1 sept 2010

Ensalada enriquecida

No recuerdo haberos hablado nunca de mis problemas de estómago. El episodio que hoy quiero relataros, queridos amigos, tiene que ver con ellos. Y es que padezco desde hace 15 ó 20 años de reflujo gastroesofágico (vulgo ardores). Para combatirlos he experimentado todo tipo de remedios. He probado cualquier medicamento de los muchos que se han desarrollado a fin de mitigar los efectos de esas molestias. Bueno, digo molestias por decir algo, porque en más de una noche, tumbado en la horizontalidad de mi colchón e inerme ante las profundidades del sueño, los ácidos gástricos se me han subido hasta la garganta provocándome un espasmo de glotis. Entonces pego un brinco de la cama. Nadie me estrangula, ni tampoco una cuerda alrededor de mi cuello procede al ahorcamiento. Es mi parasimpático, mi cerebro latente el que, en un acto reflejo, ha taponado la tráquea con la campanilla a fin de evitar que líquidos tan corrosivos penetren en mis pulmones. Hincho el diafragma, elevo los brazos, intento con desesperación llevar oxígeno a mi organismo, mas solo consigo, a base de angustiosos hipidos, aspirar una mínima cantidad de aire. A nadie le deseo tan terrible trance. Un trance que puede durar incluso medio minuto mientras recupero la respiración.

Comencé en los ochenta con la sal de fruta y el bicarbonato sódico. El primero me resultaba un simple placebo. El segundo empeoraba la situación con el efecto rebote. Luego se inventaron sustancias más efectivas para neutralizar la acidez, algeldratos, almagatos… Pero llegó un momento en el que tampoco me aliviaban. Una segunda generación de medicinas abordó el problema desde otros frentes. Los laboratorios sintetizaron famotidinas, ranitidinas, cisapridas… Por fin encontré pócimas efectivas. Las tomé todas. Hasta que descubrí el omeprazol. Qué revolución la del omeprazol. Aunque hayan nacido sucedáneos posteriores (lansoprazol o pantoprazol), el original sigue superando con mucho a sus imitadores. Gracias al omeprazol hago una vida casi normal. Me basta con engullir una cápsula de 20mg al día para despreocuparme de lo que como en los almuerzos, y solo andarme con cierta precaución ante las cenas. Mi dilatada experiencia como enfermo de hernia de hiato me avisa de cuándo puedo pasar una mala noche, en cuyo caso me acuesto casi sin cenar.

Eso fue lo que me ocurrió ayer. Previendo un reflujo nocturno, abrí una de esas bolsas con ensaladas que vienen listas para servir. Pero viendo en el plato aquella aburrida macedonia de lechugas, canónigos, rúculas y espinacas, qué panorama tan triste, se me antojó enriquecerla con algo de sabor. Así que migué sobre las hojas una latita de atún. Como me pareció poco, corté unos daditos de queso manchego y otros de magro de cerdo cocido. Aquello ganaba en colorido. ¿Y unas aceitunitas rellenas de anchoa? Por qué no. Anda…, si también hay abierta en el refrigerador una de acitunas negras. Pues échalas también, Alberto. ¿Qué daño te harían unas inofensivas aceitunas negras? Ninguno. Además, la combinación de olivas verdes con negras ta he quedado preciosa. Y ahora que caes, a tu ensalada le vendría muy bien un huevo duro ralladito por encima. Cuézase entonces un huevo. Y maíz dulce. Y un pimiento morrón cortado a tiras. ¿Palmitos? Cómo no…, y unas puntitas de espárragos blancos. ¿Remolacha y zanahoria? Por descontado. ¿Y esos ajos al natural que usas de vez en cuando como aperitivo? Sea. Abre el frasco y mete la cucharilla para sacar 2 ó 3 dientes. Joder, se te ha ido la mano y han caído por lo menos 15. Da igual, ¿cómo te van a sentar mal unos inofensivos ajos cuya fuerza se anuló al curarlos en aceite? Y están tan buenos… Déjalos ahí, el efecto saludable de una ensalada tan sana ha de contrarrestar cualquier aliño indigesto. Y no te olvides de la sal Maldon en abundante cantidad, un chorreón bien generoso de aceite de oliva virgen extra y otro de vinagre balsámico de Módena.

Creedme, apreciados lectores de este blog, conseguí una ensalada exquisita.

Eso sí, pasé una noche toledana. Ni omeprazol ni cinitaprida ni puñetas. Sobreviví hasta el amanecer gracias a 4 sobres de Almax y a intentar dormir con 3 almohadones a la espalda.

Hacedme caso. No enriquezcáis ensaladas así como así. Sobre todo, cuidado con los ajos. Porque seguro que fueron los ajos. No le echéis 15 dientes. Conformaos con 12 ó 13.

5 jul 2010

Rafael Nadal, Campeón de Wimbledon

Ayer, nada más finalizar el partido Berdich-Nadal, mi familia y yo, provistos de 4 banderas españolas, dos con escudo constitucional, las restantes mostrando la silueta arrogante del toro de Osborne, nos lanzamos a la calle entusiasmados. Por fortuna, guardo en mi casa parte del instrumental de Takiraris, el grupo de música andina al que pertenezco desde su fundación. Así que, a falta de cornetas de plástico, me llevé un erke boliviano. Con tal aerófono también se propinan estridentes bocinazos. Mi mujer cogió el bombo legüero. Mis hijas, sendas carracas como las que se utilizan para marcar el ritmo en las morenadas de los carnavales de Oruro.

Pero…, Alberto, si no hay nadie celebrándolo: solo nosotros. Eso será, Charo, porque hemos salido de los primeros. Todavía habrá mucha gente esperando a que acabe la ceremonia. Hay quien disfruta viendo cómo el duque de Kent saluda a los recogepelotas y les gusta escuchar los discursos y eso… Seguro que, conforme nos acerquemos a la fuente de La Cibeles, nos iremos encontrando a una muchedumbre de festejantes.

Mas esa tarde de un domingo de julio mostraba el habitual aspecto que tienen las calles en las tardes de los domingos de julio: desérticas. Por un momento pensé que me equivocaba, que a esas horas todo quisque estaría en la piscina o en la siesta o, si acaso, refrescándose con el aire acondicionado de los grandes almacenes en rebajas. Las masas, contradiciendo mis predicciones, no aparecían por ninguna parte. Más aún, si nos adelantaba un coche, alguno de sus ocupantes sacaba medio cuerpo por la ventanilla para gritarnos una ocurrencia.

¿Pero qué hacéis? Si la roja ya eliminó ayer a Paraguay. Menuda panda de despistados.

No daba crédito a la situación. Porque acababa de producirse un evento deportivo de primera magnitud: el rey de la tierra batida conseguía alzarse por segunda vez con el triunfo nada menos que en la catedral de las pistas de hierba. El mayorquín, a quien el Estado no le sufraga ni un céntimo ni lo incentiva con primas ni le paga los viajes ni los hoteles ni los entrenadores ni los preparadores físicos, aumentaba su liderazgo en el ranking de modo que este no peligrará durante mucho tiempo. Otros compatriotas nuestros han ganado en Wimbledon. Sí. Y también han ocupado el número uno. Pero siempre de modo efímero. Por el contrario, hay Rafa para rato. Este Rafael Nadal, aunque solo represente a su país en la Davis, encarna el mascarón de proa del tenis nacional llevando a cualquier rincón del mundo el nombre de España. Aparte de excelente tenista, de esos pocos poquísimos que pasarán a la historia junto a los Borg, a los Sampras, a los McEnroe, a los Lendl, a los Agasi o a los Federer, Nadal se comporta con una enorme deportividad sobre las pistas y derrocha generosidad con sus rivales.

Y ya me disponía a regresar decepcionado a mi casa, cuando al entrar en la Gran Vía comenzaron a unírsenos grupos de fanáticos. A la altura de Fuencarral calculé que seríamos unos 700 ó 900. Al final de la gran avenida nos aguardaban decenas de miles de hinchas del tenis. En verdad que resultó muy apasionada la celebración. En medio de un estrépito de trompetas, silbatos y percusiones, se corearon los eslóganes de rigor.

VA-MOS, RAFA, VA-MOS, RAFA… I-LLA, I-LLA, ILLA…, RA-FA MA-RA-VI-LLA… I-LLA, I-LLA, ILLA…, RA-FA MA-RA-VI-LLA… QUÉ TEN-DRÁN, ESAS BOTE-LLITAS. QUÉ TEN-DRÁN, ESAS BOTE-LLITAS… SA-CAEL CAL-ZON-CILLO, BO-TA LA PE-LO-TA, Y TI-RA UN BUEN SER-VI-CIO. SA-CAEL CAL-ZON-CILLO, BO-TA LA PE-LO-TA, Y TI-RA UN BUEN SER-VI-CIO…

Las jóvenes llevaban felpas y muñequeras rojigualdas. Los muchachos se metieron en la fuente para lanzarnos agua con sus raquetas mojadas. La intensidad de los aplausos llegó a tal punto que se rompieron muchas de las esferas de los relojes de muñeca. Qué emocionante. Creedme, queridos lectores, si os digo que la alegría y el arrebato se instalaron unánimamente entre los centenares de miles de congregados.

Además, a la noche, la sección de deportes de los informativos se abrió con el evento tenístico al que me refiero. Esta vez no hubo que esperar a que los periodistas desglosaran hasta la más pequeña novedad sobre el fútbol. No hubo que esperar a que nos informasen acerca de la evolución de la lesión de rodilla del tío que plancha los banderines del córner del estadio de Los Pajaritos.

Qué alivio, ¿verdad?