23 nov. 2010

ENCUENTRO EN ÁLORA

El Pasado viernes tuve el gusto de pasar un buen rato con los alumnos y profesores del I.E.S. Las Flores de Álora. Podéis leer la notixia pinchando aquí. Me gustó visitar de nuevo aquel precioso pueblo de la provincia de Málaga en el que situé parte de la acción de mi última novela Regina angelorum.
Tras la lectura de fragmentos de mis obras, tomé una cerveza con Eloísa, la bibliotecaria del Ayuntamiento, quien me contó algunas costumbres muy curiosas acerca de los lagareños, que así llaman por aquellos pagos a los oriundos de la margen izquierda del río Guadalorce. Tanto me interesó el tema, que este domingo subí a la Ermita de las Tres Cruces, uno de los parajes referidos por esta inteligente mujer, situada en la cima donde confluyen los términos municipales de Álora, Pizarra, Cártama y Almogía.
Prometo hablaros en breve de todo ello, queridos seguidores de este blog,
Hasta pronto.

30 oct. 2010

El puñetero cambio de hora

Cuando la estupidez se convierte en tradición, qué difícil es, no solo combatirla, sino al menos hacerla patente. Y de estupidez califico, queridos seguidores de este blog, al puñetero horario que rige en España. Aquí sufrimos una doble estupidez, la del huso horario y la del cambio de hora. Vamos por partes. Este pasado mes de marzo se cumplieron 70 años del primero de los dos desatinos. Y es que Hitler, conquistado un buen trozo de Europa, desde los Pirineos hasta la frontera rusa, decidió que todos los relojes de sus posesiones marcasen la hora de Berlín. Casi de inmediato, no se sabe por qué razón aunque se intuya, la España recién salida de la guerra civil se sumó al horario del III Reich. Y desde entonces tenemos que vivir al menos una hora por delante del Sol, que es quien dirigía nuestra vida de acuerdo al ritmo que la evolución impuso en el organismo de la especie humana.
Y mira que ha habido gobiernos de signos muy distintos en todo este tiempo…, ¿eh? Incluso un cambio de régimen. ¿Ningún gobernante ha caído en la cuenta de que el meridiano de Greenwich pasa por Castellón de la Plana?, ¿de que en Salzburgo, durante los equinoccios, amanece una hora antes que en Madrid?, ¿de que mientras en Nápoles se encienden las farolas de las calles, en La Coruña todavía se pasea con gafas oscuras?
La geografía le ha asignado longitud Oeste a la mayor parte del territorio nacional. Estamos en el mismo hemisferio que el Reino Unido, Irlanda y Portugal. Nuestra hora es, por tanto, la de Londres, no la de Berlín.
Y encima hemos de soportar un cambio de hora estacional aún más absurdo.
La idea se le ocurrió a Benjamin Franklin en 1784, quien argumentaba que se ahorrarían velas. La puso en marcha el kaiser Guillermo II en 1916 con el propósito de ahorrar carbón. Y por último se generalizó durante los años setenta para ahorrar petróleo. Pues bien, ni velas ni carbón ni petróleo. Basta ya de cuentos y de milongas. No se ahorra nada. Rien de rien, vamos. Cuando las autoridades dan la cifra del supuesto ahorro, resulta que se obtiene una cantidad ridícula: 6 euros por hogar. En mi caso, 1.5 euros por cabeza. Además, estas cifras oficiales son meras estimaciones, cálculos de Gran Capitán supervisados por ojos de un buen cubero. Un estudio científico requeriría de comparaciones con las épocas en las que no se llevaba a cabo el cambio de hora, algo imposible aquí por la lejanía de aquellos tiempos.
El único estudio serio (enlace al artículo) que conozco sobre el particular, a cargo de M. J. Kotchen y L. E. Grant, contradice la creencia general. Estos dos profesores de la Universidad de California aprovecharon para su invetigación que el Estado de Indiana no adoptó el cambio de hora hasta 2006 para poder cotejar el antes con el después. Tras miles de millones de datos sobre el consumo de los hogares acopiados durante tres años concluyeron con que cambiar la hora estacionalmente supone un aumento medio del gasto energético de un 1%. Toma ya. Lo dicho. Basta de milongas.
Y en el peor de los casos, en el de que se ahorra 1.5 euros por español, ¿quién no los ingresaría con sumo gusto en las cuentas del Estado si con ello no le transtornan la vida? Habría también que poner en el otro plato de la balanza las horas de trabajo perdidas por quienes no ajustaron el despertador o se quedaron dormidos, los accidentes laborales o de circulación provocados por la somnolencia, la asistencia sanitaria de los afectados por el jet lag, etcétera. Seguro que ese euro y medio se convierte en gasto, en vez de ahorro.
Antes hablé de la longitud. Y ahora le toca a la latitud. A mis alumnos de astronomía les hago el cálculo en clase. Auxiliado por el cañón de vídeo, les muestro en una hoja Excel cuál es la diferencia media a lo largo del año entre las horas diarias de luz y las de oscuridad a distintas latitudes. En España esta diferencia resulta despreciable. Cuanto más al Sur, más parejos son los días y las noches. A lo mejor en países muy septentrionales este incierto cambio de hora pudiera tener algún sentido, pero aquí, desde luego, no tiene ninguno.
Y en España, el cambio horario se junta con la inadecuada hora de Berlín para jodernos del todo. Mientras los niños de Belgrado van de día al colegio, los escolares de Oviedo o de Huelva salen de su casa en plena noche. Y en verano, salvo en las frescas regiones bañadas por el Cantábrico, en el resto de España peninsular no hay quien pueda darse un paseo antes de las 10 de la noche. Cualquiera es el guapo que pone un pie en la calle con un Sol que derrite los sesos.
Lo repito, cuando la estupidez se convierte en tradición…

1 sept. 2010

Ensalada enriquecida

No recuerdo haberos hablado nunca de mis problemas de estómago. El episodio que hoy quiero relataros, queridos amigos, tiene que ver con ellos. Y es que padezco desde hace 15 ó 20 años de reflujo gastroesofágico (vulgo ardores). Para combatirlos he experimentado todo tipo de remedios. He probado cualquier medicamento de los muchos que se han desarrollado a fin de mitigar los efectos de esas molestias. Bueno, digo molestias por decir algo, porque en más de una noche, tumbado en la horizontalidad de mi colchón e inerme ante las profundidades del sueño, los ácidos gástricos se me han subido hasta la garganta provocándome un espasmo de glotis. Entonces pego un brinco de la cama. Nadie me estrangula, ni tampoco una cuerda alrededor de mi cuello procede al ahorcamiento. Es mi parasimpático, mi cerebro latente el que, en un acto reflejo, ha taponado la tráquea con la campanilla a fin de evitar que líquidos tan corrosivos penetren en mis pulmones. Hincho el diafragma, elevo los brazos, intento con desesperación llevar oxígeno a mi organismo, mas solo consigo, a base de angustiosos hipidos, aspirar una mínima cantidad de aire. A nadie le deseo tan terrible trance. Un trance que puede durar incluso medio minuto mientras recupero la respiración.

Comencé en los ochenta con la sal de fruta y el bicarbonato sódico. El primero me resultaba un simple placebo. El segundo empeoraba la situación con el efecto rebote. Luego se inventaron sustancias más efectivas para neutralizar la acidez, algeldratos, almagatos… Pero llegó un momento en el que tampoco me aliviaban. Una segunda generación de medicinas abordó el problema desde otros frentes. Los laboratorios sintetizaron famotidinas, ranitidinas, cisapridas… Por fin encontré pócimas efectivas. Las tomé todas. Hasta que descubrí el omeprazol. Qué revolución la del omeprazol. Aunque hayan nacido sucedáneos posteriores (lansoprazol o pantoprazol), el original sigue superando con mucho a sus imitadores. Gracias al omeprazol hago una vida casi normal. Me basta con engullir una cápsula de 20mg al día para despreocuparme de lo que como en los almuerzos, y solo andarme con cierta precaución ante las cenas. Mi dilatada experiencia como enfermo de hernia de hiato me avisa de cuándo puedo pasar una mala noche, en cuyo caso me acuesto casi sin cenar.

Eso fue lo que me ocurrió ayer. Previendo un reflujo nocturno, abrí una de esas bolsas con ensaladas que vienen listas para servir. Pero viendo en el plato aquella aburrida macedonia de lechugas, canónigos, rúculas y espinacas, qué panorama tan triste, se me antojó enriquecerla con algo de sabor. Así que migué sobre las hojas una latita de atún. Como me pareció poco, corté unos daditos de queso manchego y otros de magro de cerdo cocido. Aquello ganaba en colorido. ¿Y unas aceitunitas rellenas de anchoa? Por qué no. Anda…, si también hay abierta en el refrigerador una de acitunas negras. Pues échalas también, Alberto. ¿Qué daño te harían unas inofensivas aceitunas negras? Ninguno. Además, la combinación de olivas verdes con negras ta he quedado preciosa. Y ahora que caes, a tu ensalada le vendría muy bien un huevo duro ralladito por encima. Cuézase entonces un huevo. Y maíz dulce. Y un pimiento morrón cortado a tiras. ¿Palmitos? Cómo no…, y unas puntitas de espárragos blancos. ¿Remolacha y zanahoria? Por descontado. ¿Y esos ajos al natural que usas de vez en cuando como aperitivo? Sea. Abre el frasco y mete la cucharilla para sacar 2 ó 3 dientes. Joder, se te ha ido la mano y han caído por lo menos 15. Da igual, ¿cómo te van a sentar mal unos inofensivos ajos cuya fuerza se anuló al curarlos en aceite? Y están tan buenos… Déjalos ahí, el efecto saludable de una ensalada tan sana ha de contrarrestar cualquier aliño indigesto. Y no te olvides de la sal Maldon en abundante cantidad, un chorreón bien generoso de aceite de oliva virgen extra y otro de vinagre balsámico de Módena.

Creedme, apreciados lectores de este blog, conseguí una ensalada exquisita.

Eso sí, pasé una noche toledana. Ni omeprazol ni cinitaprida ni puñetas. Sobreviví hasta el amanecer gracias a 4 sobres de Almax y a intentar dormir con 3 almohadones a la espalda.

Hacedme caso. No enriquezcáis ensaladas así como así. Sobre todo, cuidado con los ajos. Porque seguro que fueron los ajos. No le echéis 15 dientes. Conformaos con 12 ó 13.

5 jul. 2010

Rafael Nadal, Campeón de Wimbledon

Ayer, nada más finalizar el partido Berdich-Nadal, mi familia y yo, provistos de 4 banderas españolas, dos con escudo constitucional, las restantes mostrando la silueta arrogante del toro de Osborne, nos lanzamos a la calle entusiasmados. Por fortuna, guardo en mi casa parte del instrumental de Takiraris, el grupo de música andina al que pertenezco desde su fundación. Así que, a falta de cornetas de plástico, me llevé un erke boliviano. Con tal aerófono también se propinan estridentes bocinazos. Mi mujer cogió el bombo legüero. Mis hijas, sendas carracas como las que se utilizan para marcar el ritmo en las morenadas de los carnavales de Oruro.

Pero…, Alberto, si no hay nadie celebrándolo: solo nosotros. Eso será, Charo, porque hemos salido de los primeros. Todavía habrá mucha gente esperando a que acabe la ceremonia. Hay quien disfruta viendo cómo el duque de Kent saluda a los recogepelotas y les gusta escuchar los discursos y eso… Seguro que, conforme nos acerquemos a la fuente de La Cibeles, nos iremos encontrando a una muchedumbre de festejantes.

Mas esa tarde de un domingo de julio mostraba el habitual aspecto que tienen las calles en las tardes de los domingos de julio: desérticas. Por un momento pensé que me equivocaba, que a esas horas todo quisque estaría en la piscina o en la siesta o, si acaso, refrescándose con el aire acondicionado de los grandes almacenes en rebajas. Las masas, contradiciendo mis predicciones, no aparecían por ninguna parte. Más aún, si nos adelantaba un coche, alguno de sus ocupantes sacaba medio cuerpo por la ventanilla para gritarnos una ocurrencia.

¿Pero qué hacéis? Si la roja ya eliminó ayer a Paraguay. Menuda panda de despistados.

No daba crédito a la situación. Porque acababa de producirse un evento deportivo de primera magnitud: el rey de la tierra batida conseguía alzarse por segunda vez con el triunfo nada menos que en la catedral de las pistas de hierba. El mayorquín, a quien el Estado no le sufraga ni un céntimo ni lo incentiva con primas ni le paga los viajes ni los hoteles ni los entrenadores ni los preparadores físicos, aumentaba su liderazgo en el ranking de modo que este no peligrará durante mucho tiempo. Otros compatriotas nuestros han ganado en Wimbledon. Sí. Y también han ocupado el número uno. Pero siempre de modo efímero. Por el contrario, hay Rafa para rato. Este Rafael Nadal, aunque solo represente a su país en la Davis, encarna el mascarón de proa del tenis nacional llevando a cualquier rincón del mundo el nombre de España. Aparte de excelente tenista, de esos pocos poquísimos que pasarán a la historia junto a los Borg, a los Sampras, a los McEnroe, a los Lendl, a los Agasi o a los Federer, Nadal se comporta con una enorme deportividad sobre las pistas y derrocha generosidad con sus rivales.

Y ya me disponía a regresar decepcionado a mi casa, cuando al entrar en la Gran Vía comenzaron a unírsenos grupos de fanáticos. A la altura de Fuencarral calculé que seríamos unos 700 ó 900. Al final de la gran avenida nos aguardaban decenas de miles de hinchas del tenis. En verdad que resultó muy apasionada la celebración. En medio de un estrépito de trompetas, silbatos y percusiones, se corearon los eslóganes de rigor.

VA-MOS, RAFA, VA-MOS, RAFA… I-LLA, I-LLA, ILLA…, RA-FA MA-RA-VI-LLA… I-LLA, I-LLA, ILLA…, RA-FA MA-RA-VI-LLA… QUÉ TEN-DRÁN, ESAS BOTE-LLITAS. QUÉ TEN-DRÁN, ESAS BOTE-LLITAS… SA-CAEL CAL-ZON-CILLO, BO-TA LA PE-LO-TA, Y TI-RA UN BUEN SER-VI-CIO. SA-CAEL CAL-ZON-CILLO, BO-TA LA PE-LO-TA, Y TI-RA UN BUEN SER-VI-CIO…

Las jóvenes llevaban felpas y muñequeras rojigualdas. Los muchachos se metieron en la fuente para lanzarnos agua con sus raquetas mojadas. La intensidad de los aplausos llegó a tal punto que se rompieron muchas de las esferas de los relojes de muñeca. Qué emocionante. Creedme, queridos lectores, si os digo que la alegría y el arrebato se instalaron unánimamente entre los centenares de miles de congregados.

Además, a la noche, la sección de deportes de los informativos se abrió con el evento tenístico al que me refiero. Esta vez no hubo que esperar a que los periodistas desglosaran hasta la más pequeña novedad sobre el fútbol. No hubo que esperar a que nos informasen acerca de la evolución de la lesión de rodilla del tío que plancha los banderines del córner del estadio de Los Pajaritos.

Qué alivio, ¿verdad?

21 jun. 2010

Exótica mortaja

En varias ocasiones, no solo en este blog, sino en algunas de mis novelas, he manifestado el respeto que profeso por los muertos. A ellos no les queda otra oportunidad que la de perdurar en nuestra memoria. De ahí que se les deba cierta consideración, aunque solo sea por eso, por el hecho de estar muertos. En el spot que ahora escribo os narraré, queridos amigos, un episodio que ilustra esa especie de veneración que los humanos sentimos por los seres queridos que han fallecido.

Me enteré ayer, cuando mi esposa me relató lo que le habían contado un par de mujeres con las que coincidió en la playa. Eran hermanas. Una de ellas sufría una depresión nerviosa. La otra, aun manteniéndose al filo de enfermedad tan ingrata, sobrellevaba de mala manera la desgracia que les había caído a ambas. Al parecer, su madre les señalaba con frecuencia el armario de su dormitorio.

Niñas, acordaos de que ahí arriba, en el techo del ropero, hay una caja. Cuando me muera, enterradme vestida con lo que hay dentro. Ay, mamá, qué pesadita te pones con lo de la caja. Qué dramática…, mira que las cosas que nos dices. Y sí…, ya sabemos lo de la dichosa caja…, no nos lo repitas más, por favor.

Las madres suelen tomar esas determinaciones acerca de su propio entierro. La mía, por ejemplo, me recordaba cada dos por tres el cajón en el que guardaba la póliza y el último recibo de su seguro, así como el testamento vital por el que nos autorizaba a mis hermanos y a mí a suspender tratamientos médicos que dañaran su dignidad o prolongasen de manera inútil su agonía. Tampoco le hacimos mucho caso en eso. Hasta que llegó el momento, claro.

Como a estas dos señoras de las que hablo. Muerta la madre, procedieron a cumplir su voluntad. Subida a una silla, una de las hermanas rescató, tentando con la mano, la caja que reposaba encima de un ropero demasiado elevado para su estatura. Cuando la abrieron, las dolientes se quedaron perplejas. Dentro había un vestido de faralaes con todos sus complementos, peineta, flores, collar, zarcillos, pulseras, tacones…

Pero bueno…, ¿esto qué es? ¿Cómo es que a mamá se le ocurrió que la amortajáramos de flamenca? No me lo explico. Yo tampoco…, como no sea que…, sí, seguro que sí. Seguro que sí qué, suéltalo de una vez. Tranquila, hermana, ¿no te acuerdas de que mamá, cuando era joven, fue varias veces de romería al Rocío? Y hasta era cofrade de la Hermandad de Málaga. Bueno, puede que tengas razón. Aunque llevaba muchísimos años sin contacto con la Hermandad, a lo mejor seguía con su devoción por la Virgen del Rocío.

Y como a los muertos no se les discute, las hijas vencieron su inicial resistencia a usar una mortaja tan folclórica. Ahora bien, por lo que le dijeron a mi esposa, su trabajito les costó enfundarle el vestido de faralaes al cadáver. Por un lado, el rigor mortis no suponía precisamente una ayuda. Por otro, la madre ya no disponía del talle de sus años mozos. Los michelines se resistían a entrar en cintura, y aquí la expresión es literal. A empellones hubo que domeñar a las grasas sobrantes. Los brazos se negaban a avanzar por el interior de las mangas. Y por la espalda, la cremallera no corría, se atascaba, se hincaba en la epidermis pálida de la ex rociera. En cada esfuerzo, las costuras amenazaban con reventar. Tampoco fue nada facil calzarla. Aparte de que la madre parecía haber ganado dos números de pie desde su juventud, sus hijas renunciaron a cerrar las hebillas de unas correas incapaces de rodear los gruesos tobillos. Menos mal que aquel cuerpo ya no podía sentir dolor, porque las manipulaciones a las que lo sometieron rayaban la violencia de los combates de sumo japonés.

Las dos mujeres quedaron exánimes, tanto en lo físico como en lo anímico. Me lo imagino a la perfección. Cuánta pesadumbre la de pelear con el cadáver de una madre a fin de cumplir con su voluntad. El caso es que, después de aquel brete, que no deseo a nadie, el entierro se efectuó sin mayores percances.

Lo peor vino meses más tarde, cuando vendieron el piso de la difunta y hubo que desmantelarlo. Hete aquí que, en la tarea de desmontar el ropero, aparece una segunda caja, también sobre el techo del mueble, pero que se hallaba más cerca de la pared que la anterior. Normal que, sin subirse a una escalera, no lo hubiesen descubierto antes. Las hermanas abren esta nueva caja. Sorpresa morrocotuda. La caja contenía un hábito del Carmen. Estupor. Desconcierto. Pasmo. Remordimiento. Aflicción sin límites.

De inmediato comprendieron cuáles eran los anhelos de su madre para descansar en el féretro. Mucho más lógico utilizar como mortaja un hábito de devota de la Virgen del Carmen que no un festivo traje de gitana. Aquello sonaba a sarcasmo. Se les vino el alma a los pies. No era para menos pues lamentaban, no ya haber desatendido la voluntad de su madre, sino haberla enviado al cementerio ataviada de Isabel Pantoja y haciendo el ridídulo entre sus compañeros de nicho.

Y la cosa tiene mal arreglo. Por la cabeza de las hijas pasó la idea de la exhumación. Mas ¿quién es el valiente que se enfrasca en desnudar a un cadáver en pleno proceso de putrefacción? ¿Eh?, ¿quién es el valiente? ¿Y quién se atreve a apartar puñados de larvas para encontrar los botones? ¿Quién se arriesga a tirar de una manga y quedarse con una mano gelatinosa y fétida?

No. Reconozco que la cosa tiene mal arreglo. De ahí una depresión nerviosa tan bien fundamentada.

A mí me habría sucedido igual. Qué queréis que os diga.

3 jun. 2010

Ulpiano Serrano Varesse

Hoy os quiero hablar, queridos lectores de este blog, de un personaje que, pese a cierta peripecia muy interesante de su biografía, no ha ocupado ningún lugar en la historia de la ciencia. Se trata de Ulpiano Serrano Varesse. Su primer apellido coincide con uno de los míos pues pertenece a una rama de mi familia materna. Sin embargo, aunque sé de él por referencias de mi tía, ha sido ahora cuando me he ocupado de su persona.

Y es que un compañero de la Universidad, sabedor de mis aficiones astronómicas, me pidió que pusiese un poco de orden en algunos de los papeles antiguos de la Sociedad Malagueña de Ciencias, cuyo archivo histórico quiere rescatar del polvo de los estantes para digitalizarlos y ofrecerlos al público a través de Internet. Este amigo al que me refiero había encontrado una serie de hojas sueltas, bastantes con tachaduras, otras rotas o arrugadas, las más entreveradas de gráficos, pero todas ellas ininteligibles y firmadas por Ulpiano Serrano Varesse. Acepté encantado el trabajo de examinar aquel material, en apariencia elaborado por un demente. Al menos esa era la impresión que le causó al archivero en un principio. Sin embargo, me despojé de cualquier prejuicio pues recordé las anécdotas que mi tía solía contar de su tío abuelo Ulpiano. Por lo visto, Ulpiano fue un excelente matemático. Estudió en Salamanca, Coimbra y la Sorbona. Mi tía no recordaba los nombres de sus maestros, pero supuse que algún contacto hubo de tener con el gran astrónomo francés Camille Flammarion, ya que hallé numerosas referencias a este científico en los escritos de Ulpiano.

Después de unos días encerrado en mi casa, obsesionado como llegué a estar con la lectura y transcripción del manuscrito de mi antepasado, quedé convencido por completo de que Ulpiano había participado en el Premio Guzman. ¿Y qué es el Premio Guzman? Ahora mismo os lo explico.

Hoy en día estamos razonablemente seguros de que no hay vida inteligente en nuestro cosmos cercano. (A veces incluso se duda de que haya vida inteligente en la Tierra.) Pero en el siglo XIX la situación era bien distinta. Tras descubrir que la Luna, Marte, Venus y el resto de planetas eran mundos esféricos que, al igual que el nuestro, giraban en torno al Sol obedeciendo a las mismas leyes físicas, ¿por qué no imaginar la existencia de otras civilizaciones que viajan a bordo de aquellos cuerpos tan similares? Por supuesto que se consideraba muy lógica la idea. De hecho, incluso mentes admiradas por su rigor y su genio concibieron procedimientos para transmitirles a aquellos seres algo así como “eh, estamos aquí”. El mismísimo Carl F. Gauss, por ejemplo, propuso plantar árboles de gran copa en largas hileras de centenares de quilómetros de longitud. El plantío resultante reproduciría el enunciado del teorema de pitágoras: un triángulo rectángulo en el que la hipotenusa y los catetos sirvieran de base a sendos cuadrados. Contemplado desde el espacio, aquel esquema arbóreo delataría la presencia de la humanidad. También ideó un sistema de espejos que recolectara la suficiente luz solar como para enviarla a la Luna a modo de heliógrafo interplanetario. No abundaré aquí sobre el particular. Baste decir que un buen número de científicos invirtieron tiempo de sus investigaciones en planificar métodos para contactar con inteligencia extraterrestre. Sobre todo a raíz de que Flammarion, en 1891, convocase el premio Guzman dotado con 100.000 francos. Para ganarlo era preciso acreditar, en el plazo de 10 años, que se había logrado comunicar con habitantes de otro planeta, y que se había recibido respuesta.

Pues bien, mi antepasado Ulpiano Serrano Varesse fue uno de quienes concurrieron al Premio Guzman. Esa era la única conclusión posible que justificara, no solo el esquema y desarrollo de los textos encontrados en la Sociedad Malagueña de Ciencias, sino algunas de la excentricidades narradas por mi tía. Ella contaba que Ulpiano se encastilló durante una larga temporada en unos terrenos de secano que la familia poseía entonces en los páramos de Zafarraya. En una casa de labor aneja al cortijo, el matemático instaló una estructura de gran tamaño a la que mi tía se refería como un paraguas plateado y gigante. Una parabólica, sin duda, ya que el techo de aquella nave era corredizo. En su relato también aparece una línea eléctrica que, proveniente del salto de agua de un arroyo, conectaba primero con una especie de depósito de agua de forma cilíndrica, y luego proseguía hasta el paraguas plateado. Todo esto concordaba con los gráficos y cálculos que se han conservado en el archivo de la SMC. Y si a mi tía, cuando era niña, le tenían terminantemente prohibido acercarse a lo que ella llamaba un depósito de agua, es porque, en realidad, se trataba de un condensador con una burrada de faradios de capacidad. El método no debió de ser otro que el de, una vez orientada la parábola hacia su objetivo, provocar chispas eléctricas en el foco a fin de enviar un haz de fotones adonde se apuntase. Efectuada la transmisión, Ulpiano esperaría una respuesta con el ojo pegado al ocular de su telescopio.

Por cierto, aquel telescopio, un refractor de 150mm de abertura y 1.5m de distancia focal provisto de una aparatosa montura ecuatorial alemana, lo doné al Centro de Ciencia Principia cuando hubo que desprenderse de la finca para repartir la herencia. Mis hermanos y primos no pusieron inconvenientes en ello pues aquel armatoste, lentes arañadas, mecanismos atascados, engranajes rotos, no poseía ya otra utilidad que la de venta al peso del hierro o pieza de museo. Y siempre más digno para un instrumento científico acabar como pieza de museo que degradarlo como chatarra.

Pero me estoy yendo por las ramas. Os contaba, queridos amigos, que estudié a fondo los papeles de Ulpiano Serrano. (De hecho, ultimo una edición facsímil que, acompañada de mis transcripciones e interpretaciones, se publicará este otoño en la editorial Nivola.) Había en ellos muy poca literatura. Casi todo eran números, fórmulas, ecuaciones. Supe de los planetas con los que intentó contactar gracias a que allí se reflejaban sus coordenadas celestes. Bueno, con más concreción, las coordenadas que tenían los planetas en las fechas en las que Ulpiano realizó sus experimentos, y que confirmé con mis propios cálculos. Puedo aseverar que se mandaron mensajes a la Luna, a Venus, a Mercurio y a Ceres. Sí, al asteroide Ceres. Qué curioso, ¿verdad? ¿Por qué a Ceres sí, y a Marte no? Cualquiera pensaría en Marte, digo yo… Porque a fines del XIX ya se había despertado una primera alerta marciana a partir de los canalli que aseguraba ver Schiaparelli. Quizá por eso mi antepasado pensó en centrarse en otros mundos en los que no escudriñaran sus competidores.

¿Qué era lo que transmitía a través de la parabólica? Números. Transmitía series de fogonazos cortos terminados en un fogonazo largo, o sea, como los puntos y rayas del morse, salvo que la raya no tenía para él más función que la separadora entre dos cifras. Y lo que enviaba eran series numéricas, la serie de los primeros cuadrados (1, 4, 9, 16, 25), la de los primeros cubos (1, 8, 27, 64, 125), la de los primeros números primos (1, 2, 3, 5, 7, 11), la sucesión de Fibonacci (1, 1, 2, 3, 5, 8, 13)… Es decir, series numéricas que pudiesen ser descartadas como de origen natural o aleatorio por una inteligencia extraterrestre.

A estas alturas de mi narración, os preguntaréis si Ulpiano Serrano recibió respuesta del cosmos alguna vez. Por desgracia, no estoy en condiciones de asegurar nada. Lo único cierto es que no ganó el Premio Guzman, que, dicho sea de paso, quedó desierto. Pero en la última de las hojas que examiné, la correspondiente a una de las comunicaciones (¿fallidas?) con Venus, se leen unas series numéricas que a mí, hasta ahora, no me sugieren ningún patrón. Y esta serie numérica la escribió en la columna de las observaciones, y no en la de las transmisiones. Muy posiblemente se trate de destellos que Ulpiano detectó provenir de Venus. Eso no es extraño. Se han visto muchos de ellos: caída de meteoritos, relámpagos causados por las tormentas eléctricas del planeta… Lo que sí me escamó fue la cantidad registrada de destellos tan consecutivos. Y también es raro que mi antepasado, según relata mi tía, desapareció una noche sin que se supiera más de él. Ni siquiera hay una tumba suya en ningún cementerio. Tampoco conozco con exactitud la fecha de su volatilización, por si esta coincidiese con la de la misteriosa observación de Venus.

¿Qué pudo descifrar mi antepasado en esa serie extraña de números, quién sabe si real o imaginada, que aún no atino a descubrir? Espero tenerlo solucionado para cuando se publique el libro.

2 jun. 2010

La dolce vita

Ayer asistí a la presentación del libro La dolce vita, una antología poética en la que Paco Ruiz Noguera ha recopilado textos relacionados con el cine de unos 200 autores españoles. Paco resaltaba anoche el hecho curioso de que, aunque comenzó su labor hace unos 15 años y en todo este tiempo nunca pensó en un título distinto del de La dolce vita, ha sido ahora, en el cincuenta aniversario del clásico de Fellini, cuando ha recibido el bautizo de la imprenta tras varios intentos frustados de publicación. ¿Era este entonces su destino? Seguro que sí. El acto transcurrió acorde con el ambiente intimista que suele reinar en las presentaciones de los libros de poesía. Bueno, y también me recordó, dado el símil cinematográfico, el solazamiento distendido que se respiraba en los desaparecidos cines de verano. Aprovechando que el libro se presentó en la cafetería del Hotel Málaga Lario, que se prolonga hacia un patio descubierto, el público bebía y fumaba y cambiaba de postura y entraba y salía con la misma libertad y desparpajo con los que despachábamos aquellas mágicas noches de agosto de programa doble y sesión continua.

Al finalizar me acerqué a felicitarlo, no solo por el alumbramiento de una obra bien editada, y de la que procuraré comprar un ejemplar, sino porque Paco ganó el mes pasado el XXX Premio Juan Ramón Jiménez de Poesía. También le di las gracias por haberme incluido en una sección de La dolce vita que, continuando con el homenaje felliniano, encabezó como 8 ½ trailers narrativos malagueños.

Y es que, como contrapeso a la poesía, Ruiz Noguera ha incluido en la antología 8 (y medio) breves fragmentos de sendos narradores, ya nacidos en Málaga, ya asentados en esta ciudad. En concreto ha seleccionado, a modo de trailers, párrafos de Antonio Soler, de José Antonio Garriga Vela, de Guillermo Busutil, de Alfredo Taján, de José Luis González Vera, de Juan Francisco Ferré, de Pablo Aranda, de Juan Antonio Vigar (el medio tráiler, según confesó allí mismo) y míos. La verdad es que resultó una sorpresa muy agradable para mí verme compañero de página de algunos de los escritores de mi culto. Vaya aquí mi agradecimiento a Paco por depararme semejante honor. Y eso que Paco y yo apenas si hemos mantenido trato en los últimos años. Desde los tiempos del grupo Banda de mar no volví a coincidir con él hasta julio de 2008, precisamente en la presentación de otro libro que comenté en una entrada de este sitio web (pínchese aquí para leerla).

Hoy, redactando estas línas, me ha picado la curiosidad por saber qué constancia hay en Internet de aquel grupo: Banda de mar. Google solo detecta 3 ocurrencias: la de mi blog, una mención en la biografía de Antonio Gómez Yebra, y otra en la de Francisco Selva López. Por eso me gustaría enriquecer la Red aportando alguna información.

El grupo Banda de mar fue fundado por jóvenes artistas de la ciudad, poetas, músicos y pintores, pero, sobre todo poetas. Con aquel nombre se quiso evocar a la célebre revista Litoral, bandera de la generación del 27, que aún sigue viva. Sus actividades se resumen pronto:

1) Tertulia literaria un día a la semana.
2) Publicación trimestral de una revista con obras de los integrantes de Banda de mar
3) Publicación anual de un número extraordinario dedicado monográficamente a uno de los miembros del grupo.

Nunca sobrepasamos la decena de personas. Aparte de los ya mencionados Paco Ruiz Noguera , Antonio Gómez Yebra y Francisco Selva, recuerdo a Enrique del pino, a Antonio García Velasco, a Antonio Abad, a Jesús Parra… Y a Miguel Gómez Yebra, claro, pues, siendo amigos desde el bachillerato, ingresamos a la vez en Banda de mar. Cuando nos incorporamos Miguel y yo a las tertulias, estas se celebraban en el Café Español. Pero aquello duró poco. ¿Cerró el establecimiento? Tal vez. Mi memoria, algo confusa, me lleva después a aquel pub que se puso tan de moda, Pepe Leche. Y, más tarde, a otro pub de la Malagueta todavía más caro. Al menos a Miguel y a mí nos parecía muy caro. Ni él ni yo trabajábamos, aún nos encontrábamos cursando nuestras carreras ya que éramos los alevines del grupo. Además, las publicaciones de Banda de mar no se costeaban solas. Había que aflojar 20 duros por cabeza cada vez que nos reuníamos. Esas 100 pesetas nos suponían a Miguel y a mí un agujero negro en nuestro presupuesto de estudiantes. Pero resistíamos semana a semana esperanzados en que el próximo número monográfico de la revista se dedicaría a uno de los dos. Porque ese era nuestro objetivo al integrarnos en Banda de mar: publicar como fuera…, publicar como fuese… Publicar, publicar y publicar.

En una de las tertulias vespertinas llegó el momento en que se decidiría cuál de los miembros de Banda de mar monopolizaría el número extraordinario. Puesto que han transcurrido más de 25 años desde aquello, supongo que no violo la confidencialidad de las deliberaciones, sino que, por el contrario, quizás esté aportando datos valiosísimos a la historia de la literatura. No sé quién propuso a Antonio Gómez Yebra. Sí que estoy seguro de que Miguel me propuso a mí, y yo lo propuse a él. Cada cual escribió el nombre de su preferido en un papelito para la votación secreta. El escrutinio, poco emocionante, arrojó el siguiente resultado:

Alberto Castellón —> 1 voto
Miguel Gómez Yebra —> 1 voto
Antonio Gómez Yebra —> El resto de los votos

O sea, Miguel me votó a mí, y yo le correspondí con mi voto, mientras que todos los demás se decantaron por Antonio Gómez Yebra. Miguel y yo nos caímos simultáneamente del burro. Estimando, con mayor realismo, la cantidad de cuotas de 20 duros que habríamos de abonar hasta que nos tocase a alguno de los dos acaparar el número monográfico anual, hubimos de renunciar a aquella sangría, inaguantable para nuestro bolsillo.

27 may. 2010

Presentación en Marbella

El próximo viernes 28 de mayo a las 20:30, en el Museo Cortijo Miraflores de Marbella, la escritora Sasi Alami y yo tendremos el gusto de presentar la novela "La muerte tenía figura de mujer hermosa" de Andrés Fornells.

Os animo a asistir.

17 abr. 2010

Siluetas en El Torcal

No creo haberos contado nunca que practico la ecolocación. Para quien no lo sepa, el término fue creado en 1938 por Donald Griffin a fin de describir la habilidad de los murciélagos consistente en crear imágenes mentales de su entorno utilizando el efecto sónar. La misma característica se descubrió más tarde en ciertos cetáceos, quienes generan en su cavidad nasal trenes de chasquidos cuyos rebotes en los objetos que les rodean les permiten orientarse. El fenómeno no sería posible de no escuchar en estéreo, pues a cada uno de los oídos llega el eco con diferente intensidad o timbre. Hace años me enteré de que un chiflado afirmaba haber adquirido el sentido de la ecolocación a base de mucha práctica y mucho ensayo. De inmediato me pareció aquella una más de las trolas con que la gente anhela saltar a la fama o ganarse unos eurillos. Vosotros, amables internautas, conocéis a través de las entradas de este blog mi habitual escepticismo, pues soy hombre de ciencia. Así que decidí utilizar el método introspectivo para dilucidar si este asunto de la ecolocación humana era o no una patraña.

Con buena lógica, elegí los clics palatales como sonido con el que entrenar a mi cerebro pues se parecen bastante a los que emiten los delfines. Más adelante supe que las pocas personas que se han instruido en la ecolocación hacen lo mismo: chasquear con la lengua contra el paladar, o sea, imitar la onomatopeya que suele interpretarse como reprobación o reclamo de silencio. Con los ojos fuertemente vendados, avanzaba y retrocedía por el pasillo de mi casa produciendo series de clics palatales, ora más cortas, ora más largas, estas más rápidas, aquellas más lentas, cambiando en intensidad... Al principio me sentí ridículo viéndome enfrascado en semejante estupidez, pero si aquel individuo declaró que le éxito le costó meses, no iba yo a abandonar al primer intento. Me propuse entonces realizar ese absurdo recorrido de gallinita ciega todos los días durante media hora. Al cabo de una semana o diez días, fue en una de las evoluciones, a mi juicio aún inútiles, cuando me quedé paralizado por la sorpresa: noté a mi derecha el vano de la puerta del cuarto de baño. Difícil describir el hormigueo de mis emociones ya que se trataba de una sensación por completo nueva para mí. Al oír mis propios paquetes de chasquidos, en mi mente se formaba la impresión verídica de que a mi izquierda ya no se hallaba la pared del corredor, sino un hueco con una reververancia más lejana. Curiosísimo, de verdad. No os miento si os asevero que mi corazón pegó una extrasístole con esa percepción inédita, parecida a un presagio, e imposible de expresar con palabras.

No os cansaré, estimados lectores, con el proceso posterior de mi entrenamiento. A los efectos de lo que os contaré a continuación, os bastará con saber que domino ahora una técnica según la cual, tras unos 15 ó 20 clics palatales, obtengo una especie de imagen a grosso modo de lo que hay a mi alrededor. No con demasiada resolución, lo admito, aunque sí hasta el detalle de distinguir (o mejor, presentir) formas y objetos del tamaño de un cenicero.

Pues bien, tras estos imprescindibles precedentes, ahora viene la inquietante historia que os deseo relatar. Sucedió el sábado pasado en el Torcal de Antequera, un exuberante paraje natural famoso por la fantástica acción que los meteoros han realizado en la roca rebelde. No creo que haya un solo libro de geología general en el que no se mencione al Torcal como prototipo de erosión kárstica. Arriba, en la meseta, a 1060 metros de altitud, la Junta de Andalucía ha construido un centro de acogida para visitantes y el edificio que deberá albergar al futuro observatorio astronómico. Con la débil esperanza de encontrar cielos despejados, unos cuantos amigos acompañamos a Francisco, el flamante Director del observatorio. Bien pronto nos convencimos de lo inútil de montar los telescopios pues, nada más salir de la comarcal y comenzar la ascensión por la carretera de montaña, la furgoneta se sumergió en una niebla que se espesaba quilómetro a quilómetro. Viajábamos en el vehículo Francisco, Eduardo, Valentín y yo. Por detrás nos seguía Carlos en su BMW.

¿No hemos llegado?, porque ni siquiera se ve el observatorio. Claro que hemos llegado, circulamos por el aparcamiento, la cúpula debería de estar ahí.

Mas no la distinguimos hasta llegar a su misma base. Al apearnos, nos reímos un momento con la situación. Vaya una noche de perros la que habíamos escogido para mirar las estrellas. No obstante, había otras cosas en las que entretenerse. Francisco descargó más mobiliario con el que acondicionar una instalación que le entregaron vacía. Luego subimos a la cúpula. Alrededor de una hora invertimos en examinar las causas por las que los motores no terminaban de hacer su trabajo y en pensar soluciones para remediarlo. También hablamos de otros futuribles, que si cómo subir el reflector hasta lo alto, que si podrían fijarse 2 ó 3 columnas en la terraza sobre las que colocar sendas monturas, que si hay que tapar com gomaespuma el hueco entre el pilar maestro y el suelo de la cúpula para que el aire caliente de la sala de abajo no provoque turbulencias, que si se precisan deshumidificadores a mansalva...

Por fortuna, Francisco ya había llevado mesas, sillas, una radio con la que Carlos siguió el Madrid-Barcelona, y un microondas que nos proporcionó palomitas de maíz y té caliente. Disfrutamos de un rato de conversación muy agradable mientras cenábamos. Carlos se marchó en el descanso del partido, ya que perdió el interés con el gol de Messi. Los demás dijimos de quedarnos hasta terminar los víveres y bebidas. Eso sí, como el agua corriente la cortaban a las 22:00, aquel de nosotros que necesitaba orinar debía salir al campo a fin de no ensuciar el cuarto de baño. Cada vez que se abría la puerta impresionaba el telón albino de la niebla dibujado en el vano como un cuadro minimalista. Aunque nos lo tomábamos a guasa, innegable que en algo nos perturbaba la contemplación de aquella persiana de vapor de agua, una cortina uniforme y opaca, casi con vida propia, iluminada por los fluorescentes de la habitación. Creedme si os digo que más allá del umbral no se vislumbraban más de 10 centímetros de baldosas. Y si alguien, armado de una linterna, se internaba en las tinieblas, volvía a los pocos minutos exteriorizando su temor, aunque todavía medio en serio, medio en broma.

Porque no me imaginaba lo que había ahí afuera, Francisco, que, si no, me subo a la cúpula y meo en el platillo de la terraza. ¿Pero qué hay ahí afuera, Eduardo? Nada, Francisco, nada de nada, esa es la cuestión: que no hay nada: qué miedo, joder. ¿Miedo tú?, ja, ja, ja... Hombre, pues claro que sí, como para no tenerlo..., si es que te ves en medio de la nada. Y, además, se oyen unos ruiditos por aquí y por allá..., y tú sin saber de qué se trata ni poder moverte mientras no acabes... En la próxima, Alberto, me acompañas tú dando chasquidos con la lengua: así por lo menos estoy seguro de que no me estampo contra una piedra. Sí, claro, Eduardo, como que vamos a ir a mear de dos en dos, como las mujeres en los bares..., ja, ja...

Aquellas declaraciones nos provocaban más hilaridad que otra cosa. A mí, en particular, me divertían. Y no os extrañe que mis amigos supieran de mi habilidad para la ecolocación ya que han comprobado en numerosas ocasiones que no me quedo con ellos. A bien que no habremos pasado noches sin Luna, al raso y sin una sola luz encendida para no interferir en las observaciones astronómicas... Pero hube de cambiar de actitud cuando me tocó el turno a mí.

Confiado en mis clics palatales, clic, clic-clic, descendí por la rampa hacia el aparcamiento, clic-clic, clic. Percibí un bolardo de unos 3 palmos que esquivé sin titubear. Clic. Luego tuve el pálpito del bordillo de un escalón perpendicular a mi trayectoria, clic-clic. A mi derecha, clic-clic, adiviné la chapa de la furgoneta de Francis, clic, y más allá presentí las siluetas caprichosas y de timbre metálico de las rocas y el eco sordo de unas matas bravías. Aquí mismo. Para qué alejarse más, ¿no? Puesto de cara al observatorio, ver, lo que es ver, no se veía sino el rectángulo de luz de la puerta abierta flotando en la negrura. Creedme si os digo, queridos lectores, que aparte de esa especie de faro marítimo las sombras comenzaban a una cuarta de tu nariz. Daba la total impresión de que te hallabas en el espacio intergaláctico, envuelto en el misterioso manto de la energía oscura, a millones de pársecs de cualquier astro. Tranquilo, Alberto, no pasa nada ya que, como decía Eduardo, no hay nada ni nadie. Y el caso es que sí se escuchan ruiditos. ¿Crujir de ramas? A lo mejor. ¿Una alimaña? ¿Una perdiz? ¿Un conejo? Menos mal que ya has terminado. Regresa, porque lo del miedo de Eduardo no era tontería. Clic, clic-clic...

Alberto, qué te pasa, por qué vienes corriendo..., ¿y esa cara?, si parece que te has topado con un zombi... No sé si era un zombi, Valentín, pero sí que tenía forma humana: he tenido la corazonada de que me seguía una cabeza sobre un tronco con dos brazos: por la parte de abajo apenas si he detectado un apoyo irregular, como si las dos piernas las tuviera unidas en una. Y viene hacia aquí, ¿eh?: clic, clic-clic: rápido, lo mejor que podemos hacer es recoger los bártulos y tomar las de Villadiego.

Mis compañeros, que me conocen bien, supieron de inmediato que lo mío no era cachondeo, que si les aseguré que había una forma humana deambulando ahí afuera, entonces es que ahí afuera había una forma humana acercándose al observatorio. Echada la llave, los cuatro avanzamos juntos hacia el aparcamiento. Clic, clic-clic. Cuidado, Francisco, esa cosa la tienes justo delante, párate. El farol no alumbraba más que a Francisco y a Valentín en el eje de un ridículo cilindro de niebla, cli-clic, mas ambos supieron que no les mentía porque los puñeteros ruiditos procedían del punto exacto al que yo les señalaba. Clic. No sé si ellos también experimentaron un escalofrío ni si se les aceleró el ritmo cardiaco como a mí, clic-clic, pero retrocedieron hasta que todos nos reunimos en una piña. Clic. Aquí, tiremos por este lado, clic-clic, que se aproxima, venga ya. Los gritos se sucedieron impidiéndome en ese ataque colectivo de histeria el percibir con claridad mis chasquidos de lengua. Clic, clic-clic. Me cagüendiez, ¿pero dónde está la puta furgoneta de los cojones? Clic, ya llegamos, clic-clic. Nos sumió un terror unánime, clic, clic-clic, no recuerdo haber sufrido jamás aquel temor primario a lo desconocido. Clic. Venga, no nos entretengamos. Las mochilas al asiento trasero y todos dentro.

El parabrisas parecía la pantalla de una televisión sin sintonizar. Cuando Francisco activó el desempañador nos dimos cuenta de que no se trataba de vaho, sino de la nube en que estábamos inmersos. Clic, clic-clic. Francisco, por el amor de Dios, arranca de una vez, que lo tenemos ahí en la puerta, clic-clic... Presiento a esa cosa ahí,clic, a menos de un metro, clic-clic.

Ya os podéis figurar, apreciados amigos, el alivio que nos supuso alejarnos del observatorio y culebrear por la carretera hasta que, 15 quilómetros más abajo, recuperamos la visibilidad. Paramos en uno de los pubs de Villanueva de la Concepción. Allí sentados, cada cual frente a su bebida, charlamos de todo menos de lo que acabábamos de vivir, como si no nos creyéramos el episodio que nos había sucedido.

Hasta el día de hoy, todavía seguimos en la misma actitud.

15 abr. 2010

El trabajo definitivo sobre Omar Ibn Hafsún

Acabo de hablar por teléfono con Francisco Ortiz Lozano. He buscado su número para felicitarlo por su último libro, Bobastro, que lleva por subtítulo La ciudad de la perdición, gloria y refugio de la cristiandad. No conversaba con Ortiz desde los años setenta, creo yo. Aparte de haber sido compañeros en el bachillerato (de ahí que nos tratemos por el apellido, que era lo que estilaba entonces), nos veíamos casi a diario pues nuestras respectivas pandillas se obstinaban en una competición casi perpetua. La mía, el Club Zamarrilla, tomaba el nombre de la calle del barrio en la que solíamos vernos. La suya, el Club Olímpic, se congregaba en la calle de al lado. Antes hablé de competición casi continua, pero quiero que conste que se trataba de una competición sana a base de deportes de equipo inventados por nosotros mismos. El palitroque, por ejemplo, consistía en una variedad del jockey, aunque sobre cemento armado, sin porterías y unas normas tan flexibles que jamás se pudo determinar qué bando ganaba. En gigantes y enanos, demencial deformación de un baloncesto anárquico, sí que estaba claro que vencería la formación de los más altos ya que a ellos les pillaba más cerca el hueco de la base de la farola por la que había que "encestar". Manolo Patabolo, el más espigado de todos, siempre llevaba ventaja.
Pero aquellos sucedáneos de deportes quedaron relegados al olvido en cuanto la ciudad se desperezó hacia el oeste, ocupando las antiguas huertas de Bernardo Larios, y construyeron sobre la Pellejera (mencionada por Antonio Soler en varias de sus novelas) las infraestructuras de lo que hoy es la avenida de Andalucía. Ahora bien, tardaron tanto en edificar el primer bloque de pisos que el alumbrado, las vías, que luego serían calzadas, y las explanadas para los futuros aparcamientos permanecieron inútiles durante varios años. Rectifico: no tan inútiles. Los clubes Zamarrilla y Olímpic les dimos un uso extraordinario al construimos en uno de los llanos de asfalto una espléndida pista de tenis con sus medidas reglamentarias, su red, y sus líneas pintadas en blanco.
A la porra el palitroque y el gigantes y enanos. Tenis, tenis y más tenis. Espoleados por las primeras retransmisiones televisivas de la Davis, Olímpic contra Zamarrilla nos ajustábamos al formato de la célebre copa: dos individuales, un triples (modalidad que permite más jugadores que el dobles), y otros dos individuales. Eso sí, las pelotas eran caras. Así que jugábamos con las que desechaban en el Club El Candado o en el Parador de Golf. Y las apurábamos durante semanas, hasta mucho más allá de llegar a la alopecia absoluta. Adquirían entonces una especie de querencia hacia la estratosfera. Con semejante característica, una de las jugadas más peligrosas era el globo de servicio. Se sacaba apuntando al cosmos, para que la bola ganara mucha altura. Así, el bote en el rectángulo de recepción proporcionaba tal energía a la pelota que si el que restaba no se situaba bien, la pelota lo superaba por encima incluso saltando a la desesperada. La jubilación de la bola solo se producía si la extraviábamos entre el monte bajo de los alrededores de la pista. A veces nos pasábamos horas dando raquetazos a las ortigas, buscándola con el ansia de proseguir el partido, hasta que nos dábamos por cachi.
Pero me estoy enrollando con estas anécdotas de mi pubertad que quizás os aburran. Perdonadme, apreciados seguidores de este blog, si se me ha ido el santo al cielo. Lo que quería era alabar la última obra de Ortiz. Os la recomiendo, sin duda. En ella se narra la interesantísima historia de Omar Ibn Hafsún, personaje de finales del siglo IX y comienzos del X que, de haber contado con un poema en romance como el del Cid, habría conseguido la misma fama que el Campeador. Omar se fortificó en el fantástico e inexpugnable paraje de Bobastro, que ya describí en un spot hace algunos meses. (Si queréis releer aquella entrada, pinchad AQUÍ.) Tuvo en jaque a varios emires cordobeses durante en una época tormentosa que apenas si ha trascendido a los libros de historia ya que las principales fuentes hay que buscarlas en los textos árabes.
Ortiz, aparte de patearse palmo a palmo toda la comarca, realiza un estudio completísimo de aquellos extraordinarios episodios, localiza cada fortaleza, cada villa, cada baluarte, cada accidente geográfico, recompone la cronología algo desbaratada de los libros que han tratado el asunto y despeja incógnitas sobre las que pesaban muchas especulaciones. El libro, además, contiene una numerosa colección de esquemas, fotografías y planos. Un pormenorizado índice año a año facilita las búsquedas de datos. No se advierte el menor favoritismo en la crónica por ninguna religión o raza, como venía siendo habitual en las obras del XIX y primera mitad del XX. Y encima, está muy bien escrito. Apenas si he detectado erratas.
Lo dicho, amigos, os recomiendo que leáis Bobastro, de Francisco Ortiz Lozano.

12 abr. 2010

¿Alguien tiene un pedazo de pan?

Días atrás os narré, apreciados amigos, un episodio ciertamente emotivo relacionado con una cofradía de pasión. Pues bien, hoy está en mi ánimo proporcionar un contrapeso a aquella historia. Y no me será difícil puesto que en la Semana Santa de mi ciudad también se viven escenas en las que el humor resalta como uno de sus principales aliños.
No me entretendré en aquella peripecia que le aconteció a los hermanos de la Archicofradía de la Sangre, cuando apenas comenzado su cortejo del Miércoles Santo se les cayó del trono (paso en otras ciudades) la imagen del lancero Longinos. Bueno, concretando más, la escultura se desplomó desde una altura muy superior a la del cajillo, ya que el popular centurión romano monta sobre un caballo semi encabritado. Ante la desgracia, las deliberaciones de los responsables del desfile desembocaron en una solución bastante acertada. ¿No está Longinos en la postura de cabalgar sobre una silla? Pues aprovéchese tan favorable circunstancia para dejarlo sentado en una de las butacas de la terraza del bar Jamón, el más próximo al lugar del suceso. Y allí quedó el soldado, rígido, el escudo en la izquierda, la lanza en la derecha, apuntando al cielo, la capa colgando tras el respaldo, su mirada fija en un balcón de la esquina, como un cliente más del estabecimiento que aguarda a que el camarero le pregunte ¿qué va a ser? Ya lo recogerían cuando la procesión viniera de regreso.
Y aunque haya mencionado a los romanos, tampoco detallaré la ocurrencia de uno de los cofrades del Santo Traslado, cuyo cortejo del Viernes Santo lo abre una uniformada sección de legionarios armados con gladium (espada corta) y pilum (javalina). A este individuo (he oído de alguien afirmar que se trataba del Hermano Mayor en aquellas fechas), se le antojó preceder a los soldados subido a una biga. Sí, habéis leído bien: biga con be, o sea, carro tirado por dos caballos, como las cuádrigas de Ben-Hur, pero con la mitad de potencia. El hombre, escoltado a bordo por un centurión, vestía a la usanza de los césares, toga amplia de color blanco con franja roja, enrollada al cuerpo y con un extremo reposando en el hombro, sandalias con correas que se entrelazan por las pantorrillas y corona de laurel rodeando una alopecia cuarentona. Conforme entraba en una calle, la primera impresión de sorpresa en el público se cambiaba al poco tiempo por una jocosidad incontenible. El estruendo de las carcajadas apenas si dejaba oír los aplausos y vítores con que se recibía al falso emperador: ave, César, viva el César: la gente asimilaba de inmediato el cachondeo: César, búscame un enchufe en el Senado: cualquier chiste encajaba en aquel remedo de película histórica: César, suelta a las fieras, que nos hagamos un arroz: en un acto reflejo, todos los asistentes, encarnándonos en extras, extendíamos el brazo derecho con la palma recta y dirigida hacia abajo: ave, César, ave, César: el griterío emulaba, vive Dios que no miento, al que muy bien pudo haber resonado en las gradas del Coliseo: César, morituri te salutam. Y el César de pacotilla, así mismo tronchándose con el espectáculo que nos proporcionaba, manejaba las bridas con una sola mano, pues la otra debía reservarla para corresponder a los unánimes saludos a la romana de quienes presenciábamos el desfile.
Pero repito que no son estos avatares los que os pretendía contar, sino el que sucedió el Martes Santo de hará un par de lustros. Mis hermanos y yo nos apostábamos en calle Álamos. Por esa vía trancurren tres procesiones consecutivas, la del Rescate, la de la Sentencia y la del Rocío. En cabeza de la primera marchaban cuatro jinetes, cuatro policías municipales a lomos de sus respectivas monturas. Ahora sí que se tiene en cuenta esa eventualidad, pero entonces nadie cayó en el detalle de que las bestias, quizás a consecuencia de su complicado estómago de rumiante, hacen sus necesidades allá donde les pille. En efecto: un enorme defecación quedó desparramada en el asfalto, equidistante de ambas aceras. En la enfrentada a la nuestra había una familia con varios niños. Fue uno de ellos el que consiguió incitarnos al resto de los espectadores a que nos uniésemos a su diversión. Cada vez que un nazareno pisaba el morterón de estiércol, el chaval soltaba una risotada descomunal, una risotada contagiosa que pronto prendía en quienes la escuchábamos. El penitente, alertado por nuestro jolgorio, miraba extrañado a un lado y otro, como buscando el origen de la chanza. Mas la limitada visibilidad que le proporcionaba su capirote le impedía descubrir la masa de excrementos en la que se había detenido. Y así un macero, y un bastonero, y quien portaba el estandarte o el guión. La trampa de mierda no perdonaba a casi nadie de los que avanzaban por el centro de la calzada. A fuerza de reírnos, tuvimos que sacar los pañuelos para secarnos las lágrimas. Las risotadas más esperpénticas se producían cuando era un nazareno con capa quien transitaba por encima del revoltijo de heces y salía de él con los bajos de la prenda tiznados de marrón oscuro. Y estallábamos más aún en carcajadas, hasta el punto de dolernos el diafragma, si el desgraciado que pisaba aquella asquerosidad caminaba con los pies descalzos. Qué suspense el de toda la calle, izquierda, derecha, pendientes de los andares del nazareno, izquierda, derecha, permaneciendo en un silencio emocionante, izquierda, derecha, preguntándonos si la víctima colocaría la planta en el sitio justo, izquierda, derecha, y romper casi en un éxtasis de frenesí en el justo momento en que surgía de entre sus dedos esa crema de excreciones.
Recuerdo que uno de los tronos se detuvo a 3 ó 4 metros de la boñiga. Uno de los hombres que iba de cabeza de varal vio que le sería imposible eludir el zurullo en el siguiente tirón. Que se la comía, vamos. Resignado a lo inevitable, se lo tomó con la misma guasa que nosotros. Volvió su mirada a sus compañeros de atrás y les gritó: Madre mía, qué pedazo de mierda hay ahí delante, ¿alguien tiene un pedazo de pan?
Antes de despedirme, quiero aclarar que estas peripecias, rayanas en el esperpento, solo eran frecuentes años atrás pues la Semana Santa de Málaga, aun con un carácter muy distinto al de la castellana, ha ido ganando bastante en seriedad.
Hasta la próxima entrada, amigos.

Lectura en Álora

Os anuncio que el próximo miércoles 21 de abril a las 19:00, dentro del programa "Circuito Literario Andaluz", leeré fragmentos de mis obras en la Biblioteca Pública Municipal Tomás García de Álora.
En verdad que me ilusionó esta invitación del Ayuntamiento pues la acción de mi novela Regina angelorum transcurre a caballo entre el escenario urbano de Málaga y los espléndidos paisajes de Álora.
Si os apetece, allí podemos encontrarnos. Prometo haceros pasar un buen rato.

6 abr. 2010

Paraguas cerrados

No sé si recordaréis, queridos amigos, que por estas mismas fechas subí al blog el año pasado un par de spots relacionados con la Semana Santa. Porque confieso que soy un entusiasta de la Semana Santa, o sea, lo que se denomina en estas tierras un semanasantero. De ahí que apenas si se haya notado actividad en este sitio web durante la Cuaresma. En aquella ocasión escribí 2 narraciones breves, una con tintes de parodia absurda, otra con ingredientes fantásticos. Pinchando AQUÍ podréis acceder a ellas sin necesidad de buscarlas en los enlaces de la izquierda. Sin embargo, hoy y en los próximos días os relataré algunas de las experiencias que he vivido relacionadas con el tema que me ocupa. La primera no sucedió precisamente durante la Semana Santa, sino en la procesión extraordinaria que realizó la Cofradía de Zamarrilla con motivo de la coronación canónica de su titular, la Virgen de la Amargura.
Para quienes no conozcáis Málaga, sabed que la Virgen de la Amargura, o de Zamarrilla, que el nombre del bandido acabó sirviéndole de apodo, recibe culto en una ermita, antaño situada a las afueras del caso urbano. En concreto, en el lado izquierdo del antiguo camino de Antequera. A lo largo del siglo XX, la ciudad extendió un brazo en esa dirección. La vieja carretera, hoy segmentada por la toponimia en una sucesión de calles larguísimas (Mármoles, Martínez Maldonado y Carlos Haya), se convirtió entonces en el eje de un nuevo barrio que se incrustó entre los más históricos de La Trinidad y El Perchel. La pequeña iglesia de una sola nave, tejado a dos aguas y graciosa espadaña acabó con el tiempo rodeada de bloques de pisos y al borde mismo de una de las más importantes arterias del tráfico, ya rodado, ya peatonal. Eso sí, su puerta de dintel de medio punto permanece abierta a casi cualquier hora del día. Así pues, como suele acontecer con las capillas callejeras, la gente comenzó a entablar con las imágenes que allí se alojan una relación cercana al paisanaje. Tanto la Virgen de Zamarrilla como el Cristo de los Milagros pasaron a integrar la nómina de vecinos. Rara la vez en que no pasase por allí y no distinguiera desde el exterior a 5 ó 6 personas dentro de la ermita en un turno ininterrumpido y casi organizado de visitantes diarios. Mi madre, sin ir más lejos, que no era precisamente una católica practicante, entraba todas las mañanas antes de hacer la compra para saludar a la Virgen. Esta popularidad se evidencia en las filas de promesas que marchan tras los 2 titulares en la noche del Jueves Santo. Nada de extraño pues en que le fuera concedido a la Cofradía el honor de coronar canónicamente a su Virgen de la Amargura, para lo cual viajó la imagen en un trono de estreno hasta la Catedral de Málaga a los hombros de doscientos y pico de sus hermanos.
El episodio que os quiero relatar sucedió en el desfile de regreso a la ermita, con la Virgen ya coronada. En esas fechas mi familia residía en los aledaños de calle Mármoles. Mi mujer, mis hijas y yo nos acercamos a la ermita a esperar, como otros centenares de espectadores, la llegada de la comitiva. Allí se congregó todo ese barrio sin nombre, más muchas otras personas del resto de la ciudad en una especie de multitudinario comité de bienvenida. El tiempo no acompañó. Ya desde la tarde se presagiaba la desgracia. Porque los malagueños y, en general, los cofrades de cualquier sitio saben bien la desgracia que la lluvia supone para una procesión, cómo sufren los enseres, los bordados, los estandartes, las túnicas, los palios, cómo las tallas pueden malograrse con daños terribles, en ocasiones irreparables. Una tragedia, sin duda.
Y hete aquí que la cruz guía aún no había alcanzado la Casa Hermandad, serían las once de la noche, no lo recuerdo con exactitud, cuando comenzó a caer una tormenta de las de aquí te espero. Como todo el mundo estaba prevenido por las amenazantes nubes del crepúsculo, en pocos segundos se cubrió la calle del magma multicolor de los paraguas. Los integrantes del cortejo, aun sin quebrar la formación, avanzaban con los rostros descompuestos, dibujando en sus facciones el desconsuelo y el temor. Una jornada que habría de concluir con la vuelta triunfal de la Virgen de su devoción, estaba marcando una fecha aciaga para la historia de la Cofradía de Zamarrilla. El trono, a fin de minimizar el desastre, aligeraba el paso a tirones cada vez más largos, olvidándose de la campana de órdenes. Las barras de palio se estremecían en un vaivén tembloroso como se estremecía y temblaba el ánimo de quienes presenciábamos aquella angustiosa escena. El público permanecía callado, con el corazón encogido por la catástrofe, muchos con los ojos húmedos o ambas manos tapándose la boca. En esto se oyó una voz por encima del estruendo del aguacero.
Cerrad los paraguas. Cerremos todos los paraguas. Si la Virgen se moja, que también nos mojemos nosotros. Venga ya, cerrad los paraguas de una vez.
Y todos cerramos de inmediato los paraguas, más que por obediencia instintiva, por haber compartido el sentimiento de un grito que rompió el silencio de la decepción. La lluvia caía ahora inmisecorde sobre nuestras cabezas, se deslizaba por nuestros semblantes de estupor y empapaba nuestras ropas. Pero nadie se movió de la baldosa que ocupaba. Cómo moverse de allí. Ni hablar. Ya puestos, había que aguantar a pie firme. Más aún, al estrépito de aquel espantoso chaparrón se unió el de un aplauso unánime, como si en vez de nubarrones la procesión hubiera llegado bajo la luz de las estrellas. Y luego comenzó la gente a actuar con la naturalidad de una benigna noche de verano, y se oyeron y corearon uno tras otro esos vítores que se llevan las vírgenes.
Viva la Virgen de la Amargura. Viva. Viva la Virgen de la Amargura. Viva. Viva la Virgen de la Amargura. Viva. Arriba la Virgen de la Amargura. Arriba. Viva la Zamarrilla coronada. Viva...
Y si algún despistado aparecía con retraso por un callejón para unirse al encierro, en seguida se le conminaba a cerrar su paraguas y mojarse como nos mojábamos los demás.
Ese paraguas, que se cierre es paraguas.
Y el individuo también lo entendía. Y el individuo también lo cerraba. Y el individuo también se unía al coro y a la ovación. Y el individuo también se empapaba de agua de lluvia, como empapados estábamos todos de resignación y de entereza.

28 feb. 2010

Qué crisis ni crisis...

Oye, Edin, ¿te has quedado con la cara de este hombre que acaba de salir?, porque va a ser tu próximo trabajo. Se llama Inocencio García. Pero esta vez te daré instrucciones especiales, ¿vale?, que se trata de un antiguo compañero de estudios. Pobre Inocencio… Bueno…, Inocencio…, en la Facultad lo conocíamos por Chencho. Hasta me ha dado un poco de lástima este Chencho. Fíjate, Edin, para que luego vayan por ahí diciendo que no tengo corazón. Ahora bien, una cosa son los sentimentalismos, y otra muy distinta, los negocios. Porque no deja de asombrarme que de 5 años para acá hayamos coincidido Chencho y yo nada menos que en 3 negocios. Y antes de eso no nos veíamos desde que abandoné la carrera de Económicas. ¿Fue en el tercer curso o en segundo? Bueno, ya no me acuerdo.

El caso es, Edin, que Chencho no iba nada mal en económicas. No se contaba entre los más brillantes de la promoción, pero aprobaba casi todas las asignaturas en junio y con algún que otro notable salpicado en su expediente. Admito que me alegré bastante cuando lo vi entrar en mi agencia inmobiliaria, la que yo regentaba allá por el 2005.

Coño, Pedro, qué sorpresa, joder, quien menos me esperaba encontrarme aquí. Hombre, Chencho, me cago en la puta…, cuánto tiempo, siéntate, por favor, y cuéntame, qué es de tu vida. Pues mira, Pedro no me va nada mal: entre un economista, un graduado social y yo montamos una asesoría de empresas. Por el momento, cruzaré los dedos, acuden los clientes. ¿Y tú, Pedro?, ¿trabajas aquí? ¿Trabajar aquí?, pues claro, Chencho, si soy el dueño, y querrás que te busque una vivienda, ¿no?, vamos primero a ese asunto, y luego nos tomamos unas cervezas en el bar de al lado.

Le vendí un chalecito en esa promoción de la zona norte que me dejó tan buenos dividendos. Y que sepas, Edin, que no me resultó nada fácil convencer a Chencho. Qué asustón se mostraba con eso de embarcarse en una hipoteca que se llevaría más de la mitad de lo que él facturaba con su asesoría. Pero al final, acuérdate, en aquella época picaba todo el mundo, que si el ladrillo era la mejor inversión de futuro, que ese es un dinero que se revaloriza sin parar, que si los tipos no hacen más que bajar, que si se prevé un euríbor bajísimo en pocos meses, que si siempre se cuenta con la opción de renovar el préstamo a un plazo mayor o, en el peor de los casos, se vende sin problemas, que si el mercado está muy activo… En fin, lo de costumbre.

Pero a finales del 2008 me enteré de que lo estaba afectando la crisis. La mayor parte de su clientela había echado el cierre y despedido a sus obreros, lo que le supuso a su actividad una merma importante de ingresos. De hecho sus socios, intuyendo el desastre, se buscaron las habichuelas por otro lado. Según me contó, el graduado social se preparaba unas oposiciones a no sé qué, Secretario de Ayuntamiento o algo así, y el economista consiguió nómina fija en una compañia de seguros. Eso sí que es gente con vista y no el pobre Chencho. Yo mismo, Edin, previendo la nueva situación, me deshice de la inmobiliaria para montar la agencia de reunificación de deudas con la que me fue de perlas. Porque lo que es a mí, desde luego, la crisis me ha venido de perlas. Qué crisis ni crisis. Si es lo que yo siempre digo, que hay que estar al loro, que hay que verlas venir, que la selección natural de la era moderna consiste en eso, en bandearlas, en el quiebro, en el sálvese quien pueda, etcétera, etcétera…

Por eso supe otra vez de él, porque vino a mí apurado por la hipoteca y por el crédito con el que acondicionó el despacho. Y es que Chencho persistía en el convencimiento de que su despacho tenía futuro. Seguiría intentándolo él solo. Desaparecidos sus dos socios, se repartieron el haber en 3 partes, pero él se hizo cargo de todo el debe. Qué infeliz. Eso sí, le conseguí un nuevo crédito con el que también liquidó los plazos del coche y los de la cocina y los muebles y esas cosas. A mí me pareció una locura, pero pensé que allá él. Por supuesto que yo, en su lugar, habría cambiado de tercio. Sin ir más lejos, en cuanto comenzaron los bancos a cerrar el grifo, me puse a pensar en el mejor recambio para la agencia de reunificación de préstamos. Por eso monté este negocio de cobro de deudas.

Y mira por dónde, Edin, de nuevo ha venido hoy a tratar conmigo. Me lo temía. En cuanto vi su nombre entre los mororos a los que les envío el cobrador del turbante, supe que entraría por esa puerta pidiéndome piedad. Confieso que me han conmovido sus lloriqueos, aunque sean los mismos que me sueltan todos: que si solo está pasando un bache, que si tiene en perspectiva un importante cliente que lo sacará del apuro, que si hiciera la gracia de ampliarle algún plazo, un par de meses, uno, al menos… Me ha dado lástima. Ya te lo dije antes, Edin, que aquí dentro del pecho también tengo corazón. Pero el acreedor es quien nos paga y quien nos ha solicitado el servicio. Nosotros nos debemos siempre al acreedor y no al moroso, por muy amigo de uno que este sea.

Así que, ya lo sabes, Edin, este es tu próximo trabajito: Inocencio García. Toma su dirección y la de su oficina. Hazlo esta noche. Eso sí, teniendo en cuenta que se trata de un ex compañero de carrera, no le rompas las 2 piernas. Con una es suficiente. Hazme ese favor, Edin, solo una pierna. Y sé rápido. Que no sufra.

Pobre Chencho. Qué lástima me da que no haya sabido adaptarse a la crisis.

21 feb. 2010

Oiga, ¿Es ahí la Paz? Aquí Gila

Nunca he sido amigo de que los proyectos educativos se cambien a la par que los gobiernos, y apenas si duren lo que una o dos legislaturas. Mi larga experiencia como alumno y como profesor me ha llevado a concluir que, desde la implantación de un plan de estudios hasta que este acaba por funcionar han transcurrido 15 ó 20 años. Y 20 mejor que 15. Sin embargo, cuando se empezó a hablar de la última reforma, esta que sustituirá por grados y másteres lo que antes eran licenciaturas e ingenierías, se planteó una medida que me resultó muy apropiada. Me refiero a la confección de un catálogo de titulaciones que pusiera un poco de orden en el crecimiento absurdo del número de títulos. Porque se había llegado al punto de que se estaban convirtiendo en nuevas titulaciones lo que, con buen juicio, consistirían en simples especialidades de otras ya existentes, o meras ampliaciones de enseñanzas más cercanas a la formación profesional que a la universitaria. Como suele acontecer, aquello de un catálogo de titulaciones tirando a parco se fastidió. Si se anunciaba que se iba a suprimir tal titulación, las protestas de los colectivos implicados impelían al legislador a dar marcha atrás. ¿Resultado? Ahora hay más titulaciones que antes. Es de una de ellas, queridos amigos, de la que os quiero hablar en este post.

Se trata del Máster Interuniversitario en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos humanos. Sí, sí, habéis leído bien: 11 palabras. Añoro la época en la que con 3 ó 4 era más que suficiente: Licenciado en Física, Doctor en Filología Española, Ingeniero Industrial… Cuando escuché la noticia de que habían echado atrás ese Máster en la primera convocatoria, pero que la Junta de Andalucía había terminado por aprobarlo, lo busqué en Internet. Me picaba la curiosidad. ¿En qué consistirá ese título tan sonoro? ¿Qué puñetas se estudiará allí? ¿A quién se le habrá ocurrido que el pacifismo sea objeto de aprendizaje universitario? Porque yo creía que el pacifismo es una opción personal, una cuestión ética, si queréis, pero no algo en lo que haya que entrenarse mediante la memorización de libros, realización de prácticas o consultas bibliográficas. ¿Será que existe un proceso de aprendizaje tras el cual salen pacifistas quienes se someten a él? ¿Acaso este máster logra formar a mediadores especializados en evitar las guerras?

Cuando quise consultar el profesorado que se encargaría de la docencia, en lugar de un puñado de nombres, tuve que girar la ruedecilla del ratón para completar varias pantallas llenas de expertos. Con claustro tan nutrido y por mucha matrícula que se prevea, seguro que cabrán a 15 ó 20 profesores por alumno. Otra sorpresa me llevé al leer los objetivos del máster:

Su objetivo fundamental es la formación de estudiantes cualificados para el análisis y comprensión de las realidades presentes y la construcción de futuros pacíficos, dotándoles de recursos intelectuales competentes para asesorar en las materias objeto de estudio, a aquellas instituciones y organizaciones que lo demanden.

Toma ya. Ay, si Gila aún viviera entre nosotros... Qué gran sketch compondría con ello... Me imagino al inmortal humorista en el escenario, con el teléfono a su derecha y caracterizado de presidente de un gobierno cualquiera.

Qué lata de guerra, ¿verdad? Estoy ya tan harto de la guerra como de las misiones humanitarias. Y es que se me va medio presupuesto del Estado en tanques y en tiritas. De hoy no pasa que acabe con la guerra. Así que ahora mismito busco en las páginas amarillas algún titulado en Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos humanos. A ver..., anda, en el barrio solo hay 3. De este tal Adolfo Matamoros no me fío ni un pelo. Y no lo digo por Matamoros, sino por Adolfo, porque hubo un Adolfo que la lio buena en el siglo XX. ¿Y este?, Napoleón Bailén Arapiles. Menos. Ah, este creo que servirá: Cándido Banderas Blanco. Lo telefoneo de inmediato.

Oiga, ¿es usted el Máster en Cultura de Paz? Sí, señor, Cándido Banderas Blanco para servirle, ¿qué desea? Pues verá, Cándido, soy el Presidente, y es que tengo un engorro de guerra que me quiero quitar de encima de una vez, que entre tanto funeral y tanto parte y tanta reunión con los generales, que no se puede usted imaginar lo pesaditos que se me ponen los generales, pues no doy abasto. Ah, no hay problema, Presidente, ha llamado usted a un experto, ya he perdido la cuenta de las guerras en las que he mediado. Si quiere, le remito mi currículum por e-mail. No, no hace falta, Cándido, me corre prisa el asunto. Si es así, Presidente, ¿para cuándo quiere usted que intervenga? Pues lo antes posible, Cándido. A ver si puede ser antes de que acabe esta semana, porque la próxima tengo un viaje oficial a Poligonia. Bueno, Presidente, déjeme que consulte mi agenda..., el jueves y el viernes ya los tengo comprometidos con otras guerras, ¿le viene bien el miércoles, por ejemplo? Vale, el miércoles mismo, pero a ver si puede ser por la mañana, que por la tarde tengo que inaugurar un parque eólico. Ah, y mándeme primero un presupuesto, por favor, no se me vaya a poner el asunto en un pico, porque con la dichosa guerra se me ha ido ya un dineral. Contenta tengo a la Ministra de Hacienda... ¿Cobra usted muy caro, Cándido? No, qué va, ya lo comprobará: facturo un fijo por guerra y un tanto por muerto que se lleve contabilizado. Además, las víctimas civiles se las cobro a mitad de precio que las víctimas militares. Y por los prisioneros no se preocupe, que los tengo en oferta: ha tenido usted suerte, Presidente, hasta fin de mes no cobro por prisioneros. Una bicoca, se lo aseguro, y no como otros Másteres en Cultura de Paz que son unos abusones. No, si me fío de usted, Cándido, pero..., una última cosa, ¿y la garantía? Pues tiene usted dos años de garantía, Presidente. Si su guerra se reactiva antes de 2 años, le devolvemos el dinero.

Visto así, queridos amigos, quizás el Máster en Cultura de Paz se postule como una profesión con futuro.

20 feb. 2010

Más reformas en el Blog

Perdonadme, queridos seguidores del blog, si he tardado mucho tiempo desde la última entrada que subí. Pero es que el mes de febrero me ha mantenido demasiado ocupado en otros asuntos. Eso sí, antes de que se me olvide, vaya aquí mi agradecimiento a quienes habéis votado por esta página en el II Premio SUR.es, concurso de la que fue finalista. No sé si habréis advertido que no ganó. La vencedora fue ERROR 500, a cuto autor por supuesto que felicito. Sin embargo, me satisface el solo hecho de haber competido.

Por otro lado, os anuncio que quienes diseñan el blog, Luis Castellón y Hollie Kay, están trabajando para modificar de nuevo el formato. Según me cuentan, quieren que la palabra sea el elemento principal, por encima de enlaces, imágenes, gráficos y otras florituras. Pronto veréis los resultados.

Y nada más. Como fórmula de despedida solo se me ocurre expresar, por si sirve de algo, mi deseo de que escampe de una vez. Ya esta bien de tanta lluvia. ¿no?, que parece que las borrascas, conforme llegan al golfo de Cádiz, piden la vez: ¿quién es la última? Si sigue esto así, tendré que recurrir a las pastillas para la depre.

20 ene. 2010

Lástima de bisturí

Hace tiempo leí, no me acuerdo dónde, un interesante artículo sobre el mecanismo que nos lleva al sueño. Según se afirmaba allí, una reminiscencia del pasado arborícola de la especie de la que, a golpe de evolución, procedemos consiste en que nuestro cerebro no anula el sentido del equilibrio mientras dormimos. Como prueba de ello, piénsese en que todos somos capaces de permanecer horas y horas sumidos en el sopor, justo en el borde del colchón, de lado, en una postura precaria, y raro que acabemos en el suelo. Controlamos a la perfección, incluso en pleno letargo nocturno, los débiles movimientos que nos mantienen nivelados sobre la cama. ¿La razón evolutiva? Lógica: lo más seguro para pasar la noche en una selva plagadita de animales carnívoros es refugiarse en la copa de un árbol. El individuo que no logra mantenerse arriba y se desploma no transmitirá a su descendencia unos genes en los que no se refleja la habilidad de descansar encaramado a una rama.Sin embargo, la fisiología del ser humano cuenta con cierto inconveniente. Tanto el oído como la equilibriocepción (palabreja que designa al sentido del equilibrio) reciben señales de órganos situados ambos en el mismo lugar del cráneo. Así, el estudio al que me refiero concluye con que, cuando nuestro cerebro ha de desconectar la recepción de ruidos como etapa imprescindible para entrar en el sueño, a veces se confunde suspendiendo también la vigilancia de nuestra estabilidad. Me resultó muy curiosa la explicación de esos repullos, esos sobresaltos que en ocasiones nos despiertan de golpe: patada a las sábanas, incorporación súbita del cuerpo, pelota de baloncesto botando dentro del pecho: y que casi siempre se acompaña de la visión onírica de nosotros mismos envueltos en el vértigo de una caída.De algo relacionado con esto es de lo que os quiero hablar hoy, queridos amigos de este blog. Veréis. Años llevo siguiendo la misma rutina tras el almuerzo. Mi mujer y yo sintonizamos un informativo en la televisión. En cuanto comienza la sección de deportes, nos pasamos a La 2, pues ambos nos contamos entre los seguidores de Saber y Ganar. Y justo tras despedir el presentador a los concursantes, me tumbo en el sofá, boca arriba, con los ojos cerrados y las manos entrelazadas sobre el torso. La siesta no perdona. Mi subconsciente actúa con tal rapidez y eficacia, que con frecuencia ni siquiera llego a percibir la sintonía con la que se cierra el concurso. O sea, casi una catalepsia fulminante. Los que asisten a este fenómeno aseveran que el ronquido no tarda en aparecer más de un par de minutos. Y luego, a las cinco menos cinco, otro dispositivo neuronal extraordinario me despierta a fin de tomarme el té, cómo no, a su hora.Pues bien, este maravilloso engranaje biológico que os acabo de describir está siendo perturbado últimamente. Y es que mi esposa, armada con el mando a distancia, zapea: pér-dó-ná, pér-dó-ná: una voz electrizante se cuela por mi oreja: ¿nó-té-jó-dé?: proviene del televisor, ahora convertido en terrorífico instrumento de castigo: ¿vá-lé?: no habla de corrido, sino que silabea convirtiendo en tónica cada fonación: pér-dó-ná, pér-dó-ná: acentuando todas las vocales: ¿nó-té-jó-dé?: aticulando con saña los signos de interrogación: ¿vá-lé?: con una frecuencia en hercios y un timbre ferroviario que raya el umbral de la sensibilidad humana. Mi cerebro lucha: Alberto, no hagas caso: se obstina en abstraerse de embates tan despiadados: si tú coges el sueño en seguida: mis conexiones sinápticas prueban todo tipo de combinaciones con las que neutralizar aquellas espantosas estridencias: concéntrate de una vez, Alberto, que no se diga…, hombre.
Os juro, apreciados internautas, que esos alaridos en nada se parecen a los cantos de sirenas que encandilaron a Ulises. Qué espanto.

Pero la cosa no queda ahí. Si se da la afortunada circunstancia de que se calla esa histérica, entonces mis pabellones auditivos reciben el ariete de una melodía diabólica: y es que yo soy un tsunami: una canción sin duda concebida para la tortura: yo soy una chica in: ni los médicos de Mauthausen habrían compuesto tan refinado tormento: y es que soy algo imparable: mi columna vertebral se agita convulsionada por ramalazos de 220 voltios: no te puedes resistir: el estómago se me encoge, sudo, tiemblo: y es que yo soy un tsunami: casi prefiero que un tsunami de verdad me arranque del diván y me libre de escuchar ese sonsonete. El sonsonete ramplón de una chica in, in de infame, que, si triunfa, servirá a Europa de coartada para expulsarnos del continente.

Reflexionando sobre esta circunstancia, creo que es mi cerebro el que se niega a desconectar del todo el sentido del oído. Tal vez advierta en estos sonidos que salen de la televisión el peligro atávico de los depredadores. En un mecanismo de autodefensa cuya comprensión se me escapa, quizá considere mi mente que he de mantenerme alerta, que no me conviene dormirme ante el posible ataque de una fiera. Puede que se trate de eso. Porque ese pér-dó-ná, pér-dó-ná lo tengo metido en el bulbo raquídeo: pér-dó-ná, pér-dó-ná: como esos soniquetes con los que uno se levanta y ya no puede de dejar de tararear durante todo el día: pér-dó-ná, pér-dó-ná: se me descompone el cuerpo con su sola evocación: pér-dó-ná, pér-dó-ná: náuseas, mareos, malestar físico: pér-dó-ná, pér-dó-ná. Lo dicho, puede que se trate de un mecanismo subyacente de autodefensa.

Y eso que no tengo nada en contra de Belén Esteban. De hecho, el verano pasado le dediqué una entrada laudatoria en este mismo blog. Si queréis recordarla, pinchad aquí. De lo que sí que me lamento es de que, ahora que se ha sometido esta moza a la operación de estética más importante del milenio, no le hubiera temblado el pulso al cirujano. Me lamento de que, en plena faena, no le sobrevino al especialista un providencial estornudo que causase un tajo rotundo a las cuerdas vocales de la paciente. Me lamento de que al profesional, mientras retiraba grasa de la papada, no se le hubiese ido un poco la mano en la extirpación.

Ay, lástima de bisturí…

14 ene. 2010

El Juego de tu vida (II)

No sé si os acordaréis, amables lectores del blog, que hace algo más de un año dediqué una entrada de este sitio web al espacio El juego de tu vida de la cadena Telecinco. Hoy pretendo comentaros la última de sus emisiones, la del pasado miércoles. Para quienes no conozcáis la mecánica de ese concurso o deseéis releer mi primer artículo, podéis pinchar aquí.

En aquella ocasión, mi afición a ese programa la achaqué a cierto componente sádico de mi personalidad, cierto regodeo en el sufrimiento ajeno, quizás un poso del cerebro de reptil sobre el que después evolucionaría el del homo sapiens y que, por fortuna no aflora en mi comportamiento más que delante de la pantalla del televisor. Porque El juego de tu vida supone, en la práctica, rescatar de la Edad Media el castigo de la picota, el rollo, la columna erigida en la plaza mayor y a la que se ataba al condenado durante días para befa y escarnio de esas gentes de bien que unos llaman populacho. Creedme: es así. Aunque la productora intente disfrazarlo de una especie de terapia sicológica a la que se somete el concursante por voluntad propia, el infeliz jugador, magnetizado por la zanahoria de una recompensa en metálico, se ata a sí mismo al rollo medieval del oprobio público para disfrute de los telespectadores.

Si habéis visto alguna vez el reality, sabréis a lo que me refiero. Bien el participante, bien los 3 ó 4 familiares o amigos que le acompañan, bien todos en cuadrilla acaban en evidencia, humillados, deshonrados, descubiertos en faltas inconfesables, puestos en ridículo y desprovistos de cualquier asomo de dignidad o de prestigio: en definitiva: dije entonces: como el culo. Acaban como el culo. Y en la mayoría de las ocasiones, regresan a sus casas sin llevarse un céntimo o con una cantidad que no saca de pobre a nadie.

Pues bien, este jueves, por primera vez, sentí compasión de uno de los concursantes. Sufrí viéndolo sufrir. Pobre tipo. Se trataba de un hombre joven, de unos 30, enjuto, facciones afiladas, aspecto alocado, tirando al biotipo del delincuente, pero de esos delincuentes de medio pelo que caen simpáticos. En el sofá del plató se sentaron su mujer, su madre y un amigo. Todos recibieron su parte. Y encima, el joven no daba la impresión de poseer demasiada inteligencia pues no entendía giros normales del lenguaje. A preguntas como ¿serías capaz de recordar los nombres de todas las mujeres con las que le has sido infiel a tu esposa?, meditaba unos segundos, fruncía el ceño, y luego le pedía a Emma, la presentadora, que se la formulase de nuevo.

Os informo, apreciados amigos, de que este desgraciado no recordaba los nombres de aquellas con las que cometió adulterio, se supone que por su abultado número. También contestó, con lágrimas en los ojos, a otras cuestiones que sacaron a la luz lo peor de sí mismo.

Emma: ¿Dejarías a tu mujer si supieras que te ha sido infiel?
Concursante: Sí
Voz en off: Eso es..., verdad.

Emma: ¿Consideras que tu madre se enorgullece de tu afición al alcohol?
Concursante: No.
Voz en off: Eso es..., verdad.

Emma: ¿Te has gastado en sustancias ilegales el dinero destinado a la comida de tu hija?
Concursante: Sí.
Voz en off: Eso es..., verdad.

Emma: ¿Estimas que eres digno de tener la esposa que tienes?
Concursante: No.
Voz en off: Eso es..., verdad.

Emma: ¿Opinas que tu madre tuvo suerte al tenerte como hijo?
Concursante: No.
Voz en off: eso es..., verdad.

Y en cada una de sus manifestaciones, en sus gestos, en su intento de contener el llanto, en el rictus de sus labios contraídos en un punto se adivinaba el remordimiento, la autoinculpación, la consciencia de un fracaso... Era obvio que, mientras meditaba la respuesta, pensaba para sus adentro: qué mierda de persona soy, qué despreciable, vaya una vida que le doy a quienes me quieren... Y el colmo del patetismo aconteció cuando le preguntaron si su hija merecía un mejor padre. Con un ademán desvalido, aguantando en silencio durante unos instantes interminables, casi un minuto, el infausto protagonista acabó por pedir auxilio a su familia. Extendió un brazo tembloroso y balbuceó una súplica: el pulsador, por favor, dadle al pulsador, porque ni yo mismo lo sé...

De otros concursantes jamás aprecié que se dieran cuenta del vilipendio y el descrédito de que eran objeto. Más bien se les veía convencidos de que aquellos pecadillos que confesaban se considesarían como travesuras encaminadas a obtener el premio. Pero este desdichado del miércoles noche, pese a sus aparentes pocas luces, sí que experimentaba una auténtica desazón. Pobre tipo. Ya lo dije antes. Incitaba a la lástima. Qué mal lo pasó. Y yo con él. En verdad que me sentí fatal, que me solidaricé con su castigo, que me afligió su inmolación. Me entristeció la escena en que un hombre era denigrado ante las cámaras y trasmitida su vergüenza a los 4 puntos cardinales con el solo objeto de proporcionarnos una cruel diversión a quienes sintonizábamos Telecinco a eso de la una de la madrugada.


Conseguidos 5.000 euros, la presentadora le lanzaba anzuelos para que siguiera adelante: ten en cuenta que puedes doblar tu dinero: lo animaba a proseguir: solo tienes que contestar con sinceridad a 3 preguntas. En contra de lo que me suele suceder, mentalmente le gritaba: no sigas, párate ya, ya está bien de hacer el ridículo. Menos mal que se aferró a un rasgo de sensatez: no, Emma, prefiero dejarlo aquí: menos mal que fue más listo de lo que dio a entender: no me atrevo a continuar, Enma: menos mal que él mismo tiró la toalla y se plantó: lo dejo, Emma, me hace mucha falta el dinero, pero mejor lo dejo: aunque ya desarmado por completo, grogui, vencido en el combate, perdida la estima, escarnecido, con 5.000 euros en el bolsillo que maldecirá durante el resto de su existencia, abochornado, mortificado, vapuleado por la verdad.

Dos novedades

Hacía tiempo que no incluía en este blog dos anuncios consecutivos.

Por un lado apreciados amigos, sabed que el próximo 18 de febrero, dentro del programa Circuito Literario Andaluz y en la ciudad de Marbella, tendré la ocasión de departir con los lectores de mis obras durante una hora. El acto se llevará a cabo a las 18:00 en la Biblioteca Pública Municipal Caballero Bonald. Os invito a asistir a quienes viváis por allí. Pasaremos un buen rato. Prometo no aburrir.

Por otra parte, me ha sorprendido con agrado el hecho de que este blog haya sido seleccionado como finalista de los "II Premios SUR.es" en la categoría de páginas personales. En relación a esta circunstancia, SUR me realizó una entrevista que podéis leer pinchando aquí. Según la mecánica del concurso, ahora le toca el turno de pronunciarse a los internautas como vosotros.

Si queréis votar, aquí tenéis el enlace.

8 ene. 2010

El Secreto comercial de McDonald's

No me lo podía creer hasta que no lo comprobé esta mañana. Ya sabéis, queridos lectores de este blog, que no suelo bromear con los sucesos extraordinarios. Y este que me propongo narraros, es extraordinariamente extraordinario. Ahora me explico el empeño que puso el gerente, o el representante o el abogado, ya no recuerdo con exactitud lo que era, de la multinacional McDonald's para radicar una sucursal de la famosa hamburguesería en los bajos del bloque de pisos en el que viví hasta finales del XX. Quienes conozcáis Málaga sabréis a cuál me refiero: al que se halla en una de las esquinas de la plaza de la Solidaridad, justo a mitad de camino entre los centros comerciales Larios y Vialia.

En aquel entonces, los vecinos creíamos que McDonald's había elegido nuestro edificio por lo estratégico de su ubicación, justo entre dos grandes complejos de ocio. Sin embargo, sus técnicos no contaron con que a nosotros no nos hacía la menor gracia que instalasen sus tremendos aparatos de aire acondicionado en la planta diáfana en la que jugaban nuestros hijos y, encima, la agujereasen para asomar por ella la espantosa chimenea que vomita humos 12 horas al día desde un nivel más bajo que el de nuestras ventanas. Y el aroma, imaginaos, no sería precisamente de Ô de Lancôme. Lo malo del asunto es que, años atrás, antes incluso de la entrega de llaves a los compradores, el promotor inmobiliario había incluido unas cláusulas en el reglamento de la Comunidad de Propietarios que autorizaba a la multinacional del colesterol a cometer tamaño atropello. Fuimos a juicio. El pleito se alargó, como siempre, meses y meses pues cada parte demandó a la otra. No nos explicábamos la tenacidad de McDonald's por establecerse allí, en vez de probar con algún otro inmueble cercano. Porque locales libres había muchos.

Al final el asunto se arregló con un acuerdo. McDonald's renunciaba a ocupar la planta diáfana a cambio de que la autorizáramos a pasar sus tubos, a través de uno de los patios interiores, hasta la azotea. Allí no molestaban ni la chimenea ni las bombas de calor. En contrapartida, McDonald's nos regaló unas reformas en el portal e indemnizó en metálico a los vecinos a quienes se les quitó algo de luz. Retiradas las denuncias, ahí está el McDonald's. Si os acercáis por allí, veréis cómo aflora por encima del bloque el ojo de una especie de periscopio gigantesco.

¿Fin de la historia? Qué va. Ahora viene lo más impresionante. Ha llegado a mi conocimiento, por cauces que no revelaré, el secreto comercial de esta empresa fundada por los hermanos Mac y Dick McDonald en 1940, la fórmula que les ha proporcionado éxitos y más éxitos durante más de medio siglo. Según me aseguraron, hay puntos del planeta que disfrutan de ciertas propiedades que ninguna ciencia consigue explicar, puntos denominados atractores digestivos. Se reconocen por síntomas muy curiosos. Por ejemplo, en un perímetro de 5 metros a su alrededor, instrumentos muy sensibles detectan un gradiente geomagnético infinitesimal. También sorprende que determinadas personas, en concreto los varones noruegos que sean zurdos y pelirrojos y no superen el 1,65 de estatura, experimentan un ligero escalofrío en los antebrazos cuando se acercan a un atractor digestivo. La fuente por la que conozco este extremo sí que puedo hacerla pública pues tan extraña eventualidad fue investigada por el célebre escritor americano Richard Wallace al advertir que la plantilla de ojeadores de McDonald's respondía a un biotipo inusual. Y la última de las cualidades de los atractores digestivos, la que los entendidos llaman invariabilidad de recorrido pseudoaleatorio, es la que he comprobado esta mañana. Consiste en seguir el siguiente algoritmo:

1. Salir de casa y mirar el reloj.
2. Si la aguja del minutero señala un minuto par, andar hacia la derecha. Si no, a la izquierda.
3. Caminar a paso natural contando el número de zancadas desde cero.
4. Detenerse al llegar a una intersección.
5. Si el número de pasos que lleva es par, tomar la derecha, y si es impar, la izquierda, claro está, siempre que sea posible, ya que alguna de las vueltas quizá no pueda transitarse.
6. Volver a la instrucción 3.

Así lo hice, apreciados amigos. Al cabo de media hora, me vi en la mismísima puerta del McDonald's de mi antiguo domicilio. Incrédulo, me llegué a casa de mi hermano y repetí la experiencia. El algoritmo de arriba me llevó derechito a otro McDonald's, este el de la Plaza de la Marina. Insistí. Cogí el coche, aparqué en Segalerva y consulté la hora. Ya en la acera, me atuve a las 6 instrucciones relacionadas. ¿Adivináis dónde terminé? Exacto: en el McDonald's del Centro Comercial Rosaleda.

Probadlo vosotros. Veréis que no falla.

7 ene. 2010

Reportaje de Canal Sur

Esta tarde, Juan Carlos, uno de mis compañeros de la Sociedad Malagueña de Astronomía, nos ha enviado un e-mail a los socios comunicándonos que ha colgado de YouTube el reportaje que nos realizó hace meses Canal Sur y que se emitió en el programa Los Reporteros a finales del año pasado.

La verdad es que, aparte de algunas licencias científicas acerca de estrellas fugaces vistas a través de prismáticos, pero que solo pasan por delante de uno de los ojos, ha quedado un trabajo simpático y atractivo.

Podéis verlo en el enlace

http://www.youtube.com/user/astromalaga

Advertiréis que me encontraba aquella noche haciendo fotos astronómicas con mi equipo. Aquí os cuelgo dos de ellas:

Arriba a la izquierda, la nebulosa IC 5146 (Cocoon) y la derecha galaxia M74.

Y a ver si escampa de una puñetera vez y puedo salir de nuevo al campo. Vive Dios.