31 jul. 2009

Lean sus nombres, miren sus rostros

En relación a los últimos crímenes etarras, he recordado que hace dos veranos escribí un artículo que remití a la prensa local. En contra de lo acostumbrado, no lo publicaron. Entonces no supe si fue decisión del Redactor Jefe, pues en aquella época tal vez lo considerase inoportuno por haberse iniciado un proceso de negociación, o simplemente porque mi correo se perdió en la procelosa autopista de la Red.
He buscado aquel texto en mis archivos para colgarlo de este blog. Ahí va:

Anteayer, mientras hacía tiempo para uno de los conciertos del ciclo de música antigua que se interpretan en la Iglesia de San Agustín, reconocí desde calle Granada la carpa que la Guardia Civil ha montado en la plaza de la Constitución bajo el lema frente al terrorismo. Por la libertad y por las víctimas. Por supuesto que me animé a entrar pues me había llamado la atención el reportaje que se publicó hace poco sobre ella. Sobre todo, la reproducción del zulo en el que mantuvieron secuestrado a Ortega Lara durante 532 días. Sin embargo, no fue la visión de aquel agujero lo que más me impresionó. Ni el traje destrozado de un artificiero ni las imágenes de los funerales ni las manifestaciones ciudadanas ni los gráficos estadísticos sobre tan truculenta actividad criminal. Todo ello, aun hiriendo la sensibilidad del público, no me impactó tanto como el paisaje con el uno se encuentra justo después de la sala de proyecciones. Tras haber rememorado en una breve, pero dramática, filmación las terribles escenas que se sucedieron un instante después del atentado de la Casa Cuartel de Zaragoza, se traspasa una cortina negra hacia el siguiente espacio expositivo. Allí, en el panel de la izquierda, se escriben a tres columnas los nombres de los paisanos fallecidos a causa de atentados contra la Guardia Civil, mientras que enfrentre del espectador, dispuestas en un mosaico gigantesco, se ordenan los rostros de los 236 guardias civiles asesinados por bandas terroristas. Entonces tuve que detenerme. No me pareció correcto continuar y dejar allí, inexistentes, irreales, a aquellos nombres y aquellos rostros. Leí uno por uno cada nombre. Miré uno a uno a cada rostro. Porque el nombre o el rostro de un muerto ya no es nada ni existe ni es real si no hay un lector que lo lea o un visitante que lo contemple. Es lo menos que se podía hacer por ellos: una vez que ya no viven ni existen ni son reales: leer sus nombres, mirar sus rostros… Nunca estuve en esos cementerios de guerra de los que se nutren los documentales, esos camposantos de tumbas trazadas con regla y compás sobre el que crece una parrilla de cruces, todas iguales, facsímil cada una de la siguiente, y que dibujan teselas de un puzzle macabro sobre la geometría del terror, pero la impresión debe ser comparable a la experimenté en la plaza de la Constitución. En ambos casos se trata de un homenaje o un recuerdo a quienes fueron unificados por la causa de su muerte, una sinrazón, una iniquidad, y quedaron distribuidos para siempre en pautas simétricas, cristalizadas, como una pieza arqueológica de la historia de la infamia. Además, estas caras lo miran a uno allá donde se ponga, bien a la izquierda, bien a la derecha, más cerca, más lejos... En su día fijarían la vista en el objetivo del fotógrafo, supongo que para el carné o el expediente. Todos con el mismo semblante oficial. Todos con idéntica asepsia del deber. Quién sabe con qué proyectos en sus mentes o con qué ilusiones para sus vidas. Unas instantáneas se adivinan más antiguas. Las delata el sepia del positivo o el peinado o un bigote pasado de moda. Otras, las más contemporáneas, se nutren del color o de la juventud. Pero una vez retratados, nos contemplan a nosotros los vivos desde su mundo bidimensional. Ahora sí que tienen cara de muertos, ahora, que sabemos que están muertos. ¿Acaso se vislumbra una pregunta en la cara de cada uno de esos muertos? ¿Acaso intuían que había que poner cara de muerto delante de aquella cámara que los retrató? Y todos juntos, mirándolo a uno como uno los mira a ellos, conmueven, emocionan, imponen… Da igual que se trate de doscientos o de trescientos o de quinientos o de cien. Están ahí. Y hasta que no se les ve a todos juntos no se adquiere la idea de la tragedia y de la estupidez humana. En estos tiempos en que la actualidad se alimenta de negociaciones y de pactos y de mesas y de compromisos y de desarmes, no quiero sugerir nada en ningún sentido, aunque tenga mi propia opinión sobre ello, porque no viene al caso. No. Es otra cosa la que quiero decir.
Y es que ellos están ahí, fotografiados, colgados de un panel de la carpa de la plaza de la Constitución. Y un puñado de nombres se escriben junto a la fecha de un asesinato. Vayan a verlos. Es lo mínimo que se puede hacer por ellos. Lean sus nombres. Miren sus rostros.

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