Estoy terminándome El Baco, una novela de Jesús García Castrillo, Chus para los compañeros, Catedrático de Lengua y Literatura, escritor, excelente cocinero, violinista, pintor, melómano, lector voraz y analista financiero. La obra a la que me refiero fue seleccionada para la fase final de importantes premios literarios, el Andalucía, el Café Gijón, el Azorín y nada menos que el Planeta. Coincidí con Chus durante unos años en el Instituto de Bachillerato Emilio Prados, en donde establecimos una buena amistad. De El Baco puedo comentaros, queridos asiduos de este blog, que es una narración que se adelanta en varios años a la tónica que prevalece en nuestros días y que tantos bestsellers está generando. Chus, con la perspicacia que lo caracteriza, intuyó el atractivo que produciría un cóctel en el que se mezcla la intriga actual con la indagación histórica sobre cultos religiosos ya perdidos. (En el caso de El Baco, este culto se enfoca a la deidad del vino, quien reclama la borrachera como rito central de su liturgia.) En vista del éxito, combinaciones de ese tenor han sido imitadas en tiempos recientes por numerosos autores. Podéis obtener más información acerca de El Baco en la página web http://www.elbaco.com. Os la recomiendo. Chus, sobre todo en la segunda parte de la narración, retrata con sutil ironía el ambiente que se respiraba en los centros docentes de enseñanza media durante los comienzos de la transición. En sus personajes ficticios he reconocido a muchos de los prototipos reales que pululaban por las aulas y los claustros de aquel entonces. Entre ellos, la figura del conserje. En una divertida escena, García Castrillo desvela los pensamientos del ordenanza del instituto tras encomendarle la Directora que retirara las sillas que llevaban semanas desperdigadas por el patio de deportes. Y el bedel, a lo suyo: que si el sindicato me ha informado de que ese no es mi cometido, que si yo a vigilar, que es lo mío, que si chufla, chufla…, que como no te apartes tú…, etcétera, etcétera. Me reí bastante con estos refunfuños. Máxime porque viví una situación muy similar cuando desempeñé la Dirección del Departamento de Álgebra, Geometría y Topología de mi Universidad. Es este absurdo episodio el que os quiero relatar aquí. Comienzo.
Una de las profesoras de mi Departamento amuebló por completo su despacho, situado en el segundo piso del módulo de Matemáticas. El decorador que se encargó de ello retiró las sillas, las mesas y los trastos viejos que había antes, salvo un armario que se le antojó a otro de nuestros profesores, Dorado, un joven y brillante matemático a quien se rescató del extranjero gracias a las becas Ramón y Cajal. A Dorado lo teníamos acomodado en uno de nuestros despachos de la tercera planta. Como recién llegado, no contaba con ningún mueble en el que colocar sus libros y sus enseres personales. Por consiguiente, aquel armario le venía de perillas. Ahora bien, pasaba una jornada y otra y otra más y el armario seguía allí, adosado a una de las paredes de la galería, afeando el recinto, estorbando el paso. Una mañana le pregunté por el particular a nuestra administrativa.
Luisa, ¿qué pasa con este armario, que lleva no sé cuántas semanas aquí en medio? Ah, Alberto, el armario…, resulta que Dorado creía que, con pedírselo a los conserjes, se lo subirían arriba, pero, al parecer, los conserjes dicen que ese no es trabajo suyo: así que Dorado ha hablado con los cristaleros y le van a hacer el favor de ayudarle a subirlo. Ah, bueno, pues a ver si se dan prisa, porque este bulto aquí ya daña la vista. Sin embargo, caían las hojas del almanaque sin que el dichoso armario se moviese de su sitio. Decidí ocuparme del asunto en persona. Para ello, me dirigí al Vicedecano de Infraestructuras.
Oye, Valeriano, tenemos un armario en nuestro corredor dando por culo y necesitamos llevarlo al piso de arriba, pero me cuenta Luisa que los conserjes no pueden mover un mueble: ¿seguro que es así? En efecto, Alberto, así es: qué quieres que te diga: tú no te figuras, por ejemplo, la que tuvimos que liar en el Decanato cuando la mudanza de la Biblioteca. Al final, le soltamos un dinerillo extra a los jardineros para que fueran ellos los que hicieran el traslado. Joder, Valeriano, pero si eso es absurdo: no me lo puedo creer. Pues créetelo, Alberto, en ninguna normativa de la Universidad se especifica qué personal tiene que realizar ese tipo de tareas: así, cada vez que necesitamos trasladar algo, ni te imaginas el conflicto que nos supone. Y lo más gracioso es que, si hay que acarrear algo de un edificio a otro, entonces sí, en ese caso se llama a los del Almacén General y vienen con una furgoneta, pero si es de una dependencia a otra dentro del mismo edificio, nanay del peluquín. Anda, qué bueno, Valeriano, me acabas de dar la solución. Ah, ¿sí? Sí, verás: nosotros, como también impartimos docencia en la carrera de Magisterio, disponemos de un despacho en aquella Facultad: así que solo tengo que encargarle a los del almacén que se lleven el armario a Ciencias de la Educación, y 2 ó 3 días más tarde, les digo que me lo devuelvan aquí, pero a la tercera planta en vez de a la segunda. Por favor, Alberto, no irás hacer eso, ¿verdad?, sería ridículo enviar un armario de ida y vuelta solo para que acabe un tramo de escaleras más arriba. ¿Por qué no, Valeriano?, si ese es el tortuoso camino que describe un tramo de escaleras, pues habrá que recorrerlo, digo yo. No, Alberto, espérate, vamos a hacer lo siguiente: intentaré comunicarme con la Conserje Mayor de la Universidad y le plantearé el problema: a ver si me da una solución, ¿te parece? Bueno, Valeriano, pero que sea prontito, ¿vale? Sí, sí…, yo me daré prisa.
Pese a las buenas palabras de mi Vicedecano, el armario persistió una semana más anclado en las mismas baldosas. De nuevo tuve que emprender la iniciativa, la cual partió de otra charla con la administrativa del Departamento. Oye, Luisa, ¿no es cierto que cualquier profesor puede pasarse por el Almacén General y pedir que le lleven un mueble de los que haya allí? Sí, Alberto, y allí hay montañas de mesas, sillones, archivadores…, de todo. Ah, bien: otra cosa: ¿se sabe algo de los cristaleros?, ¿no iban a ayudarle a Dorado a subir su armario? Pues no, Alberto, no se sabe nada: como la limpieza de las ventanas se hace no se sabe con qué periodicidad…, desde que hablaron con Dorado no han aparecido por aquí. Bueno, Luisa, entonces llama ahora mismo al Almacén General…, por cierto, ¿dónde está ese almacén? En la otra punta del Campus, Alberto, en los bajos de la Facultad de Medicina. Ah, vale, aunque eso no es relevante: pues los llamas, Luisa, y les dices que se acerquen por aquí a recoger este armario. ¿El de Dorado?, pero si lo quería el chaval para usarlo él. Sí, ya lo sé, Luisa, pero después de que hayas dado ese aviso, telefoneas a Dorado y le informas de que su armario va camino del Almacén General, y que cuando tenga él tiempo, mañana o pasado, se llegue allí y lo reclame para que se lo instalen en su despacho. Ja, ja, ja…, pues hay que ver, Alberto, las vueltas que va a dar el armarito, ja, ja. No te extrañe, Luisa, no sabes tú bien cómo la burocracia ha convertido en una intrincada singladura el sencillo tramo de escaleras que nos separa del piso de arriba.
Y así es, queridos amigos, cómo conseguí que el armario subiese una planta. Mi amigo Chus ya sabía del asunto mucho antes que yo.
15 ago 2009
Escaleras borrachas
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Experiencias
12 ago 2009
Cotilleos en Riofrío
Hoy quiero relataros, queridos amigos, cierta escena que aconteció este domingo.Mi mujer y yo habíamos pasado el fin de semana en un hotel de la sierra de Cazorla. No viajamos hasta allí para practicar el senderismo ni la escalada ni el descenso de cañones ni la observación de aves rapaces. Qué va. Nos limitamos a disfrutar del circuito hidrotermal del Spa, pues mi esposa es una enamorada de los hidromasajes, mientras que a mí me fascina experimentar con los gradientes extremos de temperatura que se establecen entre las saunas y las pozas frías. La exploración que merece aquella zona la aplazamos para otra visita más larga.
Ya de regreso, planeamos que la parada para el almuerzo la realizaríamos en Riofrío. Aquellos de vosotros que no conozcáis el topónimo, sabed que denomina a una aldea de la provincia de Granada famosa por dedicarse a la cría de la trucha y el esturión. De ahí que haya más restaurantes que viviendas en este pequeño caserío. Tras probar suerte en 3 de los establecimientos, fue en el cuarto en el que, por fin, un camarero nos acomodó sin necesidad de incluirnos en lista de espera. Qué cantidad de gente, Dios. Supongo que la población de los alrededores acude allí en masa, no solo por la festividad, sino por el oasis que representa aquel fresco paraje fluvial rodeado por leguas y leguas de greda recalentada por el sol de agosto. La mesa contigua a la nuestra la ocupaba una familia integrada por mamá, papá, hija mayor, hijo menor y el novio de la hija mayor. ¿Cómo supe de esa relación de parentesco? Ni idea. El caso es que, sin necesidad de expresarlo, Charo y yo llegamos a idéntica conclusión. De hecho, en nuestros cuchicheos en voz baja nos referíamos a cada uno de ellos por el apelativo que debiera corresponderle.
¿Has visto, Charo, cómo al pobre padre le han uniformado de turista?, fíjate: polito de color claro, ridículo pantalón a media pierna, de esos que el siglo XXI ordena lucir en verano, y mocasines azules sin calcetín. Y tú qué sabes, Alberto, igual a él le apetece ir así. Anda, Charo, por favor, cómo le van a apetecer esos pantalones: además, no le cuadran en absoluto a un sesetón como él: eso ha sido el manatí de su mujer, seguro que lo ha vestido así su mujer, me apuesto la cabeza. Fijo que el manatí llegó a su casa una tarde de rebajas con el regalito: Pepe, mira lo te he comprado: María, qué espanto, yo eso no me lo pongo: cómo que no, Pepe, si con esto vas a estar la mar de fresquito, y a la moda, todos los hombres llevan uno…, y me han salido baratísimos. Pues tú, Alberto, nunca te has puesto uno de esos. Por supuesto que no: tú sabes que siempre visto igual: y con esa filosofía, hay épocas en las que encajo con los tiempos, y épocas en las que no, pero a mí me es indiferente: con tal de ir como a mí me plazca. Tú dirás lo que quieras, Alberto, pero esos pantalones son muy apañados: si no te los compro es porque sé que se quedarán colgados de la percha. ¿Apañados?, qué cosas tienes, a mí me resultan ridículos, ya te lo dije, y sin calcetines, todavía más ridículas lucen esas pantorrillas peludas. ¿Y esos tendones de Aquiles?, ¿eh?, qué horror. Y advierte los pedazos de bolsillos que hay por debajo de la rodilla…, cualquiera deja caer algo en ellos arriesgándose a no lograr recuperarlo después. A menos, claro, que se tengan brazos de jugador de baloncesto. Porque ni agachándote llegarías al fondo: esa especie de mochila también descendería contigo. ¿Ves, Charo?, mira cómo el papá lo lleva todo en el bolsillito del pecho: atiborrado lo tiene con las gafas, la cartera, las pastillas para el colesterol, las pastillas para la hipertensión, las pastillas para la acidez...: lo que te decía, una alforja en cada pierna, pero que no sirve para nada.
Tanto el papá como la hija mayor se mostraban bastante parcos. Entreveraban alguna palabra muy de vez en vez, limitándose a la sonrisa estándar que acaba provocando agujetas en las mejillas. La conversación corría a cargo de la mamá y, sobre todo, del novio y del hijo menor. Al aparentar ambos unos veintitantos, compartían temas sobre los que cambiar impresiones.
¿Te has dado cuenta, Alberto, de que la madre solo habla del ajuar? Sí, claro, por ahí se empieza, Charo: la madre está contentísima con el novio de la niña. Y si no mencionan nada de muebles es que el noviazgo es reciente y la compra de un piso todavía les pilla de lejos: pero la mamá ya quiere agarrar al novio y no soltarlo. Bueno está hoy el mercado de novios formales... Y con la cara de mango de paraguas que tiene la chiquilla, cuanto antes la coloque, mejor, que luego se vuelve otro manatí y ya no hay quien se la endose a nadie. Pues a mí, Alberto, no me da la impresión de un novio muy formal. A mí tampoco: claro que eso, los padres, siendo de otra generación, ni se lo plantean. Para ellos que esto va en serio. No sé yo el padre, Alberto, el tío no abre la boca. Cómo va a abrir la boca, Charo, el papá, entre esos pantalones que le han puesto a la fuerza, las ganas que tiene de salir escopetado para su casa a ver fútbol en Teledeporte, y la visión permanente del novio, ahí, delante de él, comiendo a su costa y beneficiándose a su hija, muy contento no tiene que estar. Porque el padre sospechará, con buen tino, que el novio se beneficia a su hija. ¿Y tú qué sabes, Alberto? Coño, Charo, por supuesto que sí, él también tuvo treinta años y sabe lo que a uno le pide el cuerpo en época de berrea. Por eso tiene cara de mosqueado, porque encima de que el jovenzuelo se folla a su niña, ahora tiene que pagarle el almuerzo. Y eso que, para lo que han pedido, le saldrá por cuatro perras. ¿No lo has visto?, una ensalada colectiva, y de lechuga tomate y cebolla, sin alharacas tropicales ni espárragos ni zarandajas, una fuente de patatas fritas y otra de chuletas vulgares de cerdo blanco: total: cuatro perras. Ah, y una botella de tinto y otra de gaseosa para todos. No, Alberto, el novio se comió antes una trucha y se tomó una copa de Montilla. Andando, pues peor me lo fías, Charo, ahora el padre estará pensando: tú, gandul, en vez de pedirte una trucha, y beber vino de señoritos, como si fueses un ricachón, y de joder con mi hija, porque seguro que, cada vez que os presto el coche, os vais al olivar a joder de lo lindo en el asiento de atrás, pue eso, en vez de todo eso, ponte a buscar un trabajo fijo, gandul, que eres un gandul. Ja, ja, ja…, Alberto, hay que ver lo que te imaginas…, ¿y si ahora saca el novio la billetera e invita a toda la familia?, ¿eh?, ¿qué me dirías entonces? Imposible, Charo, en el rostro de resignación de ese padre de pantalones ridículos está marcado quién va a pagar.
Pero no os puedo desvelar, apreciados lectores, quién aflojó la pasta ya que mi mujer y yo reanudamos la marcha mientras ellos seguían aún de sobremesa.
Ya de regreso, planeamos que la parada para el almuerzo la realizaríamos en Riofrío. Aquellos de vosotros que no conozcáis el topónimo, sabed que denomina a una aldea de la provincia de Granada famosa por dedicarse a la cría de la trucha y el esturión. De ahí que haya más restaurantes que viviendas en este pequeño caserío. Tras probar suerte en 3 de los establecimientos, fue en el cuarto en el que, por fin, un camarero nos acomodó sin necesidad de incluirnos en lista de espera. Qué cantidad de gente, Dios. Supongo que la población de los alrededores acude allí en masa, no solo por la festividad, sino por el oasis que representa aquel fresco paraje fluvial rodeado por leguas y leguas de greda recalentada por el sol de agosto. La mesa contigua a la nuestra la ocupaba una familia integrada por mamá, papá, hija mayor, hijo menor y el novio de la hija mayor. ¿Cómo supe de esa relación de parentesco? Ni idea. El caso es que, sin necesidad de expresarlo, Charo y yo llegamos a idéntica conclusión. De hecho, en nuestros cuchicheos en voz baja nos referíamos a cada uno de ellos por el apelativo que debiera corresponderle.
¿Has visto, Charo, cómo al pobre padre le han uniformado de turista?, fíjate: polito de color claro, ridículo pantalón a media pierna, de esos que el siglo XXI ordena lucir en verano, y mocasines azules sin calcetín. Y tú qué sabes, Alberto, igual a él le apetece ir así. Anda, Charo, por favor, cómo le van a apetecer esos pantalones: además, no le cuadran en absoluto a un sesetón como él: eso ha sido el manatí de su mujer, seguro que lo ha vestido así su mujer, me apuesto la cabeza. Fijo que el manatí llegó a su casa una tarde de rebajas con el regalito: Pepe, mira lo te he comprado: María, qué espanto, yo eso no me lo pongo: cómo que no, Pepe, si con esto vas a estar la mar de fresquito, y a la moda, todos los hombres llevan uno…, y me han salido baratísimos. Pues tú, Alberto, nunca te has puesto uno de esos. Por supuesto que no: tú sabes que siempre visto igual: y con esa filosofía, hay épocas en las que encajo con los tiempos, y épocas en las que no, pero a mí me es indiferente: con tal de ir como a mí me plazca. Tú dirás lo que quieras, Alberto, pero esos pantalones son muy apañados: si no te los compro es porque sé que se quedarán colgados de la percha. ¿Apañados?, qué cosas tienes, a mí me resultan ridículos, ya te lo dije, y sin calcetines, todavía más ridículas lucen esas pantorrillas peludas. ¿Y esos tendones de Aquiles?, ¿eh?, qué horror. Y advierte los pedazos de bolsillos que hay por debajo de la rodilla…, cualquiera deja caer algo en ellos arriesgándose a no lograr recuperarlo después. A menos, claro, que se tengan brazos de jugador de baloncesto. Porque ni agachándote llegarías al fondo: esa especie de mochila también descendería contigo. ¿Ves, Charo?, mira cómo el papá lo lleva todo en el bolsillito del pecho: atiborrado lo tiene con las gafas, la cartera, las pastillas para el colesterol, las pastillas para la hipertensión, las pastillas para la acidez...: lo que te decía, una alforja en cada pierna, pero que no sirve para nada.
Tanto el papá como la hija mayor se mostraban bastante parcos. Entreveraban alguna palabra muy de vez en vez, limitándose a la sonrisa estándar que acaba provocando agujetas en las mejillas. La conversación corría a cargo de la mamá y, sobre todo, del novio y del hijo menor. Al aparentar ambos unos veintitantos, compartían temas sobre los que cambiar impresiones.
¿Te has dado cuenta, Alberto, de que la madre solo habla del ajuar? Sí, claro, por ahí se empieza, Charo: la madre está contentísima con el novio de la niña. Y si no mencionan nada de muebles es que el noviazgo es reciente y la compra de un piso todavía les pilla de lejos: pero la mamá ya quiere agarrar al novio y no soltarlo. Bueno está hoy el mercado de novios formales... Y con la cara de mango de paraguas que tiene la chiquilla, cuanto antes la coloque, mejor, que luego se vuelve otro manatí y ya no hay quien se la endose a nadie. Pues a mí, Alberto, no me da la impresión de un novio muy formal. A mí tampoco: claro que eso, los padres, siendo de otra generación, ni se lo plantean. Para ellos que esto va en serio. No sé yo el padre, Alberto, el tío no abre la boca. Cómo va a abrir la boca, Charo, el papá, entre esos pantalones que le han puesto a la fuerza, las ganas que tiene de salir escopetado para su casa a ver fútbol en Teledeporte, y la visión permanente del novio, ahí, delante de él, comiendo a su costa y beneficiándose a su hija, muy contento no tiene que estar. Porque el padre sospechará, con buen tino, que el novio se beneficia a su hija. ¿Y tú qué sabes, Alberto? Coño, Charo, por supuesto que sí, él también tuvo treinta años y sabe lo que a uno le pide el cuerpo en época de berrea. Por eso tiene cara de mosqueado, porque encima de que el jovenzuelo se folla a su niña, ahora tiene que pagarle el almuerzo. Y eso que, para lo que han pedido, le saldrá por cuatro perras. ¿No lo has visto?, una ensalada colectiva, y de lechuga tomate y cebolla, sin alharacas tropicales ni espárragos ni zarandajas, una fuente de patatas fritas y otra de chuletas vulgares de cerdo blanco: total: cuatro perras. Ah, y una botella de tinto y otra de gaseosa para todos. No, Alberto, el novio se comió antes una trucha y se tomó una copa de Montilla. Andando, pues peor me lo fías, Charo, ahora el padre estará pensando: tú, gandul, en vez de pedirte una trucha, y beber vino de señoritos, como si fueses un ricachón, y de joder con mi hija, porque seguro que, cada vez que os presto el coche, os vais al olivar a joder de lo lindo en el asiento de atrás, pue eso, en vez de todo eso, ponte a buscar un trabajo fijo, gandul, que eres un gandul. Ja, ja, ja…, Alberto, hay que ver lo que te imaginas…, ¿y si ahora saca el novio la billetera e invita a toda la familia?, ¿eh?, ¿qué me dirías entonces? Imposible, Charo, en el rostro de resignación de ese padre de pantalones ridículos está marcado quién va a pagar.
Pero no os puedo desvelar, apreciados lectores, quién aflojó la pasta ya que mi mujer y yo reanudamos la marcha mientras ellos seguían aún de sobremesa.
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