13 oct. 2009

Borregos en los aeropuertos

Ya está bien, hombre, por Dios… Abusan de nuestra paciencia. Mejor dicho: de nuestra docilidad: una docilidad que ya raya el borreguismo. Vaya un país de borregos, otrora de Quijotes, hoy de Sanchopanzas.
Ay, aquellos tiempos en que la gente se sublevaba por el mero hecho de que las autoridades dictaran una orden que recortase la longitud de las capas y prohibiera el uso de sombreros de ala ancha. Aquellos sí que eran tiempos en que la dignidad y el criterio personal se anteponían a las estupideces de los gobernantes de turno. Porque he elegido un buen símil: la excusa para aquel edicto caprichoso de Carlos III sobre capas y sombreros no era sino evitar que los maleantes se embozasen durante los asaltos callejeros. Pero los ciudadanos no tragaron con tamaña arbitrariedad, una más del despotismo, que solo ocasionó que aumentara el descontento y propiciase, en 1766, el motín de Esquilache. Optaron por la libertad de elegir forma de vestir, antes que por la seguridad frente a los atracos.

¿A cuento de qué este párrafo histórico inicial adobado de indignación? En seguida os lo explico. Y es que el domingo tomé el Airbus Madrid-Málaga. La primera dosis de humillación me la inflingieron nada más llegar al Aeropuerto. El vestíbulo de la terminal A4 dispone de unas jaulas acristaladas donde confinarnos a los fumadores. Estos recintos debieron de diseñarse con la mente puesta en lo inmundo y despreciable de la casta subhumana que allí nos alojamos. ¿Una máquina de café o de refrescos? No ¿Sillones?, ¿acaso sillas?, ¿simples banquetas? Naranjas de la China: nada de nada. Si estos viciosos no logran reprimirse el mono de la nicotina, que se jodan y fumen de pie. Y a la vista de todo el mundo, como en las picotas medievales de los pueblos. Que sirvan de escarnio y de befa. Ahí. Hacinados en un rectángulo de 4 por 3 metros, mirándose unos a otros en silencio, en el silencio del desprecio generalizado de una sociedad saludable.Ya sé, porque así me lo habéis manifestado en algún correo, estimados lectores de este blog, que muchos disentís de mi opinión en este asunto del tabaco. Y eso que no solo obedezco a rajatabla la legislación vigente, sino que jamás enciendo un cigarrillo en los lugares en los que preveo pueda molestar a alguien. En mi coche, por ejemplo, me reprimo de hacerlo si es que me acompaña un no fumador. Lógico entonces esperar de los demás al menos el mismo respeto. Mas en aquellas celdas de vidrio para drogadictos ni siquiera se nos trataba de usted. Un cartel rezaba así: Apaga tu colilla antes de salir. Pero bueno, ¿en qué plato hemos comido juntos para hablarme de tú?, ¿eh? Y encima habré de agradecer que el tono del texto no salte al insulto. Nada me extrañaría que dijese: Tú, asesino intoxicador, apaga tu asquerosa colilla y no te atrevas a salir de aquí hasta que ese nauseabundo intrumento de muerte deje de humear, bandido, criminal, desecho de la humanidad.

Sin embargo, acabo de hablar de humillación, cuando el colmo de la humillación se sufre camino de la puerta de embarque. Y por todos los viajeros, fumen o no. La escena guarda curiosas similitudes con las que hemos contemplado en muchas películas de nacis o en documentales sobre el holocausto, esas en las que los trenes de la muerte arriban atiborrados de ciudadanos inocentes a los campos de concentración. Al igual que allí, un vigilante se encarga de distribuir a la gente en varias colas. Otros uniformados instruyen a los civiles que ya engrosan las filas sobre cómo proceder. Coja una bandeja. Deposite aquí todos los objetos metálicos que lleve encima. ¿Incluido el cinturón? Por supuesto, ponga su cinturón, y saque el ordenador de la funda. No tendrá en esa bolsa un tubo grande de dentífrico, ¿verdad? El reloj: fuera. Usted, señora, despójese de los collares, de las pulseras y de los anillos. ¿De este también?, es que no me sale la alianza si no uso jabón. Sí, señora, tiene que quitarse la alianza como sea, y las monedas, y los móviles… Ah, y coloque el equipaje de mano sobre la rampa del escáner.

Lo dicho, igualito igualito que las calurosas bienvenidas con que las SS solían obsequiar a quienes se apeaban del vagón en Auswitch para ser sometidos a un tratamiento con Zyklon B. Porque si el detector pita, has de hacer memoria: ¿será el llavero?, ¿un piercing?, ¿la montura de las gafas?, ¿un diente de oro?, ¿acaso el potaje de lentejas?, porque dicen que las lentejas tienen mucho hierro… Si ese es el caso, el personaje de seguridad, implacable, te cachea de la cabeza a los pies, siguiendo el ritual, también conocido por los telefilms, que se aplica a los detenidos en plena calle. Y luego hay que rezar porque el individuo que se sienta frente a la pantalla posea cierta experiencia interpretando los rayos X. Andando, qué veo en el monitor, ¿es eso un cúter, caballero? ¿Un cúter yo? Lo dudo mucho: que yo recuerde, no he metido ningún cúter. Pues abra la cremallera del maletín, a ver de qué se trata. Y rápido, que hay muchos esperando. Sí, sí, no se preocupe, ahora mism…, ah, ya caigo, se tratará de mi puntero láser. Sáquelo: hay que comprobarlo. Meta de nuevo el maletín sin el puntero. Vale, ya puede ponerse ahí. Pero lejos, ¿eh?, dejando sitio a los que vienen detrás.

En definitiva: bochornoso. Todos somos considerados como terroristas en potencia, debiendo demostrar lo contrario. El mundo al revés. La carga de la prueba a costa del sospechoso. Y nadie protesta. Beee, beee. El rebaño circula con docilidad por donde le indican los guardianes. Beeee. Obedece temeroso. Beee, beee. Casi agradeciendo que en esta ocasión no lo hayan esquilado. Beee. Y eso que muchos caen en la cuenta de la inutilidad de registros tan concienzudos.
Qué suerte, Antonio, no se han dado cuenta de mi petaca de whisky. Ah, ¿sí?, pues yo creía que me pararían por mi bolígrafo-abre cartas, y fíjate…, les ha pasado desapercibido.

¿Servirá de algo todo este jaleo? Porque una vez que he recuperado la correa, bien podría estrangular al piloto con ella, por ejemplo. Y ya han ocurrido secuestros con todas estas medidas en marcha. Para mí que solo se trata de humillar, de demostrar quién manda, de rebajar tu dignidad, de contribuir al imparable recorte de parcelas de libertad que sufrimos en este decadente siglo XXI. Recuérdese el motín de capas y sombreros. Recuérdese que una raza más altiva que la nuestra se opuso a que le impusieran cómo vestirse, aun a riesgo de mermar la seguridad de circular por la vía pública. Y lo peor del asunto, apreciados amigos, está por llegar. Oí en la radio que miembros del Al-Qaeda experimentan con explosivos-supositorio que burlen los controles de los aeropuertos. Qué horror. Mas no me horrorizó la noticia, sino cojeturar la inspección adicional que incluirán en el protocolo de embarque. ¿Os imagináis al vigilante plantado ante vosotros, esbozando en su rostro el sadismo de una sonrisa, mientras se enfunda un guante de goma en su mano derecha? Escalofríos. La sola evocación de la escena me provoca escalofríos. Pero seguro que transigiremos con ella. Beee. beee. Seguro que transigimos. Beee.

12 oct. 2009

El Blog cambia de cara

Habréis observado, queridos lectores de este blog, que está cambiando algo su aspecto. Y es que un tándem integrado por dos profesionales, Hollie Kay y Luis Castellón, se ocupan es estos momentos de dar un diseño más atractivo e implementarlo sin perder el dominio.

Espero que os guste el resultado. A mí, que ya he visto algunos anticipos, desde luego que sí.