15 sept. 2008

Lección de música

El sábado por la tarde, intentaba trabajar en mi último libro, cuando comenzó a colarse por la ventana de mi despacho una musiquilla que me desconcentraba. Por eso he conjugado el verbo intentar, porque me confieso incapaz de escribir literatura escuchando música. Imposible redactar una oración decente. (Sin embargo, a buen seguro a causa del efecto Mozart del que otro día os hablaré, me sucede todo lo contrario si trabajo con las matemáticas.) La melodía que me importunaba consistía dos frases y media del Cumpleaños feliz. Reconocí de inmediato que la interpretaban con una flauta dulce, una de esas flautas de plástico blanco que usan en el colegio. Por la tesitura intermedia debía de ser la contralto. Deducción: un chaval de mi bloque, al que le han comprado ya el material escolar, pretende iniciarse en el instrumento con un sonsonete que le es conocido. Antes de continuar leyendo esta entrada, queridos amigos, deberíais reproducir el fichero wav del enlace de abajo, en el que imito los frustrados intentos del imberbe flautista por tocar el Cumpleaños feliz.
Pinche aquí para descargar el fichero wav.
¿Lo habéis hecho? Si ha sido así, comprenderéis cómo me irritaba semejante soniquete. Aparte de lo dicho en general para la música, que me saca a patadas de la acción de teclear, se me revolvían las tripas cada vez que el pimpollo fallaba en ese Do del tercer espacio del pentagrama en clave de Sol. No atinaba con esa nota.
Y entonces bajó del cielo, zigzageando, la brillante idea que se me enroscó como una bombilla de 100 vatios en todo lo alto de mi cabeza. Saqué del armario mi flauta de orquesta. La desenfundé. Monté sus 3 cuerpos. Armado con ella, abrí con sigilio la puerta de mi terraza para salir al exterior a cuatro patas, gateando, ocultándome tras el antepecho de ladrillo, como un francotirador que se apresta a cometer el magnicidio. Y sentado en el suelo, a cubierto de las miradas de los vecinos, soplé la melodía contenida en el archivo siguiente:
Pulse aquí
¿Habéis notado cómo recalqué con un calderón bien largo el punto en el que el zagalín se atrancaba? Tras mi tonadilla, me retiré con idéntica precaución a mi despacho. Alerta, junto al ventanal, esperé un instante por si el mozalbete respondía a mi lección a distancia. El instante se transformó en un rato sin que se sintiese el menor sonido. El rato, en un rato más largo..., y hasta la fecha. Se ve que he frustrado la incipiente carrera de un flautista. Y no era esa mi intención, ¿eh?, que solo pretendía ayudar al niñín a encontrar el Do agudo que buscaba. Pero mis ansias didácticas se trocaron en vacuna musical. Eso sí, el inconsciente correctivo fue mano de santo. Desde el sábado he escrito ya 6 páginas en un delicioso silencio.

1 comentario:

  1. jajajajaj....pues sí, será mejor que el nene no se dedique a la música en su vida por el bien de la humanidad.

    Espero que su su silencio te inspire para tu nueva novela.

    Un abrazo

    Luis Castellón

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