22 dic. 2009

Dichosos aerogeneradores

El pasado jueves, acompañado de mi buen amigo y también escritor Miguel Gómez Yebra, recorrí las Mesas de Villaverde, un imponente promontorio de arenisca rodeado de tajos cuyas escarpaduras sirvieron de baluarte defensivo a la rebelión mozárabe-muladí que encabezó Omar ben Hafsún a finales del siglo X. Hasta tal punto se retuerce allí la geología, que justo en la cumbre se ubicó el embalse de La Encantada. Así, por la noche, cuando disminuye el consumo eléctrico, se bombea agua desde el río Guadalhorce, almacenando la producción sobrante de energía hidráulica en forma de energía potencial, para recuperarla a la mañana siguiente por medio de otro salto casi vertical.
Todavía recuerdo el impacto que, de niño, me produjo aquel paraje fascinante, cuya estampa más emblemática y miles de veces reproducida la constituye el desfiladero de Los Gaitanes. Al Este, el electrocardiograma de la sierra de Las Aguas recorta el más difuminado telón de fondo de la de Alcaparaín. Al Norte, una superficie cubierta de pinares, madroños y chaparros desciende hacia la zona de los pantanos a bordo de una especie de sábana agitada por los dioses. Más allá, las ruinas de los castillos de Teba y Turón contribuyen al carácter triste y poético del paisaje. En dirección antípoda se observa casi toda la provincia, La Maroma, que ya se habrá vestido de blanco nieve con el temporal de estos días, la sierra de los Camarolos, la de Las Cabritillas, la de El Torcal. Más cerca, el monte Hacho vigila a la población de Álora y la cabecera de la vega del Guadalhorce en la que destaca el viaducto de las Piedras sobre el que circula el AVE. Y si uno contempla este horizonte desde una atalaya propia para que los superhéroes emprendan el vuelo, encarando el Oeste sucede todo lo contrario, uno se siente empequeñecido ante la pendiente sobrecogedora que, al otro lado de la vaguada, asciende hasta el pico de Huma, o “La Jumá”, como la pronuncian los lugareños. Quizá el nombre provenga de que, sople el viento que sople, de la cima de la montaña surge una bocanada de humo que, a modo fumarola volcánica, se alarga en horizontal como una veleta gigantesca. Y esta mañana en que Miguel y yo buscábamos los restos de la ermita rupestre de Bobastro, La Jumá también fumaba alimentada por las heladas rachas de poniente. Tanto atractivo me infundieron aquellas maravillas en mi primera visita de hace lustros, que redacté entonces el cuento con el que gané el concurso de narraciones infantiles que convocaba la Televisión Española de los sesenta.
Sin embargo, en esta última ocasión ya no era igual. Apuntara las pupilas hacia donde fuere, difícil no toparse con una batería de aerogeneradores ahuyentando con sus amenazantes aspas cualquier tipo de encanto. Cada uno de aquellos tremendos postes, con sus 40 pisos de altura, contribuía a alejarnos de la naturaleza, a recordarnos a la mano del hombre transformando, ahora para peor, la geografía física. Podréis argumentar, queridos lectores de este blog, que igual puede aseverarse de las ruinas de los castillos y de las ermitas y, con mayor razón, de los embalses, saltos de agua, sembrados o viaductos. Pero no es lo mismo. Por supuesto que no es lo mismo. Todo lo mencionado son obras humanas, sí, pero las últimas, no adivino por qué, se integran en el paisaje con mucha más frescura que aquellos espantosos molinetes que rompen el horizonte con sus feroces movimientos.
De vuelta a casa, con ingrediendientes de desánimo e indignación en el alma, me entretuve tecleando en Google. Al parecer, una plataforma en Cantabria intenta evitar lo propio en sus valles del sur. Tuve la suerte, hará un par de veranos, de recorrer aquella espléndida zona, de nuevo con flora y fauna autóctonas y salpicada de coquetas ermitas rupestres. El paralelismo se evidenciaba. Os invito a entrar en su web y a reproducir alguno de sus contundentes vídeos. En uno de llos, la cámara barre el bellísmo paraje de derecha a izquierda, mostrándolo tal cual se encuentra hoy. Y luego deshace su camino simulando cómo quedará tras la implantación de aerogeneradores prevista. Desolador, os lo aseguro. Y también encoge el corazón otra película en la que un buitre se desploma desde 40 metros de altura abatido por una de aquellas aspas asesinas. En otros foros vi cómo se desmontaba el cuento de la bendición ecologista oficial para estas plantas industriales que ocupan hectáreas de monte. Os lo resumo: en vez de solicitar el estudio de impacto ambiental de un conjunto de 70 aerogeneradores, se solicita para 7 campos de 10 aerogeneradores cada uno. Todos pasan el examen. Pero el resultado sigue siendo el de 70 moles destruyendo a la poesía y a la vida. E incluso contratan a partidas de trabajadores (lo confiesa un forero que participó en ellas) para que retiren los cadáveres de las aves antes de que llegue la inspección.
No entiendo por qué se recurre masivamente a este tipo de energía. Ya somos líderes mundiales en tamaños desmanes, y aún pretendemos emplearnos en ello con más ahínco. Me pregunto qué tiene de malo la energía nuclear. La totalidad de los megavatios producidos por los molinetes puede suplirse con un solo generador nuclear de ciclo abierto, de los que queman sus propios residuos, eliminando así el problema de almacenarlos. Energía segura, por completo limpia y, además, mucho más barata. La otra, la eólica, entre su coste de implantación, las subvenciones y las primas, nos acribilla en recibos mensuales. Y en esta entrada no llegaré a hablar de la fotovoltaica, pero otro tanto pinta.
A este paso, las llanuras españolas verán sustituidos sus cultivos de cereales y verduras por huertos solares, las colinas se cubrirán de aerogeneradores, y solo contemplaremos los paisajes en los lienzos de los museos.
¿Será verdad que el mundo ya no es de nadie, salvo del viento?
Qué lástima de inteligencia... Dichosos aerogeneradores…

12 dic. 2009

Memoria histórica

Si a fecha de hoy se teclean en Google News los términos de búsqueda “General Torrijos” o “José María de Torrijos” o “fusilamiento de Torrijos”, apenas si aparecen en pantalla un número de referencias que supere al de dedos de una mano. Debe extrañar esta circunstancia cuando el 11 de diciembre se produjo el aniversario de la ejecución. Las noticias sobre el particular se reducen a una recreación de los hechos realizada el pasado martes 8 por la Asociación Torrijos por la Libertad, una instancia al Ayuntamiento de Málaga a que lleve a efecto el acuerdo unánime de todos los grupos acerca de instalar un Centro de Interpretación en el antiguo Convento de San Andrés, el homenaje floral que el Alcalde presidió en la plaza de La Merced y la columna semanal que escribe Pedro Aparicio en el diario SUR. Pues bien, la lectura del texto de Aparicio me ha tocado la fibra sensible. Así se lo he comunicado en el e-mail que le acabo de enviar. Porque además de la propia historia del liberal y su tripulación, ya sobrecogedora de por sí, se suma, en mi caso, el de emotivas evocaciones familiares.
No recuerdo bien si fue en una visita al Museo del Prado o en alguna exposición itinerante por provincias. Entonces era yo un chavea. Pero sí que vienen a mi mente las palabras de mi madre, las que pronuncia mientras señala con su índice extendido a la base del imponente cuadro de Gisbert. En concreto, a la esquina inferior derecha. Allí yace un sombrero de copa, tumbado, polvoriento, ya sin dueño. El sombrero de un cadáver, sin duda. He consultado críticas y comentarios que los expertos han vertido sobre esta obra maestra: Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros. En ellas se habla de la composición de los personajes, de las manos que entrelazan entre sí los condenados, del pelotón difuminado al fondo, de los ya ajusticiados que se desploman a sus pies… Pero mi madre se fijaba en el sombrero de copa, el sombrero de un civil. Según ella, toda la fuerza de aquella pintura se centraba en el sombrero de copa. Toda su crítica, toda su potencia expresiva, todo su alegato contra la iniquidad, todo ello resumido en un sombrero de copa que se sitúa abajo y a la derecha, en el lugar que la gramática reserva al punto y final. Es en ese complemento, es en esa prenda de vestir con que los humanos se cubren el órgano de pensar, es en ese sombrero de copa en el que ella vislumbra el símbolo de la libertad derribada por un tirano.
Mi madre me contaba que el lienzo visitó la ciudad de Málaga durante la República. Entonces era ella la niña. Y fue mi abuelo, Napoleón Serrano Barés, a quien no llegué a conocer, el que la llevó a contemplarlo. Y también el que le señaló el sombrero. Afirmaba mi madre que quedó sobrecogida por la imagen del aquel óleo gigantesco. Pero lo que más la estremeció fue el solitario sombrero de copa, alejado de los figurantes, tendido, mostrando el forro interior y dibujando con el ala una especie de O mayúscula deformada por el fracaso.
No sé si alguna vez coincidiré con mis hijas frente al cuadro de Gisbert, pues creo que se encuentra expuesto en la sala 61a de la pinacoteca madrileña, o ante la copia de Ceferino Castro que conserva el Ayuntamiento de Málaga. Quizás alegaréis que hoy en día puede buscarse para ello cualquier reproducción en Internet. Aunque no sería lo mismo, claro que no, una versión digital que plantarse ante el auténtico. Pero si es así, no dudéis, queridos amigos de este blog, que extenderé mi dedo índice en dirección al sombrero que reposa sobre la playa de El Bulto. Y que procuraré reproducir las mismas palabras que escuché de mi madre, y ella de mi abuelo.
Así habré contribuido a mantener la verdadera memoria histórica, la que merece la pena de memorizar pues nos une en el homenaje a nuestros héroes.

2 dic. 2009

Día Mundial contra la discriminación de las mujeres barbudas

Queridos amigos, el pasado sábado, invitado por el Presidente del Parlamento autónomo, concurrí a los actos programados para el Día Mundial contra la Discriminación de las Mujeres Barbudas. No adivino la razón de por qué pensaron en mí. De hecho, en toda mi obra narrativa no hay la menor alusión a féminas barbiluengas. Ni siquiera a pelusillas en el bigote de alguna anciana. Cierto que los servicios de protocolo convocaron a numerosas personalidades del mundo académico, literatos, artistas, políticos de todas las tendencias, músicos, adivinadoras de renombre y a los mejores payasos del panorama internacional. De ahí que me sintiese muy honrado de que hubieran contado conmigo para integrar aquella abigarrada nómina de prestigiosos personajes, así como del lugar de privilegio que me reservaron en la tribuna que presidía la Ministra de Igualdad. Aunque no llegué a intervenir pues solo hablaron las autoridades y los oradores previstos, contribuí con mis gestos de asentimiento a la lucha contra la injusticia que tocaba librar aquella jornada.

Ahora bien, fascinado por el discurso que pronunció la célebre poetisa Josefina Villabuena, no pude evitar pedirle después el texto para entresacar de él los párrafos más brillantes y reproducirlos en este blog, por supuesto que con el permiso de la autora. Helos aquí:

Ha llegado el momento de decir basta. Basta ya de machismo de cayado y honda. Basta ya de la dictadura de los modelos arcaicos de belleza. Basta ya de plegarnos a la oligarquía de la industria cosmética. Basta de acudir a escondidillas a los depiladores láser. Basta ya de la segregación circense a que nos han sometido todas las culturas desde el calcolítico. Porque os aseguro a vosotras, amadas compañeras de batalla, que la nuestra, la cultura de las mujeres barbudas, es una cultura tan digna y tan rica y tan plena de matices como cualquier otra. Desprendámonos del burka de la vergüenza. Mostremos nuestras hirsutas mandíbulas con orgullo, nuestras perillas, nuestros mostachos, nuestros bigotitos recortados con gracia, nuestras patillas como telón de fondo de zarcillos y aretes, nuestras vellosidades faciales multicolores, ora barbirrubias, ora barbirrojas, ora barbicastañas, ora barbicanas, e incluso, por qué no, barbiteñidas. Desde este estrado, admirada, contemplo vuestro valor. No solo la mía, sino cada una de vuestras barbas, es una bandera de libertad, un gallardete insignia, un estandarte de honra y de conciencia social que hay que blandir sin sonrojo, como un signo más de nuestra condición femenina, en paridad con el resto de atributos que eones de educación opresora han adjudicado a nuestro sexo. Pregunto a la historia, a la religión, a las obsoletas instituciones de tiempos pretéritos, a los publicistas, a los asesores de imagen, a las tiránicas corrientes que todavía, en pleno siglo XXI, pretenden imponernos una moda y un estereotipo encorsetado, ¿por qué razón se empeñan las mentes retrógradas en reservar a los hombres el monopolio de la barba?

(…)
Por otro lado, si nos congregamos en esta fecha tan entrañable, es porque nuestro problema no consiste exclusivamente en una cuestión estética. Hay discriminación. Y todas lo sabemos o lo hemos sufrido en algún momento de nuestra difícil existencia. Las estadísticas no mienten. Según el último informe del Comité de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género Capilar, no existe una sola compañía aérea en cuya plantilla figuren azafatas barbudas. Nos contratan, sí, para eludir las sanciones de la legislación actual en materia laboral, pero como oficinistas que nunca trabajamos de cara al público. Y la situación empeora aún más en el ramo de la publicidad o el comercio. Por poneros un ejemplo, en nuestro país solo se tiene constancia de una dependienta barbuda, y esta ejerce en un sexhop especializado en fetichismos. No hay derecho. Repito: basta ya.
(…)

Por fortuna, los grupos parlamentarios progresistas, de los que hoy nos acompañan varios representantes, han hecho coincidir este Día Mundial con la presentación del proyecto de Ley que pondrá fin a tanta iniquidad. Quiero agradecerte aquí, Ministra, y en público, los desvelos que has mostrado hasta desembocar en esta importante iniciativa de tu cartera. Una vez que se apruebe, cualquier discriminación por razones pilosas será considerada un delito penado con multa, indemnización y cárcel. Esperemos que las fuerzas reaccionarias no se opongan a estos avances en materia de igualdad. Vislumbro vuestros rostros de satisfacción al anunciaros estas medidas. Debajo de vuestras barbas de chivo, de vuestras moscas, de vuestras sotabarbas, de vuestras barbas de abanico, de collar, a lo Velázquez, a lo Quevedo, a lo Napoleón III, adivino centenares de sonrisas.

Deseo, queridos lectores de este blog, que os haya interesado esta breve crónica.

26 nov. 2009

¿Don Juan Tenorio? ¿Acaso el comendador?

Papá, ¿no habrá en tu biblioteca algún ejemplar del Tenorio? Espera, Rocío, a ver si apareciese entre las fichas…, pues no, no lo veo, pero sí que recuerdo tener uno, e incluso haberlo leído en edición de bolsillo. Si no lo encuentro aquí, Rocío, debe de hallarse en el trastero. Un día que baje te lo busco, ¿de acuerdo? Vale, papá, gracias.
Y es que, en las cercanías del pasado día de los difuntos, a mi hija mayor se le antojó leer la conocidísima obra de Zorrila, millones de veces evocada en esas fechas y de la que todos memorizamos algún fragmento. Por otro lado, queridos lectores de este blog, para acabar de situaros en las circunstancias que rodearon al extraordinario suceso que os pienso relatar, os informo de que mi bliblioteca consta de unos 3.000 volúmenes que, por el momento, no caben en los libreros que se esparcen por las habitaciones de mi piso. En ellos alojo alrededor de un millar. Casi todos los textos matemáticos, salvo aquellos que uso a diario, me los llevé a mi despacho de la Facultad de Ciencias. Y el resto, como almas del purgatorio en espera de la salvación definitiva, aguardan apilados en el trastero a que se les permita irrumpir en mi vivienda. Un par de veces al año, encargo al carpintero una librería a medida de alguno de los rincones libres de mi casa. Así rescato 100 ó 120 de los ejemplares que fueron condenados a las profundidades del sótano.
Milagros del Corral, la actual Directora de la Biblioteca Nacional, suele afirmar que los libros crían libros, que se reproducen ellos solos, que, no se sabe cómo, donde hace un mes había quince, ahora hay veintiuno. Y lo peor de todo es que juegan al escondite. En ocasiones, uno alberga el absoluto convencimiento de que adquirió, por ejemplo, las novelas de Bioy Casares, se dirige a donde creyó depositar en su día la colección, y ve con sorpresa que en los lomos figuran todos los títulos menos La invención de Morel, precisamente el que se quería hojear. Quizá transcurran horas antes de dar con ejemplar tan juguetón, o tal vez acabe uno rindiéndose. ¿Por qué he mencionado La invención de Morel? Porque en este caso, al igual que con Vuelo nocturno o Corazón tan blanco y otros más, llegué a comprarlos de nuevo, contemplando la posibilidad de que se las había prestado a alguien o, justo lo recíproco, que me las habían prestado y ya las devolví. Al cabo de los meses advertía mi error: La invención de Morel yacía tumbada en uno de los estantes de arriba. Estupor.
Por eso escribí un programa informático en Clipper con el objeto de localizar cada obra de mi biblioteca. Dispongo de varios métodos de búsqueda: por título, por autor, por editorial… El software me devuelve la habitación, la librería y el número de estante en el que se encuentra. Por desgracia, la labor de fichar ejemplares se lleva más tiempo del que uno dispone. Según asevera mi programa, hasta hoy solo hay fichados 1.290 volúmenes: menos de la mitad.
Volviendo al asunto del Tenorio que deseaba leer mi hija, no hubo ocasión de visitar el trastero hasta transcurridas un par de semanas desde su petición. Bajé por el ascensor acarreando con dos maletas vacías, las que había utilizado para mi reciente estancia en Stuttgart. Este tipo de bártulos se suelen guardar en los trasteros. Mas al abrir la puerta, vislumbré tres libros en el suelo.
¿Cómo se habrán caído? ¿Sufriría la ciudad un débil terremoto durante mi ausencia? ¿ No habrá sido la vibración producida por las excavadoras de las obras del metro? Preguntas idiotas, Alberto, pues jamás averiguarás la respuesta. Anda, mejor que coloques las valijas en su sitio y te pongas a buscarle el libro a Rocío. Ah, y comienza por esos tres que hay bocabajo: quién sabe si entre ellos estuviera el Tenorio. Aunque sería demasiada suerte.
Os juro, apreciados amigos, que lo pensé. Pensé que entre esos 3 volúmenes pudiera hallarse Don Juan Tenorio en edición de bolsillo. Y en efecto, así fue. Curioso, ¿verdad? Además, sabed que, a fin de economizar espacio, los libros del trastero los dispongo en horizontal, mientras que algún rasgo psicológico de mi comportamiento me lleva a disponerlos piramidalmente, esto es, con los más grandes en la base de cada rimero, y disminuyendo en tamaño conforme los amontono, de forma que las cumbres las ocupen los más pequeños. Pues bien, el Tenorio superaba en dimensiones a los otros 2 libros accidentados, lo que significa que en su colocación original, el Tenorio sostenía a los de arriba. Segunda sorpresa: de la pila que fuere se habían precipitado justo los volúmenes requeridos para que Don Juan Tenorio constase entre ellos.
Permitidme que haga algunos números. No os cansaré demasiado. Estimando que almaceno en el trastero unos 1.500 libros, la probabilidad de que, elegidos 3 al azar, uno de ellos sea el Tenorio se calcula mediante la fórmula de Laplace: P=3/1.500= 0,002: es decir, un 0,2%. Ya de por sí esta cifra parece ridícula, pero si se la compara con otros eventos cotidianos, sustenta la idea de que se trata de un suceso muy improbable. Por ejemplo, ese 2% es solo algo mayor que la probabilidad de que a uno le toque el reintegro del cupón de la ONCE durante 4 días consecutivos. Y si en vez de considerar el evento de que el Tenorio se encontrase entre 3 libros elegidos al azar, se estudiase el de que se caiga justo ese libro y, por consecuencia, los 2 que tenía arriba, la probabilidad desciende a P=1/1.500, o sea, un 0,066%: del orden de la de ser agraciado con el reintegro 5 días seguidos.
Mi condición de matemático me impide aceptar explicaciones sobrenaturales. No hablaré aquí de telepatía ni de telequinesia ni de otros fenómenos que la ciencia no avala. Y pese al argumento fantástico del texto teatral de Zorrilla, tampoco imaginaré que ha sido obra de un espectro. ¿El de don Juan?, ¿acaso el ectoplasma del Comendador?
Eso sí, llevo varias jornadas dedicando unos minutos a meditar sobre otra obra con personajes fantasmales: Cuento de Navidad de Dickens. Sé que la poseo. Tampoco figura en mi base de datos, luego lo más lógico es que se ubique en el trastero. Bajaré la semana próxima. Prometo informaros del resultado.

Nuevo aspecto del blog

Habréis notado, estimados amigos, que hará alrededor de un mes que no incluyo ninguna entrada en este blog. Y es que, como os anuncié, tanto el diseñador Luis Castellón como la informática Hollie han estado trabajando en darle un nuevo formato. Durante ese tiempo he preferido no tocarlo. Pero el resultado está a la vista. ¿No os gusta? A mí, desde luego que sí. Enhorabuena a los dos expertos. Ah, y muchísimas gracias a los dos.

13 oct. 2009

Borregos en los aeropuertos

Ya está bien, hombre, por Dios… Abusan de nuestra paciencia. Mejor dicho: de nuestra docilidad: una docilidad que ya raya el borreguismo. Vaya un país de borregos, otrora de Quijotes, hoy de Sanchopanzas.
Ay, aquellos tiempos en que la gente se sublevaba por el mero hecho de que las autoridades dictaran una orden que recortase la longitud de las capas y prohibiera el uso de sombreros de ala ancha. Aquellos sí que eran tiempos en que la dignidad y el criterio personal se anteponían a las estupideces de los gobernantes de turno. Porque he elegido un buen símil: la excusa para aquel edicto caprichoso de Carlos III sobre capas y sombreros no era sino evitar que los maleantes se embozasen durante los asaltos callejeros. Pero los ciudadanos no tragaron con tamaña arbitrariedad, una más del despotismo, que solo ocasionó que aumentara el descontento y propiciase, en 1766, el motín de Esquilache. Optaron por la libertad de elegir forma de vestir, antes que por la seguridad frente a los atracos.

¿A cuento de qué este párrafo histórico inicial adobado de indignación? En seguida os lo explico. Y es que el domingo tomé el Airbus Madrid-Málaga. La primera dosis de humillación me la inflingieron nada más llegar al Aeropuerto. El vestíbulo de la terminal A4 dispone de unas jaulas acristaladas donde confinarnos a los fumadores. Estos recintos debieron de diseñarse con la mente puesta en lo inmundo y despreciable de la casta subhumana que allí nos alojamos. ¿Una máquina de café o de refrescos? No ¿Sillones?, ¿acaso sillas?, ¿simples banquetas? Naranjas de la China: nada de nada. Si estos viciosos no logran reprimirse el mono de la nicotina, que se jodan y fumen de pie. Y a la vista de todo el mundo, como en las picotas medievales de los pueblos. Que sirvan de escarnio y de befa. Ahí. Hacinados en un rectángulo de 4 por 3 metros, mirándose unos a otros en silencio, en el silencio del desprecio generalizado de una sociedad saludable.Ya sé, porque así me lo habéis manifestado en algún correo, estimados lectores de este blog, que muchos disentís de mi opinión en este asunto del tabaco. Y eso que no solo obedezco a rajatabla la legislación vigente, sino que jamás enciendo un cigarrillo en los lugares en los que preveo pueda molestar a alguien. En mi coche, por ejemplo, me reprimo de hacerlo si es que me acompaña un no fumador. Lógico entonces esperar de los demás al menos el mismo respeto. Mas en aquellas celdas de vidrio para drogadictos ni siquiera se nos trataba de usted. Un cartel rezaba así: Apaga tu colilla antes de salir. Pero bueno, ¿en qué plato hemos comido juntos para hablarme de tú?, ¿eh? Y encima habré de agradecer que el tono del texto no salte al insulto. Nada me extrañaría que dijese: Tú, asesino intoxicador, apaga tu asquerosa colilla y no te atrevas a salir de aquí hasta que ese nauseabundo intrumento de muerte deje de humear, bandido, criminal, desecho de la humanidad.

Sin embargo, acabo de hablar de humillación, cuando el colmo de la humillación se sufre camino de la puerta de embarque. Y por todos los viajeros, fumen o no. La escena guarda curiosas similitudes con las que hemos contemplado en muchas películas de nacis o en documentales sobre el holocausto, esas en las que los trenes de la muerte arriban atiborrados de ciudadanos inocentes a los campos de concentración. Al igual que allí, un vigilante se encarga de distribuir a la gente en varias colas. Otros uniformados instruyen a los civiles que ya engrosan las filas sobre cómo proceder. Coja una bandeja. Deposite aquí todos los objetos metálicos que lleve encima. ¿Incluido el cinturón? Por supuesto, ponga su cinturón, y saque el ordenador de la funda. No tendrá en esa bolsa un tubo grande de dentífrico, ¿verdad? El reloj: fuera. Usted, señora, despójese de los collares, de las pulseras y de los anillos. ¿De este también?, es que no me sale la alianza si no uso jabón. Sí, señora, tiene que quitarse la alianza como sea, y las monedas, y los móviles… Ah, y coloque el equipaje de mano sobre la rampa del escáner.

Lo dicho, igualito igualito que las calurosas bienvenidas con que las SS solían obsequiar a quienes se apeaban del vagón en Auswitch para ser sometidos a un tratamiento con Zyklon B. Porque si el detector pita, has de hacer memoria: ¿será el llavero?, ¿un piercing?, ¿la montura de las gafas?, ¿un diente de oro?, ¿acaso el potaje de lentejas?, porque dicen que las lentejas tienen mucho hierro… Si ese es el caso, el personaje de seguridad, implacable, te cachea de la cabeza a los pies, siguiendo el ritual, también conocido por los telefilms, que se aplica a los detenidos en plena calle. Y luego hay que rezar porque el individuo que se sienta frente a la pantalla posea cierta experiencia interpretando los rayos X. Andando, qué veo en el monitor, ¿es eso un cúter, caballero? ¿Un cúter yo? Lo dudo mucho: que yo recuerde, no he metido ningún cúter. Pues abra la cremallera del maletín, a ver de qué se trata. Y rápido, que hay muchos esperando. Sí, sí, no se preocupe, ahora mism…, ah, ya caigo, se tratará de mi puntero láser. Sáquelo: hay que comprobarlo. Meta de nuevo el maletín sin el puntero. Vale, ya puede ponerse ahí. Pero lejos, ¿eh?, dejando sitio a los que vienen detrás.

En definitiva: bochornoso. Todos somos considerados como terroristas en potencia, debiendo demostrar lo contrario. El mundo al revés. La carga de la prueba a costa del sospechoso. Y nadie protesta. Beee, beee. El rebaño circula con docilidad por donde le indican los guardianes. Beeee. Obedece temeroso. Beee, beee. Casi agradeciendo que en esta ocasión no lo hayan esquilado. Beee. Y eso que muchos caen en la cuenta de la inutilidad de registros tan concienzudos.
Qué suerte, Antonio, no se han dado cuenta de mi petaca de whisky. Ah, ¿sí?, pues yo creía que me pararían por mi bolígrafo-abre cartas, y fíjate…, les ha pasado desapercibido.

¿Servirá de algo todo este jaleo? Porque una vez que he recuperado la correa, bien podría estrangular al piloto con ella, por ejemplo. Y ya han ocurrido secuestros con todas estas medidas en marcha. Para mí que solo se trata de humillar, de demostrar quién manda, de rebajar tu dignidad, de contribuir al imparable recorte de parcelas de libertad que sufrimos en este decadente siglo XXI. Recuérdese el motín de capas y sombreros. Recuérdese que una raza más altiva que la nuestra se opuso a que le impusieran cómo vestirse, aun a riesgo de mermar la seguridad de circular por la vía pública. Y lo peor del asunto, apreciados amigos, está por llegar. Oí en la radio que miembros del Al-Qaeda experimentan con explosivos-supositorio que burlen los controles de los aeropuertos. Qué horror. Mas no me horrorizó la noticia, sino cojeturar la inspección adicional que incluirán en el protocolo de embarque. ¿Os imagináis al vigilante plantado ante vosotros, esbozando en su rostro el sadismo de una sonrisa, mientras se enfunda un guante de goma en su mano derecha? Escalofríos. La sola evocación de la escena me provoca escalofríos. Pero seguro que transigiremos con ella. Beee. beee. Seguro que transigimos. Beee.

12 oct. 2009

El Blog cambia de cara

Habréis observado, queridos lectores de este blog, que está cambiando algo su aspecto. Y es que un tándem integrado por dos profesionales, Hollie Kay y Luis Castellón, se ocupan es estos momentos de dar un diseño más atractivo e implementarlo sin perder el dominio.

Espero que os guste el resultado. A mí, que ya he visto algunos anticipos, desde luego que sí.

30 sept. 2009

Coche número 4

Tal vez no creáis, estimados amigos, lo que os relataré en esta entrada. Por supuesto que comprenderé vuestro escepticismo. Tampoco yo daría crédito a una historia tan inquietante como absurda y de la que no ha salido la menor alusión ni en los periódicos ni en ningún espacio informativo. Aun a riesgo de ello, no me resisto a narrar el episodio, ciertamente inverosímil, que me sucedió este lunes.

Por la tarde me desplacé a Córdoba por cuestiones de trabajo: un viaje corto, de 14:30 a 21:30, que llevo a cabo 3 ó 4 veces al año. Como resido cerca de la estación de RENFE, me resulta muy cómodo utilizar el tren de alta velocidad, ya que el trayecto Málaga-Córdoba se reduce a poco menos de una hora. A eso de las ocho y veinte me situé en el andén dispuesto a tomar el convoy de regreso a mi ciudad. Vi aproximarse a la lanzadera por mi izquierda, desacelerando, culebreando en el cambio de agujas, barriendo el recinto con dos haces de luz que procedían de sus poderosas pupilas. Los pasajeros que aguardaban la llegada del AVE se levantaron de sus bancos o se acercaron hacia el borde. En tales circunstancias, no suelo ponerme en pie hasta que no descienden quienes se apean en Córdoba. Como no acarreo más que con el mini portátil en su funda, no tengo el menor empeño en conseguir espacio en el portamaletas. Sin embargo, de todos los vagones se bajaron unos cuantos viajeros menos del mío. En ese momento pensé en la circunstancia, para mí curiosa, de que ninguno de los ocupantes del coche 4 tuviese a Córdoba como destino. Pero aún más curioso me pareció que viniera vacío. En fin, busqué mi asiento, el 11-A, y saqué del maletín las gafas de cerca y el libro que había empezado a la ida: La esfinge maragata, de Concha Espina. Intentando sumergirme en la ficción que me proponía la escritora cántabra, no conseguía evitar que surgieran interrogantes en mi mente.

¿Por qué no había nadie? ¿Quizá salieron todos en Ciudad Real o en Puerto Llano? ¿Un equipo de fútbol? ¿Un grupo de escolares? Quién sabe. Y si no es así, ¿le merecerá la pena a RENFE una singladura con tan poca gente? Porque el gasto en electricidad necesario para mover tamaña masa de hierros ha de ponerse en un pico…

Al cabo de unas quince páginas me quité los lentes para dirigir la vista a través de la ventanilla. Partíamos de Puente Genil, donde el tren se detuvo unos instantes. Ya de anochecida, los cristales ahumados casi no permitían vislumbrar el paisaje. De ahí que se me antojase contemplar el exterior iluminado por las farolas de la estación. Fue entonces, antes de volver a la lectura, cuando advertí que había varias bolsas de viaje en las baldas superiores. Y también algún troller y prendas sueltas y un par de paquetes envueltos en papel de regalo. Ah, y una botella de agua empezada. Me surgió la duda. Imposible que todo el mundo se olvidiara su equipaje. Qué raro. ¿Estarán todos en el coche cafetería? Porque la luz de los servicios indica Libre. ¿Y si te acercas a tomarte un té?, ¿eh, Alberto? Así compruebas tu sospecha y estiras un poco las piernas, que te has pasado toda la tarde sentado.

El primer ramalazo de estupor lo sentí al accionar el botón de apertura de la corredera que comunicaba con el coche 3. No se abrió. Me desplacé al otro extremo. Su gemela tampoco amagó la menor obediencia. De golpe me atacó un sentimiento de soledad. Me hallaba , desconcertado, inquieto, viajando rumbo sur a bordo de un ferrocarril fantasma, con huellas de presencia humana, sí, pero por completo solitario. Sabía que en otros vagones había gente pues en Córdoba presencié cómo subieron. Sin embargo, no podía confirmarlo a ciencia cierta. Caminando por el pasillo descubrí un teléfono que reposaba en una de las mesillas desplegables. Cógelo, Alberto, tal vez averigües algo llamando a uno de los números de su agenda.
El Nokia, en modo filmación de vídeo, exhibía en su pantalla el mensaje de error Not enough memory. Seguro que su dueño lo dejó en medio de una grabación. Mírala, Alberto, atrévete a descubrir lo que se estaba grabando.

Tras el Play, apareció el rostro de un varón de unos veintipocos: no me grabes, Yoli, que me da mucho coraje: el joven manoteaba delante del objetivo en señal de protesta: ¿y por qué no, cari? si estás muy guapo. En off se escuchaba la voz de una muchacha, sin duda su novia, que sería quien manejaba el aparato. Por detrás del mozo se distinguía el decorado del coche número 4. En un instante dado, se percibió un politono y, a continuación, un grito espeluznante articulado con el timbre de una mujer aterrorizada. Renuncio a describirlo aquí. Cualquier intento por mi parte se quedaría corto. La cámara enfocó entonces a una señora madura, muy elegante, que fija los ojos en su propio móvil. Parece que lee un SMS. En sus facciones se adivina el espanto, la alarma, el temor. Vuelve a gritar. Los pasajeros la contemplan extrañados, pero no da tiempo a que nadie la ayude ya que ella sale corriendo de la escena. El ferrocarril debe de estar detenido en Puerto Llano. De inmediato suena otro teléfono. Y ahora es un chaval quinceañero el que profiere un alarido y abandona también el vagón como alma que lleva el diablo. ¿Qué pasa, cari? No lo sé Yoli, tranquilízate, seguro que no es nada… Pero la enigmática serenata de timbres y tonos, entreverados de chillidos histéricos y vociferaciones ininteligibles, no cesaba. Todo lo contrario. Uno tras otro, los pasajeros que recibían mensajes desalojaban el coche en estampida entre exclamaciones de pavor.

Admito que la visualización del vídeo me produjo escalofríos. Sobre todo, cuando es el muchacho, el novio de Yoli, quien recibe una llamada y descuelga y, al leer la pantallita de su Motorola, deforma los rasgos de su faz en un rictus estremecedor. Ahí se acababa la filmación. Como comprenderéis, queridos amigos, el resto de mi viaje lo pasé bastante asustado. Al parar el AVE en Antequera, dudé en si apearme o no. No atinaba a decidirme por ninguna de las dos opciones. Si descendía, quizá corriese la misma suerte que los pasajeros que me precedieron que, por cierto, a saber cuál fue. Y tampoco me hacía la menor gracia continuar el camino en la tétrica soledad de aquel recinto. El ferrocaril arrancó conmigo dentro. Seguía atrapado en el vagón número 4, atenazado por la incertidumbre. Ni Concha Espina ni mini portátil ni gaitas. Pasé la media hora que restaba de trayecto vigilando por la ventanilla, intentando adivinar por dónde íbamos, anhelando que llegáramos lo antes posible.

Ya en Málaga, abandoné la estación a la bulla, sin girar la cabeza, sin siquiera esperar a alguien de la tripulación para pedirle explicaciones. Me urgía alejarme de aquel terrible escenario que me hizo experimentar un miedo atroz. Lo más extraño de todo, apreciados lectores, es que ni el martes ni hoy he hallado la menor alusión al incidente. Ningún medio de comunicación menciona nada al respecto. Por eso os dije al principio que quizá no me creeríais.

27 sept. 2009

Me doy de baja

Conocí a Sasi Alami en un acto de Ediciones Irreverentes en el que José Manuel García Marín nos presentaba sendos libros. Después he coincidido con esta simpática escritora en algunos saraos literarios, e incluso fuimos compañeros de página en Microantología del microrelato. De estos encuentros se ha generado entre nosotros un trato muy cordial.

Sasi lleva varios años cosechando éxitos al frente de distintos programas en la radiotelevisión marbellí. Para la temporada que ahora comienza, dirigirá el espacio La vida es bella, un magazine para noctámbulos que se emite de lunes a jueves entre la media noche y las 2 de la madrugada. Podéis escucharlo a través de Internet en el enlace que he dejado atrás.
Pues bien, Sasi me telefoneó la semana pasada para pedirme que me hiciese cargo de una de las nuevas secciones fijas, en concreto, la titulada Me doy de baja. En ella se trata de darse de baja de alguna actividad, de negarse a colaborar en algo, en aquello que produzca indignación. Acepté encantado, ya que a mí me encanta indignarme. Cada día, con la lectura matutina de la prensa, dedico unos minutos a la indignación. Pero que conste que es una indignación sana. Nada más saludable que experimentar una rotunda indignación mientras se saborea el té del desayuno.
Así que, queridos amigos de este blog, ya lo sabéis. Podéis encontrarme, aparte de aquí, en el programa La vida es bella. Os espero.

3 sept. 2009

La gorda

(Este breve relato está dedicado a mi buena amiga Francis, In Memoriam.)

No sé si os he dicho en alguna ocasión, apreciados amigos, que al principio de los ochenta estuve destinado como profesor de matemáticas en el Instituto de Bachillerato Camilo José Cela de Campillos. Durante 5 años conduje a diario por la carretera que me llevaba desde Málaga a mi centro de trabajo. Total: 170Km entre ida y vuelta. Obvio que en tan dilatado periodo de tiempo las singladuras se tornaron insufribles. Hace poco que deambulé de nuevo por la misma ruta. Iba solo, escuchando Radio 5, la única de la que no se pierde la sintonía por más que se circule por la geografía española. Y conforme me acercaba a cierto cambio de rasante, dejé de prestar atención al reportaje que se emitía pues algo se activó en mi subconsciente, una rutina que adquirí de aquella época. En efecto, sin pretenderlo y pese a la soledad de la cabina, comencé a reír justo al sobrepasar un olivo que aún perduraba en la margen derecha de la vía.
¿Cómo se explica tan extraño fenómeno? Eso es lo que os narraré en esta entrada.

He de retroceder entonces unos lustros. A fin de compartir los gastos de combustible, dos compañeras que también vivían en la capital se trasladaban al Instituto en mi coche. El hecho de que Francis, la profesora de Latín, María Victoria, la de Lengua española, y yo compartiéramos tantas horas de trayecto provocó que entre nosotros se entablara una franca amistad. Nos unía la desgracia de que nuestras plazas se hallasen tan lejos de nuestras residencias. Los 3 experimentábamos idénticos madrugones de silla eléctrica, idéntica fatiga en jornadas de sol a sol, idénticos tiritones de frío al descender hasta los helados llanos de Antequera en un automóvil con la calefacción estropeada. Nos sumía el mismo tedio, el mismo cansancio, la misma congoja. Eso sí, acabamos por olvidarnos de los peligros de la ruta. Preocupados por entrar a tiempo a la primera clase, apenas si protestábamos cuando un turismo adelantando en sentido contrario me obligaba a dar un volantazo para arrojarme a la cuneta. En tales circunstancias, aquel de los 3 que tuviera menos sueño quizás articulase un será cabrón el tío, aunque sin inmutarse, sin casi balbucear una queja pese a haberse rozado el accidente mortal.
El caso es que poco antes de ese cambio de rasante al que me referí arriba, situado ya a pocas leguas del pueblo, nos espabilábamos poco a poco. En voz alta nos preguntábamos por si se repetiría el episodio de cada mañana.

¿Estará la gorda hoy, Francis? No sé, Alberto, llevamos algo de retraso. A lo mejor ya se ha ido. ¿A ver? No, no, ahí está, jaaaa, jaaa, ja. La gordaaaa, jaaa, ja, jaaa, ahí está la gordaaa. Jaaaa, ja, ja, sí es verdad, está en su mismo olivoooo, jooo, jo, joo. La gorda está en su olivoooo, jooo, joo, jo…Porque había un olivo a la derecha del camino en el que solíamos encontrarnos con una chavalita de unos 12 ó 13. Permanecía de pie en el arcén junto a otros 2 niños más pequeños que ella, a buen seguro sus hermanos. Los 3 sostenían sendas carteras. Los 2 más chicos se uniformaban de babero blanco a rayas verticales verdes. Evidente que aguardaban al transporte escolar.

¿La habéis visto?, jooo, joo, jo, ¿habéis visto cómo estaba hoy la gordaaa?, jaaa, ja , ja…, hoy ponía cara de reloj de péndulo, jooo, jo, jo. Sí, sí, jaaa, jaa, ja, hoy estaba graciosísimaaaaa, ¿verdad, María Victoria? Jaaa, jaaa, ja.

A la vista de la gorda estallábamos en incontenibles y estrepitosas risotadas que ya no paraban hasta Campillos. Era una risa contagiosa que salía de no sé dónde y la provocaba no sé qué. Y cualquiera que se uniese a nosotros 3 en el viaje se extrañaba la primera vez que asistía al evento. Sin embargo, en posteriores ocasiones ya no podría evitar el troncharse durante un buen rato para terminar con el diafragma dolorido y secándose los ojos con la manga.
La gordaaa, jaaa, ja, ja, ja…, ahí estáaa, la gordaaa, ja, ja…

Al entrar al Instituto, el resto de profesores, que solo tenían noticias de la gorda por nuestras referencias, se interesaban por ella. Hoy os veo muy contentos, ¿acaso os habéis topado con la gorda? Sí, sí. Ja, ja, ja…, hoy estaba graciosísima, jaaa, ja, ja. No recuerdo con precisión cuándo tuvimos constancia de que la gorda nos aguardaba allí, a la salida del Sol, temiendo el paso de un coche rojo repleto de carcajadas, con desfigurados rostros tras los cristales de las ventanillas que clavaban en ella sus miradas lacrimosas. La gordaaa. jaaa, jaaa, jaa…, ahí está la gordaaa, ja, ja… Ya la veooo, jooo, jo, qué malo eres, Albertoooo, jooo, jo jooo, le vas a provocar un trauma a la pobre chiquilla, jooo, jo, jo, ¿no ves la expresión con la que se nos queda mirando la infeliz? Ya lo sé, María Victoria, jaaa, ja, jaaaa, a mí también me da una pena espantosaaaa, jaaa, ja…, pero es que no lo puedo remediar, aahhh, jaa, ja, es que la gorda es tan graciosaaaa. Jaaa, ja, ja…
Hubo de engendrarse un mecanismo gradual hasta que nos percatamos de ella. Y tampoco nos explicábamos qué lo desataba. Tan solo la vislumbrábamos allí, con los libros bajo el brazo, para que comenzase el jolgorio. La superábamos a 80 Km/h, con la vista a la derecha, partidos de risa, intentando controlar los involuntarios espasmos abdominales. Y así un día tras otro.
¿Y la gorda? ¿Dónde está? Qué raro que no aparezca a su hora: solo se ve a sus hermanos: ¿habrá enfermado? No, no, Alberto, la gorda está allí, detrás del olivo: se ha escondido: joo, jo, jo: se ha escondido para que no la viéramos. Aaaahh, es cierto, Francis, ja, ja, ja, la gorda se ha escondidoooo, jaa, ja ,ja.

Porque durante unos días la gorda intentó ocultarse de la befa matutina. Inútil. Aquel paisaje no era apto para emboscadas. Terminó saliendo de nuevo a la cuneta a dar la cara. Ella no sabría por qué tenía que darla. Y nosotros tampoco. Pero todos sentimos que las cosas volvían a la normalidad, a la hilarante normalidad de las nueve menos diez.

2 sept. 2009

Onironautas espaciales

Todo lo relacionado con los sueños me resulta fascinante. Si me despierto en el transcurso de uno de ellos, procuro repasarlo en mi mente repetidas veces con el objeto de memorizarlo, pues un sueño ya memorizado jamás se olvida. Y esto lo consigo incluso si me levanto de la cama y me dirijo al baño o a la cocina a beber un vaso de agua. Durante ese intervalo fronterizo en el que no llego a alcanzar por completo el estado de vigilia, otros sueños ya soñados surgen espontáneos en mi cerebro. Me asombro entonces por encontrar conexiones entre ellos, conexiones que me parecen muy lógicas y muy normales. Mis neuronas engarzan razonamientos que verbalizo con más seguridad aún que si me hallara despierto.

Hay que ver, Alberto, cómo nunca has caído en el nexo que relaciona el sueño de la procesión que acaba en catástrofe con el del tsunami que acontece a los pies del aquel gigantesco acantilado sobre el que reposa un hotel de 5 estrellas. Era de cajón que los 2 sueños constituían capítulos de la misma historia. Y qué facil pasar de este último a ese en el que una banda de cuatreros asalta tu antigua vivienda de calle Los Frailes. Y además de recorrer con enorme facilidad la nutrida base de datos de sueños ya soñados, soy capaz de elegir uno a voluntad, dormirme casi de inmediato y retomar el hilo en donde lo dejé.
Fascinante. Ya lo dije al principio: fascinante de verdad.

Por supuesto que he usado los sueños como material literario. De hecho, en Regina angelorum intervienen como parte fundamental del argumento. Y en mi última novela, todavía por publicar, incluyo una pesadilla que compartí con mi hermano Fredy cuando éramos niños. Ambos lo supimos muchos años más tarde. No recuerdo si fue él o fui yo quien comenzó a describir su pesadilla, pero el relato se convirtió en un mano a mano. Cada uno preguntaba al otro por los detalles que vendrían a continuación a fin de comprobar que no le estaban tomando el pelo. En absoluto: sendas pesadillas coincidían hasta en sus elementos más triviales. Sorpresa. Estupor.
Mas no os narraré aquí, queridos lectores de este blog, ninguno de mis sueños, sino uno que experimentó mi amigo Lucas. Hará una semana que me lo relató. Y a mí, qué queréis que os diga, me encantó. Se trataba de un sueño maravilloso, digno de plasmarse en letra escrita, un sueño igual de seductor que los que se leen en Arrabal celebrando la ceremonia de la confusión, aunque sin elementos tan disparatados o absurdos como los usados por el genial escritor melillense. Intentaré reproducir la escena con fidelidad.

Lucas y yo nos sentábamos en los extremos antípodas de la mesa de una cafetería. Nuestras bebidas, una Coca-cola y un café con hielo, se acabaron pronto bajo el calor de una tarde de agosto. Llevábamos ya un rato hablando de cosmología cuando Lucas se decidió. Pues yo, Alberto, me acuerdo perfectamente de un sueño que tuve a los 8 ó 9 años. ¿Sí?, cuéntamelo, Lucas, por favor. Pues verás, estaba durmiendo, y de pronto comenzaba a flotar y me elevaba en el aire. Y ya desde el techo de mi cuarto, me veía a mí mismo en la cama, dormido. Así permanecí unos minutos, contemplándome a mí mismo. Me parecía muy natural la situación. Aquel que yacía era yo. Sin embargo, mi punto de vista era el del yo que flotaba. Y luego seguí subiendo por encima de la casa, volando y ascendiendo sin parar. Las cosas se veían cada vez más chicas. Y subía, subía y subía. Llegó un momento en que abandoné la Tierra. La vislumbraba desde el espacio, como si hubiera salido de una nave para dar un paseo espacial. Y yo estaba con las piernas y los brazos encogidos, así. Anda, Lucas, pues eso me recuerda a la última imagen de 2001, ¿no crees?, esa en la que aparece un niño en posición fetal rodeado de una esfera transparente y azulada. Seguro que viste 2001, una odisea espacial pocos días antes. No, Alberto, porque mi sueño no terminó ahí. Continué alejándome de la Tierra. Más lejos y más lejos. Y también dejé atrás el sistema solar. Volaba entre las estrellas. En ese instante, me di cuenta de que no llevaba ya el pijama, sino una túnica blanca. Después vinieron las galaxias. Las adelantaba encaminándome hacia no sé donde. Miré a mi derecha. Había una interminable hilera de gente, aunque muy espaciada, cada persona a bastante distancia de la anterior. Todas en línea. Todas con túnica blanca. Todas volando en el mismo sentido. Y a la izquierda igual. Otra fila se prolongaba infinita, inacabable, una ristra de siluetas blancas que se transformaban en puntitos con la lejanía. Y conforme avanzábamos, las galaxias escaseaban poco a poco, hasta el punto de que desaparecieron por completo. Solo estábamos nosotros, con túnica blanca, rodeados de una inmensidad de color negro. Y el negro era un negro, Alberto, mucho más negro que el de la realidad. Te lo aseguro. Imposible encontrar en el mundo de los despiertos un negro tan negro como aquel. Un negro negrísimo. Solo en un sueño se puede ver ese negro. Y lo mismo sucedía con el blanco de nuestras túnicas. Jamás, salvo que repita mi sueño, conseguiré toparme con ese blanco tan blanco. Infinitamente blanco. Entonces comenzó a aclarar algo en la dirección de la marcha. Me acercaba a algún paraje que se mostraba en principio muy blanco. Percibí que ese fondo blanco hacia el que volaba poseía el mismo blanco de las túnicas. Me aproximaba a algo tintado de ese blanco uniforme y sin la menor imperfección. Y al llegar al alcance de mi mano, quise extenderla para tocar el blanco. En ese momento me desperté. Me quedé sin saber qué había tras esa especie de pantalla fantasmal de color blanco.

Mi inteligente amigo Lucas no quiso dotar de explicación alguna a su sueño. Es lo mejor. Lo más sensato. La ciencia sabe muy poco de los sueños como para meterse en los berenjenales del psicoanálisis o, peor aún, en las especulaciones de los viajes astrales, de los que son tan amigos los paracientíficos o los místicos. Tan solo se limitó a articular una metáfora que me resultó muy llamativa. Cualquiera diría, Alberto, que en mi sueño viajé hasta el Big-bang.
Y en verdad que encontré su metáfora muy acertada. Qué suerte la de mi amigo Lucas, que ha viajado en sueños hasta el Big-bang.

15 ago. 2009

Escaleras borrachas

Estoy terminándome El Baco, una novela de Jesús García Castrillo, Chus para los compañeros, Catedrático de Lengua y Literatura, escritor, excelente cocinero, violinista, pintor, melómano, lector voraz y analista financiero. La obra a la que me refiero fue seleccionada para la fase final de importantes premios literarios, el Andalucía, el Café Gijón, el Azorín y nada menos que el Planeta. Coincidí con Chus durante unos años en el Instituto de Bachillerato Emilio Prados, en donde establecimos una buena amistad. De El Baco puedo comentaros, queridos asiduos de este blog, que es una narración que se adelanta en varios años a la tónica que prevalece en nuestros días y que tantos bestsellers está generando. Chus, con la perspicacia que lo caracteriza, intuyó el atractivo que produciría un cóctel en el que se mezcla la intriga actual con la indagación histórica sobre cultos religiosos ya perdidos. (En el caso de El Baco, este culto se enfoca a la deidad del vino, quien reclama la borrachera como rito central de su liturgia.) En vista del éxito, combinaciones de ese tenor han sido imitadas en tiempos recientes por numerosos autores. Podéis obtener más información acerca de El Baco en la página web http://www.elbaco.com. Os la recomiendo. Chus, sobre todo en la segunda parte de la narración, retrata con sutil ironía el ambiente que se respiraba en los centros docentes de enseñanza media durante los comienzos de la transición. En sus personajes ficticios he reconocido a muchos de los prototipos reales que pululaban por las aulas y los claustros de aquel entonces. Entre ellos, la figura del conserje. En una divertida escena, García Castrillo desvela los pensamientos del ordenanza del instituto tras encomendarle la Directora que retirara las sillas que llevaban semanas desperdigadas por el patio de deportes. Y el bedel, a lo suyo: que si el sindicato me ha informado de que ese no es mi cometido, que si yo a vigilar, que es lo mío, que si chufla, chufla…, que como no te apartes tú…, etcétera, etcétera. Me reí bastante con estos refunfuños. Máxime porque viví una situación muy similar cuando desempeñé la Dirección del Departamento de Álgebra, Geometría y Topología de mi Universidad. Es este absurdo episodio el que os quiero relatar aquí. Comienzo.

Una de las profesoras de mi Departamento amuebló por completo su despacho, situado en el segundo piso del módulo de Matemáticas. El decorador que se encargó de ello retiró las sillas, las mesas y los trastos viejos que había antes, salvo un armario que se le antojó a otro de nuestros profesores, Dorado, un joven y brillante matemático a quien se rescató del extranjero gracias a las becas Ramón y Cajal. A Dorado lo teníamos acomodado en uno de nuestros despachos de la tercera planta. Como recién llegado, no contaba con ningún mueble en el que colocar sus libros y sus enseres personales. Por consiguiente, aquel armario le venía de perillas. Ahora bien, pasaba una jornada y otra y otra más y el armario seguía allí, adosado a una de las paredes de la galería, afeando el recinto, estorbando el paso. Una mañana le pregunté por el particular a nuestra administrativa.

Luisa, ¿qué pasa con este armario, que lleva no sé cuántas semanas aquí en medio? Ah, Alberto, el armario…, resulta que Dorado creía que, con pedírselo a los conserjes, se lo subirían arriba, pero, al parecer, los conserjes dicen que ese no es trabajo suyo: así que Dorado ha hablado con los cristaleros y le van a hacer el favor de ayudarle a subirlo. Ah, bueno, pues a ver si se dan prisa, porque este bulto aquí ya daña la vista. Sin embargo, caían las hojas del almanaque sin que el dichoso armario se moviese de su sitio. Decidí ocuparme del asunto en persona. Para ello, me dirigí al Vicedecano de Infraestructuras.
Oye, Valeriano, tenemos un armario en nuestro corredor dando por culo y necesitamos llevarlo al piso de arriba, pero me cuenta Luisa que los conserjes no pueden mover un mueble: ¿seguro que es así? En efecto, Alberto, así es: qué quieres que te diga: tú no te figuras, por ejemplo, la que tuvimos que liar en el Decanato cuando la mudanza de la Biblioteca. Al final, le soltamos un dinerillo extra a los jardineros para que fueran ellos los que hicieran el traslado. Joder, Valeriano, pero si eso es absurdo: no me lo puedo creer. Pues créetelo, Alberto, en ninguna normativa de la Universidad se especifica qué personal tiene que realizar ese tipo de tareas: así, cada vez que necesitamos trasladar algo, ni te imaginas el conflicto que nos supone. Y lo más gracioso es que, si hay que acarrear algo de un edificio a otro, entonces sí, en ese caso se llama a los del Almacén General y vienen con una furgoneta, pero si es de una dependencia a otra dentro del mismo edificio, nanay del peluquín. Anda, qué bueno, Valeriano, me acabas de dar la solución. Ah, ¿sí? Sí, verás: nosotros, como también impartimos docencia en la carrera de Magisterio, disponemos de un despacho en aquella Facultad: así que solo tengo que encargarle a los del almacén que se lleven el armario a Ciencias de la Educación, y 2 ó 3 días más tarde, les digo que me lo devuelvan aquí, pero a la tercera planta en vez de a la segunda. Por favor, Alberto, no irás hacer eso, ¿verdad?, sería ridículo enviar un armario de ida y vuelta solo para que acabe un tramo de escaleras más arriba. ¿Por qué no, Valeriano?, si ese es el tortuoso camino que describe un tramo de escaleras, pues habrá que recorrerlo, digo yo. No, Alberto, espérate, vamos a hacer lo siguiente: intentaré comunicarme con la Conserje Mayor de la Universidad y le plantearé el problema: a ver si me da una solución, ¿te parece? Bueno, Valeriano, pero que sea prontito, ¿vale? Sí, sí…, yo me daré prisa.

Pese a las buenas palabras de mi Vicedecano, el armario persistió una semana más anclado en las mismas baldosas. De nuevo tuve que emprender la iniciativa, la cual partió de otra charla con la administrativa del Departamento. Oye, Luisa, ¿no es cierto que cualquier profesor puede pasarse por el Almacén General y pedir que le lleven un mueble de los que haya allí? Sí, Alberto, y allí hay montañas de mesas, sillones, archivadores…, de todo. Ah, bien: otra cosa: ¿se sabe algo de los cristaleros?, ¿no iban a ayudarle a Dorado a subir su armario? Pues no, Alberto, no se sabe nada: como la limpieza de las ventanas se hace no se sabe con qué periodicidad…, desde que hablaron con Dorado no han aparecido por aquí. Bueno, Luisa, entonces llama ahora mismo al Almacén General…, por cierto, ¿dónde está ese almacén? En la otra punta del Campus, Alberto, en los bajos de la Facultad de Medicina. Ah, vale, aunque eso no es relevante: pues los llamas, Luisa, y les dices que se acerquen por aquí a recoger este armario. ¿El de Dorado?, pero si lo quería el chaval para usarlo él. Sí, ya lo sé, Luisa, pero después de que hayas dado ese aviso, telefoneas a Dorado y le informas de que su armario va camino del Almacén General, y que cuando tenga él tiempo, mañana o pasado, se llegue allí y lo reclame para que se lo instalen en su despacho. Ja, ja, ja…, pues hay que ver, Alberto, las vueltas que va a dar el armarito, ja, ja. No te extrañe, Luisa, no sabes tú bien cómo la burocracia ha convertido en una intrincada singladura el sencillo tramo de escaleras que nos separa del piso de arriba.

Y así es, queridos amigos, cómo conseguí que el armario subiese una planta. Mi amigo Chus ya sabía del asunto mucho antes que yo.

12 ago. 2009

Cotilleos en Riofrío

Hoy quiero relataros, queridos amigos, cierta escena que aconteció este domingo.Mi mujer y yo habíamos pasado el fin de semana en un hotel de la sierra de Cazorla. No viajamos hasta allí para practicar el senderismo ni la escalada ni el descenso de cañones ni la observación de aves rapaces. Qué va. Nos limitamos a disfrutar del circuito hidrotermal del Spa, pues mi esposa es una enamorada de los hidromasajes, mientras que a mí me fascina experimentar con los gradientes extremos de temperatura que se establecen entre las saunas y las pozas frías. La exploración que merece aquella zona la aplazamos para otra visita más larga.

Ya de regreso, planeamos que la parada para el almuerzo la realizaríamos en Riofrío. Aquellos de vosotros que no conozcáis el topónimo, sabed que denomina a una aldea de la provincia de Granada famosa por dedicarse a la cría de la trucha y el esturión. De ahí que haya más restaurantes que viviendas en este pequeño caserío. Tras probar suerte en 3 de los establecimientos, fue en el cuarto en el que, por fin, un camarero nos acomodó sin necesidad de incluirnos en lista de espera. Qué cantidad de gente, Dios. Supongo que la población de los alrededores acude allí en masa, no solo por la festividad, sino por el oasis que representa aquel fresco paraje fluvial rodeado por leguas y leguas de greda recalentada por el sol de agosto. La mesa contigua a la nuestra la ocupaba una familia integrada por mamá, papá, hija mayor, hijo menor y el novio de la hija mayor. ¿Cómo supe de esa relación de parentesco? Ni idea. El caso es que, sin necesidad de expresarlo, Charo y yo llegamos a idéntica conclusión. De hecho, en nuestros cuchicheos en voz baja nos referíamos a cada uno de ellos por el apelativo que debiera corresponderle.

¿Has visto, Charo, cómo al pobre padre le han uniformado de turista?, fíjate: polito de color claro, ridículo pantalón a media pierna, de esos que el siglo XXI ordena lucir en verano, y mocasines azules sin calcetín. Y tú qué sabes, Alberto, igual a él le apetece ir así. Anda, Charo, por favor, cómo le van a apetecer esos pantalones: además, no le cuadran en absoluto a un sesetón como él: eso ha sido el manatí de su mujer, seguro que lo ha vestido así su mujer, me apuesto la cabeza. Fijo que el manatí llegó a su casa una tarde de rebajas con el regalito: Pepe, mira lo te he comprado: María, qué espanto, yo eso no me lo pongo: cómo que no, Pepe, si con esto vas a estar la mar de fresquito, y a la moda, todos los hombres llevan uno…, y me han salido baratísimos. Pues tú, Alberto, nunca te has puesto uno de esos. Por supuesto que no: tú sabes que siempre visto igual: y con esa filosofía, hay épocas en las que encajo con los tiempos, y épocas en las que no, pero a mí me es indiferente: con tal de ir como a mí me plazca. Tú dirás lo que quieras, Alberto, pero esos pantalones son muy apañados: si no te los compro es porque sé que se quedarán colgados de la percha. ¿Apañados?, qué cosas tienes, a mí me resultan ridículos, ya te lo dije, y sin calcetines, todavía más ridículas lucen esas pantorrillas peludas. ¿Y esos tendones de Aquiles?, ¿eh?, qué horror. Y advierte los pedazos de bolsillos que hay por debajo de la rodilla…, cualquiera deja caer algo en ellos arriesgándose a no lograr recuperarlo después. A menos, claro, que se tengan brazos de jugador de baloncesto. Porque ni agachándote llegarías al fondo: esa especie de mochila también descendería contigo. ¿Ves, Charo?, mira cómo el papá lo lleva todo en el bolsillito del pecho: atiborrado lo tiene con las gafas, la cartera, las pastillas para el colesterol, las pastillas para la hipertensión, las pastillas para la acidez...: lo que te decía, una alforja en cada pierna, pero que no sirve para nada.

Tanto el papá como la hija mayor se mostraban bastante parcos. Entreveraban alguna palabra muy de vez en vez, limitándose a la sonrisa estándar que acaba provocando agujetas en las mejillas. La conversación corría a cargo de la mamá y, sobre todo, del novio y del hijo menor. Al aparentar ambos unos veintitantos, compartían temas sobre los que cambiar impresiones.
¿Te has dado cuenta, Alberto, de que la madre solo habla del ajuar? Sí, claro, por ahí se empieza, Charo: la madre está contentísima con el novio de la niña. Y si no mencionan nada de muebles es que el noviazgo es reciente y la compra de un piso todavía les pilla de lejos: pero la mamá ya quiere agarrar al novio y no soltarlo. Bueno está hoy el mercado de novios formales... Y con la cara de mango de paraguas que tiene la chiquilla, cuanto antes la coloque, mejor, que luego se vuelve otro manatí y ya no hay quien se la endose a nadie. Pues a mí, Alberto, no me da la impresión de un novio muy formal. A mí tampoco: claro que eso, los padres, siendo de otra generación, ni se lo plantean. Para ellos que esto va en serio. No sé yo el padre, Alberto, el tío no abre la boca. Cómo va a abrir la boca, Charo, el papá, entre esos pantalones que le han puesto a la fuerza, las ganas que tiene de salir escopetado para su casa a ver fútbol en Teledeporte, y la visión permanente del novio, ahí, delante de él, comiendo a su costa y beneficiándose a su hija, muy contento no tiene que estar. Porque el padre sospechará, con buen tino, que el novio se beneficia a su hija. ¿Y tú qué sabes, Alberto? Coño, Charo, por supuesto que sí, él también tuvo treinta años y sabe lo que a uno le pide el cuerpo en época de berrea. Por eso tiene cara de mosqueado, porque encima de que el jovenzuelo se folla a su niña, ahora tiene que pagarle el almuerzo. Y eso que, para lo que han pedido, le saldrá por cuatro perras. ¿No lo has visto?, una ensalada colectiva, y de lechuga tomate y cebolla, sin alharacas tropicales ni espárragos ni zarandajas, una fuente de patatas fritas y otra de chuletas vulgares de cerdo blanco: total: cuatro perras. Ah, y una botella de tinto y otra de gaseosa para todos. No, Alberto, el novio se comió antes una trucha y se tomó una copa de Montilla. Andando, pues peor me lo fías, Charo, ahora el padre estará pensando: tú, gandul, en vez de pedirte una trucha, y beber vino de señoritos, como si fueses un ricachón, y de joder con mi hija, porque seguro que, cada vez que os presto el coche, os vais al olivar a joder de lo lindo en el asiento de atrás, pue eso, en vez de todo eso, ponte a buscar un trabajo fijo, gandul, que eres un gandul. Ja, ja, ja…, Alberto, hay que ver lo que te imaginas…, ¿y si ahora saca el novio la billetera e invita a toda la familia?, ¿eh?, ¿qué me dirías entonces? Imposible, Charo, en el rostro de resignación de ese padre de pantalones ridículos está marcado quién va a pagar.

Pero no os puedo desvelar, apreciados lectores, quién aflojó la pasta ya que mi mujer y yo reanudamos la marcha mientras ellos seguían aún de sobremesa.

9 ago. 2009

Tránsito de la Estación espacial por delante del Sol

Apreciados amigos:
El lunes pasado, día 3 de agosto, me afané, junto con 2 amigos, en la empresa de filmar el tránsito de la Estación Espacial Internacional (ISS) por delante del Sol. La línea de centralidad, desde el primer cálculo de la víspera, se había desplazado algo hacia el este. Bien. Este pequeño movimiento colocaba a la cima del Calamorro a menos de 3.2Km, es decir, dentro de la franja de 11.8Km de ancho en que el evento sería visible. Así no habría que trasladar demasiado equipo pues se recurriría al que Francis almacena allí mismo para su Planetario al Aire Libre Nocturno. Como el acontecimiento estaba previsto para las 19h 51m 8.2s, quedamos citados a las 18h 30m al pie del teleférico.
Llegamos arriba con tres cuartos de hora de margen. Francis nos había advertido de que el lugar en el que desarrolla su trabajo (y en el que se dispone de la imprescindible corriente eléctrica) no se situaba justo en la cumbre, sino en la ladera oriental del cerro. Miedo. Incertidumbre. Mosqueo. Inquietud. ¿Serían suficientes los 16º de altura del Sol sobre el horizonte como para que nuestra estrella no se nos ocutase por el oeste? Invertimos un buen rato en decidir el emplazamiento de los telescopios. El punto más apropiado se ubicaba al borde de un camino de cornisa, al alcance del cable alargador, lo más a levante posible y donde la silueta occidental del monte parecía descender con mayor pendiente. Montamos un refractor de 120mm al que acoplamos una webcam Philips SPC900NC controlada por ordenador, más un catadrióptrico de 8" al que pensábamos enroscar una DSLR Canon. Ambos sobre montura ecuatorial pues, aunque el tránsito duraría solo 1.78s, algun seguimiento antes y durante habría que realizar.
En la foto de la izquierda se observa al equipo científico en plena tarea. De estas instantáneas se ocupó una estudiante de 4º de Periodismo que se desplazó en expreso al Calamorro para la ocasión.
Obsérvese cómo uno de los astrónomos cubre el objetivo del tubo con el protector solar. La webcam ya está instalada en el portaoculares y conectada al miniportátil. Mientras Francis montaba el SC-8", Juan Carlos y yo poníamos al refractor en estación y lo dirigíamos hacia el Sol. El tiempo apremiaba: las 19h 45m.

Juan Carlos date prisa. Sí, ya lo hago Alberto, estoy minimizando la sombra del tubo sobre mi pecho, ¿Ves tú ya algo en la pantalla? No todavía no, rápido, haz un barrido con los mandos de movimiento lento. Allá voy, ¿ya? No, Juan Carlos, insiste, que la sombra del monte va por tu cintura y sigue sub..., ah, sí, magnífico, acaba de pasar el disco solar por el monitor, bravo, hurra, y casi tenemos foco, retrocede entonces un poquito.
Y en ese mismo instante, queridos amigos, la sombra acabó por cubrir por completo al aparato. Faltaron 4 miserables minutos para alcanzar el éxito.
En la fotografía de la derecha, los miembros del equipo científico, ya a la puñetera sombra, sonreímos a la cámara. Sonreímos por no llorar, claro. Y lo peor de asunto, es que no hay otro tránsito de la ISS a menos de 300Km de Málaga en lo que queda de año. Por 4 jodidos minutos, habremos de esperar hasta el 2010.(La famosa foto que encabeza esta entrada fue tomada, con un equipamiento de aficionado comparable al nuestro, por T. Legault el 17 de septiembre del 2006, justo en el instante en que el transbordador Endeavour se desacoplaba de la ISS.)

4 ago. 2009

El puñetero fin del Universo

Anoche estuve hablando de nuevo con el fantasma de mi padre. Al igual que en anteriores ocasiones, me avisó de su llegada entrometiéndose en un sueño del que solo recuerdo su parte final. La relato. Me contaba entre los integrantes de una fila de personas, dispuestas una tras otra en un pasillo oscuro con vericuetos laterales que no conseguiría describir. La iluminación corría a cargo de unas fosforescencias rojas salpicadas como por azar en unas paredes de roca negrísima. Ah, y más adelante se vislumbraba una lucecita amarillenta hacia la que avanzábamos con parsimonia. Cuando llegué hasta ella, advertí que se trataba de un flexo de oficina situado sobre un tablero barninazo en caoba. El foco alumbraba a una rebanada de pan con tomate y lonchas de serrano. Con un tenedor que apareció en mi derecha, pinché 4 ó 5 trozos de jamón. En ese instante escuché a mi padre, que irrumpió en escena frente a mí, justo al otro extremo de esa especie de mostrador: No cojas mucho, Alberto, que tiene que haber para todos.
Miré a mis espaldas. No había nadie. No importa, papá, si soy el último.Mientras me alejaba de él, experimenté la sensación satisfactoria de haberlo corregido, de llevar yo la razón en una disputa tan inexistente como absurda. Ya se sabe…, los sueños siempre son absurdos. Y eso que, dentro de un sueño, todo nos resulta lógico y normal. Tan lógico como que, tras comerme la chacina, me subiera a un ascensor en compañía de Paquita, una amiga a la que no trato más que de feria de agosto en feria de agosto- El ascensor, no se detuvo en el último piso, sino que se transmutó en una grúa de las que utilizan los bomberos. Su brazo telescópico prosiguió extendiéndose metros y metros, muy por encima de la ciudad. Paquita y yo comenzamos a tener miedo. La longitud de aquella viga, dilatándose sin cesar, nos enviaba a la estratosfera. La ridícula cabina en la que nos apretábamos temblaba agitada por las corrientes de aire. Fue en una de esas sacudidas cuando salimos despedidos hacia el vacío. En ese instante me desperté sobresaltado, no solo por el vértigo de la caída libre, sino porque esta coincidió con un fuerte golpe en el colchón.Charo, por favor, que me vas a matar de un repullo: tengo el corazón a cien. Joder, Alberto, si es que no parabas de roncar, y ya estoy harta de chasquearte con la lengua…Me levanté. Intuí que el fantasma de mi padre me esperaba, como otras veces, en el salón. En efecto, ya por el pasilló reconocí el olor a Ducados: su marca de siempre. Pero, papá, ¿no te quitaste de fumar 2 lustros antes de morirte? Anda, Alberto, no me vengas con tonterías, entonces tenía un cuerpo del que ocuparme: ahora sí que puedo disfrutar del tabaco sin que me remuerda la conciencia. Sí, es verdad, tienes razón, y, oye, hazme un favor: cuando te inmiscuyas en mis sueños, procura que luego no se conviertan en pesadillas, porque, de lo contrario, terminaré con una dolencia cardiaca… Si eso yo no lo controlo, Alberto, échale la culpa a tu subconsciente. Además, gracias al repullo onírico retornas al estado de vigilia y te acercas a charlar conmigo. Bueno, sí, lo admito, si no hay más remedio que pasar por un susto de angina de pecho… Y bien, papá, ¿has visto ya a la tía Margarita? Qué va, tú no te imaginas la cantidad de almas que hay allí, como para toparme con ella, así, de pronto… Si es a tu madre, que lleva casi 4 años muerta, y por fin la encontré la semana pasada. Ah, ¿sí?, ¿ya has encontrado a mamá? Sí, hijo, sí. Qué buena noticia, papá, ¿Y sabes si vendrá también a visitarme? No tengo ni idea, Alberto. Ni si le será posible hacerlo. Si soy yo, y todavía no he averiguado cómo funciona esto. A tus hermanos, por ejemplo, no he logrado nunca aparecerme. Solo a ti. Pues sigue intentándolo, porfa, así me creerán: porque ya he dejado de relatarles nuestras conversaciones: me toman por gilipollas: intenta aparecerte a Fredy mismo, que ronca igual que yo: a lo mejor los ronquidos son la clave de tus apariciones. Puf…, con Fredy lo he probado en cantidad de ocasiones: naranjas de la China.Me encendí un cigarrillo mientras el fantasma de mi padre se incorporaba del sillón para sentarse a mi derecha, en el sofá. Su aspecto no se diferenciaba del que luce en el retrato que reposa sobre uno de los libreros de mi despacho. Cabello recio y negro. Tan negro como el medio bigotito estándar de los varones de su generación. A pesar de la cálida noche veraniega, vestía chaqueta, chaleco y corbata. Gafas de montura metálica. Y a ambos flancos de sus ojos se plegaban las típicas patas de gallo que esculpen el rostro de los Castellón en cuanto superan los sesenta. Eso sí, no llevaba su bastón. Claro que ahora no lo necesita.
Oye, papá, ¿me vas a decir por fin cómo terminará el universo?, la primera vez que viniste se te escapó que tú lo sabías. Por supuesto, hijo, allá todos lo sabemos, pero ya te advertí entonces que me es imposible revelártelo. Anda, papá, que estoy en ascuas: ¿se producirá el Gran Desgarramiento?, ¿acaso la Gran Implosión?, ¿quizás un acontecimiento cataclísmico que ni siquiera se ha imaginado? Que no, Alberto, que no, siempre me preguntas lo mismo, no seas pesado. Te lo pido de rodillas, papá, cuéntame algo, un poquito, aunque solo sea una pista. Ni pistas ni indicios: nada: lo tengo prohibido. Joder, papá, no me seas pusilánime, que en vida te importaban a ti bien poco las prohibiciones idiotas como esta, además, te prometo que no lo publicaré en ningún sitio ni se lo soltaré a nadie. Me limitaré a saciar mi curriosidad.
Y en ese instante, queridos lectores de este blog, el fantasma de mi padre al igual que en anteriores ocasiones, se desvaneció de repente sin que llegara a despedirse. Me quedé fumando solo, en la oscuridad del salón, contemplando la leve fosforescencia que fulguraba en el hueco que dejó el ectoplasma. Entonces caí en la cuenta de que a lo mejor mi padre sospecha que reproduzca aquí sus manifestaciones.
Papá, si estás leyendo este blog, que sepas que aquí tampoco relataré el puñetero fin del universo. Piénsatelo, anda. Hazme esa gracia.

31 jul. 2009

Lean sus nombres, miren sus rostros

En relación a los últimos crímenes etarras, he recordado que hace dos veranos escribí un artículo que remití a la prensa local. En contra de lo acostumbrado, no lo publicaron. Entonces no supe si fue decisión del Redactor Jefe, pues en aquella época tal vez lo considerase inoportuno por haberse iniciado un proceso de negociación, o simplemente porque mi correo se perdió en la procelosa autopista de la Red.
He buscado aquel texto en mis archivos para colgarlo de este blog. Ahí va:

Anteayer, mientras hacía tiempo para uno de los conciertos del ciclo de música antigua que se interpretan en la Iglesia de San Agustín, reconocí desde calle Granada la carpa que la Guardia Civil ha montado en la plaza de la Constitución bajo el lema frente al terrorismo. Por la libertad y por las víctimas. Por supuesto que me animé a entrar pues me había llamado la atención el reportaje que se publicó hace poco sobre ella. Sobre todo, la reproducción del zulo en el que mantuvieron secuestrado a Ortega Lara durante 532 días. Sin embargo, no fue la visión de aquel agujero lo que más me impresionó. Ni el traje destrozado de un artificiero ni las imágenes de los funerales ni las manifestaciones ciudadanas ni los gráficos estadísticos sobre tan truculenta actividad criminal. Todo ello, aun hiriendo la sensibilidad del público, no me impactó tanto como el paisaje con el uno se encuentra justo después de la sala de proyecciones. Tras haber rememorado en una breve, pero dramática, filmación las terribles escenas que se sucedieron un instante después del atentado de la Casa Cuartel de Zaragoza, se traspasa una cortina negra hacia el siguiente espacio expositivo. Allí, en el panel de la izquierda, se escriben a tres columnas los nombres de los paisanos fallecidos a causa de atentados contra la Guardia Civil, mientras que enfrentre del espectador, dispuestas en un mosaico gigantesco, se ordenan los rostros de los 236 guardias civiles asesinados por bandas terroristas. Entonces tuve que detenerme. No me pareció correcto continuar y dejar allí, inexistentes, irreales, a aquellos nombres y aquellos rostros. Leí uno por uno cada nombre. Miré uno a uno a cada rostro. Porque el nombre o el rostro de un muerto ya no es nada ni existe ni es real si no hay un lector que lo lea o un visitante que lo contemple. Es lo menos que se podía hacer por ellos: una vez que ya no viven ni existen ni son reales: leer sus nombres, mirar sus rostros… Nunca estuve en esos cementerios de guerra de los que se nutren los documentales, esos camposantos de tumbas trazadas con regla y compás sobre el que crece una parrilla de cruces, todas iguales, facsímil cada una de la siguiente, y que dibujan teselas de un puzzle macabro sobre la geometría del terror, pero la impresión debe ser comparable a la experimenté en la plaza de la Constitución. En ambos casos se trata de un homenaje o un recuerdo a quienes fueron unificados por la causa de su muerte, una sinrazón, una iniquidad, y quedaron distribuidos para siempre en pautas simétricas, cristalizadas, como una pieza arqueológica de la historia de la infamia. Además, estas caras lo miran a uno allá donde se ponga, bien a la izquierda, bien a la derecha, más cerca, más lejos... En su día fijarían la vista en el objetivo del fotógrafo, supongo que para el carné o el expediente. Todos con el mismo semblante oficial. Todos con idéntica asepsia del deber. Quién sabe con qué proyectos en sus mentes o con qué ilusiones para sus vidas. Unas instantáneas se adivinan más antiguas. Las delata el sepia del positivo o el peinado o un bigote pasado de moda. Otras, las más contemporáneas, se nutren del color o de la juventud. Pero una vez retratados, nos contemplan a nosotros los vivos desde su mundo bidimensional. Ahora sí que tienen cara de muertos, ahora, que sabemos que están muertos. ¿Acaso se vislumbra una pregunta en la cara de cada uno de esos muertos? ¿Acaso intuían que había que poner cara de muerto delante de aquella cámara que los retrató? Y todos juntos, mirándolo a uno como uno los mira a ellos, conmueven, emocionan, imponen… Da igual que se trate de doscientos o de trescientos o de quinientos o de cien. Están ahí. Y hasta que no se les ve a todos juntos no se adquiere la idea de la tragedia y de la estupidez humana. En estos tiempos en que la actualidad se alimenta de negociaciones y de pactos y de mesas y de compromisos y de desarmes, no quiero sugerir nada en ningún sentido, aunque tenga mi propia opinión sobre ello, porque no viene al caso. No. Es otra cosa la que quiero decir.
Y es que ellos están ahí, fotografiados, colgados de un panel de la carpa de la plaza de la Constitución. Y un puñado de nombres se escriben junto a la fecha de un asesinato. Vayan a verlos. Es lo mínimo que se puede hacer por ellos. Lean sus nombres. Miren sus rostros.

28 jul. 2009

Teléfonos

¿Os acordáis, apreciados amigos, de que hubo una época en que vivíamos sin teléfonos móviles? Parece mentira, pero es así. En aquellos tiempos pretéritos acontecían hechos insólitos que hoy cuesta trabajo imaginar. Las citas, por ejemplo, se concertaban con precisión dando sus coordenadas espacio-temporales. Caía dentro de la responsabilidad de cada cual atenerse a las instrucciones establecidas con antelación: a tal hora, en tal sitio. De lo contrario, el encuentro no llegaba a producirse. Si alguien se equivocaba de lugar o llegaba con demasiado retraso y no lo habían esperado, debía apechugar con el fracaso. Existían entonces, ancladas a las aceras, unas casetas de puertas acristaladas pensadas para tales menesteres. Os recuerdo que dentro de estas garitas cavernícolas se instalaban unos artefactos antediluvianos pensados para la comunicación. Sin embargo, rara vez le sacaban a uno del apuro pues, ora el auricular estaba arrancado, ora se tragaba las pesetas sin que se oyera la señal de línea, ora su uso quedaba inutilizado por cualquier otra manifestación de sano vandalismo. Sin embargo, hoy no hace falta el menor atisbo de precisión ni compromiso.
Son las y cuarto y aún no ha aparecido Laura. ¿La llamo? Sí, llámala, a ver por dónde anda. ¿Laura? Sí, Pepe, se me ha hecho tarde, ya lo sé. Pero, ¿ vas a tardar mucho más o elegimos un sitio para cenar y te llamamos después? No, no hace falta, Pepe, estoy casi al final de calle Larios. Ah, sí, ya te vemos: cuelgo.
Pero esto es solo el principio. Al teléfono móvil todavía le queda mucho trabajo.
Hola, perdonadme por el retraso, ¿sabéis ya dónde vamos a cenar? ¿Qué os parece si nos acercamos a Miguelito el Cariñoso? Ah, muy bien, allí asan unos estupendos espetos de sardinas. De acuerdo, pues nos vamos en dos coches. ¿Y si no hay sitio en Miguelito?, porque se ha puesto de moda… Pues nos metemos en cualquier otro merendero de los alrededores. Vale, tira tú primero, que te sigo.
Basta para el encuentro enunciar vaguedades como las del párrafo anterior. Ya se irán perfilando detalles conforme avance el reloj.
Pepe, no te vemos por el retrovisor, ¿acaso te has quedado atrás en el último semáforo? Sí, Laura, se me ha colado delante un pella que se me paró en el amarillo: vaya pelmazo, daba tiempo a que pasáramos los dos: pero ya salgo. Bueno, Pepe, no importa, nosotros vamos despacito, ¿nos veis? Sí, sí…, ya os vemos tres coches más adelante. Ah, y nosotros también os distinguimos detrás, entonces…, seguimos pues: a partir de los Baños del Carmen, os dejamos el primer aparacamiento libre, ¿vale?, nosotros buscaremos otro. De acuerdo, Laura, hasta ahora.
El protocolo de citas prosigue. Lo más probable es que hagan falta unas cuantas llamadas más.
¿Habéis aparcado ya? Ahora mismo, Pepe, nos ha costado trabajito, pero hemos encontrado un hueco en el lateral del arroyo Jaboneros. Ah, bueno, lo malo, Laura, es que no había mesa libre en Miguelito el Cariñoso, nos hemos sentado dos chiringuitos más allá. ¿En cuál, Pepe? En uno que no tiene nombre o, por lo menos, no lo leo desde aquí, pero no hay pérdida, ¿ves el astillero, Laura? Sí, si estamos al lado. Pues acércaos hacia él, que nosotros estamos en una de las dos terrazas, estamos haciéndoos señas. Ah, sí, ya vemos vuestros ocho brazos levantados…
Y todo arreglado.

Dios mío, ¿cómo puñetas funcionaba el mundo en la remota época en que no había móviles?

14 jul. 2009

Sabios consejos

Hace un año os relaté, apreciados lectores, cómo satisfice un capricho que me rondaba desde niño por la cabeza, el de recorrerme a pie la antigua carretera de la costa entre Málaga y Almería. En ello invertí la última semana del mes de julio. Un lunes en que la etapa me resultó muy corta, tras alojarme en Castell de Ferro y bañarme en su espléndida playa, me pidió el cuerpo adelantar algo de camino del día siguiente. A media tarde, desde un pueblecito llamado Melicena, hube de regresar a Castell. En la parada del autobús coincidí con una mujer acompañada de sus dos hijas. Reproduzco a continuación las frases que pronunciamos ella y yo:
Niñas, meteos aquí, que estáis en plena solana y parece que el autobús se retrasa. Hace usted muy bien en advertírselo a las chicas, señora, porque gracias a los telediarios nos hemos enterado de que cuando da mucho sol debe uno ponerse a la sombra, que si pega el calor, mejor no vestir un abrigo de lana, y que si se tiene sed, habrá que beber: si no fuera por estos consejos que las autoridades nos envían a través de la televisión, no conoceríamos una medidas tan saludables.
La mujer no contestó. Aunque por el gesto de complicidad con que asentía: proyecto de una sonrisa y ceja fruncida: pareció entender el tono con que se manifestó el caminante de gorra y mochila.

12 jul. 2009

Tribulaciones Teológicas

Acabo de ver en la prensa que el sacramento de la penitencia va de capa caída, que solo el 80% de los católicos lo practican, que los confesionarios de hoy tienen menos clientes que El Rincón del Gourmet de El Corte Inglés en tiempos de recesión. ¿Las causas? La crónica no lo aclara, aunque seguro que no han disminuido las conductas licenciosas. Pero a nadie extraña que esta circunstancia acontezca en nuestro país. Sabido es que, desde hace mucho, los creyentes españoles puentean a sus pastores espirituales apelando al hilo directo con Dios o con su propio sentido de lo correcto. Sacerdotes, obispos, cardenales y predicadores encuentran eco entre sus feligreses cuando hablan de fe, de amor, de caridad, de esperanza… Mas pinchan en hueso si pontifican (verbo muy apropiado) acerca de unas costumbres que la sociedad ha dejado de estimar pecaminosas. ¿Cuántos divorciados y casados en segundas nupcias, incluso ex sacerdotes, siguen considerándose católicos, y hasta comulgan los domingos sin haberse confesado previamente? ¿Es esto un síntoma de una religión tolerante que solo aguarda a que se actualicen sus dirigentes? No entraré aquí en vicisitudes tan trascendentales, muy lejanas de las menudencias a las que me dedico en este blog.

Pero sí que quiero relataros, queridos seguidores de este sitio web, un episodio acerca de la masturbación que he recordado leyendo la noticia que os he referido. Y es que, entre la gente de mi edad, fue la masturbación el origen de la mengua de confesiones. A ningún joven le agradaba proporcionarle al cura revelaciones tan íntimas. Y menos cuando aquel entraba en detalles: ¿Cuántas veces, hijo mío? Y mientras lo hacías, ¿has tenido pensamientos impuros?, ¿has sentido remordimiento después? Al parecer, aquel interrogatorio iba encaminado a fijar el montante de la pena, el número de padrenuestros y avemarías a rezar para mantener limpia el alma en tanto no se produjese el siguiente onanismo.


Pues bien, la historia a la que me refiero sucedió hace años. Trabajaba entonces en un instituto de bachillerato de la provincia. En aquel centro, la asignatura de Religión la impartía Antonio, el párroco del pueblo. Era este un hombre muy competente y muy simpático que compaginaba su labor pastoral y docente con la de dirigir a la agrupación local del Partido Comunista. Una mañana, me encontraba solo en la sala de profesores durante una de mis guardias, cuando irrumpió Antonio.
Hola, Alberto, qué te cuentas. Nada, Antonio, aquí aburrido, pero me vienes como caído del cielo. ¿Y eso? Pues verás, es que acabo de enterarme por la prensa de una decisión de tu jefe que me trae mosca. ¿Mi jefe?, ¿qué jefe? Pues Juan Pablo II, quién va a ser. Ah, sí: mi jefe: ja, ja, no había caído…, ja, ja ,ja: venga, Alberto, dime qué ha hecho mi jefe. Pues tu jefe, Antonio, ha despenalizado la masturbación convirtiéndola de pecado mortal en pecado venial, ¿no es así? Sí, así es, en efecto. Entonces, Antonio, resuélveme una duda que me atosiga el intelecto: tú que entiendes del asunto, seguro que despejas mi incertidumbre. Adelante, Alberto, pregunta. Muy bien, Antonio, aquí va mi cuestión: si ahora ya no es pecado mortal marturbarse, ¿qué demonios ocurre con los que se condenaron por haberse masturbado?, ¿eh?, ¿qué me dices a eso, Antonio? ¿se les aplicará retroactivamente la nueva normativa o, por el contrario, aquellos viciosos seguirán ardiendo por toda la eternidad?, ¿acaso pasarán directamente al Purgatorio?, ¿se les descontará el tiempo pasado en el averno? Porque estarás conmigo, Antonio, en que en los infiernos habrá pajilleros hasta de la Edad de Piedra, digo yo, ¿no? Y toda esta gente tiene derecho a que se revise su causa… Ja, ja, ja…, qué cosas tienes, Alberto, ja, ja…


Antonio estuvo riéndose un buen rato, pero no llegó a sacarme de aquellas tribulaciones teológicas.

10 jul. 2009

Breve Historia de la Perfección

En el borde de uno de los brazos de la Galaxia, una estrella de masa descomunal llega al final de su vida, agota el combustible de hidrógeno y helio del núcleo hasta que se muestra incapaz de soportar su propio peso. Se aplasta sobre sí mima. La energía liberada en el proceso desencadena una terrible explosión que libera energías inimaginables, las necesarias para catalizar reaciones nucleares de fusión. Todo tipo de elementos de la tabla periódica se generan en este infernal laboratorio cósmico. Gas y polvo es expulsado a velocidades increíbles hacia el vacío circundante.Miles de años más tarde, la gravedad ha actuado sobre esta nebulosa enrarecida, esta sopa de átomos sueltos que quedaron como vestigios de la hecatombe estelar. La materia se agrupa al atraerse. Conforme cae hacia su centro de masas, comienza a girar y a aplastarse hasta adoptar forma lenticular. El meollo más interior, cuando adquiera la suficiente entidad, dará lugar a una nueva estrella: nuestro Sol. Mientras tanto, en estas pistas circulares surgen otros puntos de concentración que atraen a más material hacia sí mismos y barren de obstáculos sus respectivas trayectorias. Nacen los planetas. Se trata de una época catastrófica. La Tierra, al igual que sus hermanos del sistema solar, sufre el bombardeo continuo de meteoritos y cometas provistos de muy mala leche. No obstante, gracias a ellos se deposita agua a raudales y se llenan las cuencas de espléndidos océanos en los que hay disueltas moléculas orgánicas de cierta complejidad. Solo unos 500 millones de años después, algunas de estas moléculas se han dispuesto en esbeltas cadenas que se retuercen como hélices: la Naturaleza ya dispone de ARN. No se sabe muy bien cómo, en este caldo primordial (como así lo llamó el biólogo ruso Aleksandr Oparim) aumenta la complejidad de las reacciones químicas hasta la concepción de la primeras algas y bacterias. Estas son las encargadas de llenar de oxígeno la atmósfera según un proceso bien estudiado, pero cuyos detalles no se incluirán en esta Historia de la Perfección por falta de espacio. Consulte el lector interesado las obras especializadas.
A partir de aquí, la selección natural entra en juego. Sus reglas son fáciles. Durante la vida de estos seres inferiores se producen mutaciones al azar. Muchas de ellas no sirven para nada o, aún peor, disminuyen las posibilidades de supervivencia del organismo afectado. No obstante, algún caprichoso cambio en los cromosomas da lugar a una mejor adaptación del individuo al ambiente. Estos bichitos o plantitas afortunados, por el simple hecho de subsistir con más oportunidades, tendrán una mayor descendencia, con lo que legan la mejora genética a sus herederos. Y así se pasa de los unicelulares a los pluricelulares, mucho después, a los invertebrados, a los vertebrados, los peces, los anfinios, los reptiles y, de estos, a las aves y los mamíferos.
Ahora hay disparidad de opiniones. Los creyentes sostienen que fue el soplo de la divinidad el que alumbró la inteligencia en el cerebro de un par de especies de primates: el homo neanderthalensis y el homo sapiens. La ciencia, por su parte, sigue investigando la causa de fenómeno tan curioso. Del neandertal tampoco se conoce la causa de su extinción. Con toda probabilidad, bien Dios, bien las leyes físico-matemáticas del universo, se decantaron por el sapiens en su camino hacia lo perfecto. Y por fin, nuestra generación ha tenido la suerte de asistir al último de estos pasos, al último avance, al último peldaño de la creación. Hemos contemplado fascinados cómo se llegaba, tras un fatigoso camino iniciado hace más de 4.500 millones de años, a la cúspide de la pirámide evolutiva, al prototipo de superhombre nietzschiano, al Zaratustra definitivo que dejará a la altura de una babucha a Newton y a Aristóteles y a Einstein y a Bach y a Gauss y a Galileo y a Cervantes y a Shakespeare. Se trata, nada más y nada menos, que de Belén Esteban. Bien la Providencia, bien las leyes de la Naturaleza, han necesitado de la explosión de una supernova y de varios eones para conseguir su objetivo. Y con el advenimiento de Belén Esteban termina este Breve historia de la perfección, de la que tal vez otro día, queridos amigos de este blog, os cuente nuevos capítulos.

3 jul. 2009

El profesor y el chumbo

Los asiduos visitantes de este blog habréis observado que suelo comenzar cada entrada con una breve introducción. En ella relato qué es lo que me ha impelido a teclear. En muchas ocasiones, casi nada tiene que ver el origen del opúsculo con el tema que desarrollo. Este es el caso. Veréis, queridos amigos.
El pasado jueves asistí a la presentación del libro Historia y actualidad de un museo científico, cuyo autor no es otro que mi hermano Luis. Antes de cambiar de tercio, quiero informaros de que el Museo de Ciencia Padre Suárez, situado en los sótanos del Instituto granadino del mismo nombre, ofrece un excelente ejemplo de lo que debe ser un museo de ciencia. Podéis comprobarlo pinchando en el enlace que he dejado atrás. Avasallado en fama por el Parque de las Ciencias de la misma ciudad, en el Museo Padre Suárez sí que se encuentra ciencia auténtica, y no una colección de jueguecitos interactivos que el público suele interpretar como mera prestidigitación, sin enterarse de cuál es el fundamento de la magia que subyace a la experiencia. Si viajáis a Granada, procurad visitar el Museo Padre Suárez. No os decepcionará.

El caso es que, en el transcurso de la conversación de café que mantuvimos al término del acto mi hermano, mi primo y yo, salieron a relucir, normal, la pedagogía y la didáctica. Entonces les narré las terribles experiencias que hube de sufrir como padre LOGSE: en concreto: como padre cuya hija inauguró la puesta en marcha de la LOGSE. Qué horror, madre mía. Porque a mi hija mayor la arrolló el estreno de la LOGSE. A mi otra hija ya le pilló la Ley algo más atenuada. Pero a mi primogénita... Con solo recordarlo, se me desgarran las mangas de la camisa al erizárseme el vello de los antebrazos. Os referiré aquí los más espeluznantes episodios.

1) Dos entes. Describo la escena: Rocío hace sus deberes. En la mesa reposa el libro en el que ha de responder a diversas cuestiones rellenando huecos señalados por una ristra de puntos.
Papá, dime dos entes. ¿Dos entes?, ¿a qué te refieres, Rocío? No sé, papá, aquí dice que escriba los nombres de dos entes. Joder, qué cosas te piden, hija, pues..., no sé..., un ente es cualquier cosa que exista, pon entonces dos cosas cualesquiera. ¿Dos cosas?, no, papá, dímelas tú. Venga hija, que es fácil, pon dos cosas, las que se te ocurran. A mí no se me ocurre nada, papá, dímelas tú, porfa. Bueno, anda, Rocío, allá van dos entes: copia: el profesor y el chumbo. Pero, papá, mira que por donde me has salido..., ¿cómo voy a poner eso?, seguro que me cascan un cero. Qué va, Rocío, es una respuesta perfecta. Que no, papá, que no pongo yo el profesor y el chumbo, vamos, faltaría más... Pues no entiendo por qué no puedes ponerlo, Rocío, ¿no es el profesor un ente?, ¿eh?, ¿y el chumbo?, ¿no es el chumbo otro magnífico ente? Que no, papá, dime otros dos entes que no sean ni el profesor ni el chumbo. Me niego, Rocío: yo ya te he dicho dos entes, así que, o pones los que te he dicho, o te inventas tú otros dos entes distintos. Papá, por favor, que tengo que entregar esto mañana, no me seas cabezón...
No recuerdo bien cómo acabó aquello de el profesor y el chumbo, ni si mi hija eligió otro par de entes con que solucionar la papeleta.
2) La leva. La asignatura de Tecnología representó la peor de las amenazas. En cierta ocasión tuve que construir una biela, una manivela y una leva. Aproveché una cita con el tutor para desahogarme.
Verá usted, entro por el aro porque no me queda más remedio, pero no concibo que a las matemáticas se le dediquen tres horas a la semana, y a la tecnología, cuatro. Tengo 40 años, ¿sabe, usted?, y he vivido tan tranquilo hasta hoy sin necesidad alguna de construir una leva. Y es que no entiendo por qué hay que construir una leva para saber lo que es una leva. El día que haya que explicar lo que es un motor de explosión, ni me imagino lo que tendremos que hacer los padres. Porque, además, seguro que ningún alumno ha hecho su leva. Se la habrá hecho su papá. Y esto habrá que tomarlo como un concurso de padres: a ver qué padre construye la mejor leva.
Tuve que confeccionar todo tipo de artilugios con la mera ayuda de las herramientas de las que se suele disponer en un hogar normal. Aquel padre LOGSE necesitaba de completos bancos de carpintero, tornos de mecánico, hornos de ceramista, túneles del viento, prensas hidráulicas, talleres de electrónica y, si me apuran, hasta aceleradores de partículas. Otra vez cocí en mi microondas doméstico una palmatoria de arcilla. Por supuesto que, nada más depositarla en la mesa de la cocina, mi obra de alfarería se rompió en 4 ó 5 trozos. Haciendo trampas, recompuse las piezas a base de pegamento rápido. A la mañana siguiente, cuando dejé a mi hija a las puertas del colegio, le encomendé que tuviera el máximo cuidado transportando la palmatoria.
Rocío, por la Virgen, por san Miguel Arcángel y por todos los coros celestiales, lleva la caja de la palmatoria siempre en esta postura. Y déjala en el pupitre con suavidad. Mucha precaución, ¿vale, Rocío?, procura que no se te fragmente de nuevo.
Cuando la recogí, vi que cada uno de sus compañeros sostenía en su mano una palpatoria descuajaringada. En cambio la mía, gracias al cianocrilato, se mantuvo intacta el tiempo justo para calificarla.
Y solo he narrado unos ejemplos. Porque al comprar los libros de texto en septiembre, el primero de los que hojeaba, temblándome las manos, aterrorizado, temeroso de lo que se me ordenaría en sus páginas, era el de Tecnología. Quién sabe si aquel año me tocaría construir a escala el Golden Gate con pinzas de la ropa.
3) La incardinación en el medio. Terminó Rocío la LOGSE sin saber a ciencia cierta si Teruel lindaba con Ceuta, si el Tajo, a su paso por Gijón, tributaba sus aguas al Genil, o si hubo un Fernando XII en la monarquía española que ganó la batalla de Trafalgar enfrentándose a la flota turca que capitanaba Conan el Bárbaro. Por el contrario, aprendió todo lo aprendible de nuestra comunidad autónoma y, más en concreto, de los alrededores de nuestra ciudad. De hecho, tanto alabó su maestra uno de mis trabajos, que lo colgué orgulloso de El rincón del vago. Qué obra la mía. No quedó arroyuelo ni montículo cercano a Málaga que no citara en mi estudio. No obstante, estas cateterías me pusieron en algún que otro apuro.
Papá, ¿hay artesanos cerca de aquí? Cómo artesanos, ¿a qué te refieres, Rocío? Sí, verás, es que en mi libro dice: Si hay en tu calle algún artesano, pregúntale en qué consiste su labor y escríbela a continuación. Ah, bueno, Rocío, es fácil, copia, que te dicto: en mi calle no hay ningún artesano. Por favor, papá, ¿ya estamos otra vez?, no puedo poner eso. Pero si es verdad, Rocío, en esta calle no vive ningún artesano: no querrá el autor del libro que uno se invente un artesano, ¿no?, aunque con las actividades de Tecnología que llevo hechas, igual me puedo considerar ya un artesano polifacético..., soy alfarero, electricista, tallador, cestero, calafateador, sillero, afilador, cerero, orfebre, encuadernador, tapicero..., de todo, Rocío, he acabado sabiendo de todo: venga, de qué artesanía quieres que te hable.
Otra de aquellas preguntitas, supongo que enfocada a profundizar en la cultura andaluza, rezaba así: Busca en tu barrio a alguien que sepa un cante de trilla, pídele que te lo entone y cópialo a continuación. Le exigían a la chiquilla, urbanita de nacimiento, nada menos que un cante de trilla. A lo mejor en los pueblos hay quien se sepa alguno, pero en plena capital... Habréis adivinado, queridos lectores, cómo me zafé en esta ocasión del puñetero cante de trilla.
Rocío, escribe, que esta será tu respuesta: En mi barrio no hay nadie que se sepa un cante de trilla.