28 jul. 2009

Teléfonos

¿Os acordáis, apreciados amigos, de que hubo una época en que vivíamos sin teléfonos móviles? Parece mentira, pero es así. En aquellos tiempos pretéritos acontecían hechos insólitos que hoy cuesta trabajo imaginar. Las citas, por ejemplo, se concertaban con precisión dando sus coordenadas espacio-temporales. Caía dentro de la responsabilidad de cada cual atenerse a las instrucciones establecidas con antelación: a tal hora, en tal sitio. De lo contrario, el encuentro no llegaba a producirse. Si alguien se equivocaba de lugar o llegaba con demasiado retraso y no lo habían esperado, debía apechugar con el fracaso. Existían entonces, ancladas a las aceras, unas casetas de puertas acristaladas pensadas para tales menesteres. Os recuerdo que dentro de estas garitas cavernícolas se instalaban unos artefactos antediluvianos pensados para la comunicación. Sin embargo, rara vez le sacaban a uno del apuro pues, ora el auricular estaba arrancado, ora se tragaba las pesetas sin que se oyera la señal de línea, ora su uso quedaba inutilizado por cualquier otra manifestación de sano vandalismo. Sin embargo, hoy no hace falta el menor atisbo de precisión ni compromiso.
Son las y cuarto y aún no ha aparecido Laura. ¿La llamo? Sí, llámala, a ver por dónde anda. ¿Laura? Sí, Pepe, se me ha hecho tarde, ya lo sé. Pero, ¿ vas a tardar mucho más o elegimos un sitio para cenar y te llamamos después? No, no hace falta, Pepe, estoy casi al final de calle Larios. Ah, sí, ya te vemos: cuelgo.
Pero esto es solo el principio. Al teléfono móvil todavía le queda mucho trabajo.
Hola, perdonadme por el retraso, ¿sabéis ya dónde vamos a cenar? ¿Qué os parece si nos acercamos a Miguelito el Cariñoso? Ah, muy bien, allí asan unos estupendos espetos de sardinas. De acuerdo, pues nos vamos en dos coches. ¿Y si no hay sitio en Miguelito?, porque se ha puesto de moda… Pues nos metemos en cualquier otro merendero de los alrededores. Vale, tira tú primero, que te sigo.
Basta para el encuentro enunciar vaguedades como las del párrafo anterior. Ya se irán perfilando detalles conforme avance el reloj.
Pepe, no te vemos por el retrovisor, ¿acaso te has quedado atrás en el último semáforo? Sí, Laura, se me ha colado delante un pella que se me paró en el amarillo: vaya pelmazo, daba tiempo a que pasáramos los dos: pero ya salgo. Bueno, Pepe, no importa, nosotros vamos despacito, ¿nos veis? Sí, sí…, ya os vemos tres coches más adelante. Ah, y nosotros también os distinguimos detrás, entonces…, seguimos pues: a partir de los Baños del Carmen, os dejamos el primer aparacamiento libre, ¿vale?, nosotros buscaremos otro. De acuerdo, Laura, hasta ahora.
El protocolo de citas prosigue. Lo más probable es que hagan falta unas cuantas llamadas más.
¿Habéis aparcado ya? Ahora mismo, Pepe, nos ha costado trabajito, pero hemos encontrado un hueco en el lateral del arroyo Jaboneros. Ah, bueno, lo malo, Laura, es que no había mesa libre en Miguelito el Cariñoso, nos hemos sentado dos chiringuitos más allá. ¿En cuál, Pepe? En uno que no tiene nombre o, por lo menos, no lo leo desde aquí, pero no hay pérdida, ¿ves el astillero, Laura? Sí, si estamos al lado. Pues acércaos hacia él, que nosotros estamos en una de las dos terrazas, estamos haciéndoos señas. Ah, sí, ya vemos vuestros ocho brazos levantados…
Y todo arreglado.

Dios mío, ¿cómo puñetas funcionaba el mundo en la remota época en que no había móviles?

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