12 abr 2009

La sombra

Hubo una especie de pacto de silencio entre quienes vimos la sombra, pues ninguno deseábamos que se nos tomara por trolosos o, peor aún, por fanáticos a quienes el fervor religioso les nubla la razón. Porque ya hay en este país una nómina demasiado larga de chiflados a quienes se les ha aparecido la Virgen en un olivar, o se han cruzado por el monte con un Jesucristo con la cruz a cuestas. Y eso que nadie manifestó que la sombra se tratara de la Virgen, de Jesucristo o de cualquiera de los santos. No. Además, tampoco prentendíamos iniciar una leyenda, una más de las que proliferan en Semana Santa. A saber cómo la transformaría el boca a boca. Cada uno de nosotros elaboró para sí mismo su propia explicación sobre la sombra o se contuvo en exteriorizar su desconcierto. Por eso, queridos lectores de este blog, me limitaré a narrar los hechos conforme acontecieron, con la máxima fidelidad a mis recuerdos. Interpretad vosotros lo que estiméis real, lógico o verosímil.

Sabed, estimados amigos, que todos los años saco el trono de cierto Crucificado del que no proporcionaré más detalles. Entendedme si los omito, por favor. Las razones las expuse arriba. Ah, y aclaro, para los que no conozcáis la jerga cofrade de mi ciudad, que sacar un trono significa llevar sobre el hombro el paso en el que se procesiona a la imagen. Pues bien, admito que fui yo el primero en apreciar algo extraño. A la hora y media de comenzar el cortejo, una simple mancha negra irrumpió por el rabillo del ojo. Cuando dirigí la vista hacia ella, solo vi un balcón iluminado por el sol del atardecer. Creí que se trataba de una de mis moscas volantes, esas aglomeraciones gelatinosas del humor vítreo con las que aprendí hace años a convivir. El oculista me tranquilizó en su momento, me dijo que les pusiera nombre y me olvidase de ellas. Y desde entonces bailan en mi campo de visión al compás del movimiento de mis órbitas.

Pero en este día que relato, conforme avanzaba el crepúsculo, se repitió el fenómeno en varias ocasiones. En unas, al nivel de un segundo piso. En otras, el borrón ensombrecía una señal de tráfico o la base de un semáforo. Pero aumentado sin cesar la frecuencia de sus apariciones y creciendo en tamaño aparente. Luego supe que algunos de mi compañeros de varal también se habían percatado de esa evolución.

Ya al anochecer, la sombra se quedó a la derecha del trono, avanzaba con nosotros, por detrás del público, amoldándose a las fachadas de las casas, irrumpiendo en los portales, traspasando las lunas de los escaparates y las ventanas de los bajos. Si mecíamos el paso sobre el sitio, al compás de la banda, la sombra también se detenía. Permanecía ahí, impasible, cuadriculada tras una reja o plegada en el doblez de una esquina. En el grupo de 8 ó 10 hombres comenzaron a formularse comentarios.

¿No le notáis una especie de testa? Sí, yo se la noto, y cuando la pared es plana, se me figura que hasta tiene brazos. ¿Y qué luz la producirá?, Porque estos hachones de cera del frontal del cajillo no pueden crear una sombra tan alta. Qué va, imposible. Y si se tratara de las farolas, la sombra no se movería con nosotros.

Normal que la gente no la vislumbara. Ellos, de cara a la procesión, miraban hacia el crucificado, y no a sus espaldas. Solo quienes portábamos la imagen nos dimos cuenta de que la sombra insistía en acompañarnos. Durante nuestro recorrido por el interior de la Catedral, la sombra se agingantó con desmesura. Creció hasta alcanzar el cielo de las bóvedas. Con tamaña superficie oscureciendo las columnas pudimos comprobar que, en efecto, se trataba de una silueta humana. Titánica, eso sí, mas la propia de un varón vestido con una túnica semejante a la de nuestro atuendo de portadores.

De nuevo en la calle, la sombra se contrajo a una altura normal. Advertimos que intentaba acercarse al trono porque las tinieblas de su contorno ya no se deslizaban por los muros, sino que se ondulaban como un magma negruzco sobre las cabezas de los presenciaban el cortejo. Y así continuó todo el tiempo, a dos metros, a cuatro, a solo uno... Y estábamos a punto de acabar la procesión, en la maniobra de rotar el trono sobre sí mismo y enfilarlo hacia la puerta, cuando el foco de una cámara de televisión apostado en un tercer piso proyectó una segunda sombra, la del Crucificado que llevábamos a hombros. Las dos sombras quedaron muy próximas, flotando como fantasmas en la nube de incienso de los turiferarios. Giraban a nuestro mismo ritmo, pasito a pasito, nota a nota de la partitura, batida a batida del tambor... Uno de los apéndices de la primera sombra, el que semejaba su brazo derecho, se alargó unos centímetros. Lo suficiente como para palpar el travesaño de la cruz. Algunos lo interpretamos como producto de la perspectiva, que cambiaba de ángulo al movernos en el viraje. Otros aventuraron algunas hipótesis que no reproduciré aquí. El caso es que, en ese instante, justo con el contacto, la sombra desapareció.

Como os dije antes, queridos amigos, yo sé exactamente lo que vi, y tal cual lo vi os lo he relatado. Ni he añadido nada de mi cosecha, ni pretendo formular la menor explicacion. Que cada cual piense lo que estime oportuno.

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