5 jul. 2010

Rafael Nadal, Campeón de Wimbledon

Ayer, nada más finalizar el partido Berdich-Nadal, mi familia y yo, provistos de 4 banderas españolas, dos con escudo constitucional, las restantes mostrando la silueta arrogante del toro de Osborne, nos lanzamos a la calle entusiasmados. Por fortuna, guardo en mi casa parte del instrumental de Takiraris, el grupo de música andina al que pertenezco desde su fundación. Así que, a falta de cornetas de plástico, me llevé un erke boliviano. Con tal aerófono también se propinan estridentes bocinazos. Mi mujer cogió el bombo legüero. Mis hijas, sendas carracas como las que se utilizan para marcar el ritmo en las morenadas de los carnavales de Oruro.

Pero…, Alberto, si no hay nadie celebrándolo: solo nosotros. Eso será, Charo, porque hemos salido de los primeros. Todavía habrá mucha gente esperando a que acabe la ceremonia. Hay quien disfruta viendo cómo el duque de Kent saluda a los recogepelotas y les gusta escuchar los discursos y eso… Seguro que, conforme nos acerquemos a la fuente de La Cibeles, nos iremos encontrando a una muchedumbre de festejantes.

Mas esa tarde de un domingo de julio mostraba el habitual aspecto que tienen las calles en las tardes de los domingos de julio: desérticas. Por un momento pensé que me equivocaba, que a esas horas todo quisque estaría en la piscina o en la siesta o, si acaso, refrescándose con el aire acondicionado de los grandes almacenes en rebajas. Las masas, contradiciendo mis predicciones, no aparecían por ninguna parte. Más aún, si nos adelantaba un coche, alguno de sus ocupantes sacaba medio cuerpo por la ventanilla para gritarnos una ocurrencia.

¿Pero qué hacéis? Si la roja ya eliminó ayer a Paraguay. Menuda panda de despistados.

No daba crédito a la situación. Porque acababa de producirse un evento deportivo de primera magnitud: el rey de la tierra batida conseguía alzarse por segunda vez con el triunfo nada menos que en la catedral de las pistas de hierba. El mayorquín, a quien el Estado no le sufraga ni un céntimo ni lo incentiva con primas ni le paga los viajes ni los hoteles ni los entrenadores ni los preparadores físicos, aumentaba su liderazgo en el ranking de modo que este no peligrará durante mucho tiempo. Otros compatriotas nuestros han ganado en Wimbledon. Sí. Y también han ocupado el número uno. Pero siempre de modo efímero. Por el contrario, hay Rafa para rato. Este Rafael Nadal, aunque solo represente a su país en la Davis, encarna el mascarón de proa del tenis nacional llevando a cualquier rincón del mundo el nombre de España. Aparte de excelente tenista, de esos pocos poquísimos que pasarán a la historia junto a los Borg, a los Sampras, a los McEnroe, a los Lendl, a los Agasi o a los Federer, Nadal se comporta con una enorme deportividad sobre las pistas y derrocha generosidad con sus rivales.

Y ya me disponía a regresar decepcionado a mi casa, cuando al entrar en la Gran Vía comenzaron a unírsenos grupos de fanáticos. A la altura de Fuencarral calculé que seríamos unos 700 ó 900. Al final de la gran avenida nos aguardaban decenas de miles de hinchas del tenis. En verdad que resultó muy apasionada la celebración. En medio de un estrépito de trompetas, silbatos y percusiones, se corearon los eslóganes de rigor.

VA-MOS, RAFA, VA-MOS, RAFA… I-LLA, I-LLA, ILLA…, RA-FA MA-RA-VI-LLA… I-LLA, I-LLA, ILLA…, RA-FA MA-RA-VI-LLA… QUÉ TEN-DRÁN, ESAS BOTE-LLITAS. QUÉ TEN-DRÁN, ESAS BOTE-LLITAS… SA-CAEL CAL-ZON-CILLO, BO-TA LA PE-LO-TA, Y TI-RA UN BUEN SER-VI-CIO. SA-CAEL CAL-ZON-CILLO, BO-TA LA PE-LO-TA, Y TI-RA UN BUEN SER-VI-CIO…

Las jóvenes llevaban felpas y muñequeras rojigualdas. Los muchachos se metieron en la fuente para lanzarnos agua con sus raquetas mojadas. La intensidad de los aplausos llegó a tal punto que se rompieron muchas de las esferas de los relojes de muñeca. Qué emocionante. Creedme, queridos lectores, si os digo que la alegría y el arrebato se instalaron unánimamente entre los centenares de miles de congregados.

Además, a la noche, la sección de deportes de los informativos se abrió con el evento tenístico al que me refiero. Esta vez no hubo que esperar a que los periodistas desglosaran hasta la más pequeña novedad sobre el fútbol. No hubo que esperar a que nos informasen acerca de la evolución de la lesión de rodilla del tío que plancha los banderines del córner del estadio de Los Pajaritos.

Qué alivio, ¿verdad?