ataque de una fiera. Puede que se trate de eso. Porque ese pér-dó-ná, pér-dó-ná lo tengo metido en el bulbo raquídeo: pér-dó-ná, pér-dó-ná: como esos soniquetes con los que uno se levanta y ya no puede de dejar de tararear durante todo el día: pér-dó-ná, pér-dó-ná: se me descompone el cuerpo con su sola evocación: pér-dó-ná, pér-dó-ná: náuseas, mareos, malestar físico: pér-dó-ná, pér-dó-ná. Lo dicho, puede que se trate de un mecanismo subyacente de autodefensa.

Y eso que no tengo nada en contra de Belén Esteban. De hecho, el verano pasado le dediqué una entrada laudatoria en este mismo blog. Si queréis recordarla, pinchad aquí. De lo que sí que me lamento es de que, ahora que se ha sometido esta moza a la operación de estética más importante del milenio, no le hubiera temblado el pulso al cirujano. Me lamento de que, en plena faena, no le sobrevino al especialista un providencial estornudo que causase un tajo rotundo a las cuerdas vocales de la paciente. Me lamento de que al profesional, mientras retiraba grasa de la papada, no se le hubiese ido un poco la mano en la extirpación.

Ay, lástima de bisturí…

14 ene 2010

El Juego de tu vida (II)

No sé si os acordaréis, amables lectores del blog, que hace algo más de un año dediqué una entrada de este sitio web al espacio El juego de tu vida de la cadena Telecinco. Hoy pretendo comentaros la última de sus emisiones, la del pasado miércoles. Para quienes no conozcáis la mecánica de ese concurso o deseéis releer mi primer artículo, podéis pinchar aquí.

En aquella ocasión, mi afición a ese programa la achaqué a cierto componente sádico de mi personalidad, cierto regodeo en el sufrimiento ajeno, quizás un poso del cerebro de reptil sobre el que después evolucionaría el del homo sapiens y que, por fortuna no aflora en mi comportamiento más que delante de la pantalla del televisor. Porque El juego de tu vida supone, en la práctica, rescatar de la Edad Media el castigo de la picota, el rollo, la columna erigida en la plaza mayor y a la que se ataba al condenado durante días para befa y escarnio de esas gentes de bien que unos llaman populacho. Creedme: es así. Aunque la productora intente disfrazarlo de una especie de terapia sicológica a la que se somete el concursante por voluntad propia, el infeliz jugador, magnetizado por la zanahoria de una recompensa en metálico, se ata a sí mismo al rollo medieval del oprobio público para disfrute de los telespectadores.

Si habéis visto alguna vez el reality, sabréis a lo que me refiero. Bien el participante, bien los 3 ó 4 familiares o amigos que le acompañan, bien todos en cuadrilla acaban en evidencia, humillados, deshonrados, descubiertos en faltas inconfesables, puestos en ridículo y desprovistos de cualquier asomo de dignidad o de prestigio: en definitiva: dije entonces: como el culo. Acaban como el culo. Y en la mayoría de las ocasiones, regresan a sus casas sin llevarse un céntimo o con una cantidad que no saca de pobre a nadie.

Pues bien, este jueves, por primera vez, sentí compasión de uno de los concursantes. Sufrí viéndolo sufrir. Pobre tipo. Se trataba de un hombre joven, de unos 30, enjuto, facciones afiladas, aspecto alocado, tirando al biotipo del delincuente, pero de esos delincuentes de medio pelo que caen simpáticos. En el sofá del plató se sentaron su mujer, su madre y un amigo. Todos recibieron su parte. Y encima, el joven no daba la impresión de poseer demasiada inteligencia pues no entendía giros normales del lenguaje. A preguntas como ¿serías capaz de recordar los nombres de todas las mujeres con las que le has sido infiel a tu esposa?, meditaba unos segundos, fruncía el ceño, y luego le pedía a Emma, la presentadora, que se la formulase de nuevo.

Os informo, apreciados amigos, de que este desgraciado no recordaba los nombres de aquellas con las que cometió adulterio, se supone que por su abultado número. También contestó, con lágrimas en los ojos, a otras cuestiones que sacaron a la luz lo peor de sí mismo.

Emma: ¿Dejarías a tu mujer si supieras que te ha sido infiel?
Concursante: Sí
Voz en off: Eso es..., verdad.

Emma: ¿Consideras que tu madre se enorgullece de tu afición al alcohol?
Concursante: No.
Voz en off: Eso es..., verdad.

Emma: ¿Te has gastado en sustancias ilegales el dinero destinado a la comida de tu hija?
Concursante: Sí.
Voz en off: Eso es..., verdad.

Emma: ¿Estimas que eres digno de tener la esposa que tienes?
Concursante: No.
Voz en off: Eso es..., verdad.

Emma: ¿Opinas que tu madre tuvo suerte al tenerte como hijo?
Concursante: No.
Voz en off: eso es..., verdad.

Y en cada una de sus manifestaciones, en sus gestos, en su intento de contener el llanto, en el rictus de sus labios contraídos en un punto se adivinaba el remordimiento, la autoinculpación, la consciencia de un fracaso... Era obvio que, mientras meditaba la respuesta, pensaba para sus adentro: qué mierda de persona soy, qué despreciable, vaya una vida que le doy a quienes me quieren... Y el colmo del patetismo aconteció cuando le preguntaron si su hija merecía un mejor padre. Con un ademán desvalido, aguantando en silencio durante unos instantes interminables, casi un minuto, el infausto protagonista acabó por pedir auxilio a su familia. Extendió un brazo tembloroso y balbuceó una súplica: el pulsador, por favor, dadle al pulsador, porque ni yo mismo lo sé...

De otros concursantes jamás aprecié que se dieran cuenta del vilipendio y el descrédito de que eran objeto. Más bien se les veía convencidos de que aquellos pecadillos que confesaban se considesarían como travesuras encaminadas a obtener el premio. Pero este desdichado del miércoles noche, pese a sus aparentes pocas luces, sí que experimentaba una auténtica desazón. Pobre tipo. Ya lo dije antes. Incitaba a la lástima. Qué mal lo pasó. Y yo con él. En verdad que me sentí fatal, que me solidaricé con su castigo, que me afligió su inmolación. Me entristeció la escena en que un hombre era denigrado ante las cámaras y trasmitida su vergüenza a los 4 puntos cardinales con el solo objeto de proporcionarnos una cruel diversión a quienes sintonizábamos Telecinco a eso de la una de la madrugada.


Conseguidos 5.000 euros, la presentadora le lanzaba anzuelos para que siguiera adelante: ten en cuenta que puedes doblar tu dinero: lo animaba a proseguir: solo tienes que contestar con sinceridad a 3 preguntas. En contra de lo que me suele suceder, mentalmente le gritaba: no sigas, párate ya, ya está bien de hacer el ridículo. Menos mal que se aferró a un rasgo de sensatez: no, Emma, prefiero dejarlo aquí: menos mal que fue más listo de lo que dio a entender: no me atrevo a continuar, Enma: menos mal que él mismo tiró la toalla y se plantó: lo dejo, Emma, me hace mucha falta el dinero, pero mejor lo dejo: aunque ya desarmado por completo, grogui, vencido en el combate, perdida la estima, escarnecido, con 5.000 euros en el bolsillo que maldecirá durante el resto de su existencia, abochornado, mortificado, vapuleado por la verdad.

22 dic 2009

Dichosos aerogeneradores

El pasado jueves, acompañado de mi buen amigo y también escritor Miguel Gómez Yebra, recorrí las Mesas de Villaverde, un imponente promontorio de arenisca rodeado de tajos cuyas escarpaduras sirvieron de baluarte defensivo a la rebelión mozárabe-muladí que encabezó Omar ben Hafsún a finales del siglo X. Hasta tal punto se retuerce allí la geología, que justo en la cumbre se ubicó el embalse de La Encantada. Así, por la noche, cuando disminuye el consumo eléctrico, se bombea agua desde el río Guadalhorce, almacenando la producción sobrante de energía hidráulica en forma de energía potencial, para recuperarla a la mañana siguiente por medio de otro salto casi vertical.
Todavía recuerdo el impacto que, de niño, me produjo aquel paraje fascinante, cuya estampa más emblemática y miles de veces reproducida la constituye el desfiladero de Los Gaitanes. Al Este, el electrocardiograma de la sierra de Las Aguas recorta el más difuminado telón de fondo de la de Alcaparaín. Al Norte, una superficie cubierta de pinares, madroños y chaparros desciende hacia la zona de los pantanos a bordo de una especie de sábana agitada por los dioses. Más allá, las ruinas de los castillos de Teba y Turón contribuyen al carácter triste y poético del paisaje. En dirección antípoda se observa casi toda la provincia, La Maroma, que ya se habrá vestido de blanco nieve con el temporal de estos días, la sierra de los Camarolos, la de Las Cabritillas, la de El Torcal. Más cerca, el monte Hacho vigila a la población de Álora y la cabecera de la vega del Guadalhorce en la que destaca el viaducto de las Piedras sobre el que circula el AVE. Y si uno contempla este horizonte desde una atalaya propia para que los superhéroes emprendan el vuelo, encarando el Oeste sucede todo lo contrario, uno se siente empequeñecido ante la pendiente sobrecogedora que, al otro lado de la vaguada, asciende hasta el pico de Huma, o “La Jumá”, como la pronuncian los lugareños. Quizá el nombre provenga de que, sople el viento que sople, de la cima de la montaña surge una bocanada de humo que, a modo fumarola volcánica, se alarga en horizontal como una veleta gigantesca. Y esta mañana en que Miguel y yo buscábamos los restos de la ermita rupestre de Bobastro, La Jumá también fumaba alimentada por las heladas rachas de poniente. Tanto atractivo me infundieron aquellas maravillas en mi primera visita de hace lustros, que redacté entonces el cuento con el que gané el concurso de narraciones infantiles que convocaba la Televisión Española de los sesenta.
Sin embargo, en esta última ocasión ya no era igual. Apuntara las pupilas hacia donde fuere, difícil no toparse con una batería de aerogeneradores ahuyentando con sus amenazantes aspas cualquier tipo de encanto. Cada uno de aquellos tremendos postes, con sus 40 pisos de altura, contribuía a alejarnos de la naturaleza, a recordarnos a la mano del hombre transformando, ahora para peor, la geografía física. Podréis argumentar, queridos lectores de este blog, que igual puede aseverarse de las ruinas de los castillos y de las ermitas y, con mayor razón, de los embalses, saltos de agua, sembrados o viaductos. Pero no es lo mismo. Por supuesto que no es lo mismo. Todo lo mencionado son obras humanas, sí, pero las últimas, no adivino por qué, se integran en el paisaje con mucha más frescura que aquellos espantosos molinetes que rompen el horizonte con sus feroces movimientos.
De vuelta a casa, con ingrediendientes de desánimo e indignación en el alma, me entretuve tecleando en Google. Al parecer, una plataforma en Cantabria intenta evitar lo propio en sus valles del sur. Tuve la suerte, hará un par de veranos, de recorrer aquella espléndida zona, de nuevo con flora y fauna autóctonas y salpicada de coquetas ermitas rupestres. El paralelismo se evidenciaba. Os invito a entrar en su web y a reproducir alguno de sus contundentes vídeos. En uno de llos, la cámara barre el bellísmo paraje de derecha a izquierda, mostrándolo tal cual se encuentra hoy. Y luego deshace su camino simulando cómo quedará tras la implantación de aerogeneradores prevista. Desolador, os lo aseguro. Y también encoge el corazón otra película en la que un buitre se desploma desde 40 metros de altura abatido por una de aquellas aspas asesinas. En otros foros vi cómo se desmontaba el cuento de la bendición ecologista oficial para estas plantas industriales que ocupan hectáreas de monte. Os lo resumo: en vez de solicitar el estudio de impacto ambiental de un conjunto de 70 aerogeneradores, se solicita para 7 campos de 10 aerogeneradores cada uno. Todos pasan el examen. Pero el resultado sigue siendo el de 70 moles destruyendo a la poesía y a la vida. E incluso contratan a partidas de trabajadores (lo confiesa un forero que participó en ellas) para que retiren los cadáveres de las aves antes de que llegue la inspección.
No entiendo por qué se recurre masivamente a este tipo de energía. Ya somos líderes mundiales en tamaños desmanes, y aún pretendemos emplearnos en ello con más ahínco. Me pregunto qué tiene de malo la energía nuclear. La totalidad de los megavatios producidos por los molinetes puede suplirse con un solo generador nuclear de ciclo abierto, de los que queman sus propios residuos, eliminando así el problema de almacenarlos. Energía segura, por completo limpia y, además, mucho más barata. La otra, la eólica, entre su coste de implantación, las subvenciones y las primas, nos acribilla en recibos mensuales. Y en esta entrada no llegaré a hablar de la fotovoltaica, pero otro tanto pinta.
A este paso, las llanuras españolas verán sustituidos sus cultivos de cereales y verduras por huertos solares, las colinas se cubrirán de aerogeneradores, y solo contemplaremos los paisajes en los lienzos de los museos.
¿Será verdad que el mundo ya no es de nadie, salvo del viento?
Qué lástima de inteligencia... Dichosos aerogeneradores…

12 dic 2009

Memoria histórica

Si a fecha de hoy se teclean en Google News los términos de búsqueda “General Torrijos” o “José María de Torrijos” o “fusilamiento de Torrijos”, apenas si aparecen en pantalla un número de referencias que supere al de dedos de una mano. Debe extrañar esta circunstancia cuando el 11 de diciembre se produjo el aniversario de la ejecución. Las noticias sobre el particular se reducen a una recreación de los hechos realizada el pasado martes 8 por la Asociación Torrijos por la Libertad, una instancia al Ayuntamiento de Málaga a que lleve a efecto el acuerdo unánime de todos los grupos acerca de instalar un Centro de Interpretación en el antiguo Convento de San Andrés, el homenaje floral que el Alcalde presidió en la plaza de La Merced y la columna semanal que escribe Pedro Aparicio en el diario SUR. Pues bien, la lectura del texto de Aparicio me ha tocado la fibra sensible. Así se lo he comunicado en el e-mail que le acabo de enviar. Porque además de la propia historia del liberal y su tripulación, ya sobrecogedora de por sí, se suma, en mi caso, el de emotivas evocaciones familiares.
No recuerdo bien si fue en una visita al Museo del Prado o en alguna exposición itinerante por provincias. Entonces era yo un chavea. Pero sí que vienen a mi mente las palabras de mi madre, las que pronuncia mientras señala con su índice extendido a la base del imponente cuadro de Gisbert. En concreto, a la esquina inferior derecha. Allí yace un sombrero de copa, tumbado, polvoriento, ya sin dueño. El sombrero de un cadáver, sin duda. He consultado críticas y comentarios que los expertos han vertido sobre esta obra maestra: Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros. En ellas se habla de la composición de los personajes, de las manos que entrelazan entre sí los condenados, del pelotón difuminado al fondo, de los ya ajusticiados que se desploman a sus pies… Pero mi madre se fijaba en el sombrero de copa, el sombrero de un civil. Según ella, toda la fuerza de aquella pintura se centraba en el sombrero de copa. Toda su crítica, toda su potencia expresiva, todo su alegato contra la iniquidad, todo ello resumido en un sombrero de copa que se sitúa abajo y a la derecha, en el lugar que la gramática reserva al punto y final. Es en ese complemento, es en esa prenda de vestir con que los humanos se cubren el órgano de pensar, es en ese sombrero de copa en el que ella vislumbra el símbolo de la libertad derribada por un tirano.
Mi madre me contaba que el lienzo visitó la ciudad de Málaga durante la República. Entonces era ella la niña. Y fue mi abuelo, Napoleón Serrano Barés, a quien no llegué a conocer, el que la llevó a contemplarlo. Y también el que le señaló el sombrero. Afirmaba mi madre que quedó sobrecogida por la imagen del aquel óleo gigantesco. Pero lo que más la estremeció fue el solitario sombrero de copa, alejado de los figurantes, tendido, mostrando el forro interior y dibujando con el ala una especie de O mayúscula deformada por el fracaso.
No sé si alguna vez coincidiré con mis hijas frente al cuadro de Gisbert, pues creo que se encuentra expuesto en la sala 61a de la pinacoteca madrileña, o ante la copia de Ceferino Castro que conserva el Ayuntamiento de Málaga. Quizás alegaréis que hoy en día puede buscarse para ello cualquier reproducción en Internet. Aunque no sería lo mismo, claro que no, una versión digital que plantarse ante el auténtico. Pero si es así, no dudéis, queridos amigos de este blog, que extenderé mi dedo índice en dirección al sombrero que reposa sobre la playa de El Bulto. Y que procuraré reproducir las mismas palabras que escuché de mi madre, y ella de mi abuelo.
Así habré contribuido a mantener la verdadera memoria histórica, la que merece la pena de memorizar pues nos une en el homenaje a nuestros héroes.

26 nov 2009

¿Don Juan Tenorio? ¿Acaso el comendador?

Papá, ¿no habrá en tu biblioteca algún ejemplar del Tenorio? Espera, Rocío, a ver si apareciese entre las fichas…, pues no, no lo veo, pero sí que recuerdo tener uno, e incluso haberlo leído en edición de bolsillo. Si no lo encuentro aquí, Rocío, debe de hallarse en el trastero. Un día que baje te lo busco, ¿de acuerdo? Vale, papá, gracias.
Y es que, en las cercanías del pasado día de los difuntos, a mi hija mayor se le antojó leer la conocidísima obra de Zorrila, millones de veces evocada en esas fechas y de la que todos memorizamos algún fragmento. Por otro lado, queridos lectores de este blog, para acabar de situaros en las circunstancias que rodearon al extraordinario suceso que os pienso relatar, os informo de que mi bliblioteca consta de unos 3.000 volúmenes que, por el momento, no caben en los libreros que se esparcen por las habitaciones de mi piso. En ellos alojo alrededor de un millar. Casi todos los textos matemáticos, salvo aquellos que uso a diario, me los llevé a mi despacho de la Facultad de Ciencias. Y el resto, como almas del purgatorio en espera de la salvación definitiva, aguardan apilados en el trastero a que se les permita irrumpir en mi vivienda. Un par de veces al año, encargo al carpintero una librería a medida de alguno de los rincones libres de mi casa. Así rescato 100 ó 120 de los ejemplares que fueron condenados a las profundidades del sótano.
Milagros del Corral, la actual Directora de la Biblioteca Nacional, suele afirmar que los libros crían libros, que se reproducen ellos solos, que, no se sabe cómo, donde hace un mes había quince, ahora hay veintiuno. Y lo peor de todo es que juegan al escondite. En ocasiones, uno alberga el absoluto convencimiento de que adquirió, por ejemplo, las novelas de Bioy Casares, se dirige a donde creyó depositar en su día la colección, y ve con sorpresa que en los lomos figuran todos los títulos menos La invención de Morel, precisamente el que se quería hojear. Quizá transcurran horas antes de dar con ejemplar tan juguetón, o tal vez acabe uno rindiéndose. ¿Por qué he mencionado La invención de Morel? Porque en este caso, al igual que con Vuelo nocturno o Corazón tan blanco y otros más, llegué a comprarlos de nuevo, contemplando la posibilidad de que se las había prestado a alguien o, justo lo recíproco, que me las habían prestado y ya las devolví. Al cabo de los meses advertía mi error: La invención de Morel yacía tumbada en uno de los estantes de arriba. Estupor.
Por eso escribí un programa informático en Clipper con el objeto de localizar cada obra de mi biblioteca. Dispongo de varios métodos de búsqueda: por título, por autor, por editorial… El software me devuelve la habitación, la librería y el número de estante en el que se encuentra. Por desgracia, la labor de fichar ejemplares se lleva más tiempo del que uno dispone. Según asevera mi programa, hasta hoy solo hay fichados 1.290 volúmenes: menos de la mitad.
Volviendo al asunto del Tenorio que deseaba leer mi hija, no hubo ocasión de visitar el trastero hasta transcurridas un par de semanas desde su petición. Bajé por el ascensor acarreando con dos maletas vacías, las que había utilizado para mi reciente estancia en Stuttgart. Este tipo de bártulos se suelen guardar en los trasteros. Mas al abrir la puerta, vislumbré tres libros en el suelo.
¿Cómo se habrán caído? ¿Sufriría la ciudad un débil terremoto durante mi ausencia? ¿ No habrá sido la vibración producida por las excavadoras de las obras del metro? Preguntas idiotas, Alberto, pues jamás averiguarás la respuesta. Anda, mejor que coloques las valijas en su sitio y te pongas a buscarle el libro a Rocío. Ah, y comienza por esos tres que hay bocabajo: quién sabe si entre ellos estuviera el Tenorio. Aunque sería demasiada suerte.
Os juro, apreciados amigos, que lo pensé. Pensé que entre esos 3 volúmenes pudiera hallarse Don Juan Tenorio en edición de bolsillo. Y en efecto, así fue. Curioso, ¿verdad? Además, sabed que, a fin de economizar espacio, los libros del trastero los dispongo en horizontal, mientras que algún rasgo psicológico de mi comportamiento me lleva a disponerlos piramidalmente, esto es, con los más grandes en la base de cada rimero, y disminuyendo en tamaño conforme los amontono, de forma que las cumbres las ocupen los más pequeños. Pues bien, el Tenorio superaba en dimensiones a los otros 2 libros accidentados, lo que significa que en su colocación original, el Tenorio sostenía a los de arriba. Segunda sorpresa: de la pila que fuere se habían precipitado justo los volúmenes requeridos para que Don Juan Tenorio constase entre ellos.
Permitidme que haga algunos números. No os cansaré demasiado. Estimando que almaceno en el trastero unos 1.500 libros, la probabilidad de que, elegidos 3 al azar, uno de ellos sea el Tenorio se calcula mediante la fórmula de Laplace: P=3/1.500= 0,002: es decir, un 0,2%. Ya de por sí esta cifra parece ridícula, pero si se la compara con otros eventos cotidianos, sustenta la idea de que se trata de un suceso muy improbable. Por ejemplo, ese 2% es solo algo mayor que la probabilidad de que a uno le toque el reintegro del cupón de la ONCE durante 4 días consecutivos. Y si en vez de considerar el evento de que el Tenorio se encontrase entre 3 libros elegidos al azar, se estudiase el de que se caiga justo ese libro y, por consecuencia, los 2 que tenía arriba, la probabilidad desciende a P=1/1.500, o sea, un 0,066%: del orden de la de ser agraciado con el reintegro 5 días seguidos.
Mi condición de matemático me impide aceptar explicaciones sobrenaturales. No hablaré aquí de telepatía ni de telequinesia ni de otros fenómenos que la ciencia no avala. Y pese al argumento fantástico del texto teatral de Zorrilla, tampoco imaginaré que ha sido obra de un espectro. ¿El de don Juan?, ¿acaso el ectoplasma del Comendador?
Eso sí, llevo varias jornadas dedicando unos minutos a meditar sobre otra obra con personajes fantasmales: Cuento de Navidad de Dickens. Sé que la poseo. Tampoco figura en mi base de datos, luego lo más lógico es que se ubique en el trastero. Bajaré la semana próxima. Prometo informaros del resultado.

13 oct 2009

Borregos en los aeropuertos

Ya está bien, hombre, por Dios… Abusan de nuestra paciencia. Mejor dicho: de nuestra docilidad: una docilidad que ya raya el borreguismo. Vaya un país de borregos, otrora de Quijotes, hoy de Sanchopanzas.
Ay, aquellos tiempos en que la gente se sublevaba por el mero hecho de que las autoridades dictaran una orden que recortase la longitud de las capas y prohibiera el uso de sombreros de ala ancha. Aquellos sí que eran tiempos en que la dignidad y el criterio personal se anteponían a las estupideces de los gobernantes de turno. Porque he elegido un buen símil: la excusa para aquel edicto caprichoso de Carlos III sobre capas y sombreros no era sino evitar que los maleantes se embozasen durante los asaltos callejeros. Pero los ciudadanos no tragaron con tamaña arbitrariedad, una más del despotismo, que solo ocasionó que aumentara el descontento y propiciase, en 1766, el motín de Esquilache. Optaron por la libertad de elegir forma de vestir, antes que por la seguridad frente a los atracos.

¿A cuento de qué este párrafo histórico inicial adobado de indignación? En seguida os lo explico. Y es que el domingo tomé el Airbus Madrid-Málaga. La primera dosis de humillación me la inflingieron nada más llegar al Aeropuerto. El vestíbulo de la terminal A4 dispone de unas jaulas acristaladas donde confinarnos a los fumadores. Estos recintos debieron de diseñarse con la mente puesta en lo inmundo y despreciable de la casta subhumana que allí nos alojamos. ¿Una máquina de café o de refrescos? No ¿Sillones?, ¿acaso sillas?, ¿simples banquetas? Naranjas de la China: nada de nada. Si estos viciosos no logran reprimirse el mono de la nicotina, que se jodan y fumen de pie. Y a la vista de todo el mundo, como en las picotas medievales de los pueblos. Que sirvan de escarnio y de befa. Ahí. Hacinados en un rectángulo de 4 por 3 metros, mirándose unos a otros en silencio, en el silencio del desprecio generalizado de una sociedad saludable.Ya sé, porque así me lo habéis manifestado en algún correo, estimados lectores de este blog, que muchos disentís de mi opinión en este asunto del tabaco. Y eso que no solo obedezco a rajatabla la legislación vigente, sino que jamás enciendo un cigarrillo en los lugares en los que preveo pueda molestar a alguien. En mi coche, por ejemplo, me reprimo de hacerlo si es que me acompaña un no fumador. Lógico entonces esperar de los demás al menos el mismo respeto. Mas en aquellas celdas de vidrio para drogadictos ni siquiera se nos trataba de usted. Un cartel rezaba así: Apaga tu colilla antes de salir. Pero bueno, ¿en qué plato hemos comido juntos para hablarme de tú?, ¿eh? Y encima habré de agradecer que el tono del texto no salte al insulto. Nada me extrañaría que dijese: Tú, asesino intoxicador, apaga tu asquerosa colilla y no te atrevas a salir de aquí hasta que ese nauseabundo intrumento de muerte deje de humear, bandido, criminal, desecho de la humanidad.

Sin embargo, acabo de hablar de humillación, cuando el colmo de la humillación se sufre camino de la puerta de embarque. Y por todos los viajeros, fumen o no. La escena guarda curiosas similitudes con las que hemos contemplado en muchas películas de nacis o en documentales sobre el holocausto, esas en las que los trenes de la muerte arriban atiborrados de ciudadanos inocentes a los campos de concentración. Al igual que allí, un vigilante se encarga de distribuir a la gente en varias colas. Otros uniformados instruyen a los civiles que ya engrosan las filas sobre cómo proceder. Coja una bandeja. Deposite aquí todos los objetos metálicos que lleve encima. ¿Incluido el cinturón? Por supuesto, ponga su cinturón, y saque el ordenador de la funda. No tendrá en esa bolsa un tubo grande de dentífrico, ¿verdad? El reloj: fuera. Usted, señora, despójese de los collares, de las pulseras y de los anillos. ¿De este también?, es que no me sale la alianza si no uso jabón. Sí, señora, tiene que quitarse la alianza como sea, y las monedas, y los móviles… Ah, y coloque el equipaje de mano sobre la rampa del escáner.

Lo dicho, igualito igualito que las calurosas bienvenidas con que las SS solían obsequiar a quienes se apeaban del vagón en Auswitch para ser sometidos a un tratamiento con Zyklon B. Porque si el detector pita, has de hacer memoria: ¿será el llavero?, ¿un piercing?, ¿la montura de las gafas?, ¿un diente de oro?, ¿acaso el potaje de lentejas?, porque dicen que las lentejas tienen mucho hierro… Si ese es el caso, el personaje de seguridad, implacable, te cachea de la cabeza a los pies, siguiendo el ritual, también conocido por los telefilms, que se aplica a los detenidos en plena calle. Y luego hay que rezar porque el individuo que se sienta frente a la pantalla posea cierta experiencia interpretando los rayos X. Andando, qué veo en el monitor, ¿es eso un cúter, caballero? ¿Un cúter yo? Lo dudo mucho: que yo recuerde, no he metido ningún cúter. Pues abra la cremallera del maletín, a ver de qué se trata. Y rápido, que hay muchos esperando. Sí, sí, no se preocupe, ahora mism…, ah, ya caigo, se tratará de mi puntero láser. Sáquelo: hay que comprobarlo. Meta de nuevo el maletín sin el puntero. Vale, ya puede ponerse ahí. Pero lejos, ¿eh?, dejando sitio a los que vienen detrás.

En definitiva: bochornoso. Todos somos considerados como terroristas en potencia, debiendo demostrar lo contrario. El mundo al revés. La carga de la prueba a costa del sospechoso. Y nadie protesta. Beee, beee. El rebaño circula con docilidad por donde le indican los guardianes. Beeee. Obedece temeroso. Beee, beee. Casi agradeciendo que en esta ocasión no lo hayan esquilado. Beee. Y eso que muchos caen en la cuenta de la inutilidad de registros tan concienzudos.
Qué suerte, Antonio, no se han dado cuenta de mi petaca de whisky. Ah, ¿sí?, pues yo creía que me pararían por mi bolígrafo-abre cartas, y fíjate…, les ha pasado desapercibido.

¿Servirá de algo todo este jaleo? Porque una vez que he recuperado la correa, bien podría estrangular al piloto con ella, por ejemplo. Y ya han ocurrido secuestros con todas estas medidas en marcha. Para mí que solo se trata de humillar, de demostrar quién manda, de rebajar tu dignidad, de contribuir al imparable recorte de parcelas de libertad que sufrimos en este decadente siglo XXI. Recuérdese el motín de capas y sombreros. Recuérdese que una raza más altiva que la nuestra se opuso a que le impusieran cómo vestirse, aun a riesgo de mermar la seguridad de circular por la vía pública. Y lo peor del asunto, apreciados amigos, está por llegar. Oí en la radio que miembros del Al-Qaeda experimentan con explosivos-supositorio que burlen los controles de los aeropuertos. Qué horror. Mas no me horrorizó la noticia, sino cojeturar la inspección adicional que incluirán en el protocolo de embarque. ¿Os imagináis al vigilante plantado ante vosotros, esbozando en su rostro el sadismo de una sonrisa, mientras se enfunda un guante de goma en su mano derecha? Escalofríos. La sola evocación de la escena me provoca escalofríos. Pero seguro que transigiremos con ella. Beee. beee. Seguro que transigimos. Beee.

3 sept 2009

La gorda

(Este breve relato está dedicado a mi buena amiga Francis, In Memoriam.)

No sé si os he dicho en alguna ocasión, apreciados amigos, que al principio de los ochenta estuve destinado como profesor de matemáticas en el Instituto de Bachillerato Camilo José Cela de Campillos. Durante 5 años conduje a diario por la carretera que me llevaba desde Málaga a mi centro de trabajo. Total: 170Km entre ida y vuelta. Obvio que en tan dilatado periodo de tiempo las singladuras se tornaron insufribles. Hace poco que deambulé de nuevo por la misma ruta. Iba solo, escuchando Radio 5, la única de la que no se pierde la sintonía por más que se circule por la geografía española. Y conforme me acercaba a cierto cambio de rasante, dejé de prestar atención al reportaje que se emitía pues algo se activó en mi subconsciente, una rutina que adquirí de aquella época. En efecto, sin pretenderlo y pese a la soledad de la cabina, comencé a reír justo al sobrepasar un olivo que aún perduraba en la margen derecha de la vía.
¿Cómo se explica tan extraño fenómeno? Eso es lo que os narraré en esta entrada.

He de retroceder entonces unos lustros. A fin de compartir los gastos de combustible, dos compañeras que también vivían en la capital se trasladaban al Instituto en mi coche. El hecho de que Francis, la profesora de Latín, María Victoria, la de Lengua española, y yo compartiéramos tantas horas de trayecto provocó que entre nosotros se entablara una franca amistad. Nos unía la desgracia de que nuestras plazas se hallasen tan lejos de nuestras residencias. Los 3 experimentábamos idénticos madrugones de silla eléctrica, idéntica fatiga en jornadas de sol a sol, idénticos tiritones de frío al descender hasta los helados llanos de Antequera en un automóvil con la calefacción estropeada. Nos sumía el mismo tedio, el mismo cansancio, la misma congoja. Eso sí, acabamos por olvidarnos de los peligros de la ruta. Preocupados por entrar a tiempo a la primera clase, apenas si protestábamos cuando un turismo adelantando en sentido contrario me obligaba a dar un volantazo para arrojarme a la cuneta. En tales circunstancias, aquel de los 3 que tuviera menos sueño quizás articulase un será cabrón el tío, aunque sin inmutarse, sin casi balbucear una queja pese a haberse rozado el accidente mortal.
El caso es que poco antes de ese cambio de rasante al que me referí arriba, situado ya a pocas leguas del pueblo, nos espabilábamos poco a poco. En voz alta nos preguntábamos por si se repetiría el episodio de cada mañana.

¿Estará la gorda hoy, Francis? No sé, Alberto, llevamos algo de retraso. A lo mejor ya se ha ido. ¿A ver? No, no, ahí está, jaaaa, jaaa, ja. La gordaaaa, jaaa, ja, jaaa, ahí está la gordaaa. Jaaaa, ja, ja, sí es verdad, está en su mismo olivoooo, jooo, jo, joo. La gorda está en su olivoooo, jooo, joo, jo…Porque había un olivo a la derecha del camino en el que solíamos encontrarnos con una chavalita de unos 12 ó 13. Permanecía de pie en el arcén junto a otros 2 niños más pequeños que ella, a buen seguro sus hermanos. Los 3 sostenían sendas carteras. Los 2 más chicos se uniformaban de babero blanco a rayas verticales verdes. Evidente que aguardaban al transporte escolar.

¿La habéis visto?, jooo, joo, jo, ¿habéis visto cómo estaba hoy la gordaaa?, jaaa, ja , ja…, hoy ponía cara de reloj de péndulo, jooo, jo, jo. Sí, sí, jaaa, jaa, ja, hoy estaba graciosísimaaaaa, ¿verdad, María Victoria? Jaaa, jaaa, ja.

A la vista de la gorda estallábamos en incontenibles y estrepitosas risotadas que ya no paraban hasta Campillos. Era una risa contagiosa que salía de no sé dónde y la provocaba no sé qué. Y cualquiera que se uniese a nosotros 3 en el viaje se extrañaba la primera vez que asistía al evento. Sin embargo, en posteriores ocasiones ya no podría evitar el troncharse durante un buen rato para terminar con el diafragma dolorido y secándose los ojos con la manga.
La gordaaa, jaaa, ja, ja, ja…, ahí estáaa, la gordaaa, ja, ja…

Al entrar al Instituto, el resto de profesores, que solo tenían noticias de la gorda por nuestras referencias, se interesaban por ella. Hoy os veo muy contentos, ¿acaso os habéis topado con la gorda? Sí, sí. Ja, ja, ja…, hoy estaba graciosísima, jaaa, ja, ja. No recuerdo con precisión cuándo tuvimos constancia de que la gorda nos aguardaba allí, a la salida del Sol, temiendo el paso de un coche rojo repleto de carcajadas, con desfigurados rostros tras los cristales de las ventanillas que clavaban en ella sus miradas lacrimosas. La gordaaa. jaaa, jaaa, jaa…, ahí está la gordaaa, ja, ja… Ya la veooo, jooo, jo, qué malo eres, Albertoooo, jooo, jo jooo, le vas a provocar un trauma a la pobre chiquilla, jooo, jo, jo, ¿no ves la expresión con la que se nos queda mirando la infeliz? Ya lo sé, María Victoria, jaaa, ja, jaaaa, a mí también me da una pena espantosaaaa, jaaa, ja…, pero es que no lo puedo remediar, aahhh, jaa, ja, es que la gorda es tan graciosaaaa. Jaaa, ja, ja…
Hubo de engendrarse un mecanismo gradual hasta que nos percatamos de ella. Y tampoco nos explicábamos qué lo desataba. Tan solo la vislumbrábamos allí, con los libros bajo el brazo, para que comenzase el jolgorio. La superábamos a 80 Km/h, con la vista a la derecha, partidos de risa, intentando controlar los involuntarios espasmos abdominales. Y así un día tras otro.
¿Y la gorda? ¿Dónde está? Qué raro que no aparezca a su hora: solo se ve a sus hermanos: ¿habrá enfermado? No, no, Alberto, la gorda está allí, detrás del olivo: se ha escondido: joo, jo, jo: se ha escondido para que no la viéramos. Aaaahh, es cierto, Francis, ja, ja, ja, la gorda se ha escondidoooo, jaa, ja ,ja.

Porque durante unos días la gorda intentó ocultarse de la befa matutina. Inútil. Aquel paisaje no era apto para emboscadas. Terminó saliendo de nuevo a la cuneta a dar la cara. Ella no sabría por qué tenía que darla. Y nosotros tampoco. Pero todos sentimos que las cosas volvían a la normalidad, a la hilarante normalidad de las nueve menos diez.

2 sept 2009

Onironautas espaciales

Todo lo relacionado con los sueños me resulta fascinante. Si me despierto en el transcurso de uno de ellos, procuro repasarlo en mi mente repetidas veces con el objeto de memorizarlo, pues un sueño ya memorizado jamás se olvida. Y esto lo consigo incluso si me levanto de la cama y me dirijo al baño o a la cocina a beber un vaso de agua. Durante ese intervalo fronterizo en el que no llego a alcanzar por completo el estado de vigilia, otros sueños ya soñados surgen espontáneos en mi cerebro. Me asombro entonces por encontrar conexiones entre ellos, conexiones que me parecen muy lógicas y muy normales. Mis neuronas engarzan razonamientos que verbalizo con más seguridad aún que si me hallara despierto.

Hay que ver, Alberto, cómo nunca has caído en el nexo que relaciona el sueño de la procesión que acaba en catástrofe con el del tsunami que acontece a los pies del aquel gigantesco acantilado sobre el que reposa un hotel de 5 estrellas. Era de cajón que los 2 sueños constituían capítulos de la misma historia. Y qué facil pasar de este último a ese en el que una banda de cuatreros asalta tu antigua vivienda de calle Los Frailes. Y además de recorrer con enorme facilidad la nutrida base de datos de sueños ya soñados, soy capaz de elegir uno a voluntad, dormirme casi de inmediato y retomar el hilo en donde lo dejé.
Fascinante. Ya lo dije al principio: fascinante de verdad.

Por supuesto que he usado los sueños como material literario. De hecho, en Regina angelorum intervienen como parte fundamental del argumento. Y en mi última novela, todavía por publicar, incluyo una pesadilla que compartí con mi hermano Fredy cuando éramos niños. Ambos lo supimos muchos años más tarde. No recuerdo si fue él o fui yo quien comenzó a describir su pesadilla, pero el relato se convirtió en un mano a mano. Cada uno preguntaba al otro por los detalles que vendrían a continuación a fin de comprobar que no le estaban tomando el pelo. En absoluto: sendas pesadillas coincidían hasta en sus elementos más triviales. Sorpresa. Estupor.
Mas no os narraré aquí, queridos lectores de este blog, ninguno de mis sueños, sino uno que experimentó mi amigo Lucas. Hará una semana que me lo relató. Y a mí, qué queréis que os diga, me encantó. Se trataba de un sueño maravilloso, digno de plasmarse en letra escrita, un sueño igual de seductor que los que se leen en Arrabal celebrando la ceremonia de la confusión, aunque sin elementos tan disparatados o absurdos como los usados por el genial escritor melillense. Intentaré reproducir la escena con fidelidad.

Lucas y yo nos sentábamos en los extremos antípodas de la mesa de una cafetería. Nuestras bebidas, una Coca-cola y un café con hielo, se acabaron pronto bajo el calor de una tarde de agosto. Llevábamos ya un rato hablando de cosmología cuando Lucas se decidió. Pues yo, Alberto, me acuerdo perfectamente de un sueño que tuve a los 8 ó 9 años. ¿Sí?, cuéntamelo, Lucas, por favor. Pues verás, estaba durmiendo, y de pronto comenzaba a flotar y me elevaba en el aire. Y ya desde el techo de mi cuarto, me veía a mí mismo en la cama, dormido. Así permanecí unos minutos, contemplándome a mí mismo. Me parecía muy natural la situación. Aquel que yacía era yo. Sin embargo, mi punto de vista era el del yo que flotaba. Y luego seguí subiendo por encima de la casa, volando y ascendiendo sin parar. Las cosas se veían cada vez más chicas. Y subía, subía y subía. Llegó un momento en que abandoné la Tierra. La vislumbraba desde el espacio, como si hubiera salido de una nave para dar un paseo espacial. Y yo estaba con las piernas y los brazos encogidos, así. Anda, Lucas, pues eso me recuerda a la última imagen de 2001, ¿no crees?, esa en la que aparece un niño en posición fetal rodeado de una esfera transparente y azulada. Seguro que viste 2001, una odisea espacial pocos días antes. No, Alberto, porque mi sueño no terminó ahí. Continué alejándome de la Tierra. Más lejos y más lejos. Y también dejé atrás el sistema solar. Volaba entre las estrellas. En ese instante, me di cuenta de que no llevaba ya el pijama, sino una túnica blanca. Después vinieron las galaxias. Las adelantaba encaminándome hacia no sé donde. Miré a mi derecha. Había una interminable hilera de gente, aunque muy espaciada, cada persona a bastante distancia de la anterior. Todas en línea. Todas con túnica blanca. Todas volando en el mismo sentido. Y a la izquierda igual. Otra fila se prolongaba infinita, inacabable, una ristra de siluetas blancas que se transformaban en puntitos con la lejanía. Y conforme avanzábamos, las galaxias escaseaban poco a poco, hasta el punto de que desaparecieron por completo. Solo estábamos nosotros, con túnica blanca, rodeados de una inmensidad de color negro. Y el negro era un negro, Alberto, mucho más negro que el de la realidad. Te lo aseguro. Imposible encontrar en el mundo de los despiertos un negro tan negro como aquel. Un negro negrísimo. Solo en un sueño se puede ver ese negro. Y lo mismo sucedía con el blanco de nuestras túnicas. Jamás, salvo que repita mi sueño, conseguiré toparme con ese blanco tan blanco. Infinitamente blanco. Entonces comenzó a aclarar algo en la dirección de la marcha. Me acercaba a algún paraje que se mostraba en principio muy blanco. Percibí que ese fondo blanco hacia el que volaba poseía el mismo blanco de las túnicas. Me aproximaba a algo tintado de ese blanco uniforme y sin la menor imperfección. Y al llegar al alcance de mi mano, quise extenderla para tocar el blanco. En ese momento me desperté. Me quedé sin saber qué había tras esa especie de pantalla fantasmal de color blanco.

Mi inteligente amigo Lucas no quiso dotar de explicación alguna a su sueño. Es lo mejor. Lo más sensato. La ciencia sabe muy poco de los sueños como para meterse en los berenjenales del psicoanálisis o, peor aún, en las especulaciones de los viajes astrales, de los que son tan amigos los paracientíficos o los místicos. Tan solo se limitó a articular una metáfora que me resultó muy llamativa. Cualquiera diría, Alberto, que en mi sueño viajé hasta el Big-bang.
Y en verdad que encontré su metáfora muy acertada. Qué suerte la de mi amigo Lucas, que ha viajado en sueños hasta el Big-bang.

15 ago 2009

Escaleras borrachas

Estoy terminándome El Baco, una novela de Jesús García Castrillo, Chus para los compañeros, Catedrático de Lengua y Literatura, escritor, excelente cocinero, violinista, pintor, melómano, lector voraz y analista financiero. La obra a la que me refiero fue seleccionada para la fase final de importantes premios literarios, el Andalucía, el Café Gijón, el Azorín y nada menos que el Planeta. Coincidí con Chus durante unos años en el Instituto de Bachillerato Emilio Prados, en donde establecimos una buena amistad. De El Baco puedo comentaros, queridos asiduos de este blog, que es una narración que se adelanta en varios años a la tónica que prevalece en nuestros días y que tantos bestsellers está generando. Chus, con la perspicacia que lo caracteriza, intuyó el atractivo que produciría un cóctel en el que se mezcla la intriga actual con la indagación histórica sobre cultos religiosos ya perdidos. (En el caso de El Baco, este culto se enfoca a la deidad del vino, quien reclama la borrachera como rito central de su liturgia.) En vista del éxito, combinaciones de ese tenor han sido imitadas en tiempos recientes por numerosos autores. Podéis obtener más información acerca de El Baco en la página web http://www.elbaco.com. Os la recomiendo. Chus, sobre todo en la segunda parte de la narración, retrata con sutil ironía el ambiente que se respiraba en los centros docentes de enseñanza media durante los comienzos de la transición. En sus personajes ficticios he reconocido a muchos de los prototipos reales que pululaban por las aulas y los claustros de aquel entonces. Entre ellos, la figura del conserje. En una divertida escena, García Castrillo desvela los pensamientos del ordenanza del instituto tras encomendarle la Directora que retirara las sillas que llevaban semanas desperdigadas por el patio de deportes. Y el bedel, a lo suyo: que si el sindicato me ha informado de que ese no es mi cometido, que si yo a vigilar, que es lo mío, que si chufla, chufla…, que como no te apartes tú…, etcétera, etcétera. Me reí bastante con estos refunfuños. Máxime porque viví una situación muy similar cuando desempeñé la Dirección del Departamento de Álgebra, Geometría y Topología de mi Universidad. Es este absurdo episodio el que os quiero relatar aquí. Comienzo.

Una de las profesoras de mi Departamento amuebló por completo su despacho, situado en el segundo piso del módulo de Matemáticas. El decorador que se encargó de ello retiró las sillas, las mesas y los trastos viejos que había antes, salvo un armario que se le antojó a otro de nuestros profesores, Dorado, un joven y brillante matemático a quien se rescató del extranjero gracias a las becas Ramón y Cajal. A Dorado lo teníamos acomodado en uno de nuestros despachos de la tercera planta. Como recién llegado, no contaba con ningún mueble en el que colocar sus libros y sus enseres personales. Por consiguiente, aquel armario le venía de perillas. Ahora bien, pasaba una jornada y otra y otra más y el armario seguía allí, adosado a una de las paredes de la galería, afeando el recinto, estorbando el paso. Una mañana le pregunté por el particular a nuestra administrativa.

Luisa, ¿qué pasa con este armario, que lleva no sé cuántas semanas aquí en medio? Ah, Alberto, el armario…, resulta que Dorado creía que, con pedírselo a los conserjes, se lo subirían arriba, pero, al parecer, los conserjes dicen que ese no es trabajo suyo: así que Dorado ha hablado con los cristaleros y le van a hacer el favor de ayudarle a subirlo. Ah, bueno, pues a ver si se dan prisa, porque este bulto aquí ya daña la vista. Sin embargo, caían las hojas del almanaque sin que el dichoso armario se moviese de su sitio. Decidí ocuparme del asunto en persona. Para ello, me dirigí al Vicedecano de Infraestructuras.
Oye, Valeriano, tenemos un armario en nuestro corredor dando por culo y necesitamos llevarlo al piso de arriba, pero me cuenta Luisa que los conserjes no pueden mover un mueble: ¿seguro que es así? En efecto, Alberto, así es: qué quieres que te diga: tú no te figuras, por ejemplo, la que tuvimos que liar en el Decanato cuando la mudanza de la Biblioteca. Al final, le soltamos un dinerillo extra a los jardineros para que fueran ellos los que hicieran el traslado. Joder, Valeriano, pero si eso es absurdo: no me lo puedo creer. Pues créetelo, Alberto, en ninguna normativa de la Universidad se especifica qué personal tiene que realizar ese tipo de tareas: así, cada vez que necesitamos trasladar algo, ni te imaginas el conflicto que nos supone. Y lo más gracioso es que, si hay que acarrear algo de un edificio a otro, entonces sí, en ese caso se llama a los del Almacén General y vienen con una furgoneta, pero si es de una dependencia a otra dentro del mismo edificio, nanay del peluquín. Anda, qué bueno, Valeriano, me acabas de dar la solución. Ah, ¿sí? Sí, verás: nosotros, como también impartimos docencia en la carrera de Magisterio, disponemos de un despacho en aquella Facultad: así que solo tengo que encargarle a los del almacén que se lleven el armario a Ciencias de la Educación, y 2 ó 3 días más tarde, les digo que me lo devuelvan aquí, pero a la tercera planta en vez de a la segunda. Por favor, Alberto, no irás hacer eso, ¿verdad?, sería ridículo enviar un armario de ida y vuelta solo para que acabe un tramo de escaleras más arriba. ¿Por qué no, Valeriano?, si ese es el tortuoso camino que describe un tramo de escaleras, pues habrá que recorrerlo, digo yo. No, Alberto, espérate, vamos a hacer lo siguiente: intentaré comunicarme con la Conserje Mayor de la Universidad y le plantearé el problema: a ver si me da una solución, ¿te parece? Bueno, Valeriano, pero que sea prontito, ¿vale? Sí, sí…, yo me daré prisa.

Pese a las buenas palabras de mi Vicedecano, el armario persistió una semana más anclado en las mismas baldosas. De nuevo tuve que emprender la iniciativa, la cual partió de otra charla con la administrativa del Departamento. Oye, Luisa, ¿no es cierto que cualquier profesor puede pasarse por el Almacén General y pedir que le lleven un mueble de los que haya allí? Sí, Alberto, y allí hay montañas de mesas, sillones, archivadores…, de todo. Ah, bien: otra cosa: ¿se sabe algo de los cristaleros?, ¿no iban a ayudarle a Dorado a subir su armario? Pues no, Alberto, no se sabe nada: como la limpieza de las ventanas se hace no se sabe con qué periodicidad…, desde que hablaron con Dorado no han aparecido por aquí. Bueno, Luisa, entonces llama ahora mismo al Almacén General…, por cierto, ¿dónde está ese almacén? En la otra punta del Campus, Alberto, en los bajos de la Facultad de Medicina. Ah, vale, aunque eso no es relevante: pues los llamas, Luisa, y les dices que se acerquen por aquí a recoger este armario. ¿El de Dorado?, pero si lo quería el chaval para usarlo él. Sí, ya lo sé, Luisa, pero después de que hayas dado ese aviso, telefoneas a Dorado y le informas de que su armario va camino del Almacén General, y que cuando tenga él tiempo, mañana o pasado, se llegue allí y lo reclame para que se lo instalen en su despacho. Ja, ja, ja…, pues hay que ver, Alberto, las vueltas que va a dar el armarito, ja, ja. No te extrañe, Luisa, no sabes tú bien cómo la burocracia ha convertido en una intrincada singladura el sencillo tramo de escaleras que nos separa del piso de arriba.

Y así es, queridos amigos, cómo conseguí que el armario subiese una planta. Mi amigo Chus ya sabía del asunto mucho antes que yo.

12 ago 2009

Cotilleos en Riofrío

Hoy quiero relataros, queridos amigos, cierta escena que aconteció este domingo.Mi mujer y yo habíamos pasado el fin de semana en un hotel de la sierra de Cazorla. No viajamos hasta allí para practicar el senderismo ni la escalada ni el descenso de cañones ni la observación de aves rapaces. Qué va. Nos limitamos a disfrutar del circuito hidrotermal del Spa, pues mi esposa es una enamorada de los hidromasajes, mientras que a mí me fascina experimentar con los gradientes extremos de temperatura que se establecen entre las saunas y las pozas frías. La exploración que merece aquella zona la aplazamos para otra visita más larga.

Ya de regreso, planeamos que la parada para el almuerzo la realizaríamos en Riofrío. Aquellos de vosotros que no conozcáis el topónimo, sabed que denomina a una aldea de la provincia de Granada famosa por dedicarse a la cría de la trucha y el esturión. De ahí que haya más restaurantes que viviendas en este pequeño caserío. Tras probar suerte en 3 de los establecimientos, fue en el cuarto en el que, por fin, un camarero nos acomodó sin necesidad de incluirnos en lista de espera. Qué cantidad de gente, Dios. Supongo que la población de los alrededores acude allí en masa, no solo por la festividad, sino por el oasis que representa aquel fresco paraje fluvial rodeado por leguas y leguas de greda recalentada por el sol de agosto. La mesa contigua a la nuestra la ocupaba una familia integrada por mamá, papá, hija mayor, hijo menor y el novio de la hija mayor. ¿Cómo supe de esa relación de parentesco? Ni idea. El caso es que, sin necesidad de expresarlo, Charo y yo llegamos a idéntica conclusión. De hecho, en nuestros cuchicheos en voz baja nos referíamos a cada uno de ellos por el apelativo que debiera corresponderle.

¿Has visto, Charo, cómo al pobre padre le han uniformado de turista?, fíjate: polito de color claro, ridículo pantalón a media pierna, de esos que el siglo XXI ordena lucir en verano, y mocasines azules sin calcetín. Y tú qué sabes, Alberto, igual a él le apetece ir así. Anda, Charo, por favor, cómo le van a apetecer esos pantalones: además, no le cuadran en absoluto a un sesetón como él: eso ha sido el manatí de su mujer, seguro que lo ha vestido así su mujer, me apuesto la cabeza. Fijo que el manatí llegó a su casa una tarde de rebajas con el regalito: Pepe, mira lo te he comprado: María, qué espanto, yo eso no me lo pongo: cómo que no, Pepe, si con esto vas a estar la mar de fresquito, y a la moda, todos los hombres llevan uno…, y me han salido baratísimos. Pues tú, Alberto, nunca te has puesto uno de esos. Por supuesto que no: tú sabes que siempre visto igual: y con esa filosofía, hay épocas en las que encajo con los tiempos, y épocas en las que no, pero a mí me es indiferente: con tal de ir como a mí me plazca. Tú dirás lo que quieras, Alberto, pero esos pantalones son muy apañados: si no te los compro es porque sé que se quedarán colgados de la percha. ¿Apañados?, qué cosas tienes, a mí me resultan ridículos, ya te lo dije, y sin calcetines, todavía más ridículas lucen esas pantorrillas peludas. ¿Y esos tendones de Aquiles?, ¿eh?, qué horror. Y advierte los pedazos de bolsillos que hay por debajo de la rodilla…, cualquiera deja caer algo en ellos arriesgándose a no lograr recuperarlo después. A menos, claro, que se tengan brazos de jugador de baloncesto. Porque ni agachándote llegarías al fondo: esa especie de mochila también descendería contigo. ¿Ves, Charo?, mira cómo el papá lo lleva todo en el bolsillito del pecho: atiborrado lo tiene con las gafas, la cartera, las pastillas para el colesterol, las pastillas para la hipertensión, las pastillas para la acidez...: lo que te decía, una alforja en cada pierna, pero que no sirve para nada.

Tanto el papá como la hija mayor se mostraban bastante parcos. Entreveraban alguna palabra muy de vez en vez, limitándose a la sonrisa estándar que acaba provocando agujetas en las mejillas. La conversación corría a cargo de la mamá y, sobre todo, del novio y del hijo menor. Al aparentar ambos unos veintitantos, compartían temas sobre los que cambiar impresiones.
¿Te has dado cuenta, Alberto, de que la madre solo habla del ajuar? Sí, claro, por ahí se empieza, Charo: la madre está contentísima con el novio de la niña. Y si no mencionan nada de muebles es que el noviazgo es reciente y la compra de un piso todavía les pilla de lejos: pero la mamá ya quiere agarrar al novio y no soltarlo. Bueno está hoy el mercado de novios formales... Y con la cara de mango de paraguas que tiene la chiquilla, cuanto antes la coloque, mejor, que luego se vuelve otro manatí y ya no hay quien se la endose a nadie. Pues a mí, Alberto, no me da la impresión de un novio muy formal. A mí tampoco: claro que eso, los padres, siendo de otra generación, ni se lo plantean. Para ellos que esto va en serio. No sé yo el padre, Alberto, el tío no abre la boca. Cómo va a abrir la boca, Charo, el papá, entre esos pantalones que le han puesto a la fuerza, las ganas que tiene de salir escopetado para su casa a ver fútbol en Teledeporte, y la visión permanente del novio, ahí, delante de él, comiendo a su costa y beneficiándose a su hija, muy contento no tiene que estar. Porque el padre sospechará, con buen tino, que el novio se beneficia a su hija. ¿Y tú qué sabes, Alberto? Coño, Charo, por supuesto que sí, él también tuvo treinta años y sabe lo que a uno le pide el cuerpo en época de berrea. Por eso tiene cara de mosqueado, porque encima de que el jovenzuelo se folla a su niña, ahora tiene que pagarle el almuerzo. Y eso que, para lo que han pedido, le saldrá por cuatro perras. ¿No lo has visto?, una ensalada colectiva, y de lechuga tomate y cebolla, sin alharacas tropicales ni espárragos ni zarandajas, una fuente de patatas fritas y otra de chuletas vulgares de cerdo blanco: total: cuatro perras. Ah, y una botella de tinto y otra de gaseosa para todos. No, Alberto, el novio se comió antes una trucha y se tomó una copa de Montilla. Andando, pues peor me lo fías, Charo, ahora el padre estará pensando: tú, gandul, en vez de pedirte una trucha, y beber vino de señoritos, como si fueses un ricachón, y de joder con mi hija, porque seguro que, cada vez que os presto el coche, os vais al olivar a joder de lo lindo en el asiento de atrás, pue eso, en vez de todo eso, ponte a buscar un trabajo fijo, gandul, que eres un gandul. Ja, ja, ja…, Alberto, hay que ver lo que te imaginas…, ¿y si ahora saca el novio la billetera e invita a toda la familia?, ¿eh?, ¿qué me dirías entonces? Imposible, Charo, en el rostro de resignación de ese padre de pantalones ridículos está marcado quién va a pagar.

Pero no os puedo desvelar, apreciados lectores, quién aflojó la pasta ya que mi mujer y yo reanudamos la marcha mientras ellos seguían aún de sobremesa.

9 ago 2009

Tránsito de la Estación espacial por delante del Sol

Apreciados amigos:
El lunes pasado, día 3 de agosto, me afané, junto con 2 amigos, en la empresa de filmar el tránsito de la Estación Espacial Internacional (ISS) por delante del Sol. La línea de centralidad, desde el primer cálculo de la víspera, se había desplazado algo hacia el este. Bien. Este pequeño movimiento colocaba a la cima del Calamorro a menos de 3.2Km, es decir, dentro de la franja de 11.8Km de ancho en que el evento sería visible. Así no habría que trasladar demasiado equipo pues se recurriría al que Francis almacena allí mismo para su Planetario al Aire Libre Nocturno. Como el acontecimiento estaba previsto para las 19h 51m 8.2s, quedamos citados a las 18h 30m al pie del teleférico.
Llegamos arriba con tres cuartos de hora de margen. Francis nos había advertido de que el lugar en el que desarrolla su trabajo (y en el que se dispone de la imprescindible corriente eléctrica) no se situaba justo en la cumbre, sino en la ladera oriental del cerro. Miedo. Incertidumbre. Mosqueo. Inquietud. ¿Serían suficientes los 16º de altura del Sol sobre el horizonte como para que nuestra estrella no se nos ocutase por el oeste? Invertimos un buen rato en decidir el emplazamiento de los telescopios. El punto más apropiado se ubicaba al borde de un camino de cornisa, al alcance del cable alargador, lo más a levante posible y donde la silueta occidental del monte parecía descender con mayor pendiente. Montamos un refractor de 120mm al que acoplamos una webcam Philips SPC900NC controlada por ordenador, más un catadrióptrico de 8" al que pensábamos enroscar una DSLR Canon. Ambos sobre montura ecuatorial pues, aunque el tránsito duraría solo 1.78s, algun seguimiento antes y durante habría que realizar.
En la foto de la izquierda se observa al equipo científico en plena tarea. De estas instantáneas se ocupó una estudiante de 4º de Periodismo que se desplazó en expreso al Calamorro para la ocasión.
Obsérvese cómo uno de los astrónomos cubre el objetivo del tubo con el protector solar. La webcam ya está instalada en el portaoculares y conectada al miniportátil. Mientras Francis montaba el SC-8", Juan Carlos y yo poníamos al refractor en estación y lo dirigíamos hacia el Sol. El tiempo apremiaba: las 19h 45m.

Juan Carlos date prisa. Sí, ya lo hago Alberto, estoy minimizando la sombra del tubo sobre mi pecho, ¿Ves tú ya algo en la pantalla? No todavía no, rápido, haz un barrido con los mandos de movimiento lento. Allá voy, ¿ya? No, Juan Carlos, insiste, que la sombra del monte va por tu cintura y sigue sub..., ah, sí, magnífico, acaba de pasar el disco solar por el monitor, bravo, hurra, y casi tenemos foco, retrocede entonces un poquito.
Y en ese mismo instante, queridos amigos, la sombra acabó por cubrir por completo al aparato. Faltaron 4 miserables minutos para alcanzar el éxito.
En la fotografía de la derecha, los miembros del equipo científico, ya a la puñetera sombra, sonreímos a la cámara. Sonreímos por no llorar, claro. Y lo peor de asunto, es que no hay otro tránsito de la ISS a menos de 300Km de Málaga en lo que queda de año. Por 4 jodidos minutos, habremos de esperar hasta el 2010.(La famosa foto que encabeza esta entrada fue tomada, con un equipamiento de aficionado comparable al nuestro, por T. Legault el 17 de septiembre del 2006, justo en el instante en que el transbordador Endeavour se desacoplaba de la ISS.)

14 jul 2009

Sabios consejos

Hace un año os relaté, apreciados lectores, cómo satisfice un capricho que me rondaba desde niño por la cabeza, el de recorrerme a pie la antigua carretera de la costa entre Málaga y Almería. En ello invertí la última semana del mes de julio. Un lunes en que la etapa me resultó muy corta, tras alojarme en Castell de Ferro y bañarme en su espléndida playa, me pidió el cuerpo adelantar algo de camino del día siguiente. A media tarde, desde un pueblecito llamado Melicena, hube de regresar a Castell. En la parada del autobús coincidí con una mujer acompañada de sus dos hijas. Reproduzco a continuación las frases que pronunciamos ella y yo:
Niñas, meteos aquí, que estáis en plena solana y parece que el autobús se retrasa. Hace usted muy bien en advertírselo a las chicas, señora, porque gracias a los telediarios nos hemos enterado de que cuando da mucho sol debe uno ponerse a la sombra, que si pega el calor, mejor no vestir un abrigo de lana, y que si se tiene sed, habrá que beber: si no fuera por estos consejos que las autoridades nos envían a través de la televisión, no conoceríamos una medidas tan saludables.
La mujer no contestó. Aunque por el gesto de complicidad con que asentía: proyecto de una sonrisa y ceja fruncida: pareció entender el tono con que se manifestó el caminante de gorra y mochila.

12 jul 2009

Tribulaciones Teológicas

Acabo de ver en la prensa que el sacramento de la penitencia va de capa caída, que solo el 80% de los católicos lo practican, que los confesionarios de hoy tienen menos clientes que El Rincón del Gourmet de El Corte Inglés en tiempos de recesión. ¿Las causas? La crónica no lo aclara, aunque seguro que no han disminuido las conductas licenciosas. Pero a nadie extraña que esta circunstancia acontezca en nuestro país. Sabido es que, desde hace mucho, los creyentes españoles puentean a sus pastores espirituales apelando al hilo directo con Dios o con su propio sentido de lo correcto. Sacerdotes, obispos, cardenales y predicadores encuentran eco entre sus feligreses cuando hablan de fe, de amor, de caridad, de esperanza… Mas pinchan en hueso si pontifican (verbo muy apropiado) acerca de unas costumbres que la sociedad ha dejado de estimar pecaminosas. ¿Cuántos divorciados y casados en segundas nupcias, incluso ex sacerdotes, siguen considerándose católicos, y hasta comulgan los domingos sin haberse confesado previamente? ¿Es esto un síntoma de una religión tolerante que solo aguarda a que se actualicen sus dirigentes? No entraré aquí en vicisitudes tan trascendentales, muy lejanas de las menudencias a las que me dedico en este blog.

Pero sí que quiero relataros, queridos seguidores de este sitio web, un episodio acerca de la masturbación que he recordado leyendo la noticia que os he referido. Y es que, entre la gente de mi edad, fue la masturbación el origen de la mengua de confesiones. A ningún joven le agradaba proporcionarle al cura revelaciones tan íntimas. Y menos cuando aquel entraba en detalles: ¿Cuántas veces, hijo mío? Y mientras lo hacías, ¿has tenido pensamientos impuros?, ¿has sentido remordimiento después? Al parecer, aquel interrogatorio iba encaminado a fijar el montante de la pena, el número de padrenuestros y avemarías a rezar para mantener limpia el alma en tanto no se produjese el siguiente onanismo.


Pues bien, la historia a la que me refiero sucedió hace años. Trabajaba entonces en un instituto de bachillerato de la provincia. En aquel centro, la asignatura de Religión la impartía Antonio, el párroco del pueblo. Era este un hombre muy competente y muy simpático que compaginaba su labor pastoral y docente con la de dirigir a la agrupación local del Partido Comunista. Una mañana, me encontraba solo en la sala de profesores durante una de mis guardias, cuando irrumpió Antonio.
Hola, Alberto, qué te cuentas. Nada, Antonio, aquí aburrido, pero me vienes como caído del cielo. ¿Y eso? Pues verás, es que acabo de enterarme por la prensa de una decisión de tu jefe que me trae mosca. ¿Mi jefe?, ¿qué jefe? Pues Juan Pablo II, quién va a ser. Ah, sí: mi jefe: ja, ja, no había caído…, ja, ja ,ja: venga, Alberto, dime qué ha hecho mi jefe. Pues tu jefe, Antonio, ha despenalizado la masturbación convirtiéndola de pecado mortal en pecado venial, ¿no es así? Sí, así es, en efecto. Entonces, Antonio, resuélveme una duda que me atosiga el intelecto: tú que entiendes del asunto, seguro que despejas mi incertidumbre. Adelante, Alberto, pregunta. Muy bien, Antonio, aquí va mi cuestión: si ahora ya no es pecado mortal marturbarse, ¿qué demonios ocurre con los que se condenaron por haberse masturbado?, ¿eh?, ¿qué me dices a eso, Antonio? ¿se les aplicará retroactivamente la nueva normativa o, por el contrario, aquellos viciosos seguirán ardiendo por toda la eternidad?, ¿acaso pasarán directamente al Purgatorio?, ¿se les descontará el tiempo pasado en el averno? Porque estarás conmigo, Antonio, en que en los infiernos habrá pajilleros hasta de la Edad de Piedra, digo yo, ¿no? Y toda esta gente tiene derecho a que se revise su causa… Ja, ja, ja…, qué cosas tienes, Alberto, ja, ja…


Antonio estuvo riéndose un buen rato, pero no llegó a sacarme de aquellas tribulaciones teológicas.