En el borde de uno de los brazos de la Galaxia, una estrella de masa descomunal llega al final de su vida, agota el combustible de hidrógeno y helio del núcleo hasta que se muestra incapaz de soportar su propio peso. Se aplasta sobre sí mima. La energía liberada en el proceso desencadena una terrible explosión que libera energías inimaginables, las necesarias para catalizar reaciones nucleares de fusión. Todo tipo de elementos de la tabla periódica se generan en este infernal laboratorio cósmico. Gas y polvo es expulsado a velocidades increíbles hacia el vacío circundante.Miles de años más tarde, la gravedad ha actuado sobre esta nebulosa enrarecida, esta sopa de átomos sueltos que quedaron como vestigios de la hecatombe estelar. La materia se agrupa al atraerse. Conforme cae hacia su centro de masas, comienza a girar y a aplastarse hasta adoptar forma lenticular. El meollo más interior, cuando adquiera la suficiente entidad, dará lugar a una nueva estrella: nuestro Sol. Mientras tanto, en estas pistas circulares surgen otros puntos de concentración que atraen a más material hacia sí mismos y barren de obstáculos sus respectivas trayectorias. Nacen los planetas. Se trata de una época catastrófica. La Tierra, al igual que sus hermanos del sistema solar, sufre el bombardeo continuo de meteoritos y cometas provistos de muy mala leche. No obstante, gracias a ellos se deposita agua a raudales y se llenan las cuencas de espléndidos océanos en los que hay disueltas moléculas orgánicas de cierta complejidad. Solo unos 500 millones de años después, algunas de estas moléculas se han dispuesto en esbeltas cadenas que se retuercen como hélices: la Naturaleza ya dispone de ARN. No se sabe muy bien cómo, en este caldo primordial (como así lo llamó el biólogo ruso Aleksandr Oparim) aumenta la complejidad de las reacciones químicas hasta la concepción de la primeras algas y bacterias. Estas son las encargadas de llenar de oxígeno la atmósfera según un proceso bien estudiado, pero cuyos detalles no se incluirán en esta Historia de la Perfección por falta de espacio. Consulte el lector interesado las obras especializadas.
A partir de aquí, la selección natural entra en juego. Sus reglas son fáciles. Durante la vida de estos seres inferiores se producen mutaciones al azar. Muchas de ellas no sirven para nada o, aún peor, disminuyen las posibilidades de supervivencia del organismo afectado. No obstante, algún caprichoso cambio en los cromosomas da lugar a una mejor adaptación del individuo al ambiente. Estos bichitos o plantitas afortunados, por el simple hecho de subsistir con más oportunidades, tendrán una mayor descendencia, con lo que legan la mejora genética a sus herederos. Y así se pasa de los unicelulares a los pluricelulares, mucho después, a los invertebrados, a los vertebrados, los peces, los anfinios, los reptiles y, de estos, a las aves y los mamíferos.
Ahora hay disparidad de opiniones. Los creyentes sostienen que fue el soplo de la divinidad el que alumbró la inteligencia en el cerebro de un par de especies de primates: el homo neanderthalensis y el homo sapiens. La ciencia, por su parte, sigue investigando la causa de fenómeno tan curioso. Del neandertal tampoco se conoce la causa de su extinción. Con toda probabilidad, bien Dios, bien las leyes físico-matemáticas del universo, se decantaron por el sapiens en su camino hacia lo perfecto. Y por fin, nuestra generación ha tenido la suerte de asistir al último de estos pasos, al último avance, al último peldaño de la creación. Hemos contemplado fascinados cómo se llegaba, tras un fatigoso camino iniciado hace más de 4.500 millones de años, a la cúspide de la pirámide evolutiva, al prototipo de superhombre nietzschiano, al Zaratustra definitivo que dejará a la altura de una babucha a Newton y a Aristóteles y a Einstein y a Bach y a Gauss y a Galileo y a Cervantes y a Shakespeare. Se trata, nada más y nada menos, que de Belén Esteban. Bien la Providencia, bien las leyes de la Naturaleza, han necesitado de la explosión de una supernova y de varios eones para conseguir su objetivo. Y con el advenimiento de Belén Esteban termina este Breve historia de la perfección, de la que tal vez otro día, queridos amigos de este blog, os cuente nuevos capítulos.
10 jul 2009
Breve Historia de la Perfección
Etiquetas
Narraciones
3 jul 2009
El profesor y el chumbo
Los asiduos visitantes de este blog habréis observado que suelo comenzar cada entrada con una breve introducción. En ella relato qué es lo que me ha impelido a teclear. En muchas ocasiones, casi nada tiene que ver el origen del opúsculo con el tema que desarrollo. Este es el caso. Veréis, queridos amigos.
El pasado jueves asistí a la presentación del libro Historia y actualidad de un museo científico, cuyo autor no es otro que mi hermano Luis. Antes de cambiar de tercio, quiero informaros de que el Museo de Ciencia Padre Suárez, situado en los sótanos del Instituto granadino del mismo nombre, ofrece un excelente ejemplo de lo que debe ser un museo de ciencia. Podéis comprobarlo pinchando en el enlace que he dejado atrás. Avasallado en fama por el Parque de las Ciencias de la misma ciudad, en el Museo Padre Suárez sí que se encuentra ciencia auténtica, y no una colección de jueguecitos interactivos que el público suele interpretar como mera prestidigitación, sin enterarse de cuál es el fundamento de la magia que subyace a la experiencia. Si viajáis a Granada, procurad visitar el Museo Padre Suárez. No os decepcionará.
El caso es que, en el transcurso de la conversación de café que mantuvimos al término del acto mi hermano, mi primo y yo, salieron a relucir, normal, la pedagogía y la didáctica. Entonces les narré las terribles experiencias que hube de sufrir como padre LOGSE: en concreto: como padre cuya hija inauguró la puesta en marcha de la LOGSE. Qué horror, madre mía. Porque a mi hija mayor la arrolló el estreno de la LOGSE. A mi otra hija ya le pilló la Ley algo más atenuada. Pero a mi primogénita... Con solo recordarlo, se me desgarran las mangas de la camisa al erizárseme el vello de los antebrazos. Os referiré aquí los más espeluznantes episodios.
1) Dos entes. Describo la escena: Rocío hace sus deberes. En la mesa reposa el libro en el que ha de responder a diversas cuestiones rellenando huecos señalados por una ristra de puntos.
Papá, dime dos entes. ¿Dos entes?, ¿a qué te refieres, Rocío? No sé, papá, aquí dice que escriba los nombres de dos entes. Joder, qué cosas te piden, hija, pues..., no sé..., un ente es cualquier cosa que exista, pon entonces dos cosas cualesquiera. ¿Dos cosas?, no, papá, dímelas tú. Venga hija, que es fácil, pon dos cosas, las que se te ocurran. A mí no se me ocurre nada, papá, dímelas tú, porfa. Bueno, anda, Rocío, allá van dos entes: copia: el profesor y el chumbo. Pero, papá, mira que por donde me has salido..., ¿cómo voy a poner eso?, seguro que me cascan un cero. Qué va, Rocío, es una respuesta perfecta. Que no, papá, que no pongo yo el profesor y el chumbo, vamos, faltaría más... Pues no entiendo por qué no puedes ponerlo, Rocío, ¿no es el profesor un ente?, ¿eh?, ¿y el chumbo?, ¿no es el chumbo otro magnífico ente? Que no, papá, dime otros dos entes que no sean ni el profesor ni el chumbo. Me niego, Rocío: yo ya te he dicho dos entes, así que, o pones los que te he dicho, o te inventas tú otros dos entes distintos. Papá, por favor, que tengo que entregar esto mañana, no me seas cabezón...
No recuerdo bien cómo acabó aquello de el profesor y el chumbo, ni si mi hija eligió otro par de entes con que solucionar la papeleta.
2) La leva. La asignatura de Tecnología representó la peor de las amenazas. En cierta ocasión tuve que construir una biela, una manivela y una leva. Aproveché una cita con el tutor para desahogarme.
Verá usted, entro por el aro porque no me queda más remedio, pero no concibo que a las matemáticas se le dediquen tres horas a la semana, y a la tecnología, cuatro. Tengo 40 años, ¿sabe, usted?, y he vivido tan tranquilo hasta hoy sin necesidad alguna de construir una leva. Y es que no entiendo por qué hay que construir una leva para saber lo que es una leva. El día que haya que explicar lo que es un motor de explosión, ni me imagino lo que tendremos que hacer los padres. Porque, además, seguro que ningún alumno ha hecho su leva. Se la habrá hecho su papá. Y esto habrá que tomarlo como un concurso de padres: a ver qué padre construye la mejor leva.
Tuve que confeccionar todo tipo de artilugios con la mera ayuda de las herramientas de las que se suele disponer en un hogar normal. Aquel padre LOGSE necesitaba de completos bancos de carpintero, tornos de mecánico, hornos de ceramista, túneles del viento, prensas hidráulicas, talleres de electrónica y, si me apuran, hasta aceleradores de partículas. Otra vez cocí en mi microondas doméstico una palmatoria de arcilla. Por supuesto que, nada más depositarla en la mesa de la cocina, mi obra de alfarería se rompió en 4 ó 5 trozos. Haciendo trampas, recompuse las piezas a base de pegamento rápido. A la mañana siguiente, cuando dejé a mi hija a las puertas del colegio, le encomendé que tuviera el máximo cuidado transportando la palmatoria.
Rocío, por la Virgen, por san Miguel Arcángel y por todos los coros celestiales, lleva la caja de la palmatoria siempre en esta postura. Y déjala en el pupitre con suavidad. Mucha precaución, ¿vale, Rocío?, procura que no se te fragmente de nuevo.
Cuando la recogí, vi que cada uno de sus compañeros sostenía en su mano una palpatoria descuajaringada. En cambio la mía, gracias al cianocrilato, se mantuvo intacta el tiempo justo para calificarla.
Y solo he narrado unos ejemplos. Porque al comprar los libros de texto en septiembre, el primero de los que hojeaba, temblándome las manos, aterrorizado, temeroso de lo que se me ordenaría en sus páginas, era el de Tecnología. Quién sabe si aquel año me tocaría construir a escala el Golden Gate con pinzas de la ropa.
3) La incardinación en el medio. Terminó Rocío la LOGSE sin saber a ciencia cierta si Teruel lindaba con Ceuta, si el Tajo, a su paso por Gijón, tributaba sus aguas al Genil, o si hubo un Fernando XII en la monarquía española que ganó la batalla de Trafalgar enfrentándose a la flota turca que capitanaba Conan el Bárbaro. Por el contrario, aprendió todo lo aprendible de nuestra comunidad autónoma y, más en concreto, de los alrededores de nuestra ciudad. De hecho, tanto alabó su maestra uno de mis trabajos, que lo colgué orgulloso de El rincón del vago. Qué obra la mía. No quedó arroyuelo ni montículo cercano a Málaga que no citara en mi estudio. No obstante, estas cateterías me pusieron en algún que otro apuro.
Papá, ¿hay artesanos cerca de aquí? Cómo artesanos, ¿a qué te refieres, Rocío? Sí, verás, es que en mi libro dice: Si hay en tu calle algún artesano, pregúntale en qué consiste su labor y escríbela a continuación. Ah, bueno, Rocío, es fácil, copia, que te dicto: en mi calle no hay ningún artesano. Por favor, papá, ¿ya estamos otra vez?, no puedo poner eso. Pero si es verdad, Rocío, en esta calle no vive ningún artesano: no querrá el autor del libro que uno se invente un artesano, ¿no?, aunque con las actividades de Tecnología que llevo hechas, igual me puedo considerar ya un artesano polifacético..., soy alfarero, electricista, tallador, cestero, calafateador, sillero, afilador, cerero, orfebre, encuadernador, tapicero..., de todo, Rocío, he acabado sabiendo de todo: venga, de qué artesanía quieres que te hable.
Otra de aquellas preguntitas, supongo que enfocada a profundizar en la cultura andaluza, rezaba así: Busca en tu barrio a alguien que sepa un cante de trilla, pídele que te lo entone y cópialo a continuación. Le exigían a la chiquilla, urbanita de nacimiento, nada menos que un cante de trilla. A lo mejor en los pueblos hay quien se sepa alguno, pero en plena capital... Habréis adivinado, queridos lectores, cómo me zafé en esta ocasión del puñetero cante de trilla.
Rocío, escribe, que esta será tu respuesta: En mi barrio no hay nadie que se sepa un cante de trilla.
El pasado jueves asistí a la presentación del libro Historia y actualidad de un museo científico, cuyo autor no es otro que mi hermano Luis. Antes de cambiar de tercio, quiero informaros de que el Museo de Ciencia Padre Suárez, situado en los sótanos del Instituto granadino del mismo nombre, ofrece un excelente ejemplo de lo que debe ser un museo de ciencia. Podéis comprobarlo pinchando en el enlace que he dejado atrás. Avasallado en fama por el Parque de las Ciencias de la misma ciudad, en el Museo Padre Suárez sí que se encuentra ciencia auténtica, y no una colección de jueguecitos interactivos que el público suele interpretar como mera prestidigitación, sin enterarse de cuál es el fundamento de la magia que subyace a la experiencia. Si viajáis a Granada, procurad visitar el Museo Padre Suárez. No os decepcionará.
El caso es que, en el transcurso de la conversación de café que mantuvimos al término del acto mi hermano, mi primo y yo, salieron a relucir, normal, la pedagogía y la didáctica. Entonces les narré las terribles experiencias que hube de sufrir como padre LOGSE: en concreto: como padre cuya hija inauguró la puesta en marcha de la LOGSE. Qué horror, madre mía. Porque a mi hija mayor la arrolló el estreno de la LOGSE. A mi otra hija ya le pilló la Ley algo más atenuada. Pero a mi primogénita... Con solo recordarlo, se me desgarran las mangas de la camisa al erizárseme el vello de los antebrazos. Os referiré aquí los más espeluznantes episodios.
1) Dos entes. Describo la escena: Rocío hace sus deberes. En la mesa reposa el libro en el que ha de responder a diversas cuestiones rellenando huecos señalados por una ristra de puntos.
Papá, dime dos entes. ¿Dos entes?, ¿a qué te refieres, Rocío? No sé, papá, aquí dice que escriba los nombres de dos entes. Joder, qué cosas te piden, hija, pues..., no sé..., un ente es cualquier cosa que exista, pon entonces dos cosas cualesquiera. ¿Dos cosas?, no, papá, dímelas tú. Venga hija, que es fácil, pon dos cosas, las que se te ocurran. A mí no se me ocurre nada, papá, dímelas tú, porfa. Bueno, anda, Rocío, allá van dos entes: copia: el profesor y el chumbo. Pero, papá, mira que por donde me has salido..., ¿cómo voy a poner eso?, seguro que me cascan un cero. Qué va, Rocío, es una respuesta perfecta. Que no, papá, que no pongo yo el profesor y el chumbo, vamos, faltaría más... Pues no entiendo por qué no puedes ponerlo, Rocío, ¿no es el profesor un ente?, ¿eh?, ¿y el chumbo?, ¿no es el chumbo otro magnífico ente? Que no, papá, dime otros dos entes que no sean ni el profesor ni el chumbo. Me niego, Rocío: yo ya te he dicho dos entes, así que, o pones los que te he dicho, o te inventas tú otros dos entes distintos. Papá, por favor, que tengo que entregar esto mañana, no me seas cabezón...
No recuerdo bien cómo acabó aquello de el profesor y el chumbo, ni si mi hija eligió otro par de entes con que solucionar la papeleta.
2) La leva. La asignatura de Tecnología representó la peor de las amenazas. En cierta ocasión tuve que construir una biela, una manivela y una leva. Aproveché una cita con el tutor para desahogarme.
Verá usted, entro por el aro porque no me queda más remedio, pero no concibo que a las matemáticas se le dediquen tres horas a la semana, y a la tecnología, cuatro. Tengo 40 años, ¿sabe, usted?, y he vivido tan tranquilo hasta hoy sin necesidad alguna de construir una leva. Y es que no entiendo por qué hay que construir una leva para saber lo que es una leva. El día que haya que explicar lo que es un motor de explosión, ni me imagino lo que tendremos que hacer los padres. Porque, además, seguro que ningún alumno ha hecho su leva. Se la habrá hecho su papá. Y esto habrá que tomarlo como un concurso de padres: a ver qué padre construye la mejor leva.
Tuve que confeccionar todo tipo de artilugios con la mera ayuda de las herramientas de las que se suele disponer en un hogar normal. Aquel padre LOGSE necesitaba de completos bancos de carpintero, tornos de mecánico, hornos de ceramista, túneles del viento, prensas hidráulicas, talleres de electrónica y, si me apuran, hasta aceleradores de partículas. Otra vez cocí en mi microondas doméstico una palmatoria de arcilla. Por supuesto que, nada más depositarla en la mesa de la cocina, mi obra de alfarería se rompió en 4 ó 5 trozos. Haciendo trampas, recompuse las piezas a base de pegamento rápido. A la mañana siguiente, cuando dejé a mi hija a las puertas del colegio, le encomendé que tuviera el máximo cuidado transportando la palmatoria.
Rocío, por la Virgen, por san Miguel Arcángel y por todos los coros celestiales, lleva la caja de la palmatoria siempre en esta postura. Y déjala en el pupitre con suavidad. Mucha precaución, ¿vale, Rocío?, procura que no se te fragmente de nuevo.
Cuando la recogí, vi que cada uno de sus compañeros sostenía en su mano una palpatoria descuajaringada. En cambio la mía, gracias al cianocrilato, se mantuvo intacta el tiempo justo para calificarla.
Y solo he narrado unos ejemplos. Porque al comprar los libros de texto en septiembre, el primero de los que hojeaba, temblándome las manos, aterrorizado, temeroso de lo que se me ordenaría en sus páginas, era el de Tecnología. Quién sabe si aquel año me tocaría construir a escala el Golden Gate con pinzas de la ropa.
3) La incardinación en el medio. Terminó Rocío la LOGSE sin saber a ciencia cierta si Teruel lindaba con Ceuta, si el Tajo, a su paso por Gijón, tributaba sus aguas al Genil, o si hubo un Fernando XII en la monarquía española que ganó la batalla de Trafalgar enfrentándose a la flota turca que capitanaba Conan el Bárbaro. Por el contrario, aprendió todo lo aprendible de nuestra comunidad autónoma y, más en concreto, de los alrededores de nuestra ciudad. De hecho, tanto alabó su maestra uno de mis trabajos, que lo colgué orgulloso de El rincón del vago. Qué obra la mía. No quedó arroyuelo ni montículo cercano a Málaga que no citara en mi estudio. No obstante, estas cateterías me pusieron en algún que otro apuro.
Papá, ¿hay artesanos cerca de aquí? Cómo artesanos, ¿a qué te refieres, Rocío? Sí, verás, es que en mi libro dice: Si hay en tu calle algún artesano, pregúntale en qué consiste su labor y escríbela a continuación. Ah, bueno, Rocío, es fácil, copia, que te dicto: en mi calle no hay ningún artesano. Por favor, papá, ¿ya estamos otra vez?, no puedo poner eso. Pero si es verdad, Rocío, en esta calle no vive ningún artesano: no querrá el autor del libro que uno se invente un artesano, ¿no?, aunque con las actividades de Tecnología que llevo hechas, igual me puedo considerar ya un artesano polifacético..., soy alfarero, electricista, tallador, cestero, calafateador, sillero, afilador, cerero, orfebre, encuadernador, tapicero..., de todo, Rocío, he acabado sabiendo de todo: venga, de qué artesanía quieres que te hable.
Otra de aquellas preguntitas, supongo que enfocada a profundizar en la cultura andaluza, rezaba así: Busca en tu barrio a alguien que sepa un cante de trilla, pídele que te lo entone y cópialo a continuación. Le exigían a la chiquilla, urbanita de nacimiento, nada menos que un cante de trilla. A lo mejor en los pueblos hay quien se sepa alguno, pero en plena capital... Habréis adivinado, queridos lectores, cómo me zafé en esta ocasión del puñetero cante de trilla.
Rocío, escribe, que esta será tu respuesta: En mi barrio no hay nadie que se sepa un cante de trilla.
Etiquetas
Experiencias
Suscribirse a:
Entradas (Atom)