30 ene. 2007

Alberto Castellón ganador del Premio Felipe Trigo de Novela

Cuando una fotografía se rompe en mil pedazos no todo está perdido. Su realidad dividida puede recomponerse y hasta recobrar vida. La literatura tiene todos los trucos que sus ilusionistas quieran y Alberto Castellón (Málaga, 1956) conoce algunos. Su mujer destrozó una foto carnet porque no se encontraba favorecida, sin saber que a su marido le serviría de inspiración para construir Regina Angelorum, la novela ganadora del XXVI Premio Felipe Trigo de Villanueva de la Serena (Badajoz) dotado con 20.000 euros.
El libro de relatos El álbum de las fotos destrozadas fue el germen de esta novela de 220 páginas (la segunda de su autor) que publicará la editorial Algaida y que tiene a la pequeña Cancú como responsable del remedo de realismo mágico que preside la narración. Su nombre responde al mote que la madre de Castellón se asignó de pequeña como jefa de la pandilla. Un guiño de veracidad que le ha servido a su autor para recrear los enigmáticos recuerdos de dos muchachas de la posguerra, que trabajan como camareras en la Hostería del Castillo de Gibralfaro y que temen la reaparición de esta Regina Angelorum, reina de los ángeles con maneras de demonio. El título remite también a un pasado real, la visita evangelizadora de los jesuitas vascos a Málaga. Concebida originalmente como novela corta, con ella participó su autor en varios certámenes literarios, quedando finalista en seis, entre ellos el XXXV Premio Ateneo de Sevilla de Novela. Cuando Castellón tenía escritas 160 páginas decidió “hacer un esfuerzo” y convertirla en novela larga. Finalmente, el pasado 15 de diciembre en una velada literaria a la que asistió el presidente de la Junta de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, el jurado presidido por Lucía Etxebarría eligió su novela entre ocho finalistas, de las 36 que concurrieron al certamen. Castellón es consciente de la extrañeza que despierta entre los desconocidos el hecho de que un matemático dedique su tiempo libre a la ficción literaria, un contrasentido tan sólo aparente. “Los matemáticos sabemos que esta ciencia es un arte, y nos esforzamos en hacer teoremas bellos”, advierte el escritor. Para reforzar su teoría, recuerda cómo los nombres de Lewis Carroll o Saint-Exupery remiten directamente a obras maestras como Alicia en el País de las Maravillas y El Principito “pero mucha gente olvida que también eran matemáticos”, puntualiza el autor.
Devoto de la escritura de Julio Cortázar y Juan Carlos Onetti, “el rey de la coma” señala, este docente malagueño reconoce servirse de su deformación profesional para novelar. “Estructuro las historias escribiendo muchos números, cálculos que después no se ven”, describe. Entre dígitos y letras, Alberto Castellón parece haber encontrado su punto cardinal.

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