17 abr. 2010

Siluetas en El Torcal

No creo haberos contado nunca que practico la ecolocación. Para quien no lo sepa, el término fue creado en 1938 por Donald Griffin a fin de describir la habilidad de los murciélagos consistente en crear imágenes mentales de su entorno utilizando el efecto sónar. La misma característica se descubrió más tarde en ciertos cetáceos, quienes generan en su cavidad nasal trenes de chasquidos cuyos rebotes en los objetos que les rodean les permiten orientarse. El fenómeno no sería posible de no escuchar en estéreo, pues a cada uno de los oídos llega el eco con diferente intensidad o timbre. Hace años me enteré de que un chiflado afirmaba haber adquirido el sentido de la ecolocación a base de mucha práctica y mucho ensayo. De inmediato me pareció aquella una más de las trolas con que la gente anhela saltar a la fama o ganarse unos eurillos. Vosotros, amables internautas, conocéis a través de las entradas de este blog mi habitual escepticismo, pues soy hombre de ciencia. Así que decidí utilizar el método introspectivo para dilucidar si este asunto de la ecolocación humana era o no una patraña.

Con buena lógica, elegí los clics palatales como sonido con el que entrenar a mi cerebro pues se parecen bastante a los que emiten los delfines. Más adelante supe que las pocas personas que se han instruido en la ecolocación hacen lo mismo: chasquear con la lengua contra el paladar, o sea, imitar la onomatopeya que suele interpretarse como reprobación o reclamo de silencio. Con los ojos fuertemente vendados, avanzaba y retrocedía por el pasillo de mi casa produciendo series de clics palatales, ora más cortas, ora más largas, estas más rápidas, aquellas más lentas, cambiando en intensidad... Al principio me sentí ridículo viéndome enfrascado en semejante estupidez, pero si aquel individuo declaró que le éxito le costó meses, no iba yo a abandonar al primer intento. Me propuse entonces realizar ese absurdo recorrido de gallinita ciega todos los días durante media hora. Al cabo de una semana o diez días, fue en una de las evoluciones, a mi juicio aún inútiles, cuando me quedé paralizado por la sorpresa: noté a mi derecha el vano de la puerta del cuarto de baño. Difícil describir el hormigueo de mis emociones ya que se trataba de una sensación por completo nueva para mí. Al oír mis propios paquetes de chasquidos, en mi mente se formaba la impresión verídica de que a mi izquierda ya no se hallaba la pared del corredor, sino un hueco con una reververancia más lejana. Curiosísimo, de verdad. No os miento si os asevero que mi corazón pegó una extrasístole con esa percepción inédita, parecida a un presagio, e imposible de expresar con palabras.

No os cansaré, estimados lectores, con el proceso posterior de mi entrenamiento. A los efectos de lo que os contaré a continuación, os bastará con saber que domino ahora una técnica según la cual, tras unos 15 ó 20 clics palatales, obtengo una especie de imagen a grosso modo de lo que hay a mi alrededor. No con demasiada resolución, lo admito, aunque sí hasta el detalle de distinguir (o mejor, presentir) formas y objetos del tamaño de un cenicero.

Pues bien, tras estos imprescindibles precedentes, ahora viene la inquietante historia que os deseo relatar. Sucedió el sábado pasado en el Torcal de Antequera, un exuberante paraje natural famoso por la fantástica acción que los meteoros han realizado en la roca rebelde. No creo que haya un solo libro de geología general en el que no se mencione al Torcal como prototipo de erosión kárstica. Arriba, en la meseta, a 1060 metros de altitud, la Junta de Andalucía ha construido un centro de acogida para visitantes y el edificio que deberá albergar al futuro observatorio astronómico. Con la débil esperanza de encontrar cielos despejados, unos cuantos amigos acompañamos a Francisco, el flamante Director del observatorio. Bien pronto nos convencimos de lo inútil de montar los telescopios pues, nada más salir de la comarcal y comenzar la ascensión por la carretera de montaña, la furgoneta se sumergió en una niebla que se espesaba quilómetro a quilómetro. Viajábamos en el vehículo Francisco, Eduardo, Valentín y yo. Por detrás nos seguía Carlos en su BMW.

¿No hemos llegado?, porque ni siquiera se ve el observatorio. Claro que hemos llegado, circulamos por el aparcamiento, la cúpula debería de estar ahí.

Mas no la distinguimos hasta llegar a su misma base. Al apearnos, nos reímos un momento con la situación. Vaya una noche de perros la que habíamos escogido para mirar las estrellas. No obstante, había otras cosas en las que entretenerse. Francisco descargó más mobiliario con el que acondicionar una instalación que le entregaron vacía. Luego subimos a la cúpula. Alrededor de una hora invertimos en examinar las causas por las que los motores no terminaban de hacer su trabajo y en pensar soluciones para remediarlo. También hablamos de otros futuribles, que si cómo subir el reflector hasta lo alto, que si podrían fijarse 2 ó 3 columnas en la terraza sobre las que colocar sendas monturas, que si hay que tapar com gomaespuma el hueco entre el pilar maestro y el suelo de la cúpula para que el aire caliente de la sala de abajo no provoque turbulencias, que si se precisan deshumidificadores a mansalva...

Por fortuna, Francisco ya había llevado mesas, sillas, una radio con la que Carlos siguió el Madrid-Barcelona, y un microondas que nos proporcionó palomitas de maíz y té caliente. Disfrutamos de un rato de conversación muy agradable mientras cenábamos. Carlos se marchó en el descanso del partido, ya que perdió el interés con el gol de Messi. Los demás dijimos de quedarnos hasta terminar los víveres y bebidas. Eso sí, como el agua corriente la cortaban a las 22:00, aquel de nosotros que necesitaba orinar debía salir al campo a fin de no ensuciar el cuarto de baño. Cada vez que se abría la puerta impresionaba el telón albino de la niebla dibujado en el vano como un cuadro minimalista. Aunque nos lo tomábamos a guasa, innegable que en algo nos perturbaba la contemplación de aquella persiana de vapor de agua, una cortina uniforme y opaca, casi con vida propia, iluminada por los fluorescentes de la habitación. Creedme si os digo que más allá del umbral no se vislumbraban más de 10 centímetros de baldosas. Y si alguien, armado de una linterna, se internaba en las tinieblas, volvía a los pocos minutos exteriorizando su temor, aunque todavía medio en serio, medio en broma.

Porque no me imaginaba lo que había ahí afuera, Francisco, que, si no, me subo a la cúpula y meo en el platillo de la terraza. ¿Pero qué hay ahí afuera, Eduardo? Nada, Francisco, nada de nada, esa es la cuestión: que no hay nada: qué miedo, joder. ¿Miedo tú?, ja, ja, ja... Hombre, pues claro que sí, como para no tenerlo..., si es que te ves en medio de la nada. Y, además, se oyen unos ruiditos por aquí y por allá..., y tú sin saber de qué se trata ni poder moverte mientras no acabes... En la próxima, Alberto, me acompañas tú dando chasquidos con la lengua: así por lo menos estoy seguro de que no me estampo contra una piedra. Sí, claro, Eduardo, como que vamos a ir a mear de dos en dos, como las mujeres en los bares..., ja, ja...

Aquellas declaraciones nos provocaban más hilaridad que otra cosa. A mí, en particular, me divertían. Y no os extrañe que mis amigos supieran de mi habilidad para la ecolocación ya que han comprobado en numerosas ocasiones que no me quedo con ellos. A bien que no habremos pasado noches sin Luna, al raso y sin una sola luz encendida para no interferir en las observaciones astronómicas... Pero hube de cambiar de actitud cuando me tocó el turno a mí.

Confiado en mis clics palatales, clic, clic-clic, descendí por la rampa hacia el aparcamiento, clic-clic, clic. Percibí un bolardo de unos 3 palmos que esquivé sin titubear. Clic. Luego tuve el pálpito del bordillo de un escalón perpendicular a mi trayectoria, clic-clic. A mi derecha, clic-clic, adiviné la chapa de la furgoneta de Francis, clic, y más allá presentí las siluetas caprichosas y de timbre metálico de las rocas y el eco sordo de unas matas bravías. Aquí mismo. Para qué alejarse más, ¿no? Puesto de cara al observatorio, ver, lo que es ver, no se veía sino el rectángulo de luz de la puerta abierta flotando en la negrura. Creedme si os digo, queridos lectores, que aparte de esa especie de faro marítimo las sombras comenzaban a una cuarta de tu nariz. Daba la total impresión de que te hallabas en el espacio intergaláctico, envuelto en el misterioso manto de la energía oscura, a millones de pársecs de cualquier astro. Tranquilo, Alberto, no pasa nada ya que, como decía Eduardo, no hay nada ni nadie. Y el caso es que sí se escuchan ruiditos. ¿Crujir de ramas? A lo mejor. ¿Una alimaña? ¿Una perdiz? ¿Un conejo? Menos mal que ya has terminado. Regresa, porque lo del miedo de Eduardo no era tontería. Clic, clic-clic...

Alberto, qué te pasa, por qué vienes corriendo..., ¿y esa cara?, si parece que te has topado con un zombi... No sé si era un zombi, Valentín, pero sí que tenía forma humana: he tenido la corazonada de que me seguía una cabeza sobre un tronco con dos brazos: por la parte de abajo apenas si he detectado un apoyo irregular, como si las dos piernas las tuviera unidas en una. Y viene hacia aquí, ¿eh?: clic, clic-clic: rápido, lo mejor que podemos hacer es recoger los bártulos y tomar las de Villadiego.

Mis compañeros, que me conocen bien, supieron de inmediato que lo mío no era cachondeo, que si les aseguré que había una forma humana deambulando ahí afuera, entonces es que ahí afuera había una forma humana acercándose al observatorio. Echada la llave, los cuatro avanzamos juntos hacia el aparcamiento. Clic, clic-clic. Cuidado, Francisco, esa cosa la tienes justo delante, párate. El farol no alumbraba más que a Francisco y a Valentín en el eje de un ridículo cilindro de niebla, cli-clic, mas ambos supieron que no les mentía porque los puñeteros ruiditos procedían del punto exacto al que yo les señalaba. Clic. No sé si ellos también experimentaron un escalofrío ni si se les aceleró el ritmo cardiaco como a mí, clic-clic, pero retrocedieron hasta que todos nos reunimos en una piña. Clic. Aquí, tiremos por este lado, clic-clic, que se aproxima, venga ya. Los gritos se sucedieron impidiéndome en ese ataque colectivo de histeria el percibir con claridad mis chasquidos de lengua. Clic, clic-clic. Me cagüendiez, ¿pero dónde está la puta furgoneta de los cojones? Clic, ya llegamos, clic-clic. Nos sumió un terror unánime, clic, clic-clic, no recuerdo haber sufrido jamás aquel temor primario a lo desconocido. Clic. Venga, no nos entretengamos. Las mochilas al asiento trasero y todos dentro.

El parabrisas parecía la pantalla de una televisión sin sintonizar. Cuando Francisco activó el desempañador nos dimos cuenta de que no se trataba de vaho, sino de la nube en que estábamos inmersos. Clic, clic-clic. Francisco, por el amor de Dios, arranca de una vez, que lo tenemos ahí en la puerta, clic-clic... Presiento a esa cosa ahí,clic, a menos de un metro, clic-clic.

Ya os podéis figurar, apreciados amigos, el alivio que nos supuso alejarnos del observatorio y culebrear por la carretera hasta que, 15 quilómetros más abajo, recuperamos la visibilidad. Paramos en uno de los pubs de Villanueva de la Concepción. Allí sentados, cada cual frente a su bebida, charlamos de todo menos de lo que acabábamos de vivir, como si no nos creyéramos el episodio que nos había sucedido.

Hasta el día de hoy, todavía seguimos en la misma actitud.

15 abr. 2010

El trabajo definitivo sobre Omar Ibn Hafsún

Acabo de hablar por teléfono con Francisco Ortiz Lozano. He buscado su número para felicitarlo por su último libro, Bobastro, que lleva por subtítulo La ciudad de la perdición, gloria y refugio de la cristiandad. No conversaba con Ortiz desde los años setenta, creo yo. Aparte de haber sido compañeros en el bachillerato (de ahí que nos tratemos por el apellido, que era lo que estilaba entonces), nos veíamos casi a diario pues nuestras respectivas pandillas se obstinaban en una competición casi perpetua. La mía, el Club Zamarrilla, tomaba el nombre de la calle del barrio en la que solíamos vernos. La suya, el Club Olímpic, se congregaba en la calle de al lado. Antes hablé de competición casi continua, pero quiero que conste que se trataba de una competición sana a base de deportes de equipo inventados por nosotros mismos. El palitroque, por ejemplo, consistía en una variedad del jockey, aunque sobre cemento armado, sin porterías y unas normas tan flexibles que jamás se pudo determinar qué bando ganaba. En gigantes y enanos, demencial deformación de un baloncesto anárquico, sí que estaba claro que vencería la formación de los más altos ya que a ellos les pillaba más cerca el hueco de la base de la farola por la que había que "encestar". Manolo Patabolo, el más espigado de todos, siempre llevaba ventaja.
Pero aquellos sucedáneos de deportes quedaron relegados al olvido en cuanto la ciudad se desperezó hacia el oeste, ocupando las antiguas huertas de Bernardo Larios, y construyeron sobre la Pellejera (mencionada por Antonio Soler en varias de sus novelas) las infraestructuras de lo que hoy es la avenida de Andalucía. Ahora bien, tardaron tanto en edificar el primer bloque de pisos que el alumbrado, las vías, que luego serían calzadas, y las explanadas para los futuros aparcamientos permanecieron inútiles durante varios años. Rectifico: no tan inútiles. Los clubes Zamarrilla y Olímpic les dimos un uso extraordinario al construimos en uno de los llanos de asfalto una espléndida pista de tenis con sus medidas reglamentarias, su red, y sus líneas pintadas en blanco.
A la porra el palitroque y el gigantes y enanos. Tenis, tenis y más tenis. Espoleados por las primeras retransmisiones televisivas de la Davis, Olímpic contra Zamarrilla nos ajustábamos al formato de la célebre copa: dos individuales, un triples (modalidad que permite más jugadores que el dobles), y otros dos individuales. Eso sí, las pelotas eran caras. Así que jugábamos con las que desechaban en el Club El Candado o en el Parador de Golf. Y las apurábamos durante semanas, hasta mucho más allá de llegar a la alopecia absoluta. Adquirían entonces una especie de querencia hacia la estratosfera. Con semejante característica, una de las jugadas más peligrosas era el globo de servicio. Se sacaba apuntando al cosmos, para que la bola ganara mucha altura. Así, el bote en el rectángulo de recepción proporcionaba tal energía a la pelota que si el que restaba no se situaba bien, la pelota lo superaba por encima incluso saltando a la desesperada. La jubilación de la bola solo se producía si la extraviábamos entre el monte bajo de los alrededores de la pista. A veces nos pasábamos horas dando raquetazos a las ortigas, buscándola con el ansia de proseguir el partido, hasta que nos dábamos por cachi.
Pero me estoy enrollando con estas anécdotas de mi pubertad que quizás os aburran. Perdonadme, apreciados seguidores de este blog, si se me ha ido el santo al cielo. Lo que quería era alabar la última obra de Ortiz. Os la recomiendo, sin duda. En ella se narra la interesantísima historia de Omar Ibn Hafsún, personaje de finales del siglo IX y comienzos del X que, de haber contado con un poema en romance como el del Cid, habría conseguido la misma fama que el Campeador. Omar se fortificó en el fantástico e inexpugnable paraje de Bobastro, que ya describí en un spot hace algunos meses. (Si queréis releer aquella entrada, pinchad AQUÍ.) Tuvo en jaque a varios emires cordobeses durante en una época tormentosa que apenas si ha trascendido a los libros de historia ya que las principales fuentes hay que buscarlas en los textos árabes.
Ortiz, aparte de patearse palmo a palmo toda la comarca, realiza un estudio completísimo de aquellos extraordinarios episodios, localiza cada fortaleza, cada villa, cada baluarte, cada accidente geográfico, recompone la cronología algo desbaratada de los libros que han tratado el asunto y despeja incógnitas sobre las que pesaban muchas especulaciones. El libro, además, contiene una numerosa colección de esquemas, fotografías y planos. Un pormenorizado índice año a año facilita las búsquedas de datos. No se advierte el menor favoritismo en la crónica por ninguna religión o raza, como venía siendo habitual en las obras del XIX y primera mitad del XX. Y encima, está muy bien escrito. Apenas si he detectado erratas.
Lo dicho, amigos, os recomiendo que leáis Bobastro, de Francisco Ortiz Lozano.

12 abr. 2010

¿Alguien tiene un pedazo de pan?

Días atrás os narré, apreciados amigos, un episodio ciertamente emotivo relacionado con una cofradía de pasión. Pues bien, hoy está en mi ánimo proporcionar un contrapeso a aquella historia. Y no me será difícil puesto que en la Semana Santa de mi ciudad también se viven escenas en las que el humor resalta como uno de sus principales aliños.
No me entretendré en aquella peripecia que le aconteció a los hermanos de la Archicofradía de la Sangre, cuando apenas comenzado su cortejo del Miércoles Santo se les cayó del trono (paso en otras ciudades) la imagen del lancero Longinos. Bueno, concretando más, la escultura se desplomó desde una altura muy superior a la del cajillo, ya que el popular centurión romano monta sobre un caballo semi encabritado. Ante la desgracia, las deliberaciones de los responsables del desfile desembocaron en una solución bastante acertada. ¿No está Longinos en la postura de cabalgar sobre una silla? Pues aprovéchese tan favorable circunstancia para dejarlo sentado en una de las butacas de la terraza del bar Jamón, el más próximo al lugar del suceso. Y allí quedó el soldado, rígido, el escudo en la izquierda, la lanza en la derecha, apuntando al cielo, la capa colgando tras el respaldo, su mirada fija en un balcón de la esquina, como un cliente más del estabecimiento que aguarda a que el camarero le pregunte ¿qué va a ser? Ya lo recogerían cuando la procesión viniera de regreso.
Y aunque haya mencionado a los romanos, tampoco detallaré la ocurrencia de uno de los cofrades del Santo Traslado, cuyo cortejo del Viernes Santo lo abre una uniformada sección de legionarios armados con gladium (espada corta) y pilum (javalina). A este individuo (he oído de alguien afirmar que se trataba del Hermano Mayor en aquellas fechas), se le antojó preceder a los soldados subido a una biga. Sí, habéis leído bien: biga con be, o sea, carro tirado por dos caballos, como las cuádrigas de Ben-Hur, pero con la mitad de potencia. El hombre, escoltado a bordo por un centurión, vestía a la usanza de los césares, toga amplia de color blanco con franja roja, enrollada al cuerpo y con un extremo reposando en el hombro, sandalias con correas que se entrelazan por las pantorrillas y corona de laurel rodeando una alopecia cuarentona. Conforme entraba en una calle, la primera impresión de sorpresa en el público se cambiaba al poco tiempo por una jocosidad incontenible. El estruendo de las carcajadas apenas si dejaba oír los aplausos y vítores con que se recibía al falso emperador: ave, César, viva el César: la gente asimilaba de inmediato el cachondeo: César, búscame un enchufe en el Senado: cualquier chiste encajaba en aquel remedo de película histórica: César, suelta a las fieras, que nos hagamos un arroz: en un acto reflejo, todos los asistentes, encarnándonos en extras, extendíamos el brazo derecho con la palma recta y dirigida hacia abajo: ave, César, ave, César: el griterío emulaba, vive Dios que no miento, al que muy bien pudo haber resonado en las gradas del Coliseo: César, morituri te salutam. Y el César de pacotilla, así mismo tronchándose con el espectáculo que nos proporcionaba, manejaba las bridas con una sola mano, pues la otra debía reservarla para corresponder a los unánimes saludos a la romana de quienes presenciábamos el desfile.
Pero repito que no son estos avatares los que os pretendía contar, sino el que sucedió el Martes Santo de hará un par de lustros. Mis hermanos y yo nos apostábamos en calle Álamos. Por esa vía trancurren tres procesiones consecutivas, la del Rescate, la de la Sentencia y la del Rocío. En cabeza de la primera marchaban cuatro jinetes, cuatro policías municipales a lomos de sus respectivas monturas. Ahora sí que se tiene en cuenta esa eventualidad, pero entonces nadie cayó en el detalle de que las bestias, quizás a consecuencia de su complicado estómago de rumiante, hacen sus necesidades allá donde les pille. En efecto: un enorme defecación quedó desparramada en el asfalto, equidistante de ambas aceras. En la enfrentada a la nuestra había una familia con varios niños. Fue uno de ellos el que consiguió incitarnos al resto de los espectadores a que nos uniésemos a su diversión. Cada vez que un nazareno pisaba el morterón de estiércol, el chaval soltaba una risotada descomunal, una risotada contagiosa que pronto prendía en quienes la escuchábamos. El penitente, alertado por nuestro jolgorio, miraba extrañado a un lado y otro, como buscando el origen de la chanza. Mas la limitada visibilidad que le proporcionaba su capirote le impedía descubrir la masa de excrementos en la que se había detenido. Y así un macero, y un bastonero, y quien portaba el estandarte o el guión. La trampa de mierda no perdonaba a casi nadie de los que avanzaban por el centro de la calzada. A fuerza de reírnos, tuvimos que sacar los pañuelos para secarnos las lágrimas. Las risotadas más esperpénticas se producían cuando era un nazareno con capa quien transitaba por encima del revoltijo de heces y salía de él con los bajos de la prenda tiznados de marrón oscuro. Y estallábamos más aún en carcajadas, hasta el punto de dolernos el diafragma, si el desgraciado que pisaba aquella asquerosidad caminaba con los pies descalzos. Qué suspense el de toda la calle, izquierda, derecha, pendientes de los andares del nazareno, izquierda, derecha, permaneciendo en un silencio emocionante, izquierda, derecha, preguntándonos si la víctima colocaría la planta en el sitio justo, izquierda, derecha, y romper casi en un éxtasis de frenesí en el justo momento en que surgía de entre sus dedos esa crema de excreciones.
Recuerdo que uno de los tronos se detuvo a 3 ó 4 metros de la boñiga. Uno de los hombres que iba de cabeza de varal vio que le sería imposible eludir el zurullo en el siguiente tirón. Que se la comía, vamos. Resignado a lo inevitable, se lo tomó con la misma guasa que nosotros. Volvió su mirada a sus compañeros de atrás y les gritó: Madre mía, qué pedazo de mierda hay ahí delante, ¿alguien tiene un pedazo de pan?
Antes de despedirme, quiero aclarar que estas peripecias, rayanas en el esperpento, solo eran frecuentes años atrás pues la Semana Santa de Málaga, aun con un carácter muy distinto al de la castellana, ha ido ganando bastante en seriedad.
Hasta la próxima entrada, amigos.

Lectura en Álora

Os anuncio que el próximo miércoles 21 de abril a las 19:00, dentro del programa "Circuito Literario Andaluz", leeré fragmentos de mis obras en la Biblioteca Pública Municipal Tomás García de Álora.
En verdad que me ilusionó esta invitación del Ayuntamiento pues la acción de mi novela Regina angelorum transcurre a caballo entre el escenario urbano de Málaga y los espléndidos paisajes de Álora.
Si os apetece, allí podemos encontrarnos. Prometo haceros pasar un buen rato.

6 abr. 2010

Paraguas cerrados

No sé si recordaréis, queridos amigos, que por estas mismas fechas subí al blog el año pasado un par de spots relacionados con la Semana Santa. Porque confieso que soy un entusiasta de la Semana Santa, o sea, lo que se denomina en estas tierras un semanasantero. De ahí que apenas si se haya notado actividad en este sitio web durante la Cuaresma. En aquella ocasión escribí 2 narraciones breves, una con tintes de parodia absurda, otra con ingredientes fantásticos. Pinchando AQUÍ podréis acceder a ellas sin necesidad de buscarlas en los enlaces de la izquierda. Sin embargo, hoy y en los próximos días os relataré algunas de las experiencias que he vivido relacionadas con el tema que me ocupa. La primera no sucedió precisamente durante la Semana Santa, sino en la procesión extraordinaria que realizó la Cofradía de Zamarrilla con motivo de la coronación canónica de su titular, la Virgen de la Amargura.
Para quienes no conozcáis Málaga, sabed que la Virgen de la Amargura, o de Zamarrilla, que el nombre del bandido acabó sirviéndole de apodo, recibe culto en una ermita, antaño situada a las afueras del caso urbano. En concreto, en el lado izquierdo del antiguo camino de Antequera. A lo largo del siglo XX, la ciudad extendió un brazo en esa dirección. La vieja carretera, hoy segmentada por la toponimia en una sucesión de calles larguísimas (Mármoles, Martínez Maldonado y Carlos Haya), se convirtió entonces en el eje de un nuevo barrio que se incrustó entre los más históricos de La Trinidad y El Perchel. La pequeña iglesia de una sola nave, tejado a dos aguas y graciosa espadaña acabó con el tiempo rodeada de bloques de pisos y al borde mismo de una de las más importantes arterias del tráfico, ya rodado, ya peatonal. Eso sí, su puerta de dintel de medio punto permanece abierta a casi cualquier hora del día. Así pues, como suele acontecer con las capillas callejeras, la gente comenzó a entablar con las imágenes que allí se alojan una relación cercana al paisanaje. Tanto la Virgen de Zamarrilla como el Cristo de los Milagros pasaron a integrar la nómina de vecinos. Rara la vez en que no pasase por allí y no distinguiera desde el exterior a 5 ó 6 personas dentro de la ermita en un turno ininterrumpido y casi organizado de visitantes diarios. Mi madre, sin ir más lejos, que no era precisamente una católica practicante, entraba todas las mañanas antes de hacer la compra para saludar a la Virgen. Esta popularidad se evidencia en las filas de promesas que marchan tras los 2 titulares en la noche del Jueves Santo. Nada de extraño pues en que le fuera concedido a la Cofradía el honor de coronar canónicamente a su Virgen de la Amargura, para lo cual viajó la imagen en un trono de estreno hasta la Catedral de Málaga a los hombros de doscientos y pico de sus hermanos.
El episodio que os quiero relatar sucedió en el desfile de regreso a la ermita, con la Virgen ya coronada. En esas fechas mi familia residía en los aledaños de calle Mármoles. Mi mujer, mis hijas y yo nos acercamos a la ermita a esperar, como otros centenares de espectadores, la llegada de la comitiva. Allí se congregó todo ese barrio sin nombre, más muchas otras personas del resto de la ciudad en una especie de multitudinario comité de bienvenida. El tiempo no acompañó. Ya desde la tarde se presagiaba la desgracia. Porque los malagueños y, en general, los cofrades de cualquier sitio saben bien la desgracia que la lluvia supone para una procesión, cómo sufren los enseres, los bordados, los estandartes, las túnicas, los palios, cómo las tallas pueden malograrse con daños terribles, en ocasiones irreparables. Una tragedia, sin duda.
Y hete aquí que la cruz guía aún no había alcanzado la Casa Hermandad, serían las once de la noche, no lo recuerdo con exactitud, cuando comenzó a caer una tormenta de las de aquí te espero. Como todo el mundo estaba prevenido por las amenazantes nubes del crepúsculo, en pocos segundos se cubrió la calle del magma multicolor de los paraguas. Los integrantes del cortejo, aun sin quebrar la formación, avanzaban con los rostros descompuestos, dibujando en sus facciones el desconsuelo y el temor. Una jornada que habría de concluir con la vuelta triunfal de la Virgen de su devoción, estaba marcando una fecha aciaga para la historia de la Cofradía de Zamarrilla. El trono, a fin de minimizar el desastre, aligeraba el paso a tirones cada vez más largos, olvidándose de la campana de órdenes. Las barras de palio se estremecían en un vaivén tembloroso como se estremecía y temblaba el ánimo de quienes presenciábamos aquella angustiosa escena. El público permanecía callado, con el corazón encogido por la catástrofe, muchos con los ojos húmedos o ambas manos tapándose la boca. En esto se oyó una voz por encima del estruendo del aguacero.
Cerrad los paraguas. Cerremos todos los paraguas. Si la Virgen se moja, que también nos mojemos nosotros. Venga ya, cerrad los paraguas de una vez.
Y todos cerramos de inmediato los paraguas, más que por obediencia instintiva, por haber compartido el sentimiento de un grito que rompió el silencio de la decepción. La lluvia caía ahora inmisecorde sobre nuestras cabezas, se deslizaba por nuestros semblantes de estupor y empapaba nuestras ropas. Pero nadie se movió de la baldosa que ocupaba. Cómo moverse de allí. Ni hablar. Ya puestos, había que aguantar a pie firme. Más aún, al estrépito de aquel espantoso chaparrón se unió el de un aplauso unánime, como si en vez de nubarrones la procesión hubiera llegado bajo la luz de las estrellas. Y luego comenzó la gente a actuar con la naturalidad de una benigna noche de verano, y se oyeron y corearon uno tras otro esos vítores que se llevan las vírgenes.
Viva la Virgen de la Amargura. Viva. Viva la Virgen de la Amargura. Viva. Viva la Virgen de la Amargura. Viva. Arriba la Virgen de la Amargura. Arriba. Viva la Zamarrilla coronada. Viva...
Y si algún despistado aparecía con retraso por un callejón para unirse al encierro, en seguida se le conminaba a cerrar su paraguas y mojarse como nos mojábamos los demás.
Ese paraguas, que se cierre es paraguas.
Y el individuo también lo entendía. Y el individuo también lo cerraba. Y el individuo también se unía al coro y a la ovación. Y el individuo también se empapaba de agua de lluvia, como empapados estábamos todos de resignación y de entereza.