15 ago. 2009

Escaleras borrachas

Estoy terminándome El Baco, una novela de Jesús García Castrillo, Chus para los compañeros, Catedrático de Lengua y Literatura, escritor, excelente cocinero, violinista, pintor, melómano, lector voraz y analista financiero. La obra a la que me refiero fue seleccionada para la fase final de importantes premios literarios, el Andalucía, el Café Gijón, el Azorín y nada menos que el Planeta. Coincidí con Chus durante unos años en el Instituto de Bachillerato Emilio Prados, en donde establecimos una buena amistad. De El Baco puedo comentaros, queridos asiduos de este blog, que es una narración que se adelanta en varios años a la tónica que prevalece en nuestros días y que tantos bestsellers está generando. Chus, con la perspicacia que lo caracteriza, intuyó el atractivo que produciría un cóctel en el que se mezcla la intriga actual con la indagación histórica sobre cultos religiosos ya perdidos. (En el caso de El Baco, este culto se enfoca a la deidad del vino, quien reclama la borrachera como rito central de su liturgia.) En vista del éxito, combinaciones de ese tenor han sido imitadas en tiempos recientes por numerosos autores. Podéis obtener más información acerca de El Baco en la página web http://www.elbaco.com. Os la recomiendo. Chus, sobre todo en la segunda parte de la narración, retrata con sutil ironía el ambiente que se respiraba en los centros docentes de enseñanza media durante los comienzos de la transición. En sus personajes ficticios he reconocido a muchos de los prototipos reales que pululaban por las aulas y los claustros de aquel entonces. Entre ellos, la figura del conserje. En una divertida escena, García Castrillo desvela los pensamientos del ordenanza del instituto tras encomendarle la Directora que retirara las sillas que llevaban semanas desperdigadas por el patio de deportes. Y el bedel, a lo suyo: que si el sindicato me ha informado de que ese no es mi cometido, que si yo a vigilar, que es lo mío, que si chufla, chufla…, que como no te apartes tú…, etcétera, etcétera. Me reí bastante con estos refunfuños. Máxime porque viví una situación muy similar cuando desempeñé la Dirección del Departamento de Álgebra, Geometría y Topología de mi Universidad. Es este absurdo episodio el que os quiero relatar aquí. Comienzo.

Una de las profesoras de mi Departamento amuebló por completo su despacho, situado en el segundo piso del módulo de Matemáticas. El decorador que se encargó de ello retiró las sillas, las mesas y los trastos viejos que había antes, salvo un armario que se le antojó a otro de nuestros profesores, Dorado, un joven y brillante matemático a quien se rescató del extranjero gracias a las becas Ramón y Cajal. A Dorado lo teníamos acomodado en uno de nuestros despachos de la tercera planta. Como recién llegado, no contaba con ningún mueble en el que colocar sus libros y sus enseres personales. Por consiguiente, aquel armario le venía de perillas. Ahora bien, pasaba una jornada y otra y otra más y el armario seguía allí, adosado a una de las paredes de la galería, afeando el recinto, estorbando el paso. Una mañana le pregunté por el particular a nuestra administrativa.

Luisa, ¿qué pasa con este armario, que lleva no sé cuántas semanas aquí en medio? Ah, Alberto, el armario…, resulta que Dorado creía que, con pedírselo a los conserjes, se lo subirían arriba, pero, al parecer, los conserjes dicen que ese no es trabajo suyo: así que Dorado ha hablado con los cristaleros y le van a hacer el favor de ayudarle a subirlo. Ah, bueno, pues a ver si se dan prisa, porque este bulto aquí ya daña la vista. Sin embargo, caían las hojas del almanaque sin que el dichoso armario se moviese de su sitio. Decidí ocuparme del asunto en persona. Para ello, me dirigí al Vicedecano de Infraestructuras.
Oye, Valeriano, tenemos un armario en nuestro corredor dando por culo y necesitamos llevarlo al piso de arriba, pero me cuenta Luisa que los conserjes no pueden mover un mueble: ¿seguro que es así? En efecto, Alberto, así es: qué quieres que te diga: tú no te figuras, por ejemplo, la que tuvimos que liar en el Decanato cuando la mudanza de la Biblioteca. Al final, le soltamos un dinerillo extra a los jardineros para que fueran ellos los que hicieran el traslado. Joder, Valeriano, pero si eso es absurdo: no me lo puedo creer. Pues créetelo, Alberto, en ninguna normativa de la Universidad se especifica qué personal tiene que realizar ese tipo de tareas: así, cada vez que necesitamos trasladar algo, ni te imaginas el conflicto que nos supone. Y lo más gracioso es que, si hay que acarrear algo de un edificio a otro, entonces sí, en ese caso se llama a los del Almacén General y vienen con una furgoneta, pero si es de una dependencia a otra dentro del mismo edificio, nanay del peluquín. Anda, qué bueno, Valeriano, me acabas de dar la solución. Ah, ¿sí? Sí, verás: nosotros, como también impartimos docencia en la carrera de Magisterio, disponemos de un despacho en aquella Facultad: así que solo tengo que encargarle a los del almacén que se lleven el armario a Ciencias de la Educación, y 2 ó 3 días más tarde, les digo que me lo devuelvan aquí, pero a la tercera planta en vez de a la segunda. Por favor, Alberto, no irás hacer eso, ¿verdad?, sería ridículo enviar un armario de ida y vuelta solo para que acabe un tramo de escaleras más arriba. ¿Por qué no, Valeriano?, si ese es el tortuoso camino que describe un tramo de escaleras, pues habrá que recorrerlo, digo yo. No, Alberto, espérate, vamos a hacer lo siguiente: intentaré comunicarme con la Conserje Mayor de la Universidad y le plantearé el problema: a ver si me da una solución, ¿te parece? Bueno, Valeriano, pero que sea prontito, ¿vale? Sí, sí…, yo me daré prisa.

Pese a las buenas palabras de mi Vicedecano, el armario persistió una semana más anclado en las mismas baldosas. De nuevo tuve que emprender la iniciativa, la cual partió de otra charla con la administrativa del Departamento. Oye, Luisa, ¿no es cierto que cualquier profesor puede pasarse por el Almacén General y pedir que le lleven un mueble de los que haya allí? Sí, Alberto, y allí hay montañas de mesas, sillones, archivadores…, de todo. Ah, bien: otra cosa: ¿se sabe algo de los cristaleros?, ¿no iban a ayudarle a Dorado a subir su armario? Pues no, Alberto, no se sabe nada: como la limpieza de las ventanas se hace no se sabe con qué periodicidad…, desde que hablaron con Dorado no han aparecido por aquí. Bueno, Luisa, entonces llama ahora mismo al Almacén General…, por cierto, ¿dónde está ese almacén? En la otra punta del Campus, Alberto, en los bajos de la Facultad de Medicina. Ah, vale, aunque eso no es relevante: pues los llamas, Luisa, y les dices que se acerquen por aquí a recoger este armario. ¿El de Dorado?, pero si lo quería el chaval para usarlo él. Sí, ya lo sé, Luisa, pero después de que hayas dado ese aviso, telefoneas a Dorado y le informas de que su armario va camino del Almacén General, y que cuando tenga él tiempo, mañana o pasado, se llegue allí y lo reclame para que se lo instalen en su despacho. Ja, ja, ja…, pues hay que ver, Alberto, las vueltas que va a dar el armarito, ja, ja. No te extrañe, Luisa, no sabes tú bien cómo la burocracia ha convertido en una intrincada singladura el sencillo tramo de escaleras que nos separa del piso de arriba.

Y así es, queridos amigos, cómo conseguí que el armario subiese una planta. Mi amigo Chus ya sabía del asunto mucho antes que yo.

12 ago. 2009

Cotilleos en Riofrío

Hoy quiero relataros, queridos amigos, cierta escena que aconteció este domingo.Mi mujer y yo habíamos pasado el fin de semana en un hotel de la sierra de Cazorla. No viajamos hasta allí para practicar el senderismo ni la escalada ni el descenso de cañones ni la observación de aves rapaces. Qué va. Nos limitamos a disfrutar del circuito hidrotermal del Spa, pues mi esposa es una enamorada de los hidromasajes, mientras que a mí me fascina experimentar con los gradientes extremos de temperatura que se establecen entre las saunas y las pozas frías. La exploración que merece aquella zona la aplazamos para otra visita más larga.

Ya de regreso, planeamos que la parada para el almuerzo la realizaríamos en Riofrío. Aquellos de vosotros que no conozcáis el topónimo, sabed que denomina a una aldea de la provincia de Granada famosa por dedicarse a la cría de la trucha y el esturión. De ahí que haya más restaurantes que viviendas en este pequeño caserío. Tras probar suerte en 3 de los establecimientos, fue en el cuarto en el que, por fin, un camarero nos acomodó sin necesidad de incluirnos en lista de espera. Qué cantidad de gente, Dios. Supongo que la población de los alrededores acude allí en masa, no solo por la festividad, sino por el oasis que representa aquel fresco paraje fluvial rodeado por leguas y leguas de greda recalentada por el sol de agosto. La mesa contigua a la nuestra la ocupaba una familia integrada por mamá, papá, hija mayor, hijo menor y el novio de la hija mayor. ¿Cómo supe de esa relación de parentesco? Ni idea. El caso es que, sin necesidad de expresarlo, Charo y yo llegamos a idéntica conclusión. De hecho, en nuestros cuchicheos en voz baja nos referíamos a cada uno de ellos por el apelativo que debiera corresponderle.

¿Has visto, Charo, cómo al pobre padre le han uniformado de turista?, fíjate: polito de color claro, ridículo pantalón a media pierna, de esos que el siglo XXI ordena lucir en verano, y mocasines azules sin calcetín. Y tú qué sabes, Alberto, igual a él le apetece ir así. Anda, Charo, por favor, cómo le van a apetecer esos pantalones: además, no le cuadran en absoluto a un sesetón como él: eso ha sido el manatí de su mujer, seguro que lo ha vestido así su mujer, me apuesto la cabeza. Fijo que el manatí llegó a su casa una tarde de rebajas con el regalito: Pepe, mira lo te he comprado: María, qué espanto, yo eso no me lo pongo: cómo que no, Pepe, si con esto vas a estar la mar de fresquito, y a la moda, todos los hombres llevan uno…, y me han salido baratísimos. Pues tú, Alberto, nunca te has puesto uno de esos. Por supuesto que no: tú sabes que siempre visto igual: y con esa filosofía, hay épocas en las que encajo con los tiempos, y épocas en las que no, pero a mí me es indiferente: con tal de ir como a mí me plazca. Tú dirás lo que quieras, Alberto, pero esos pantalones son muy apañados: si no te los compro es porque sé que se quedarán colgados de la percha. ¿Apañados?, qué cosas tienes, a mí me resultan ridículos, ya te lo dije, y sin calcetines, todavía más ridículas lucen esas pantorrillas peludas. ¿Y esos tendones de Aquiles?, ¿eh?, qué horror. Y advierte los pedazos de bolsillos que hay por debajo de la rodilla…, cualquiera deja caer algo en ellos arriesgándose a no lograr recuperarlo después. A menos, claro, que se tengan brazos de jugador de baloncesto. Porque ni agachándote llegarías al fondo: esa especie de mochila también descendería contigo. ¿Ves, Charo?, mira cómo el papá lo lleva todo en el bolsillito del pecho: atiborrado lo tiene con las gafas, la cartera, las pastillas para el colesterol, las pastillas para la hipertensión, las pastillas para la acidez...: lo que te decía, una alforja en cada pierna, pero que no sirve para nada.

Tanto el papá como la hija mayor se mostraban bastante parcos. Entreveraban alguna palabra muy de vez en vez, limitándose a la sonrisa estándar que acaba provocando agujetas en las mejillas. La conversación corría a cargo de la mamá y, sobre todo, del novio y del hijo menor. Al aparentar ambos unos veintitantos, compartían temas sobre los que cambiar impresiones.
¿Te has dado cuenta, Alberto, de que la madre solo habla del ajuar? Sí, claro, por ahí se empieza, Charo: la madre está contentísima con el novio de la niña. Y si no mencionan nada de muebles es que el noviazgo es reciente y la compra de un piso todavía les pilla de lejos: pero la mamá ya quiere agarrar al novio y no soltarlo. Bueno está hoy el mercado de novios formales... Y con la cara de mango de paraguas que tiene la chiquilla, cuanto antes la coloque, mejor, que luego se vuelve otro manatí y ya no hay quien se la endose a nadie. Pues a mí, Alberto, no me da la impresión de un novio muy formal. A mí tampoco: claro que eso, los padres, siendo de otra generación, ni se lo plantean. Para ellos que esto va en serio. No sé yo el padre, Alberto, el tío no abre la boca. Cómo va a abrir la boca, Charo, el papá, entre esos pantalones que le han puesto a la fuerza, las ganas que tiene de salir escopetado para su casa a ver fútbol en Teledeporte, y la visión permanente del novio, ahí, delante de él, comiendo a su costa y beneficiándose a su hija, muy contento no tiene que estar. Porque el padre sospechará, con buen tino, que el novio se beneficia a su hija. ¿Y tú qué sabes, Alberto? Coño, Charo, por supuesto que sí, él también tuvo treinta años y sabe lo que a uno le pide el cuerpo en época de berrea. Por eso tiene cara de mosqueado, porque encima de que el jovenzuelo se folla a su niña, ahora tiene que pagarle el almuerzo. Y eso que, para lo que han pedido, le saldrá por cuatro perras. ¿No lo has visto?, una ensalada colectiva, y de lechuga tomate y cebolla, sin alharacas tropicales ni espárragos ni zarandajas, una fuente de patatas fritas y otra de chuletas vulgares de cerdo blanco: total: cuatro perras. Ah, y una botella de tinto y otra de gaseosa para todos. No, Alberto, el novio se comió antes una trucha y se tomó una copa de Montilla. Andando, pues peor me lo fías, Charo, ahora el padre estará pensando: tú, gandul, en vez de pedirte una trucha, y beber vino de señoritos, como si fueses un ricachón, y de joder con mi hija, porque seguro que, cada vez que os presto el coche, os vais al olivar a joder de lo lindo en el asiento de atrás, pue eso, en vez de todo eso, ponte a buscar un trabajo fijo, gandul, que eres un gandul. Ja, ja, ja…, Alberto, hay que ver lo que te imaginas…, ¿y si ahora saca el novio la billetera e invita a toda la familia?, ¿eh?, ¿qué me dirías entonces? Imposible, Charo, en el rostro de resignación de ese padre de pantalones ridículos está marcado quién va a pagar.

Pero no os puedo desvelar, apreciados lectores, quién aflojó la pasta ya que mi mujer y yo reanudamos la marcha mientras ellos seguían aún de sobremesa.

9 ago. 2009

Tránsito de la Estación espacial por delante del Sol

Apreciados amigos:
El lunes pasado, día 3 de agosto, me afané, junto con 2 amigos, en la empresa de filmar el tránsito de la Estación Espacial Internacional (ISS) por delante del Sol. La línea de centralidad, desde el primer cálculo de la víspera, se había desplazado algo hacia el este. Bien. Este pequeño movimiento colocaba a la cima del Calamorro a menos de 3.2Km, es decir, dentro de la franja de 11.8Km de ancho en que el evento sería visible. Así no habría que trasladar demasiado equipo pues se recurriría al que Francis almacena allí mismo para su Planetario al Aire Libre Nocturno. Como el acontecimiento estaba previsto para las 19h 51m 8.2s, quedamos citados a las 18h 30m al pie del teleférico.
Llegamos arriba con tres cuartos de hora de margen. Francis nos había advertido de que el lugar en el que desarrolla su trabajo (y en el que se dispone de la imprescindible corriente eléctrica) no se situaba justo en la cumbre, sino en la ladera oriental del cerro. Miedo. Incertidumbre. Mosqueo. Inquietud. ¿Serían suficientes los 16º de altura del Sol sobre el horizonte como para que nuestra estrella no se nos ocutase por el oeste? Invertimos un buen rato en decidir el emplazamiento de los telescopios. El punto más apropiado se ubicaba al borde de un camino de cornisa, al alcance del cable alargador, lo más a levante posible y donde la silueta occidental del monte parecía descender con mayor pendiente. Montamos un refractor de 120mm al que acoplamos una webcam Philips SPC900NC controlada por ordenador, más un catadrióptrico de 8" al que pensábamos enroscar una DSLR Canon. Ambos sobre montura ecuatorial pues, aunque el tránsito duraría solo 1.78s, algun seguimiento antes y durante habría que realizar.
En la foto de la izquierda se observa al equipo científico en plena tarea. De estas instantáneas se ocupó una estudiante de 4º de Periodismo que se desplazó en expreso al Calamorro para la ocasión.
Obsérvese cómo uno de los astrónomos cubre el objetivo del tubo con el protector solar. La webcam ya está instalada en el portaoculares y conectada al miniportátil. Mientras Francis montaba el SC-8", Juan Carlos y yo poníamos al refractor en estación y lo dirigíamos hacia el Sol. El tiempo apremiaba: las 19h 45m.

Juan Carlos date prisa. Sí, ya lo hago Alberto, estoy minimizando la sombra del tubo sobre mi pecho, ¿Ves tú ya algo en la pantalla? No todavía no, rápido, haz un barrido con los mandos de movimiento lento. Allá voy, ¿ya? No, Juan Carlos, insiste, que la sombra del monte va por tu cintura y sigue sub..., ah, sí, magnífico, acaba de pasar el disco solar por el monitor, bravo, hurra, y casi tenemos foco, retrocede entonces un poquito.
Y en ese mismo instante, queridos amigos, la sombra acabó por cubrir por completo al aparato. Faltaron 4 miserables minutos para alcanzar el éxito.
En la fotografía de la derecha, los miembros del equipo científico, ya a la puñetera sombra, sonreímos a la cámara. Sonreímos por no llorar, claro. Y lo peor de asunto, es que no hay otro tránsito de la ISS a menos de 300Km de Málaga en lo que queda de año. Por 4 jodidos minutos, habremos de esperar hasta el 2010.(La famosa foto que encabeza esta entrada fue tomada, con un equipamiento de aficionado comparable al nuestro, por T. Legault el 17 de septiembre del 2006, justo en el instante en que el transbordador Endeavour se desacoplaba de la ISS.)

4 ago. 2009

El puñetero fin del Universo

Anoche estuve hablando de nuevo con el fantasma de mi padre. Al igual que en anteriores ocasiones, me avisó de su llegada entrometiéndose en un sueño del que solo recuerdo su parte final. La relato. Me contaba entre los integrantes de una fila de personas, dispuestas una tras otra en un pasillo oscuro con vericuetos laterales que no conseguiría describir. La iluminación corría a cargo de unas fosforescencias rojas salpicadas como por azar en unas paredes de roca negrísima. Ah, y más adelante se vislumbraba una lucecita amarillenta hacia la que avanzábamos con parsimonia. Cuando llegué hasta ella, advertí que se trataba de un flexo de oficina situado sobre un tablero barninazo en caoba. El foco alumbraba a una rebanada de pan con tomate y lonchas de serrano. Con un tenedor que apareció en mi derecha, pinché 4 ó 5 trozos de jamón. En ese instante escuché a mi padre, que irrumpió en escena frente a mí, justo al otro extremo de esa especie de mostrador: No cojas mucho, Alberto, que tiene que haber para todos.
Miré a mis espaldas. No había nadie. No importa, papá, si soy el último.Mientras me alejaba de él, experimenté la sensación satisfactoria de haberlo corregido, de llevar yo la razón en una disputa tan inexistente como absurda. Ya se sabe…, los sueños siempre son absurdos. Y eso que, dentro de un sueño, todo nos resulta lógico y normal. Tan lógico como que, tras comerme la chacina, me subiera a un ascensor en compañía de Paquita, una amiga a la que no trato más que de feria de agosto en feria de agosto- El ascensor, no se detuvo en el último piso, sino que se transmutó en una grúa de las que utilizan los bomberos. Su brazo telescópico prosiguió extendiéndose metros y metros, muy por encima de la ciudad. Paquita y yo comenzamos a tener miedo. La longitud de aquella viga, dilatándose sin cesar, nos enviaba a la estratosfera. La ridícula cabina en la que nos apretábamos temblaba agitada por las corrientes de aire. Fue en una de esas sacudidas cuando salimos despedidos hacia el vacío. En ese instante me desperté sobresaltado, no solo por el vértigo de la caída libre, sino porque esta coincidió con un fuerte golpe en el colchón.Charo, por favor, que me vas a matar de un repullo: tengo el corazón a cien. Joder, Alberto, si es que no parabas de roncar, y ya estoy harta de chasquearte con la lengua…Me levanté. Intuí que el fantasma de mi padre me esperaba, como otras veces, en el salón. En efecto, ya por el pasilló reconocí el olor a Ducados: su marca de siempre. Pero, papá, ¿no te quitaste de fumar 2 lustros antes de morirte? Anda, Alberto, no me vengas con tonterías, entonces tenía un cuerpo del que ocuparme: ahora sí que puedo disfrutar del tabaco sin que me remuerda la conciencia. Sí, es verdad, tienes razón, y, oye, hazme un favor: cuando te inmiscuyas en mis sueños, procura que luego no se conviertan en pesadillas, porque, de lo contrario, terminaré con una dolencia cardiaca… Si eso yo no lo controlo, Alberto, échale la culpa a tu subconsciente. Además, gracias al repullo onírico retornas al estado de vigilia y te acercas a charlar conmigo. Bueno, sí, lo admito, si no hay más remedio que pasar por un susto de angina de pecho… Y bien, papá, ¿has visto ya a la tía Margarita? Qué va, tú no te imaginas la cantidad de almas que hay allí, como para toparme con ella, así, de pronto… Si es a tu madre, que lleva casi 4 años muerta, y por fin la encontré la semana pasada. Ah, ¿sí?, ¿ya has encontrado a mamá? Sí, hijo, sí. Qué buena noticia, papá, ¿Y sabes si vendrá también a visitarme? No tengo ni idea, Alberto. Ni si le será posible hacerlo. Si soy yo, y todavía no he averiguado cómo funciona esto. A tus hermanos, por ejemplo, no he logrado nunca aparecerme. Solo a ti. Pues sigue intentándolo, porfa, así me creerán: porque ya he dejado de relatarles nuestras conversaciones: me toman por gilipollas: intenta aparecerte a Fredy mismo, que ronca igual que yo: a lo mejor los ronquidos son la clave de tus apariciones. Puf…, con Fredy lo he probado en cantidad de ocasiones: naranjas de la China.Me encendí un cigarrillo mientras el fantasma de mi padre se incorporaba del sillón para sentarse a mi derecha, en el sofá. Su aspecto no se diferenciaba del que luce en el retrato que reposa sobre uno de los libreros de mi despacho. Cabello recio y negro. Tan negro como el medio bigotito estándar de los varones de su generación. A pesar de la cálida noche veraniega, vestía chaqueta, chaleco y corbata. Gafas de montura metálica. Y a ambos flancos de sus ojos se plegaban las típicas patas de gallo que esculpen el rostro de los Castellón en cuanto superan los sesenta. Eso sí, no llevaba su bastón. Claro que ahora no lo necesita.
Oye, papá, ¿me vas a decir por fin cómo terminará el universo?, la primera vez que viniste se te escapó que tú lo sabías. Por supuesto, hijo, allá todos lo sabemos, pero ya te advertí entonces que me es imposible revelártelo. Anda, papá, que estoy en ascuas: ¿se producirá el Gran Desgarramiento?, ¿acaso la Gran Implosión?, ¿quizás un acontecimiento cataclísmico que ni siquiera se ha imaginado? Que no, Alberto, que no, siempre me preguntas lo mismo, no seas pesado. Te lo pido de rodillas, papá, cuéntame algo, un poquito, aunque solo sea una pista. Ni pistas ni indicios: nada: lo tengo prohibido. Joder, papá, no me seas pusilánime, que en vida te importaban a ti bien poco las prohibiciones idiotas como esta, además, te prometo que no lo publicaré en ningún sitio ni se lo soltaré a nadie. Me limitaré a saciar mi curriosidad.
Y en ese instante, queridos lectores de este blog, el fantasma de mi padre al igual que en anteriores ocasiones, se desvaneció de repente sin que llegara a despedirse. Me quedé fumando solo, en la oscuridad del salón, contemplando la leve fosforescencia que fulguraba en el hueco que dejó el ectoplasma. Entonces caí en la cuenta de que a lo mejor mi padre sospecha que reproduzca aquí sus manifestaciones.
Papá, si estás leyendo este blog, que sepas que aquí tampoco relataré el puñetero fin del universo. Piénsatelo, anda. Hazme esa gracia.