31 jul. 2009

Lean sus nombres, miren sus rostros

En relación a los últimos crímenes etarras, he recordado que hace dos veranos escribí un artículo que remití a la prensa local. En contra de lo acostumbrado, no lo publicaron. Entonces no supe si fue decisión del Redactor Jefe, pues en aquella época tal vez lo considerase inoportuno por haberse iniciado un proceso de negociación, o simplemente porque mi correo se perdió en la procelosa autopista de la Red.
He buscado aquel texto en mis archivos para colgarlo de este blog. Ahí va:

Anteayer, mientras hacía tiempo para uno de los conciertos del ciclo de música antigua que se interpretan en la Iglesia de San Agustín, reconocí desde calle Granada la carpa que la Guardia Civil ha montado en la plaza de la Constitución bajo el lema frente al terrorismo. Por la libertad y por las víctimas. Por supuesto que me animé a entrar pues me había llamado la atención el reportaje que se publicó hace poco sobre ella. Sobre todo, la reproducción del zulo en el que mantuvieron secuestrado a Ortega Lara durante 532 días. Sin embargo, no fue la visión de aquel agujero lo que más me impresionó. Ni el traje destrozado de un artificiero ni las imágenes de los funerales ni las manifestaciones ciudadanas ni los gráficos estadísticos sobre tan truculenta actividad criminal. Todo ello, aun hiriendo la sensibilidad del público, no me impactó tanto como el paisaje con el uno se encuentra justo después de la sala de proyecciones. Tras haber rememorado en una breve, pero dramática, filmación las terribles escenas que se sucedieron un instante después del atentado de la Casa Cuartel de Zaragoza, se traspasa una cortina negra hacia el siguiente espacio expositivo. Allí, en el panel de la izquierda, se escriben a tres columnas los nombres de los paisanos fallecidos a causa de atentados contra la Guardia Civil, mientras que enfrentre del espectador, dispuestas en un mosaico gigantesco, se ordenan los rostros de los 236 guardias civiles asesinados por bandas terroristas. Entonces tuve que detenerme. No me pareció correcto continuar y dejar allí, inexistentes, irreales, a aquellos nombres y aquellos rostros. Leí uno por uno cada nombre. Miré uno a uno a cada rostro. Porque el nombre o el rostro de un muerto ya no es nada ni existe ni es real si no hay un lector que lo lea o un visitante que lo contemple. Es lo menos que se podía hacer por ellos: una vez que ya no viven ni existen ni son reales: leer sus nombres, mirar sus rostros… Nunca estuve en esos cementerios de guerra de los que se nutren los documentales, esos camposantos de tumbas trazadas con regla y compás sobre el que crece una parrilla de cruces, todas iguales, facsímil cada una de la siguiente, y que dibujan teselas de un puzzle macabro sobre la geometría del terror, pero la impresión debe ser comparable a la experimenté en la plaza de la Constitución. En ambos casos se trata de un homenaje o un recuerdo a quienes fueron unificados por la causa de su muerte, una sinrazón, una iniquidad, y quedaron distribuidos para siempre en pautas simétricas, cristalizadas, como una pieza arqueológica de la historia de la infamia. Además, estas caras lo miran a uno allá donde se ponga, bien a la izquierda, bien a la derecha, más cerca, más lejos... En su día fijarían la vista en el objetivo del fotógrafo, supongo que para el carné o el expediente. Todos con el mismo semblante oficial. Todos con idéntica asepsia del deber. Quién sabe con qué proyectos en sus mentes o con qué ilusiones para sus vidas. Unas instantáneas se adivinan más antiguas. Las delata el sepia del positivo o el peinado o un bigote pasado de moda. Otras, las más contemporáneas, se nutren del color o de la juventud. Pero una vez retratados, nos contemplan a nosotros los vivos desde su mundo bidimensional. Ahora sí que tienen cara de muertos, ahora, que sabemos que están muertos. ¿Acaso se vislumbra una pregunta en la cara de cada uno de esos muertos? ¿Acaso intuían que había que poner cara de muerto delante de aquella cámara que los retrató? Y todos juntos, mirándolo a uno como uno los mira a ellos, conmueven, emocionan, imponen… Da igual que se trate de doscientos o de trescientos o de quinientos o de cien. Están ahí. Y hasta que no se les ve a todos juntos no se adquiere la idea de la tragedia y de la estupidez humana. En estos tiempos en que la actualidad se alimenta de negociaciones y de pactos y de mesas y de compromisos y de desarmes, no quiero sugerir nada en ningún sentido, aunque tenga mi propia opinión sobre ello, porque no viene al caso. No. Es otra cosa la que quiero decir.
Y es que ellos están ahí, fotografiados, colgados de un panel de la carpa de la plaza de la Constitución. Y un puñado de nombres se escriben junto a la fecha de un asesinato. Vayan a verlos. Es lo mínimo que se puede hacer por ellos. Lean sus nombres. Miren sus rostros.

28 jul. 2009

Teléfonos

¿Os acordáis, apreciados amigos, de que hubo una época en que vivíamos sin teléfonos móviles? Parece mentira, pero es así. En aquellos tiempos pretéritos acontecían hechos insólitos que hoy cuesta trabajo imaginar. Las citas, por ejemplo, se concertaban con precisión dando sus coordenadas espacio-temporales. Caía dentro de la responsabilidad de cada cual atenerse a las instrucciones establecidas con antelación: a tal hora, en tal sitio. De lo contrario, el encuentro no llegaba a producirse. Si alguien se equivocaba de lugar o llegaba con demasiado retraso y no lo habían esperado, debía apechugar con el fracaso. Existían entonces, ancladas a las aceras, unas casetas de puertas acristaladas pensadas para tales menesteres. Os recuerdo que dentro de estas garitas cavernícolas se instalaban unos artefactos antediluvianos pensados para la comunicación. Sin embargo, rara vez le sacaban a uno del apuro pues, ora el auricular estaba arrancado, ora se tragaba las pesetas sin que se oyera la señal de línea, ora su uso quedaba inutilizado por cualquier otra manifestación de sano vandalismo. Sin embargo, hoy no hace falta el menor atisbo de precisión ni compromiso.
Son las y cuarto y aún no ha aparecido Laura. ¿La llamo? Sí, llámala, a ver por dónde anda. ¿Laura? Sí, Pepe, se me ha hecho tarde, ya lo sé. Pero, ¿ vas a tardar mucho más o elegimos un sitio para cenar y te llamamos después? No, no hace falta, Pepe, estoy casi al final de calle Larios. Ah, sí, ya te vemos: cuelgo.
Pero esto es solo el principio. Al teléfono móvil todavía le queda mucho trabajo.
Hola, perdonadme por el retraso, ¿sabéis ya dónde vamos a cenar? ¿Qué os parece si nos acercamos a Miguelito el Cariñoso? Ah, muy bien, allí asan unos estupendos espetos de sardinas. De acuerdo, pues nos vamos en dos coches. ¿Y si no hay sitio en Miguelito?, porque se ha puesto de moda… Pues nos metemos en cualquier otro merendero de los alrededores. Vale, tira tú primero, que te sigo.
Basta para el encuentro enunciar vaguedades como las del párrafo anterior. Ya se irán perfilando detalles conforme avance el reloj.
Pepe, no te vemos por el retrovisor, ¿acaso te has quedado atrás en el último semáforo? Sí, Laura, se me ha colado delante un pella que se me paró en el amarillo: vaya pelmazo, daba tiempo a que pasáramos los dos: pero ya salgo. Bueno, Pepe, no importa, nosotros vamos despacito, ¿nos veis? Sí, sí…, ya os vemos tres coches más adelante. Ah, y nosotros también os distinguimos detrás, entonces…, seguimos pues: a partir de los Baños del Carmen, os dejamos el primer aparacamiento libre, ¿vale?, nosotros buscaremos otro. De acuerdo, Laura, hasta ahora.
El protocolo de citas prosigue. Lo más probable es que hagan falta unas cuantas llamadas más.
¿Habéis aparcado ya? Ahora mismo, Pepe, nos ha costado trabajito, pero hemos encontrado un hueco en el lateral del arroyo Jaboneros. Ah, bueno, lo malo, Laura, es que no había mesa libre en Miguelito el Cariñoso, nos hemos sentado dos chiringuitos más allá. ¿En cuál, Pepe? En uno que no tiene nombre o, por lo menos, no lo leo desde aquí, pero no hay pérdida, ¿ves el astillero, Laura? Sí, si estamos al lado. Pues acércaos hacia él, que nosotros estamos en una de las dos terrazas, estamos haciéndoos señas. Ah, sí, ya vemos vuestros ocho brazos levantados…
Y todo arreglado.

Dios mío, ¿cómo puñetas funcionaba el mundo en la remota época en que no había móviles?

14 jul. 2009

Sabios consejos

Hace un año os relaté, apreciados lectores, cómo satisfice un capricho que me rondaba desde niño por la cabeza, el de recorrerme a pie la antigua carretera de la costa entre Málaga y Almería. En ello invertí la última semana del mes de julio. Un lunes en que la etapa me resultó muy corta, tras alojarme en Castell de Ferro y bañarme en su espléndida playa, me pidió el cuerpo adelantar algo de camino del día siguiente. A media tarde, desde un pueblecito llamado Melicena, hube de regresar a Castell. En la parada del autobús coincidí con una mujer acompañada de sus dos hijas. Reproduzco a continuación las frases que pronunciamos ella y yo:
Niñas, meteos aquí, que estáis en plena solana y parece que el autobús se retrasa. Hace usted muy bien en advertírselo a las chicas, señora, porque gracias a los telediarios nos hemos enterado de que cuando da mucho sol debe uno ponerse a la sombra, que si pega el calor, mejor no vestir un abrigo de lana, y que si se tiene sed, habrá que beber: si no fuera por estos consejos que las autoridades nos envían a través de la televisión, no conoceríamos una medidas tan saludables.
La mujer no contestó. Aunque por el gesto de complicidad con que asentía: proyecto de una sonrisa y ceja fruncida: pareció entender el tono con que se manifestó el caminante de gorra y mochila.

12 jul. 2009

Tribulaciones Teológicas

Acabo de ver en la prensa que el sacramento de la penitencia va de capa caída, que solo el 80% de los católicos lo practican, que los confesionarios de hoy tienen menos clientes que El Rincón del Gourmet de El Corte Inglés en tiempos de recesión. ¿Las causas? La crónica no lo aclara, aunque seguro que no han disminuido las conductas licenciosas. Pero a nadie extraña que esta circunstancia acontezca en nuestro país. Sabido es que, desde hace mucho, los creyentes españoles puentean a sus pastores espirituales apelando al hilo directo con Dios o con su propio sentido de lo correcto. Sacerdotes, obispos, cardenales y predicadores encuentran eco entre sus feligreses cuando hablan de fe, de amor, de caridad, de esperanza… Mas pinchan en hueso si pontifican (verbo muy apropiado) acerca de unas costumbres que la sociedad ha dejado de estimar pecaminosas. ¿Cuántos divorciados y casados en segundas nupcias, incluso ex sacerdotes, siguen considerándose católicos, y hasta comulgan los domingos sin haberse confesado previamente? ¿Es esto un síntoma de una religión tolerante que solo aguarda a que se actualicen sus dirigentes? No entraré aquí en vicisitudes tan trascendentales, muy lejanas de las menudencias a las que me dedico en este blog.

Pero sí que quiero relataros, queridos seguidores de este sitio web, un episodio acerca de la masturbación que he recordado leyendo la noticia que os he referido. Y es que, entre la gente de mi edad, fue la masturbación el origen de la mengua de confesiones. A ningún joven le agradaba proporcionarle al cura revelaciones tan íntimas. Y menos cuando aquel entraba en detalles: ¿Cuántas veces, hijo mío? Y mientras lo hacías, ¿has tenido pensamientos impuros?, ¿has sentido remordimiento después? Al parecer, aquel interrogatorio iba encaminado a fijar el montante de la pena, el número de padrenuestros y avemarías a rezar para mantener limpia el alma en tanto no se produjese el siguiente onanismo.


Pues bien, la historia a la que me refiero sucedió hace años. Trabajaba entonces en un instituto de bachillerato de la provincia. En aquel centro, la asignatura de Religión la impartía Antonio, el párroco del pueblo. Era este un hombre muy competente y muy simpático que compaginaba su labor pastoral y docente con la de dirigir a la agrupación local del Partido Comunista. Una mañana, me encontraba solo en la sala de profesores durante una de mis guardias, cuando irrumpió Antonio.
Hola, Alberto, qué te cuentas. Nada, Antonio, aquí aburrido, pero me vienes como caído del cielo. ¿Y eso? Pues verás, es que acabo de enterarme por la prensa de una decisión de tu jefe que me trae mosca. ¿Mi jefe?, ¿qué jefe? Pues Juan Pablo II, quién va a ser. Ah, sí: mi jefe: ja, ja, no había caído…, ja, ja ,ja: venga, Alberto, dime qué ha hecho mi jefe. Pues tu jefe, Antonio, ha despenalizado la masturbación convirtiéndola de pecado mortal en pecado venial, ¿no es así? Sí, así es, en efecto. Entonces, Antonio, resuélveme una duda que me atosiga el intelecto: tú que entiendes del asunto, seguro que despejas mi incertidumbre. Adelante, Alberto, pregunta. Muy bien, Antonio, aquí va mi cuestión: si ahora ya no es pecado mortal marturbarse, ¿qué demonios ocurre con los que se condenaron por haberse masturbado?, ¿eh?, ¿qué me dices a eso, Antonio? ¿se les aplicará retroactivamente la nueva normativa o, por el contrario, aquellos viciosos seguirán ardiendo por toda la eternidad?, ¿acaso pasarán directamente al Purgatorio?, ¿se les descontará el tiempo pasado en el averno? Porque estarás conmigo, Antonio, en que en los infiernos habrá pajilleros hasta de la Edad de Piedra, digo yo, ¿no? Y toda esta gente tiene derecho a que se revise su causa… Ja, ja, ja…, qué cosas tienes, Alberto, ja, ja…


Antonio estuvo riéndose un buen rato, pero no llegó a sacarme de aquellas tribulaciones teológicas.

10 jul. 2009

Breve Historia de la Perfección

En el borde de uno de los brazos de la Galaxia, una estrella de masa descomunal llega al final de su vida, agota el combustible de hidrógeno y helio del núcleo hasta que se muestra incapaz de soportar su propio peso. Se aplasta sobre sí mima. La energía liberada en el proceso desencadena una terrible explosión que libera energías inimaginables, las necesarias para catalizar reaciones nucleares de fusión. Todo tipo de elementos de la tabla periódica se generan en este infernal laboratorio cósmico. Gas y polvo es expulsado a velocidades increíbles hacia el vacío circundante.Miles de años más tarde, la gravedad ha actuado sobre esta nebulosa enrarecida, esta sopa de átomos sueltos que quedaron como vestigios de la hecatombe estelar. La materia se agrupa al atraerse. Conforme cae hacia su centro de masas, comienza a girar y a aplastarse hasta adoptar forma lenticular. El meollo más interior, cuando adquiera la suficiente entidad, dará lugar a una nueva estrella: nuestro Sol. Mientras tanto, en estas pistas circulares surgen otros puntos de concentración que atraen a más material hacia sí mismos y barren de obstáculos sus respectivas trayectorias. Nacen los planetas. Se trata de una época catastrófica. La Tierra, al igual que sus hermanos del sistema solar, sufre el bombardeo continuo de meteoritos y cometas provistos de muy mala leche. No obstante, gracias a ellos se deposita agua a raudales y se llenan las cuencas de espléndidos océanos en los que hay disueltas moléculas orgánicas de cierta complejidad. Solo unos 500 millones de años después, algunas de estas moléculas se han dispuesto en esbeltas cadenas que se retuercen como hélices: la Naturaleza ya dispone de ARN. No se sabe muy bien cómo, en este caldo primordial (como así lo llamó el biólogo ruso Aleksandr Oparim) aumenta la complejidad de las reacciones químicas hasta la concepción de la primeras algas y bacterias. Estas son las encargadas de llenar de oxígeno la atmósfera según un proceso bien estudiado, pero cuyos detalles no se incluirán en esta Historia de la Perfección por falta de espacio. Consulte el lector interesado las obras especializadas.
A partir de aquí, la selección natural entra en juego. Sus reglas son fáciles. Durante la vida de estos seres inferiores se producen mutaciones al azar. Muchas de ellas no sirven para nada o, aún peor, disminuyen las posibilidades de supervivencia del organismo afectado. No obstante, algún caprichoso cambio en los cromosomas da lugar a una mejor adaptación del individuo al ambiente. Estos bichitos o plantitas afortunados, por el simple hecho de subsistir con más oportunidades, tendrán una mayor descendencia, con lo que legan la mejora genética a sus herederos. Y así se pasa de los unicelulares a los pluricelulares, mucho después, a los invertebrados, a los vertebrados, los peces, los anfinios, los reptiles y, de estos, a las aves y los mamíferos.
Ahora hay disparidad de opiniones. Los creyentes sostienen que fue el soplo de la divinidad el que alumbró la inteligencia en el cerebro de un par de especies de primates: el homo neanderthalensis y el homo sapiens. La ciencia, por su parte, sigue investigando la causa de fenómeno tan curioso. Del neandertal tampoco se conoce la causa de su extinción. Con toda probabilidad, bien Dios, bien las leyes físico-matemáticas del universo, se decantaron por el sapiens en su camino hacia lo perfecto. Y por fin, nuestra generación ha tenido la suerte de asistir al último de estos pasos, al último avance, al último peldaño de la creación. Hemos contemplado fascinados cómo se llegaba, tras un fatigoso camino iniciado hace más de 4.500 millones de años, a la cúspide de la pirámide evolutiva, al prototipo de superhombre nietzschiano, al Zaratustra definitivo que dejará a la altura de una babucha a Newton y a Aristóteles y a Einstein y a Bach y a Gauss y a Galileo y a Cervantes y a Shakespeare. Se trata, nada más y nada menos, que de Belén Esteban. Bien la Providencia, bien las leyes de la Naturaleza, han necesitado de la explosión de una supernova y de varios eones para conseguir su objetivo. Y con el advenimiento de Belén Esteban termina este Breve historia de la perfección, de la que tal vez otro día, queridos amigos de este blog, os cuente nuevos capítulos.

3 jul. 2009

El profesor y el chumbo

Los asiduos visitantes de este blog habréis observado que suelo comenzar cada entrada con una breve introducción. En ella relato qué es lo que me ha impelido a teclear. En muchas ocasiones, casi nada tiene que ver el origen del opúsculo con el tema que desarrollo. Este es el caso. Veréis, queridos amigos.
El pasado jueves asistí a la presentación del libro Historia y actualidad de un museo científico, cuyo autor no es otro que mi hermano Luis. Antes de cambiar de tercio, quiero informaros de que el Museo de Ciencia Padre Suárez, situado en los sótanos del Instituto granadino del mismo nombre, ofrece un excelente ejemplo de lo que debe ser un museo de ciencia. Podéis comprobarlo pinchando en el enlace que he dejado atrás. Avasallado en fama por el Parque de las Ciencias de la misma ciudad, en el Museo Padre Suárez sí que se encuentra ciencia auténtica, y no una colección de jueguecitos interactivos que el público suele interpretar como mera prestidigitación, sin enterarse de cuál es el fundamento de la magia que subyace a la experiencia. Si viajáis a Granada, procurad visitar el Museo Padre Suárez. No os decepcionará.

El caso es que, en el transcurso de la conversación de café que mantuvimos al término del acto mi hermano, mi primo y yo, salieron a relucir, normal, la pedagogía y la didáctica. Entonces les narré las terribles experiencias que hube de sufrir como padre LOGSE: en concreto: como padre cuya hija inauguró la puesta en marcha de la LOGSE. Qué horror, madre mía. Porque a mi hija mayor la arrolló el estreno de la LOGSE. A mi otra hija ya le pilló la Ley algo más atenuada. Pero a mi primogénita... Con solo recordarlo, se me desgarran las mangas de la camisa al erizárseme el vello de los antebrazos. Os referiré aquí los más espeluznantes episodios.

1) Dos entes. Describo la escena: Rocío hace sus deberes. En la mesa reposa el libro en el que ha de responder a diversas cuestiones rellenando huecos señalados por una ristra de puntos.
Papá, dime dos entes. ¿Dos entes?, ¿a qué te refieres, Rocío? No sé, papá, aquí dice que escriba los nombres de dos entes. Joder, qué cosas te piden, hija, pues..., no sé..., un ente es cualquier cosa que exista, pon entonces dos cosas cualesquiera. ¿Dos cosas?, no, papá, dímelas tú. Venga hija, que es fácil, pon dos cosas, las que se te ocurran. A mí no se me ocurre nada, papá, dímelas tú, porfa. Bueno, anda, Rocío, allá van dos entes: copia: el profesor y el chumbo. Pero, papá, mira que por donde me has salido..., ¿cómo voy a poner eso?, seguro que me cascan un cero. Qué va, Rocío, es una respuesta perfecta. Que no, papá, que no pongo yo el profesor y el chumbo, vamos, faltaría más... Pues no entiendo por qué no puedes ponerlo, Rocío, ¿no es el profesor un ente?, ¿eh?, ¿y el chumbo?, ¿no es el chumbo otro magnífico ente? Que no, papá, dime otros dos entes que no sean ni el profesor ni el chumbo. Me niego, Rocío: yo ya te he dicho dos entes, así que, o pones los que te he dicho, o te inventas tú otros dos entes distintos. Papá, por favor, que tengo que entregar esto mañana, no me seas cabezón...
No recuerdo bien cómo acabó aquello de el profesor y el chumbo, ni si mi hija eligió otro par de entes con que solucionar la papeleta.
2) La leva. La asignatura de Tecnología representó la peor de las amenazas. En cierta ocasión tuve que construir una biela, una manivela y una leva. Aproveché una cita con el tutor para desahogarme.
Verá usted, entro por el aro porque no me queda más remedio, pero no concibo que a las matemáticas se le dediquen tres horas a la semana, y a la tecnología, cuatro. Tengo 40 años, ¿sabe, usted?, y he vivido tan tranquilo hasta hoy sin necesidad alguna de construir una leva. Y es que no entiendo por qué hay que construir una leva para saber lo que es una leva. El día que haya que explicar lo que es un motor de explosión, ni me imagino lo que tendremos que hacer los padres. Porque, además, seguro que ningún alumno ha hecho su leva. Se la habrá hecho su papá. Y esto habrá que tomarlo como un concurso de padres: a ver qué padre construye la mejor leva.
Tuve que confeccionar todo tipo de artilugios con la mera ayuda de las herramientas de las que se suele disponer en un hogar normal. Aquel padre LOGSE necesitaba de completos bancos de carpintero, tornos de mecánico, hornos de ceramista, túneles del viento, prensas hidráulicas, talleres de electrónica y, si me apuran, hasta aceleradores de partículas. Otra vez cocí en mi microondas doméstico una palmatoria de arcilla. Por supuesto que, nada más depositarla en la mesa de la cocina, mi obra de alfarería se rompió en 4 ó 5 trozos. Haciendo trampas, recompuse las piezas a base de pegamento rápido. A la mañana siguiente, cuando dejé a mi hija a las puertas del colegio, le encomendé que tuviera el máximo cuidado transportando la palmatoria.
Rocío, por la Virgen, por san Miguel Arcángel y por todos los coros celestiales, lleva la caja de la palmatoria siempre en esta postura. Y déjala en el pupitre con suavidad. Mucha precaución, ¿vale, Rocío?, procura que no se te fragmente de nuevo.
Cuando la recogí, vi que cada uno de sus compañeros sostenía en su mano una palpatoria descuajaringada. En cambio la mía, gracias al cianocrilato, se mantuvo intacta el tiempo justo para calificarla.
Y solo he narrado unos ejemplos. Porque al comprar los libros de texto en septiembre, el primero de los que hojeaba, temblándome las manos, aterrorizado, temeroso de lo que se me ordenaría en sus páginas, era el de Tecnología. Quién sabe si aquel año me tocaría construir a escala el Golden Gate con pinzas de la ropa.
3) La incardinación en el medio. Terminó Rocío la LOGSE sin saber a ciencia cierta si Teruel lindaba con Ceuta, si el Tajo, a su paso por Gijón, tributaba sus aguas al Genil, o si hubo un Fernando XII en la monarquía española que ganó la batalla de Trafalgar enfrentándose a la flota turca que capitanaba Conan el Bárbaro. Por el contrario, aprendió todo lo aprendible de nuestra comunidad autónoma y, más en concreto, de los alrededores de nuestra ciudad. De hecho, tanto alabó su maestra uno de mis trabajos, que lo colgué orgulloso de El rincón del vago. Qué obra la mía. No quedó arroyuelo ni montículo cercano a Málaga que no citara en mi estudio. No obstante, estas cateterías me pusieron en algún que otro apuro.
Papá, ¿hay artesanos cerca de aquí? Cómo artesanos, ¿a qué te refieres, Rocío? Sí, verás, es que en mi libro dice: Si hay en tu calle algún artesano, pregúntale en qué consiste su labor y escríbela a continuación. Ah, bueno, Rocío, es fácil, copia, que te dicto: en mi calle no hay ningún artesano. Por favor, papá, ¿ya estamos otra vez?, no puedo poner eso. Pero si es verdad, Rocío, en esta calle no vive ningún artesano: no querrá el autor del libro que uno se invente un artesano, ¿no?, aunque con las actividades de Tecnología que llevo hechas, igual me puedo considerar ya un artesano polifacético..., soy alfarero, electricista, tallador, cestero, calafateador, sillero, afilador, cerero, orfebre, encuadernador, tapicero..., de todo, Rocío, he acabado sabiendo de todo: venga, de qué artesanía quieres que te hable.
Otra de aquellas preguntitas, supongo que enfocada a profundizar en la cultura andaluza, rezaba así: Busca en tu barrio a alguien que sepa un cante de trilla, pídele que te lo entone y cópialo a continuación. Le exigían a la chiquilla, urbanita de nacimiento, nada menos que un cante de trilla. A lo mejor en los pueblos hay quien se sepa alguno, pero en plena capital... Habréis adivinado, queridos lectores, cómo me zafé en esta ocasión del puñetero cante de trilla.
Rocío, escribe, que esta será tu respuesta: En mi barrio no hay nadie que se sepa un cante de trilla.