24 mar. 2009

Menudo pijama



Acabo de pasear por http://www.marveldirectory.com/, una página en la que están fichados cada uno de los superhéroes de Selecciones Marvel: Spider-Man, la Antorcha Humana, la Patrulla X, Thor o Estela Plateada. En mi juventud fui asiduo comprador de aquellos cuadernillos. Aún hoy releo los que conservo. Y cuando vi en la web la imagen de Electro, que incluyo en esta entrada, no pude evitar acordarme de sendos pijamas parecidos que nos regaló mi madre en una Navidad a mi hermano y a mí.
Son muy cómodos, Alberto, y como estaban en oferta dos por uno, ahí tengo otro para tu hermano.
De su comodidad no me atrevo a emitir un juicio. Ahora bien, aquellas prendas gozaban de inauditas propiedades físicas. Las más espectaculares se referían al electromagnetismo. Cuando caminaba a oscuras por el pasillo de mi piso, chas..., chaschás, saltaban chispazos de un pernil del pantalón al otro. Chas. Y los chasquidos que provocaba aquella minitormenta, chaschás, chas..., se escuchaban con cierta potencia, como las crepitaciones de una radio mal sintonizada. Reconozco que nunca me acostumbré a avanzar por el corredor iluminado por esporádicos fogonazos de electricidad. A veces hasta temía electrocutarme al ir enfundado en un condensador de quién sabe cuántos faradios. Porque las centellas alcanzaban varios centímetros. Creedme, amigos. Qué bravías. Ni las producidas por un carrete de Rumford. Para provocar tamañas descargas, la diferencia de potencial entre ambas perneras habría de medirse en miles de voltios. Y a mi hermano le sucedía igual. Él hasta pensó en coserle a cada dobladillo un juego de cadenitas metálicas, con el otro extremo arrastrando por el suelo, a modo de toma de tierra. También se nos ocurrió donar aquellas vestimentas de cama al Museo del Laboratorio Magnético de Faraday. Allí las expondrían junto a los aparatos más asombrosos.

Ah, y otro interesante fenómeno, este dentro del campo de la mecánica, acontecía al sentarse. Y se originaba en la propia fibra del tejido, y no en la tapicería del sofá, pues en aquella época el mío estuvo forrado en cuero, y el de mi hermano, en pana.

Qué curioso que la superficie interior de la camisa, la que contactaba con la piel, tuviera un coeficiente de rozamiento nulo, mientras que fuese infinito el de la exterior. Porque la tela se pegaba al respaldo con el ímpetu de un centenar de ventosas. Ni el velcro, vamos. Sin embargo, por dentro no ofrecía la menor adherencia a la carne humana. Así, poco a poco, por gravedad, uno se escurría hacia abajo, deslizándose por las entrañas del ropaje, viendo cómo el cuello de la vestidura se iba quedando arriba conforme la cabeza descendía, con lentitud, hasta el nivel del segundo botón, introduciéndose por completo. Os juro, queridos lectores del blog, que pasó por mi mente instalarme en el diván un cinturón de seguridad de coche a fin de no resbalar por las profundidades del pijama.

Menudo pijama.

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