3 sept. 2009

La gorda

(Este breve relato está dedicado a mi buena amiga Francis, In Memoriam.)

No sé si os he dicho en alguna ocasión, apreciados amigos, que al principio de los ochenta estuve destinado como profesor de matemáticas en el Instituto de Bachillerato Camilo José Cela de Campillos. Durante 5 años conduje a diario por la carretera que me llevaba desde Málaga a mi centro de trabajo. Total: 170Km entre ida y vuelta. Obvio que en tan dilatado periodo de tiempo las singladuras se tornaron insufribles. Hace poco que deambulé de nuevo por la misma ruta. Iba solo, escuchando Radio 5, la única de la que no se pierde la sintonía por más que se circule por la geografía española. Y conforme me acercaba a cierto cambio de rasante, dejé de prestar atención al reportaje que se emitía pues algo se activó en mi subconsciente, una rutina que adquirí de aquella época. En efecto, sin pretenderlo y pese a la soledad de la cabina, comencé a reír justo al sobrepasar un olivo que aún perduraba en la margen derecha de la vía.
¿Cómo se explica tan extraño fenómeno? Eso es lo que os narraré en esta entrada.

He de retroceder entonces unos lustros. A fin de compartir los gastos de combustible, dos compañeras que también vivían en la capital se trasladaban al Instituto en mi coche. El hecho de que Francis, la profesora de Latín, María Victoria, la de Lengua española, y yo compartiéramos tantas horas de trayecto provocó que entre nosotros se entablara una franca amistad. Nos unía la desgracia de que nuestras plazas se hallasen tan lejos de nuestras residencias. Los 3 experimentábamos idénticos madrugones de silla eléctrica, idéntica fatiga en jornadas de sol a sol, idénticos tiritones de frío al descender hasta los helados llanos de Antequera en un automóvil con la calefacción estropeada. Nos sumía el mismo tedio, el mismo cansancio, la misma congoja. Eso sí, acabamos por olvidarnos de los peligros de la ruta. Preocupados por entrar a tiempo a la primera clase, apenas si protestábamos cuando un turismo adelantando en sentido contrario me obligaba a dar un volantazo para arrojarme a la cuneta. En tales circunstancias, aquel de los 3 que tuviera menos sueño quizás articulase un será cabrón el tío, aunque sin inmutarse, sin casi balbucear una queja pese a haberse rozado el accidente mortal.
El caso es que poco antes de ese cambio de rasante al que me referí arriba, situado ya a pocas leguas del pueblo, nos espabilábamos poco a poco. En voz alta nos preguntábamos por si se repetiría el episodio de cada mañana.

¿Estará la gorda hoy, Francis? No sé, Alberto, llevamos algo de retraso. A lo mejor ya se ha ido. ¿A ver? No, no, ahí está, jaaaa, jaaa, ja. La gordaaaa, jaaa, ja, jaaa, ahí está la gordaaa. Jaaaa, ja, ja, sí es verdad, está en su mismo olivoooo, jooo, jo, joo. La gorda está en su olivoooo, jooo, joo, jo…Porque había un olivo a la derecha del camino en el que solíamos encontrarnos con una chavalita de unos 12 ó 13. Permanecía de pie en el arcén junto a otros 2 niños más pequeños que ella, a buen seguro sus hermanos. Los 3 sostenían sendas carteras. Los 2 más chicos se uniformaban de babero blanco a rayas verticales verdes. Evidente que aguardaban al transporte escolar.

¿La habéis visto?, jooo, joo, jo, ¿habéis visto cómo estaba hoy la gordaaa?, jaaa, ja , ja…, hoy ponía cara de reloj de péndulo, jooo, jo, jo. Sí, sí, jaaa, jaa, ja, hoy estaba graciosísimaaaaa, ¿verdad, María Victoria? Jaaa, jaaa, ja.

A la vista de la gorda estallábamos en incontenibles y estrepitosas risotadas que ya no paraban hasta Campillos. Era una risa contagiosa que salía de no sé dónde y la provocaba no sé qué. Y cualquiera que se uniese a nosotros 3 en el viaje se extrañaba la primera vez que asistía al evento. Sin embargo, en posteriores ocasiones ya no podría evitar el troncharse durante un buen rato para terminar con el diafragma dolorido y secándose los ojos con la manga.
La gordaaa, jaaa, ja, ja, ja…, ahí estáaa, la gordaaa, ja, ja…

Al entrar al Instituto, el resto de profesores, que solo tenían noticias de la gorda por nuestras referencias, se interesaban por ella. Hoy os veo muy contentos, ¿acaso os habéis topado con la gorda? Sí, sí. Ja, ja, ja…, hoy estaba graciosísima, jaaa, ja, ja. No recuerdo con precisión cuándo tuvimos constancia de que la gorda nos aguardaba allí, a la salida del Sol, temiendo el paso de un coche rojo repleto de carcajadas, con desfigurados rostros tras los cristales de las ventanillas que clavaban en ella sus miradas lacrimosas. La gordaaa. jaaa, jaaa, jaa…, ahí está la gordaaa, ja, ja… Ya la veooo, jooo, jo, qué malo eres, Albertoooo, jooo, jo jooo, le vas a provocar un trauma a la pobre chiquilla, jooo, jo, jo, ¿no ves la expresión con la que se nos queda mirando la infeliz? Ya lo sé, María Victoria, jaaa, ja, jaaaa, a mí también me da una pena espantosaaaa, jaaa, ja…, pero es que no lo puedo remediar, aahhh, jaa, ja, es que la gorda es tan graciosaaaa. Jaaa, ja, ja…
Hubo de engendrarse un mecanismo gradual hasta que nos percatamos de ella. Y tampoco nos explicábamos qué lo desataba. Tan solo la vislumbrábamos allí, con los libros bajo el brazo, para que comenzase el jolgorio. La superábamos a 80 Km/h, con la vista a la derecha, partidos de risa, intentando controlar los involuntarios espasmos abdominales. Y así un día tras otro.
¿Y la gorda? ¿Dónde está? Qué raro que no aparezca a su hora: solo se ve a sus hermanos: ¿habrá enfermado? No, no, Alberto, la gorda está allí, detrás del olivo: se ha escondido: joo, jo, jo: se ha escondido para que no la viéramos. Aaaahh, es cierto, Francis, ja, ja, ja, la gorda se ha escondidoooo, jaa, ja ,ja.

Porque durante unos días la gorda intentó ocultarse de la befa matutina. Inútil. Aquel paisaje no era apto para emboscadas. Terminó saliendo de nuevo a la cuneta a dar la cara. Ella no sabría por qué tenía que darla. Y nosotros tampoco. Pero todos sentimos que las cosas volvían a la normalidad, a la hilarante normalidad de las nueve menos diez.

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