21 feb. 2010

Oiga, ¿Es ahí la Paz? Aquí Gila

Nunca he sido amigo de que los proyectos educativos se cambien a la par que los gobiernos, y apenas si duren lo que una o dos legislaturas. Mi larga experiencia como alumno y como profesor me ha llevado a concluir que, desde la implantación de un plan de estudios hasta que este acaba por funcionar han transcurrido 15 ó 20 años. Y 20 mejor que 15. Sin embargo, cuando se empezó a hablar de la última reforma, esta que sustituirá por grados y másteres lo que antes eran licenciaturas e ingenierías, se planteó una medida que me resultó muy apropiada. Me refiero a la confección de un catálogo de titulaciones que pusiera un poco de orden en el crecimiento absurdo del número de títulos. Porque se había llegado al punto de que se estaban convirtiendo en nuevas titulaciones lo que, con buen juicio, consistirían en simples especialidades de otras ya existentes, o meras ampliaciones de enseñanzas más cercanas a la formación profesional que a la universitaria. Como suele acontecer, aquello de un catálogo de titulaciones tirando a parco se fastidió. Si se anunciaba que se iba a suprimir tal titulación, las protestas de los colectivos implicados impelían al legislador a dar marcha atrás. ¿Resultado? Ahora hay más titulaciones que antes. Es de una de ellas, queridos amigos, de la que os quiero hablar en este post.

Se trata del Máster Interuniversitario en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos humanos. Sí, sí, habéis leído bien: 11 palabras. Añoro la época en la que con 3 ó 4 era más que suficiente: Licenciado en Física, Doctor en Filología Española, Ingeniero Industrial… Cuando escuché la noticia de que habían echado atrás ese Máster en la primera convocatoria, pero que la Junta de Andalucía había terminado por aprobarlo, lo busqué en Internet. Me picaba la curiosidad. ¿En qué consistirá ese título tan sonoro? ¿Qué puñetas se estudiará allí? ¿A quién se le habrá ocurrido que el pacifismo sea objeto de aprendizaje universitario? Porque yo creía que el pacifismo es una opción personal, una cuestión ética, si queréis, pero no algo en lo que haya que entrenarse mediante la memorización de libros, realización de prácticas o consultas bibliográficas. ¿Será que existe un proceso de aprendizaje tras el cual salen pacifistas quienes se someten a él? ¿Acaso este máster logra formar a mediadores especializados en evitar las guerras?

Cuando quise consultar el profesorado que se encargaría de la docencia, en lugar de un puñado de nombres, tuve que girar la ruedecilla del ratón para completar varias pantallas llenas de expertos. Con claustro tan nutrido y por mucha matrícula que se prevea, seguro que cabrán a 15 ó 20 profesores por alumno. Otra sorpresa me llevé al leer los objetivos del máster:

Su objetivo fundamental es la formación de estudiantes cualificados para el análisis y comprensión de las realidades presentes y la construcción de futuros pacíficos, dotándoles de recursos intelectuales competentes para asesorar en las materias objeto de estudio, a aquellas instituciones y organizaciones que lo demanden.

Toma ya. Ay, si Gila aún viviera entre nosotros... Qué gran sketch compondría con ello... Me imagino al inmortal humorista en el escenario, con el teléfono a su derecha y caracterizado de presidente de un gobierno cualquiera.

Qué lata de guerra, ¿verdad? Estoy ya tan harto de la guerra como de las misiones humanitarias. Y es que se me va medio presupuesto del Estado en tanques y en tiritas. De hoy no pasa que acabe con la guerra. Así que ahora mismito busco en las páginas amarillas algún titulado en Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos humanos. A ver..., anda, en el barrio solo hay 3. De este tal Adolfo Matamoros no me fío ni un pelo. Y no lo digo por Matamoros, sino por Adolfo, porque hubo un Adolfo que la lio buena en el siglo XX. ¿Y este?, Napoleón Bailén Arapiles. Menos. Ah, este creo que servirá: Cándido Banderas Blanco. Lo telefoneo de inmediato.

Oiga, ¿es usted el Máster en Cultura de Paz? Sí, señor, Cándido Banderas Blanco para servirle, ¿qué desea? Pues verá, Cándido, soy el Presidente, y es que tengo un engorro de guerra que me quiero quitar de encima de una vez, que entre tanto funeral y tanto parte y tanta reunión con los generales, que no se puede usted imaginar lo pesaditos que se me ponen los generales, pues no doy abasto. Ah, no hay problema, Presidente, ha llamado usted a un experto, ya he perdido la cuenta de las guerras en las que he mediado. Si quiere, le remito mi currículum por e-mail. No, no hace falta, Cándido, me corre prisa el asunto. Si es así, Presidente, ¿para cuándo quiere usted que intervenga? Pues lo antes posible, Cándido. A ver si puede ser antes de que acabe esta semana, porque la próxima tengo un viaje oficial a Poligonia. Bueno, Presidente, déjeme que consulte mi agenda..., el jueves y el viernes ya los tengo comprometidos con otras guerras, ¿le viene bien el miércoles, por ejemplo? Vale, el miércoles mismo, pero a ver si puede ser por la mañana, que por la tarde tengo que inaugurar un parque eólico. Ah, y mándeme primero un presupuesto, por favor, no se me vaya a poner el asunto en un pico, porque con la dichosa guerra se me ha ido ya un dineral. Contenta tengo a la Ministra de Hacienda... ¿Cobra usted muy caro, Cándido? No, qué va, ya lo comprobará: facturo un fijo por guerra y un tanto por muerto que se lleve contabilizado. Además, las víctimas civiles se las cobro a mitad de precio que las víctimas militares. Y por los prisioneros no se preocupe, que los tengo en oferta: ha tenido usted suerte, Presidente, hasta fin de mes no cobro por prisioneros. Una bicoca, se lo aseguro, y no como otros Másteres en Cultura de Paz que son unos abusones. No, si me fío de usted, Cándido, pero..., una última cosa, ¿y la garantía? Pues tiene usted dos años de garantía, Presidente. Si su guerra se reactiva antes de 2 años, le devolvemos el dinero.

Visto así, queridos amigos, quizás el Máster en Cultura de Paz se postule como una profesión con futuro.

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