12 abr. 2010

¿Alguien tiene un pedazo de pan?

Días atrás os narré, apreciados amigos, un episodio ciertamente emotivo relacionado con una cofradía de pasión. Pues bien, hoy está en mi ánimo proporcionar un contrapeso a aquella historia. Y no me será difícil puesto que en la Semana Santa de mi ciudad también se viven escenas en las que el humor resalta como uno de sus principales aliños.
No me entretendré en aquella peripecia que le aconteció a los hermanos de la Archicofradía de la Sangre, cuando apenas comenzado su cortejo del Miércoles Santo se les cayó del trono (paso en otras ciudades) la imagen del lancero Longinos. Bueno, concretando más, la escultura se desplomó desde una altura muy superior a la del cajillo, ya que el popular centurión romano monta sobre un caballo semi encabritado. Ante la desgracia, las deliberaciones de los responsables del desfile desembocaron en una solución bastante acertada. ¿No está Longinos en la postura de cabalgar sobre una silla? Pues aprovéchese tan favorable circunstancia para dejarlo sentado en una de las butacas de la terraza del bar Jamón, el más próximo al lugar del suceso. Y allí quedó el soldado, rígido, el escudo en la izquierda, la lanza en la derecha, apuntando al cielo, la capa colgando tras el respaldo, su mirada fija en un balcón de la esquina, como un cliente más del estabecimiento que aguarda a que el camarero le pregunte ¿qué va a ser? Ya lo recogerían cuando la procesión viniera de regreso.
Y aunque haya mencionado a los romanos, tampoco detallaré la ocurrencia de uno de los cofrades del Santo Traslado, cuyo cortejo del Viernes Santo lo abre una uniformada sección de legionarios armados con gladium (espada corta) y pilum (javalina). A este individuo (he oído de alguien afirmar que se trataba del Hermano Mayor en aquellas fechas), se le antojó preceder a los soldados subido a una biga. Sí, habéis leído bien: biga con be, o sea, carro tirado por dos caballos, como las cuádrigas de Ben-Hur, pero con la mitad de potencia. El hombre, escoltado a bordo por un centurión, vestía a la usanza de los césares, toga amplia de color blanco con franja roja, enrollada al cuerpo y con un extremo reposando en el hombro, sandalias con correas que se entrelazan por las pantorrillas y corona de laurel rodeando una alopecia cuarentona. Conforme entraba en una calle, la primera impresión de sorpresa en el público se cambiaba al poco tiempo por una jocosidad incontenible. El estruendo de las carcajadas apenas si dejaba oír los aplausos y vítores con que se recibía al falso emperador: ave, César, viva el César: la gente asimilaba de inmediato el cachondeo: César, búscame un enchufe en el Senado: cualquier chiste encajaba en aquel remedo de película histórica: César, suelta a las fieras, que nos hagamos un arroz: en un acto reflejo, todos los asistentes, encarnándonos en extras, extendíamos el brazo derecho con la palma recta y dirigida hacia abajo: ave, César, ave, César: el griterío emulaba, vive Dios que no miento, al que muy bien pudo haber resonado en las gradas del Coliseo: César, morituri te salutam. Y el César de pacotilla, así mismo tronchándose con el espectáculo que nos proporcionaba, manejaba las bridas con una sola mano, pues la otra debía reservarla para corresponder a los unánimes saludos a la romana de quienes presenciábamos el desfile.
Pero repito que no son estos avatares los que os pretendía contar, sino el que sucedió el Martes Santo de hará un par de lustros. Mis hermanos y yo nos apostábamos en calle Álamos. Por esa vía trancurren tres procesiones consecutivas, la del Rescate, la de la Sentencia y la del Rocío. En cabeza de la primera marchaban cuatro jinetes, cuatro policías municipales a lomos de sus respectivas monturas. Ahora sí que se tiene en cuenta esa eventualidad, pero entonces nadie cayó en el detalle de que las bestias, quizás a consecuencia de su complicado estómago de rumiante, hacen sus necesidades allá donde les pille. En efecto: un enorme defecación quedó desparramada en el asfalto, equidistante de ambas aceras. En la enfrentada a la nuestra había una familia con varios niños. Fue uno de ellos el que consiguió incitarnos al resto de los espectadores a que nos uniésemos a su diversión. Cada vez que un nazareno pisaba el morterón de estiércol, el chaval soltaba una risotada descomunal, una risotada contagiosa que pronto prendía en quienes la escuchábamos. El penitente, alertado por nuestro jolgorio, miraba extrañado a un lado y otro, como buscando el origen de la chanza. Mas la limitada visibilidad que le proporcionaba su capirote le impedía descubrir la masa de excrementos en la que se había detenido. Y así un macero, y un bastonero, y quien portaba el estandarte o el guión. La trampa de mierda no perdonaba a casi nadie de los que avanzaban por el centro de la calzada. A fuerza de reírnos, tuvimos que sacar los pañuelos para secarnos las lágrimas. Las risotadas más esperpénticas se producían cuando era un nazareno con capa quien transitaba por encima del revoltijo de heces y salía de él con los bajos de la prenda tiznados de marrón oscuro. Y estallábamos más aún en carcajadas, hasta el punto de dolernos el diafragma, si el desgraciado que pisaba aquella asquerosidad caminaba con los pies descalzos. Qué suspense el de toda la calle, izquierda, derecha, pendientes de los andares del nazareno, izquierda, derecha, permaneciendo en un silencio emocionante, izquierda, derecha, preguntándonos si la víctima colocaría la planta en el sitio justo, izquierda, derecha, y romper casi en un éxtasis de frenesí en el justo momento en que surgía de entre sus dedos esa crema de excreciones.
Recuerdo que uno de los tronos se detuvo a 3 ó 4 metros de la boñiga. Uno de los hombres que iba de cabeza de varal vio que le sería imposible eludir el zurullo en el siguiente tirón. Que se la comía, vamos. Resignado a lo inevitable, se lo tomó con la misma guasa que nosotros. Volvió su mirada a sus compañeros de atrás y les gritó: Madre mía, qué pedazo de mierda hay ahí delante, ¿alguien tiene un pedazo de pan?
Antes de despedirme, quiero aclarar que estas peripecias, rayanas en el esperpento, solo eran frecuentes años atrás pues la Semana Santa de Málaga, aun con un carácter muy distinto al de la castellana, ha ido ganando bastante en seriedad.
Hasta la próxima entrada, amigos.

1 comentario:

  1. Hola! Antes de nada, me presento. Me llamo Rafa y soy becario de Sixto Sánchez, compañero tuyo de trabajo y que me ha facilitado un enlace a esta y otras entradas de tu blog porque conoce mi vena semanasantera.

    Sólo te escribo para decirte que me han gustado mucho tus relatos cofrades y para invitarte a mi blog (http://elmundoderafalillo.blogspot.com), donde, sobre todo en estas fechas, publico varias entradas relacionadas con la Semana Santa de Málaga, de la que decir solamente que me gusta sería una gran mentira, porque me encanta hasta más no poder.

    Pues lo dicho, espero que te pases por mi blog y que te resulte interesante ;)

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