2 jun. 2010

La dolce vita

Ayer asistí a la presentación del libro La dolce vita, una antología poética en la que Paco Ruiz Noguera ha recopilado textos relacionados con el cine de unos 200 autores españoles. Paco resaltaba anoche el hecho curioso de que, aunque comenzó su labor hace unos 15 años y en todo este tiempo nunca pensó en un título distinto del de La dolce vita, ha sido ahora, en el cincuenta aniversario del clásico de Fellini, cuando ha recibido el bautizo de la imprenta tras varios intentos frustados de publicación. ¿Era este entonces su destino? Seguro que sí. El acto transcurrió acorde con el ambiente intimista que suele reinar en las presentaciones de los libros de poesía. Bueno, y también me recordó, dado el símil cinematográfico, el solazamiento distendido que se respiraba en los desaparecidos cines de verano. Aprovechando que el libro se presentó en la cafetería del Hotel Málaga Lario, que se prolonga hacia un patio descubierto, el público bebía y fumaba y cambiaba de postura y entraba y salía con la misma libertad y desparpajo con los que despachábamos aquellas mágicas noches de agosto de programa doble y sesión continua.

Al finalizar me acerqué a felicitarlo, no solo por el alumbramiento de una obra bien editada, y de la que procuraré comprar un ejemplar, sino porque Paco ganó el mes pasado el XXX Premio Juan Ramón Jiménez de Poesía. También le di las gracias por haberme incluido en una sección de La dolce vita que, continuando con el homenaje felliniano, encabezó como 8 ½ trailers narrativos malagueños.

Y es que, como contrapeso a la poesía, Ruiz Noguera ha incluido en la antología 8 (y medio) breves fragmentos de sendos narradores, ya nacidos en Málaga, ya asentados en esta ciudad. En concreto ha seleccionado, a modo de trailers, párrafos de Antonio Soler, de José Antonio Garriga Vela, de Guillermo Busutil, de Alfredo Taján, de José Luis González Vera, de Juan Francisco Ferré, de Pablo Aranda, de Juan Antonio Vigar (el medio tráiler, según confesó allí mismo) y míos. La verdad es que resultó una sorpresa muy agradable para mí verme compañero de página de algunos de los escritores de mi culto. Vaya aquí mi agradecimiento a Paco por depararme semejante honor. Y eso que Paco y yo apenas si hemos mantenido trato en los últimos años. Desde los tiempos del grupo Banda de mar no volví a coincidir con él hasta julio de 2008, precisamente en la presentación de otro libro que comenté en una entrada de este sitio web (pínchese aquí para leerla).

Hoy, redactando estas línas, me ha picado la curiosidad por saber qué constancia hay en Internet de aquel grupo: Banda de mar. Google solo detecta 3 ocurrencias: la de mi blog, una mención en la biografía de Antonio Gómez Yebra, y otra en la de Francisco Selva López. Por eso me gustaría enriquecer la Red aportando alguna información.

El grupo Banda de mar fue fundado por jóvenes artistas de la ciudad, poetas, músicos y pintores, pero, sobre todo poetas. Con aquel nombre se quiso evocar a la célebre revista Litoral, bandera de la generación del 27, que aún sigue viva. Sus actividades se resumen pronto:

1) Tertulia literaria un día a la semana.
2) Publicación trimestral de una revista con obras de los integrantes de Banda de mar
3) Publicación anual de un número extraordinario dedicado monográficamente a uno de los miembros del grupo.

Nunca sobrepasamos la decena de personas. Aparte de los ya mencionados Paco Ruiz Noguera , Antonio Gómez Yebra y Francisco Selva, recuerdo a Enrique del pino, a Antonio García Velasco, a Antonio Abad, a Jesús Parra… Y a Miguel Gómez Yebra, claro, pues, siendo amigos desde el bachillerato, ingresamos a la vez en Banda de mar. Cuando nos incorporamos Miguel y yo a las tertulias, estas se celebraban en el Café Español. Pero aquello duró poco. ¿Cerró el establecimiento? Tal vez. Mi memoria, algo confusa, me lleva después a aquel pub que se puso tan de moda, Pepe Leche. Y, más tarde, a otro pub de la Malagueta todavía más caro. Al menos a Miguel y a mí nos parecía muy caro. Ni él ni yo trabajábamos, aún nos encontrábamos cursando nuestras carreras ya que éramos los alevines del grupo. Además, las publicaciones de Banda de mar no se costeaban solas. Había que aflojar 20 duros por cabeza cada vez que nos reuníamos. Esas 100 pesetas nos suponían a Miguel y a mí un agujero negro en nuestro presupuesto de estudiantes. Pero resistíamos semana a semana esperanzados en que el próximo número monográfico de la revista se dedicaría a uno de los dos. Porque ese era nuestro objetivo al integrarnos en Banda de mar: publicar como fuera…, publicar como fuese… Publicar, publicar y publicar.

En una de las tertulias vespertinas llegó el momento en que se decidiría cuál de los miembros de Banda de mar monopolizaría el número extraordinario. Puesto que han transcurrido más de 25 años desde aquello, supongo que no violo la confidencialidad de las deliberaciones, sino que, por el contrario, quizás esté aportando datos valiosísimos a la historia de la literatura. No sé quién propuso a Antonio Gómez Yebra. Sí que estoy seguro de que Miguel me propuso a mí, y yo lo propuse a él. Cada cual escribió el nombre de su preferido en un papelito para la votación secreta. El escrutinio, poco emocionante, arrojó el siguiente resultado:

Alberto Castellón —> 1 voto
Miguel Gómez Yebra —> 1 voto
Antonio Gómez Yebra —> El resto de los votos

O sea, Miguel me votó a mí, y yo le correspondí con mi voto, mientras que todos los demás se decantaron por Antonio Gómez Yebra. Miguel y yo nos caímos simultáneamente del burro. Estimando, con mayor realismo, la cantidad de cuotas de 20 duros que habríamos de abonar hasta que nos tocase a alguno de los dos acaparar el número monográfico anual, hubimos de renunciar a aquella sangría, inaguantable para nuestro bolsillo.

1 comentario:

  1. Andrés Fornells2 jun. 2010 22:20:00

    Es saludable desenterrar nostalgias y darles de nuevo vida a los recuerdos más o menos entrañables. Por unos instantes uno se quita años de encima. ¡Lástima que no pueda ser quitárselos para siempre!

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