26 nov. 2009

¿Don Juan Tenorio? ¿Acaso el comendador?

Papá, ¿no habrá en tu biblioteca algún ejemplar del Tenorio? Espera, Rocío, a ver si apareciese entre las fichas…, pues no, no lo veo, pero sí que recuerdo tener uno, e incluso haberlo leído en edición de bolsillo. Si no lo encuentro aquí, Rocío, debe de hallarse en el trastero. Un día que baje te lo busco, ¿de acuerdo? Vale, papá, gracias.
Y es que, en las cercanías del pasado día de los difuntos, a mi hija mayor se le antojó leer la conocidísima obra de Zorrila, millones de veces evocada en esas fechas y de la que todos memorizamos algún fragmento. Por otro lado, queridos lectores de este blog, para acabar de situaros en las circunstancias que rodearon al extraordinario suceso que os pienso relatar, os informo de que mi bliblioteca consta de unos 3.000 volúmenes que, por el momento, no caben en los libreros que se esparcen por las habitaciones de mi piso. En ellos alojo alrededor de un millar. Casi todos los textos matemáticos, salvo aquellos que uso a diario, me los llevé a mi despacho de la Facultad de Ciencias. Y el resto, como almas del purgatorio en espera de la salvación definitiva, aguardan apilados en el trastero a que se les permita irrumpir en mi vivienda. Un par de veces al año, encargo al carpintero una librería a medida de alguno de los rincones libres de mi casa. Así rescato 100 ó 120 de los ejemplares que fueron condenados a las profundidades del sótano.
Milagros del Corral, la actual Directora de la Biblioteca Nacional, suele afirmar que los libros crían libros, que se reproducen ellos solos, que, no se sabe cómo, donde hace un mes había quince, ahora hay veintiuno. Y lo peor de todo es que juegan al escondite. En ocasiones, uno alberga el absoluto convencimiento de que adquirió, por ejemplo, las novelas de Bioy Casares, se dirige a donde creyó depositar en su día la colección, y ve con sorpresa que en los lomos figuran todos los títulos menos La invención de Morel, precisamente el que se quería hojear. Quizá transcurran horas antes de dar con ejemplar tan juguetón, o tal vez acabe uno rindiéndose. ¿Por qué he mencionado La invención de Morel? Porque en este caso, al igual que con Vuelo nocturno o Corazón tan blanco y otros más, llegué a comprarlos de nuevo, contemplando la posibilidad de que se las había prestado a alguien o, justo lo recíproco, que me las habían prestado y ya las devolví. Al cabo de los meses advertía mi error: La invención de Morel yacía tumbada en uno de los estantes de arriba. Estupor.
Por eso escribí un programa informático en Clipper con el objeto de localizar cada obra de mi biblioteca. Dispongo de varios métodos de búsqueda: por título, por autor, por editorial… El software me devuelve la habitación, la librería y el número de estante en el que se encuentra. Por desgracia, la labor de fichar ejemplares se lleva más tiempo del que uno dispone. Según asevera mi programa, hasta hoy solo hay fichados 1.290 volúmenes: menos de la mitad.
Volviendo al asunto del Tenorio que deseaba leer mi hija, no hubo ocasión de visitar el trastero hasta transcurridas un par de semanas desde su petición. Bajé por el ascensor acarreando con dos maletas vacías, las que había utilizado para mi reciente estancia en Stuttgart. Este tipo de bártulos se suelen guardar en los trasteros. Mas al abrir la puerta, vislumbré tres libros en el suelo.
¿Cómo se habrán caído? ¿Sufriría la ciudad un débil terremoto durante mi ausencia? ¿ No habrá sido la vibración producida por las excavadoras de las obras del metro? Preguntas idiotas, Alberto, pues jamás averiguarás la respuesta. Anda, mejor que coloques las valijas en su sitio y te pongas a buscarle el libro a Rocío. Ah, y comienza por esos tres que hay bocabajo: quién sabe si entre ellos estuviera el Tenorio. Aunque sería demasiada suerte.
Os juro, apreciados amigos, que lo pensé. Pensé que entre esos 3 volúmenes pudiera hallarse Don Juan Tenorio en edición de bolsillo. Y en efecto, así fue. Curioso, ¿verdad? Además, sabed que, a fin de economizar espacio, los libros del trastero los dispongo en horizontal, mientras que algún rasgo psicológico de mi comportamiento me lleva a disponerlos piramidalmente, esto es, con los más grandes en la base de cada rimero, y disminuyendo en tamaño conforme los amontono, de forma que las cumbres las ocupen los más pequeños. Pues bien, el Tenorio superaba en dimensiones a los otros 2 libros accidentados, lo que significa que en su colocación original, el Tenorio sostenía a los de arriba. Segunda sorpresa: de la pila que fuere se habían precipitado justo los volúmenes requeridos para que Don Juan Tenorio constase entre ellos.
Permitidme que haga algunos números. No os cansaré demasiado. Estimando que almaceno en el trastero unos 1.500 libros, la probabilidad de que, elegidos 3 al azar, uno de ellos sea el Tenorio se calcula mediante la fórmula de Laplace: P=3/1.500= 0,002: es decir, un 0,2%. Ya de por sí esta cifra parece ridícula, pero si se la compara con otros eventos cotidianos, sustenta la idea de que se trata de un suceso muy improbable. Por ejemplo, ese 2% es solo algo mayor que la probabilidad de que a uno le toque el reintegro del cupón de la ONCE durante 4 días consecutivos. Y si en vez de considerar el evento de que el Tenorio se encontrase entre 3 libros elegidos al azar, se estudiase el de que se caiga justo ese libro y, por consecuencia, los 2 que tenía arriba, la probabilidad desciende a P=1/1.500, o sea, un 0,066%: del orden de la de ser agraciado con el reintegro 5 días seguidos.
Mi condición de matemático me impide aceptar explicaciones sobrenaturales. No hablaré aquí de telepatía ni de telequinesia ni de otros fenómenos que la ciencia no avala. Y pese al argumento fantástico del texto teatral de Zorrilla, tampoco imaginaré que ha sido obra de un espectro. ¿El de don Juan?, ¿acaso el ectoplasma del Comendador?
Eso sí, llevo varias jornadas dedicando unos minutos a meditar sobre otra obra con personajes fantasmales: Cuento de Navidad de Dickens. Sé que la poseo. Tampoco figura en mi base de datos, luego lo más lógico es que se ubique en el trastero. Bajaré la semana próxima. Prometo informaros del resultado.

Nuevo aspecto del blog

Habréis notado, estimados amigos, que hará alrededor de un mes que no incluyo ninguna entrada en este blog. Y es que, como os anuncié, tanto el diseñador Luis Castellón como la informática Hollie han estado trabajando en darle un nuevo formato. Durante ese tiempo he preferido no tocarlo. Pero el resultado está a la vista. ¿No os gusta? A mí, desde luego que sí. Enhorabuena a los dos expertos. Ah, y muchísimas gracias a los dos.