30 oct. 2010

El puñetero cambio de hora

Cuando la estupidez se convierte en tradición, qué difícil es, no solo combatirla, sino al menos hacerla patente. Y de estupidez califico, queridos seguidores de este blog, al puñetero horario que rige en España. Aquí sufrimos una doble estupidez, la del huso horario y la del cambio de hora. Vamos por partes. Este pasado mes de marzo se cumplieron 70 años del primero de los dos desatinos. Y es que Hitler, conquistado un buen trozo de Europa, desde los Pirineos hasta la frontera rusa, decidió que todos los relojes de sus posesiones marcasen la hora de Berlín. Casi de inmediato, no se sabe por qué razón aunque se intuya, la España recién salida de la guerra civil se sumó al horario del III Reich. Y desde entonces tenemos que vivir al menos una hora por delante del Sol, que es quien dirigía nuestra vida de acuerdo al ritmo que la evolución impuso en el organismo de la especie humana.
Y mira que ha habido gobiernos de signos muy distintos en todo este tiempo…, ¿eh? Incluso un cambio de régimen. ¿Ningún gobernante ha caído en la cuenta de que el meridiano de Greenwich pasa por Castellón de la Plana?, ¿de que en Salzburgo, durante los equinoccios, amanece una hora antes que en Madrid?, ¿de que mientras en Nápoles se encienden las farolas de las calles, en La Coruña todavía se pasea con gafas oscuras?
La geografía le ha asignado longitud Oeste a la mayor parte del territorio nacional. Estamos en el mismo hemisferio que el Reino Unido, Irlanda y Portugal. Nuestra hora es, por tanto, la de Londres, no la de Berlín.
Y encima hemos de soportar un cambio de hora estacional aún más absurdo.
La idea se le ocurrió a Benjamin Franklin en 1784, quien argumentaba que se ahorrarían velas. La puso en marcha el kaiser Guillermo II en 1916 con el propósito de ahorrar carbón. Y por último se generalizó durante los años setenta para ahorrar petróleo. Pues bien, ni velas ni carbón ni petróleo. Basta ya de cuentos y de milongas. No se ahorra nada. Rien de rien, vamos. Cuando las autoridades dan la cifra del supuesto ahorro, resulta que se obtiene una cantidad ridícula: 6 euros por hogar. En mi caso, 1.5 euros por cabeza. Además, estas cifras oficiales son meras estimaciones, cálculos de Gran Capitán supervisados por ojos de un buen cubero. Un estudio científico requeriría de comparaciones con las épocas en las que no se llevaba a cabo el cambio de hora, algo imposible aquí por la lejanía de aquellos tiempos.
El único estudio serio (enlace al artículo) que conozco sobre el particular, a cargo de M. J. Kotchen y L. E. Grant, contradice la creencia general. Estos dos profesores de la Universidad de California aprovecharon para su invetigación que el Estado de Indiana no adoptó el cambio de hora hasta 2006 para poder cotejar el antes con el después. Tras miles de millones de datos sobre el consumo de los hogares acopiados durante tres años concluyeron con que cambiar la hora estacionalmente supone un aumento medio del gasto energético de un 1%. Toma ya. Lo dicho. Basta de milongas.
Y en el peor de los casos, en el de que se ahorra 1.5 euros por español, ¿quién no los ingresaría con sumo gusto en las cuentas del Estado si con ello no le transtornan la vida? Habría también que poner en el otro plato de la balanza las horas de trabajo perdidas por quienes no ajustaron el despertador o se quedaron dormidos, los accidentes laborales o de circulación provocados por la somnolencia, la asistencia sanitaria de los afectados por el jet lag, etcétera. Seguro que ese euro y medio se convierte en gasto, en vez de ahorro.
Antes hablé de la longitud. Y ahora le toca a la latitud. A mis alumnos de astronomía les hago el cálculo en clase. Auxiliado por el cañón de vídeo, les muestro en una hoja Excel cuál es la diferencia media a lo largo del año entre las horas diarias de luz y las de oscuridad a distintas latitudes. En España esta diferencia resulta despreciable. Cuanto más al Sur, más parejos son los días y las noches. A lo mejor en países muy septentrionales este incierto cambio de hora pudiera tener algún sentido, pero aquí, desde luego, no tiene ninguno.
Y en España, el cambio horario se junta con la inadecuada hora de Berlín para jodernos del todo. Mientras los niños de Belgrado van de día al colegio, los escolares de Oviedo o de Huelva salen de su casa en plena noche. Y en verano, salvo en las frescas regiones bañadas por el Cantábrico, en el resto de España peninsular no hay quien pueda darse un paseo antes de las 10 de la noche. Cualquiera es el guapo que pone un pie en la calle con un Sol que derrite los sesos.
Lo repito, cuando la estupidez se convierte en tradición…