27 sept. 2008

El juego de tu vida

En mi casa se ríen de mi afición a este programa de Telecinco. Soy el único que lo ve. Tampoco conozco a enganchados entre mis amistades. Esta circunstancia, unida a la hora intempestiva a la que se emite, me llevan a deducir que aquel concurso, importado de USA, faltaría más, no goza de demasiada audiencia. Al menos entre la gente que me rodea. Quizá se explique entonces esta singularidad en mis gustos por cierto componente sádico enterrado en mi subconsciente. De ahí que crea oportuno, queridos amigos, resumiros en breves líneas la mecánica de ese espacio televisivo.
  • En el centro del plató se sienta el concursante frente al público, mientras que en la primera fila del graderío se ubican tres personas, por lo general parientes o amigos, elegidas por aquel.

  • La presentadora, Emma García, formula preguntas de la vida y costumbres del participante a las que este ha de responder con escuetas afirmaciones o negaciones. Las cuestiones las han elegido los guionistas de entre las 200 que contestó días antes enchufado a un polígrafo.

  • Si coincide su sí o su no con lo que dijo ante el detector, se supone que dice la verdad. En caso contrario, la mentira. Los aciertos se premian subiendo la cantidad que puede llevarse, desde 1.000 hasta 100.000 euros.

Para lo que narraré aquí, basta con estas explicaciones. El juego se basa pues en averiguar si prevalece la avaricia sobre la vergüenza o el bochorno, si el interfecto venderá sus secretos más íntimos por un plato de jamón ibérico, se conformará con el de lentejas o saldrá sin un céntimo, quedando encima como el culo. Porque este es el desenlace más frecuente, el de salir sin un céntimo y haber quedado como el culo. Solo en dos ocasiones vi alcanzar los 100.000 euros, que, si se piensa con detenimiento, tampoco salvan a nadie de la ruina. En el primero de los casos, además, me apuesto la cabeza a que las insólitas manifestaciones del ganador, que también quedó como el culo, le acarrearon la pérdida de su empleo. Ale, marchando, toma tus 100.000 euretes, pero vete a tu casa sin trabajo, sin mujer, peleado con tu hermano y con 2 nuevos enemigos. Solo unos pocos, los más afortunados, sabedores de las iniquidades que confesaron la víspera ante una máquina y algo moscas porque se pongan de manifiesto durante el interrogatorio, tiran la toalla para plantarse en unos miserables 5.000 ó 10.000 euros, no sin antes, por supuesto, haber quedado como el culo.

A lo mejor proviene de ahí el disfrute, de ver cómo afloran las miserias humanas de un desgraciado que se ha puesto voluntariamente en la picota del deshonor persiguiendo la zanahoria de un cheque bancario. Ay, aquellos tiempos en que el honor se consideraba una cualidad irrenunciable del ser hispano...

Deseo ilustraros mis afirmaciones de arriba con la participación de la concursante de este jueves, una tal Camino. Iba acompañada de su madre, su hermana y el hombre con quien convive y al que llama su marido.

Emma: ¿Consideras que el físico de tu marido no está a tu altura?

(Ella está de buen ver, sí, mientras que él es calvo, gafudo, ojos como canicas y rostro caído hacia la mandíbula. Se masca pues la obviedad.)

Camino: Sí.

(Transcurren varios segundos durante los que resuena el eco de un gong misterioso. Alfombra musical tenebrosa de fondo.)

Voz en off: Eso es..., verdad.

Aplausos. Risas. El más divertido de todos, el marido. Más adelante, un conjunto muy bien seleccionado de preguntas, todas de respuesta afirmativa, deja establecido que el comportamiento sexual de Camino se inclina a la ninfomanía, con marcada tendencia al adulterio, cuando no a la franca prostitución.

Emma: ¿Has fornicado en los probadores de los grandes almacenes? (...) ¿Le has pedido a tu hermana su piso para hacer allí el amor con hombres? (...) ¿Has aprovechado la ausencia de tus padres para follar? (...) ¿Te realizas frecuentes análisis clínicos a causa de tu promiscuidad? (...) ¿Te has acostado con más de un hombre en el mismo día? (...) ¿Has realizado por dinero una actividad que ocultas a tu familia? (...) ¿Has cobrado por mantener sexo telefónico?

Camino: Sí, sí, sí, sí...

Voz en off: Eso es..., verdad, verdad, verdad...

La madre, horrorizada por semejantes revelaciones de las que no tenía ni idea, se tapa la cara. El marido y la hermana alternan los tics nerviosos con las sonrisitas. El público deja de aplaudir en las respuestas más denigrantes. Otras cuestiones ponen en peligro su puesto de trabajo.

Emma: Para no perderlas como clientas, ¿les ocultas a algunas de ellas los peligros de la fotodepilación? (...) ¿Has sentido naúseas alguna vez por la falta de higiene de tus clientas?

También se dibuja como antojadiza y despilfarradora .

Emma: ¿Has pedido dinero a tu hermana para llegar a fin de mes? (...) ¿Te has gastado en caprichos el dinero que te ha prestado tu familia?

Pero, sin duda, lo peor parado es su matrimonio.

Emma: ¿Dejas para tu marido las faenas de casa que no te apetecen? (...) ¿Crees que tu marido tiene gustos de mujer? (...) ¿Consideras que no dedicas lo bastante a tu hijo? (...) ¿Evitas presentar a tu marido como tal porque te avergüenzas de él?

Camino: Sí, sí, sí, sí...

Voz en off: Verdad, verdad, verdad...

O sea, aparte de sustituir su instinto maternal por el furor uterino, considera a su marido afeminado, feo, cabrón, calzonazos, gilipollas... Y el marido, tal vez por esto último, por lo de gilipollas, sigue estirando los labios hasta las orejas. Pobre tonto... Habréis sospechado cómo acabó el programa, claro: Camino se fue con los bolsillos vacíos, amén de haber quedado como una salida en celo permanente, una manirrota caprichosa, mala hermana, mala hija, esposa déspota y despreciativa y madre descuidada. En definitiva, como el culo.

15 sept. 2008

Lección de música

El sábado por la tarde, intentaba trabajar en mi último libro, cuando comenzó a colarse por la ventana de mi despacho una musiquilla que me desconcentraba. Por eso he conjugado el verbo intentar, porque me confieso incapaz de escribir literatura escuchando música. Imposible redactar una oración decente. (Sin embargo, a buen seguro a causa del efecto Mozart del que otro día os hablaré, me sucede todo lo contrario si trabajo con las matemáticas.) La melodía que me importunaba consistía dos frases y media del Cumpleaños feliz. Reconocí de inmediato que la interpretaban con una flauta dulce, una de esas flautas de plástico blanco que usan en el colegio. Por la tesitura intermedia debía de ser la contralto. Deducción: un chaval de mi bloque, al que le han comprado ya el material escolar, pretende iniciarse en el instrumento con un sonsonete que le es conocido. Antes de continuar leyendo esta entrada, queridos amigos, deberíais reproducir el fichero wav del enlace de abajo, en el que imito los frustrados intentos del imberbe flautista por tocar el Cumpleaños feliz.
Pinche aquí para descargar el fichero wav.
¿Lo habéis hecho? Si ha sido así, comprenderéis cómo me irritaba semejante soniquete. Aparte de lo dicho en general para la música, que me saca a patadas de la acción de teclear, se me revolvían las tripas cada vez que el pimpollo fallaba en ese Do del tercer espacio del pentagrama en clave de Sol. No atinaba con esa nota.
Y entonces bajó del cielo, zigzageando, la brillante idea que se me enroscó como una bombilla de 100 vatios en todo lo alto de mi cabeza. Saqué del armario mi flauta de orquesta. La desenfundé. Monté sus 3 cuerpos. Armado con ella, abrí con sigilio la puerta de mi terraza para salir al exterior a cuatro patas, gateando, ocultándome tras el antepecho de ladrillo, como un francotirador que se apresta a cometer el magnicidio. Y sentado en el suelo, a cubierto de las miradas de los vecinos, soplé la melodía contenida en el archivo siguiente:
Pulse aquí
¿Habéis notado cómo recalqué con un calderón bien largo el punto en el que el zagalín se atrancaba? Tras mi tonadilla, me retiré con idéntica precaución a mi despacho. Alerta, junto al ventanal, esperé un instante por si el mozalbete respondía a mi lección a distancia. El instante se transformó en un rato sin que se sintiese el menor sonido. El rato, en un rato más largo..., y hasta la fecha. Se ve que he frustrado la incipiente carrera de un flautista. Y no era esa mi intención, ¿eh?, que solo pretendía ayudar al niñín a encontrar el Do agudo que buscaba. Pero mis ansias didácticas se trocaron en vacuna musical. Eso sí, el inconsciente correctivo fue mano de santo. Desde el sábado he escrito ya 6 páginas en un delicioso silencio.

12 sept. 2008

Hoy no es mi segundo cumpleaños


Hace cierto tiempo, la casa de cultura del ayuntamiento de una localidad importante de la costa me invitó a participar en uno de los encuentros con autores que organizan allí. No puedo ser más explícito ni en los lugares ni en las fechas por la razones que pronto se pondrán de manifiesto. La sesión transcurrió como en otras ocasiones. Hablé un poco de mis novelas, más de las circunstancias que concurrieron en torno a su creación que de las tramas en sí, finalizando el acto con un ameno intercambio de opiniones entre los asistentes. Durante la hora y media que duró aquello, me fijé en un hombre espigado y muy bien vestido que se sentaba en la cuarta fila. No apartó de mí su mirada en ningún instante. Empuñando un pequeño paraguas plegable, inútil sin amenaza de lluvia, con él asentía a cada una de mis aseveraciones moviéndolo muy despacito de arriba a abajo, como una baqueta que golpea a cámara lenta el platillo de una batería. Tanto interés prestaba este fulano a mis palabras, que creí que intervendría en el turno del público, cosa que no aconteció.
Tras firmar algunos ejemplares, los organizadores me llevaron a tapear por los bares del centro. Conforme a mi costumbre, solo bebí cerveza sin alcohol. Una vez que me despedí de ellos y me encaminé hacia mi hotel, al paso por una coctelería del paseo marítimo se me antojó una copa de cava. Los abstemios solemos caer en estas debilidades. Y ahí estaba yo, sentado en la barra, con el Codorníu burbujeando delante de mí, cuando un paragüitas fue depositado en el mostrador, justo a mi derecha. Lo reconocí de inmediato.
¿Me permite que lo convide? Por supuesto, usted estuvo en mi charla, ¿verdad? Así es, me gustó mucho, por eso quiero pagarle la consumición, pero, ¿no es mejor que nos tuteemos? Claro, no me importa, ¿y tú no me acompañas? Ahora mismo, camarero, por favor, traiga una botella. ¿Una botella?, por Dios, te la beberás tú, porque yo no seré capaz, acabaría con una trompa... Vamos, Alberto, no te rajes, además, ya es lo bastante tarde como para librarse de las costumbres, ¿qué hora tienes? Las veintitrés cincuenta. ¿Ves, Alberto?, casi media noche: hay que celebrar que se termina el día: y tú tienes doble motivo para la celebración pues has inaugurado tu segunda fecha de cumpleaños.
Entonces ni le pregunté a qué venía aquello del segundo cumpleaños. Solo quería deshacerme de ese compromiso, en aquel momento incómodo, para acostarme en mi habitación ante el televisor. Sin embargo, poco a poco cambié de opinión. Este individuo, del que tampoco me atrevo a desvelar el nombre con que se presentó, a buen seguro falso, resultó mantener una conversación muy atractiva. Sabía de todo, Qué cultura. Igual analizaba las consecuencias del tercer principio de la termodinámica que comentaba la lamentable interpretación de una sinfonía de Anton Bruckner en el pasado festival de Siena. Recitó versos de Pessoa en un excelente portugués. Detalló sin titubeos la receta del steak tártara. Enunció conjeturas sorprendentes sobre teoría de supercuerdas. Me explicó las reglas del baseball, desconocidas para mí. Enumeró de carretilla las proporciones exactas del hombre de Vitrubio y sus relaciones con la obra de Leonardo. Incluso mostraba soltura en los campos del conocimiento a los que me dedico. De hecho, discutimos un buen rato sobre la fiabilidad de las demostraciones matemáticas que recurren a algoritmos solo accesibles a los supercomputadores. Y encima, aderezaba sus frases con todos los registros posibles del humor, desde las sutilezas del británico, hasta el más desternillante sarcasmo irreverente. Reímos a reventar.
En definitiva, sentí por él una enorme simpatía. Así se comprenderá lo insuficiente de una única botella para velada tan intensa. Recorrimos varias terrazas. Cerramos algún club. Nos refugiamos en ruidosas discotecas. Siempre parloteando. Siempre con cava. Siempre intercalando estruendosas carcajadas. Y ya con las luces del amanecer, andando por la playa rumbo a mi alojamiento, sorteábamos un sector de hamacas cuando pronunció una insólita confidencia.
En una tumbona como aquella, Alberto, abandoné a mi última víctima.
A pesar del componente sincero de sus pupilas pensé que se trataba de otra de sus chanzas. Intenté seguirle la corriente.
Quién era, ja, ja..., ¿una raspa de sardina?, ¿una gaviota? Te equivocas, Alberto, era una anciana, hoy me tocaba cargarme a un varón de mediana edad como tú. Y esa hamaca, como tú muy bien dices, es un lugar tan bueno como cualquier otro. ¿Como yo bien digo?, ¿cuándo he dicho eso? Pues en tu última novela, ¿no te acuerdas?, te lo recuerdo yo: cualquier paisaje es susceptible de convertirse en la escena de un crimen. Ah, sí, eso lo puse en Regina angelorum, pero..., no lo afirmarás en serio, ¿verdad?, aquello solo era literatura...
La incertidumbre desapareció al desenfundar lo que antes tomé por un inofensivo paraguas plegable. Entonces supe con absoluta certeza que paseaba junto a un asesino. Y también lo inútil de salir corriendo. Al parecer, siempre daba una oportunidad a sus presas. Lo consideraba un acto de deportividad. En mi caso, me salvé al pronunciar la hora en un formato inusual. De haber dicho las doce menos diez, no estaría ahora escribiendo esta entrada en el blog. Eso me contó. Y concluyó con que su éxito se basaba en no obedecer a ningún patrón. Se mofaba igual de los investigadores policiales que de los psicópatas. Porque, según él, los primeros esperan patrones de conducta como pistas para dar con el criminal en serie, mientras que los segundos, por el gusto idiota de mostrar su inteligencia, elaboran exóticos patrones a los que ajustarse en sus fechorías. Y él precisamente no se atenía a ningún patrón. Hasta bromeó calificando su modo de operar como un metapatrón, que es la ausencia total de patrones.
Para cuando llegamos a mi hotel, se me habían pasado la borrachera y las ganas de reír. Temí que se arrepintiera de su amable indulto. No quiso entrar en el hall. Se despidió con un apretón de manos desde el umbral de la puerta giratoria.
Bueno, Alberto, no perdonaba a nadie desde hace años. Eso sí, sospecharás que no tendrás la misma suerte si desvelas mi identidad. No te preocupes, mis labios están sellados. Lo sé, pero quiero, tú que eres escritor, que cuentes lo sucedido esta noche y lo publiques en alguna parte, eso sí, omitiendo cualquier detalle que lleve a mi persona. Te lo prometo, así lo haré.
Queridos lectores de este blog, acabo de cumplir mi promesa en una fecha que no tiene nada que ver con la de mi segundo cumpleaños.

11 sept. 2008

Fotos madrileñas


Miguel Ángel de Rus me acaba de enviar estas fotos de cuando se presentaron a la prensa, en el café El Espejo de Madrid, las novelas Los viajes de Eros, de Pedro Antonio Curto, y Victoria y el fumador, mi segundo libro.

Obsérvese, arriba a la izquierda, el morbo literario con el que la interesante mujer de bufanda y abrigo contempla la escena. Quizá por eso acabamos disfrutando ella y yo de un cocido completo en una tasca de la capital.