26 ago. 2008

Bravo por Ara Abrahamian

Primero lo leí en el Teletexto. Luego esperé a que emitieran el corte. Sí señor: ahí estaba, materializado en una acción, el gesto que había imaginado en otras ocasiones. No solo en una competición de lucha, sino en cualquier otra en la que el resultado dependa del dictamen de unos, en hipótesis, expertos. Aquí, un luchador sueco de nombre ritual, Ara, arroja al centro del coso la medalla de bronce que poco antes le colgaron al cuello. Nada entiendo de este deporte, pero más confío en el sentimiento ultrajado de un deportista de prestigio, como este tal Abrahamian, que en las decisiones de unos árbitros, con frecuencia demasiado cercanas a la política o a la compensación. En seguida me identifiqué con la actitud de Abrahamian. No me hizo falta contemplar al combate, que seguro le birlaron, ni recurrir a las opiniones de los entendidos ni ahondar en los vericuetos de esas competiciones a las que jamás he asistido. Ni siquiera me influenció la postura agraviada de la delegación italiana, que lo interpretaron como una ofensa para su oro, ni tampoco los argumentos de quienes abogaban por una protesta formal antes que por montar una escenita. ¿Protesta formal? Ja. Naranjas de la China. Y si no, recuérdese lo sucedido con los campeones olímpicos de vela en barco ajeno. Las protestas formales no suelen llegar a ninguna parte. Nada de protestas formales. Dignidad. Ante todo: dignidad. Bravo por Ara Abrahamian, quien se lleva toda mi simpatía. Se quedó sin oro y sin bronce, mas se fue al vestuario dejando tras de sí una estela de dignidad y de orgullo.
¿Qué es lo que vale más? Para mí, la respuesta es clara. Y la refuerzo con un episodio de mi niñez que nunca olvidaré.
Contaba con 3 añitos. En la escuela, ya desaparecida, a la que asistía en calle Beatas se estilaba colocar a todos los alumnos en fila de a uno para bajar las escaleras al término de las clases. Las mamás esperaban en la calle a que saliéramos en ese desfile angelical. En un mundo masculino como el de entonces, encabezábamos la hilera los varones. No sé por qué razón, doña Emilia, mi maestra, me situaba a mí siempre el primero. Tal vez se debiese a que le caí en gracia o porque ingresé en el colegio sabiendo ya leer y escribir. El caso es que una mañana nos encontrábamos formados y dispuestos a descender por los peldaños cuando doña Emilia nos castigó por hablar sin su permiso. Todos de rodillas, gritaba enfadada. Y todos se pusieron de rodillas menos yo.
Alberto, por qué no te arrodillas. Porque yo no he hablado, señorita. No me importa, esto es un castigo colectivo: he dicho que todos de rodillas y tú te pones de rodillas. No, señorita, que se pongan de rodillas los que hayan hablado, pero yo no he hablado y yo no me pongo de rodillas. Alberto, por favor, arrodíllate de una vez como los demás. No.
Y así se entabló un forcejeo verbal que acabó en forcejeo físico. Doña Emilia se postró a mi lado. Arrodillada a mi derecha, parece que la estoy viendo, tiraba hacia abajo de mi babero para obligarme a hincar las rodillas en el suelo.
Ponte de rodillas, Alberto. No, señorita, yo no he hablado, luego no me pongo de rodillas. Alberto, te lo estoy pidiendo por favor. No, señorita. Mira, Alberto, que te coloco el último de la fila como no te arrodilles. Póngame el último de la fila, señorita, pero yo no me arrodillo por que yo no he hablado.
Y así fue. Mantuve el tipo. Doña Emilia, a quien cierto es que quería muchísimo, no logró doblar mis rodillas ni con sus órdenes ni con sus ruegos ni tirando hacia abajo de mi babero: salí el último, claro. Mi madre llegó a pensar que algo me había pasado pues vio marchar a toda la escuela hasta que aparecí por el rellano, con los ojos congestionados por las lágrimas. Doña Emilia, que bajaba tras de mí, la puso al tanto de lo acontecido, casi como disculpándose por haber alterado de forma tan notoria el turno de descenso de las escaleras.
Mire usted, doña Ángeles, y no he conseguido que Alberto se arrodille, y, como comprenderá, algo tenía que hacer, no podía dejar que mermara mi autoridad ante el resto de la clase. No se procupe, doña Emilia, lo entiendo perfectamente, no pasa nada..., ha hecho usted muy bien.
Pero mi madre, una vez que nos encaminamos a la casa, no me regañó ni afeó mi actitud ni me echó nada en cara. Se agachó, me limpió los mocos y me cogió de la mano para seguir caminando, en silencio, con la vista y la sonrisa puestas en mí. En ese momento supe que ella habría actuado igual que yo. Salí el último. Sí. Y llorando desconsolado. Pero con mis lágrimas de dignidad y de orgullo.

6 ago. 2008

Nacional 340

Ya estoy de vuelta de mi viaje a pie desde Málaga a Almería. Durante esos 7 días, escribí 85 páginas de notas y tomé cerca de 1.000 instantáneas. Tengo material suficiente para el libro de viajes que quería abordar. Ya os contaré en él mi caminata. Por ahora, queridos lectores de este blog, podéis ver las fotografías clasificadas por jornadas en los enlaces de aquí abajo:

    Tened en cuenta, si las veis, que no pretendía tomar imágenes espectaculares, sino solo ayudar a la memoria con detalles que se plasmarán en la narración.