7 nov. 2006

Victoria y el fumador, en Ediciones Irreverentes

Victoria y el fumador


Agustín busca desesperado a Victoria entre las galerías del mercado de Atarazanas. Allí fue donde el sábado se topó con ella tras casi un año de ausencia.
Victoria es el punto de partida de la historia, un año y medio atrás, cuando ella –fantástica Venus en el atrio de una iglesia con cuerpo de página derecha de revista pornográfica- se cruza con él por la Alameda. Él no puede dormir junto a su esposa pensando en ella, en la modelo fotografiada desnuda, lasciva e incitante junto al castillo de Gibralfaro.
Agustín busca entre sus revistas pornográficas hasta que encuentra las fotografías de Victoria y su vida explota por la obsesión de volver a encontrase con ella. La vida conyugal se resiente por las escapadas nocturnas de Agustín buscando a Victoria y porque ha sustituido el coito con su mujer por una vida sexual paralela con la revista pornográfica. Agustín es un Ulises que no busca su Itaca, sino a Victoria.

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Inicio de Victoria y el fumador

Inicio de Victoria y el fumador

Agustín abrió los párpados y se vio frente a la puerta del mercado de Atarazanas, a diez pasos del arco de herradura que daba acceso al interior: un arco de viejos sillares de piedra descolorida por los humos de la ciudad. Aquel vestigio de la dominación árabe se le figuraba el ojo de una inmensa cerradura. Y él se sentía empequeñecido hasta el tamaño de una Alicia que no se atreve a irrumpir en el país de las maravillas porque le asusta lo desconocido. Desde la otra acera, dudaba en el descenso del bordillo cada vez que el semáforo ordenaba cruzar a los peatones. Y de nuevo el tráfico corría jirones de realidad por delante de su vista aplazando una decisión hasta la próxima puesta en verde. Una decisión, por otro lado, inevitable. Pero ahora, el vano de la entrada, en su simetría vertical de oscuridad, no se asemejaba al orificio de ningún cerrojo. Más bien tomaba la forma de una gigantesca vagina que anhela la fecundación con un voluptuoso ensanchamiento. Qué haces allí, Agustín, parado como un idiota, con el periódico bajo el brazo, detenido en el titubeo de un espermatozoide a punto de ser eyaculado, estorbando a las gentes que bullen alrededor de ti en el ajetreo de sus propias tareas matinales. ¿Acaso intuyes que hoy, por fin, vas a desvelar el misterio?
El pregonar de las verduleras y los pescaderos y los vendedores de lotería confluían, amalgamados con el estrépito de las bocinas de los coches y el petardeo de los ciclomotores que serpenteaban entre ellos, en una diabólica sinfonía urbana con cientos de ejecutantes.
Señora, mire usted qué ajos, señora, que da gloria verlos. Boquerones, boquerones de la bahía, jurelitos frescos. Los iguales, los iguales para hoy, el quince, el veintidós, los ceros...
Pero Agustín no interpretaba ninguna partitura en aquel concierto. Inmóvil sobre su baldosa, como el espectador que contiene un acceso de tos en mitad del adagio, aguardaba no sé sabe bien qué. En ocasiones, miraba a uno y otro lado con la esperanza de que alguien viniese en su ayuda, de que algún conocido lo rescatara de su parálisis y lo invitase a un café en el bar de la esquina. Quizás fuese lo mejor, olvidarse del asunto y retornar a la tranquilidad de una existencia regida por la agenda, renunciar a la pesadilla de una obsesión que no lo llevaba a ninguna parte, abstenerse de resolver el enigma que lo atormentó en el pasado para refugiarse en el invulnerable calendario de sus actividades.
En días laborables, trabajar de nueve a tres, con eso ocupa la mitad de la jornada, y, a continuación, aperitivo, almuerzo y siesta. A las seis, el té con limón antes de la ducha y el afeitado. Un rato de televisión en el invierno. En el verano, un paseo con Marigracia y el niño hasta el anochecer, una terraza, un par de tintos con gaseosa y mucho hielo, aceitunas, ay, el gran placer de las aceitunas. ¿Un pinchito de riñones en el Orellana? Hace. Pero al chaval se le antoja la obligada hamburguesa del Mac Donald.
Si ya te comiste una ayer, Agu, déjanos a mamá y a mí que esta tarde nos demos un capricho. Que yo quiero un Happy Meal, que hoy cambian de muñeco y dan el Pluto. Pero, Agu, lo mantendrán hasta la semana próxima. Ya te traeremos antes de que lo quiten, te lo prometo. Sí, claro, como cuando me quedé sin la Sirenita. Que no, que esta vez no será así, el viernes, que saldremos con tío Esteban, pasaremos por el Mac Donald, te lo aseguro, Agu, de verdad.
Pero el chiquillo, escarmentado de anteriores juramentos, emprende la perrera de las nueve. Berrea y lloriquea en mitad de la calle hasta provocarse convulsiones, llamando la atención de los transeúntes, y ya no calla hasta que el sistema nervioso de Agustín le arrea una bofetada movido por un acto reflejo de legítima defensa. El pinchito de riñones estaría riquísimo, como siempre, aunque Marigracia y Agustín, vigilados desde abajo por las retinas congestionadas de su hijo, lo mastican en el mutismo de un postoperatorio, como si recién superado el terrible trance se concediesen un respiro para la recuperación.
Y los festivos, que libra Mercedes, que para eso así fue convenido cuando al fin se decidieron por dar de alta en la Seguridad Social a la sirvienta, aprovecha el matrimonio para dedicarse a su afición culinaria. Qué bendito relax. Y Agustín cocina bien. Vaya si cocina bien: lenguado meunière, escalopines de ternera, tarta noruega, steak tártara, cordero a la miel. ¿Y los gazpachos? Ahí es nada..., donde se pongan los gazpachos de Agustín. El sábado, bastante temprano, a eso de las diez porque más adelante se agotan los mejores pargos y los rapes más jugosos, acompaña a su mujer al mercado de Atarazanas a elegir la materia prima de sus creaciones.
Por eso permanecía ahí parado, frente a la herradura árabe de la entrada, apoyándose en el semáforo, junto al vendedor de cupones, casi ausente, con los tobillos en ángulo recto y el periódico doblado bajo el brazo, sumido en el recuerdo del inesperado encuentro de anteayer, como anhelando su repetición a pesar de que la parte más cabal de su voluntad aconsejase la huida.
Pero, claro, la mañana había maniobrado con el peligro de una rutina interrumpida. Un lunes que debió haber transcurrido como cualquier otro lunes, con sus seguros sociales y con sus nóminas y con los finiquitos y que si el alta de este trabajador y que si la baja de aquel otro y que si le han llamado de Agrufima, don Agustín, que es urgente, que les ha sorprendido un controlador de empleo. Mecachis, mira que les advertí que si no regularizaban la situación del aprendiz corrían el riesgo de una multa. Ahora que no me exijan que les saque las castañas del fuego. Que yo ejerceré de asesor laboral y mi título de abogado cuelga de esta pared, pero no obro milagros...
Pues sí, que en su mano estuvo haber tachado del almanaque uno de esos lunes estúpidos en los que se alcanza la felicidad con el regodeo de los actos viciados, en recoger del cenicero el cadáver de un cigarrillo del que apenas se aprovechó la primera bocanada, en dibujar pececitos de un solo trazo mientras se atiende al teléfono o en abrir el Buscaminas de Windows en espera de que la impresora finalice a golpe de metralleta la ejecución sumarísima de las copias de un recurso.
Y, sin embargo, con el pretexto de recoger unos papeles de Hacienda, que vaya excusa idiota que se buscó pudiendo haber enviado a Picón, que por algo le abona su salario de ordenanza, salió de la oficina aproximadamente a la misma hora a la que se produjo el casual cruce de miradas del sábado y con la pesadumbre de otra mentira prendida en la solapa. ¿A cuento de qué justificar a nadie nada? Y menos a Yolanda o a Picón. ¿No es él acaso el jefe? ¿Y ante quién justificarse? ¿Tal vez ante sí mismo? Eludió el ascensor y la puerta principal y el habitual puesto de prensa de Juan para no obligarse a nuevas explicaciones, y ahí estaba, de pie, con El País en ristre en la actitud de un lancero, detenido en una eterna indecisión, aunque ahora en el mismo umbral de Atarazanas. El prender fuego a su tercer Fortuna coincidió con la luz verde que al fin lo empujó a cruzar. Contemplaba la perspectiva de su propia sombra sobre los tenderetes de fruta de la entrada mientras piensa que aún es tiempo de evitar la recaída. El reflejo del sol cercano al mediodía en el parabrisas de una camioneta de reparto proyectaba una diapositiva de El Greco al alargar su patética silueta en una pantalla de ciruelas y sandías. Más allá, en el segundo recodo, junto a la pescadería de Ezequiel, fue donde sobrevino la fugaz visión de Victoria que lo ha atormentado en las dos últimas jornadas.
El resto pronto en las mejores librerías

Alberto Castellón, biografía

Alberto Castellón (Málaga), Doctor en Matemáticas y Profesor Superior de Guitarra, inició su andar literario en la ciencia-ficción y el género fantástico, cosechando el primer premio en el II Concurso de Relatos "ASCII" y publicando dos de sus relatos en sendas antologías, El Pequeño librito de hojas color naranja y Apuntes para un Experimento.
Abandona la narrativa de género y publica la novela Tarta noruega, con la cual ganó el II Premio de Novela Corta "Diputación de Córdoba". Obtuvo el primer accésit en el XIII Premio "Alfonso Sancho Sáez" de Relato con Conversación en el TALGO, y el pasado mes de diciembre ganó el XXVI Premio "Felipe Trigo" de Novela con Regina angelorum, que se editará en unos meses.
Quedó en segundo lugar en el XLVII Premio "Ateneo-Ciudad de Valladolid" y ha sido finalista de certámenes como el Premio "Ateneo de Sevilla" de Novela en sus ediciones XXXIII y XXXV, el XXV Premio "Felipe Trigo" de Novela, el XIX Premio de Narrativa en Castellano "Vicente Blasco Ibáñez", el III Premio SUR de Novela Corta y el XXIV Premio "Cáceres" de Novela Corta, entre otros.
Pronto publicará su novela Victoria y el fumador en Ediciones Irreverentes.