15 abr. 2010

El trabajo definitivo sobre Omar Ibn Hafsún

Acabo de hablar por teléfono con Francisco Ortiz Lozano. He buscado su número para felicitarlo por su último libro, Bobastro, que lleva por subtítulo La ciudad de la perdición, gloria y refugio de la cristiandad. No conversaba con Ortiz desde los años setenta, creo yo. Aparte de haber sido compañeros en el bachillerato (de ahí que nos tratemos por el apellido, que era lo que estilaba entonces), nos veíamos casi a diario pues nuestras respectivas pandillas se obstinaban en una competición casi perpetua. La mía, el Club Zamarrilla, tomaba el nombre de la calle del barrio en la que solíamos vernos. La suya, el Club Olímpic, se congregaba en la calle de al lado. Antes hablé de competición casi continua, pero quiero que conste que se trataba de una competición sana a base de deportes de equipo inventados por nosotros mismos. El palitroque, por ejemplo, consistía en una variedad del jockey, aunque sobre cemento armado, sin porterías y unas normas tan flexibles que jamás se pudo determinar qué bando ganaba. En gigantes y enanos, demencial deformación de un baloncesto anárquico, sí que estaba claro que vencería la formación de los más altos ya que a ellos les pillaba más cerca el hueco de la base de la farola por la que había que "encestar". Manolo Patabolo, el más espigado de todos, siempre llevaba ventaja.
Pero aquellos sucedáneos de deportes quedaron relegados al olvido en cuanto la ciudad se desperezó hacia el oeste, ocupando las antiguas huertas de Bernardo Larios, y construyeron sobre la Pellejera (mencionada por Antonio Soler en varias de sus novelas) las infraestructuras de lo que hoy es la avenida de Andalucía. Ahora bien, tardaron tanto en edificar el primer bloque de pisos que el alumbrado, las vías, que luego serían calzadas, y las explanadas para los futuros aparcamientos permanecieron inútiles durante varios años. Rectifico: no tan inútiles. Los clubes Zamarrilla y Olímpic les dimos un uso extraordinario al construimos en uno de los llanos de asfalto una espléndida pista de tenis con sus medidas reglamentarias, su red, y sus líneas pintadas en blanco.
A la porra el palitroque y el gigantes y enanos. Tenis, tenis y más tenis. Espoleados por las primeras retransmisiones televisivas de la Davis, Olímpic contra Zamarrilla nos ajustábamos al formato de la célebre copa: dos individuales, un triples (modalidad que permite más jugadores que el dobles), y otros dos individuales. Eso sí, las pelotas eran caras. Así que jugábamos con las que desechaban en el Club El Candado o en el Parador de Golf. Y las apurábamos durante semanas, hasta mucho más allá de llegar a la alopecia absoluta. Adquirían entonces una especie de querencia hacia la estratosfera. Con semejante característica, una de las jugadas más peligrosas era el globo de servicio. Se sacaba apuntando al cosmos, para que la bola ganara mucha altura. Así, el bote en el rectángulo de recepción proporcionaba tal energía a la pelota que si el que restaba no se situaba bien, la pelota lo superaba por encima incluso saltando a la desesperada. La jubilación de la bola solo se producía si la extraviábamos entre el monte bajo de los alrededores de la pista. A veces nos pasábamos horas dando raquetazos a las ortigas, buscándola con el ansia de proseguir el partido, hasta que nos dábamos por cachi.
Pero me estoy enrollando con estas anécdotas de mi pubertad que quizás os aburran. Perdonadme, apreciados seguidores de este blog, si se me ha ido el santo al cielo. Lo que quería era alabar la última obra de Ortiz. Os la recomiendo, sin duda. En ella se narra la interesantísima historia de Omar Ibn Hafsún, personaje de finales del siglo IX y comienzos del X que, de haber contado con un poema en romance como el del Cid, habría conseguido la misma fama que el Campeador. Omar se fortificó en el fantástico e inexpugnable paraje de Bobastro, que ya describí en un spot hace algunos meses. (Si queréis releer aquella entrada, pinchad AQUÍ.) Tuvo en jaque a varios emires cordobeses durante en una época tormentosa que apenas si ha trascendido a los libros de historia ya que las principales fuentes hay que buscarlas en los textos árabes.
Ortiz, aparte de patearse palmo a palmo toda la comarca, realiza un estudio completísimo de aquellos extraordinarios episodios, localiza cada fortaleza, cada villa, cada baluarte, cada accidente geográfico, recompone la cronología algo desbaratada de los libros que han tratado el asunto y despeja incógnitas sobre las que pesaban muchas especulaciones. El libro, además, contiene una numerosa colección de esquemas, fotografías y planos. Un pormenorizado índice año a año facilita las búsquedas de datos. No se advierte el menor favoritismo en la crónica por ninguna religión o raza, como venía siendo habitual en las obras del XIX y primera mitad del XX. Y encima, está muy bien escrito. Apenas si he detectado erratas.
Lo dicho, amigos, os recomiendo que leáis Bobastro, de Francisco Ortiz Lozano.

1 comentario:

  1. Con grata e ilusionante sorpresa recibí, Alberto, tu llamada. No sabes cuánto me he emocionado leyendo tus recuerdos de aquella época tan sana e inocente. Efectivamente, ni nos veíamos ni nos hablábamos desde mediados de la década de los 70. Y como siempre sentí obsesión por la cronología y todo lo escribí en los 52 números de la revistilla "Olímpic Deportivo", confirmo que no te has equivocado en las fechas: las primeras competiciones entre nuestros clubes Zamarrilla y Olímpic tuvieron lugar en agosto de 1968, a raíz de la Olimpiada de Méjico; y el último torneo de tenis, el VI, se celebró en el verano de 1972; teníamos 11 años a lo primero y 15 a lo último. Un fuerte abrazo. Francisco Ortiz Lozano.

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