12 jul. 2009

Tribulaciones Teológicas

Acabo de ver en la prensa que el sacramento de la penitencia va de capa caída, que solo el 80% de los católicos lo practican, que los confesionarios de hoy tienen menos clientes que El Rincón del Gourmet de El Corte Inglés en tiempos de recesión. ¿Las causas? La crónica no lo aclara, aunque seguro que no han disminuido las conductas licenciosas. Pero a nadie extraña que esta circunstancia acontezca en nuestro país. Sabido es que, desde hace mucho, los creyentes españoles puentean a sus pastores espirituales apelando al hilo directo con Dios o con su propio sentido de lo correcto. Sacerdotes, obispos, cardenales y predicadores encuentran eco entre sus feligreses cuando hablan de fe, de amor, de caridad, de esperanza… Mas pinchan en hueso si pontifican (verbo muy apropiado) acerca de unas costumbres que la sociedad ha dejado de estimar pecaminosas. ¿Cuántos divorciados y casados en segundas nupcias, incluso ex sacerdotes, siguen considerándose católicos, y hasta comulgan los domingos sin haberse confesado previamente? ¿Es esto un síntoma de una religión tolerante que solo aguarda a que se actualicen sus dirigentes? No entraré aquí en vicisitudes tan trascendentales, muy lejanas de las menudencias a las que me dedico en este blog.

Pero sí que quiero relataros, queridos seguidores de este sitio web, un episodio acerca de la masturbación que he recordado leyendo la noticia que os he referido. Y es que, entre la gente de mi edad, fue la masturbación el origen de la mengua de confesiones. A ningún joven le agradaba proporcionarle al cura revelaciones tan íntimas. Y menos cuando aquel entraba en detalles: ¿Cuántas veces, hijo mío? Y mientras lo hacías, ¿has tenido pensamientos impuros?, ¿has sentido remordimiento después? Al parecer, aquel interrogatorio iba encaminado a fijar el montante de la pena, el número de padrenuestros y avemarías a rezar para mantener limpia el alma en tanto no se produjese el siguiente onanismo.


Pues bien, la historia a la que me refiero sucedió hace años. Trabajaba entonces en un instituto de bachillerato de la provincia. En aquel centro, la asignatura de Religión la impartía Antonio, el párroco del pueblo. Era este un hombre muy competente y muy simpático que compaginaba su labor pastoral y docente con la de dirigir a la agrupación local del Partido Comunista. Una mañana, me encontraba solo en la sala de profesores durante una de mis guardias, cuando irrumpió Antonio.
Hola, Alberto, qué te cuentas. Nada, Antonio, aquí aburrido, pero me vienes como caído del cielo. ¿Y eso? Pues verás, es que acabo de enterarme por la prensa de una decisión de tu jefe que me trae mosca. ¿Mi jefe?, ¿qué jefe? Pues Juan Pablo II, quién va a ser. Ah, sí: mi jefe: ja, ja, no había caído…, ja, ja ,ja: venga, Alberto, dime qué ha hecho mi jefe. Pues tu jefe, Antonio, ha despenalizado la masturbación convirtiéndola de pecado mortal en pecado venial, ¿no es así? Sí, así es, en efecto. Entonces, Antonio, resuélveme una duda que me atosiga el intelecto: tú que entiendes del asunto, seguro que despejas mi incertidumbre. Adelante, Alberto, pregunta. Muy bien, Antonio, aquí va mi cuestión: si ahora ya no es pecado mortal marturbarse, ¿qué demonios ocurre con los que se condenaron por haberse masturbado?, ¿eh?, ¿qué me dices a eso, Antonio? ¿se les aplicará retroactivamente la nueva normativa o, por el contrario, aquellos viciosos seguirán ardiendo por toda la eternidad?, ¿acaso pasarán directamente al Purgatorio?, ¿se les descontará el tiempo pasado en el averno? Porque estarás conmigo, Antonio, en que en los infiernos habrá pajilleros hasta de la Edad de Piedra, digo yo, ¿no? Y toda esta gente tiene derecho a que se revise su causa… Ja, ja, ja…, qué cosas tienes, Alberto, ja, ja…


Antonio estuvo riéndose un buen rato, pero no llegó a sacarme de aquellas tribulaciones teológicas.

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