15 abr. 2009

Patada en el culo a Espido Freire

Este martes comenzó en el Instituto Municipal del Libro un ciclo sobre vampirismo y literatura tituklado La fuerza de la sangre. La verdad es que la imaginación de Alfredo Taján para buscar temas atractivos no deja de asombrarme. Por supuesto que me acerqué. Aquellos actos suelen comenzar con bastante retraso. Mas como practico una puntualidad nada acorde con la ciudad en la que vivo, llegué a la hora exacta: las ocho de la tarde. De ahí que, al irrumpir el primero en la sala, pudiera escoger la localidad más oportuna. La primera fila estaba reservada. Me decidí entonces por la segunda, por una silla casi enfrentada a la mesa de oradores y con buenas vistas a la pantalla de proyección.

Os cuento estos detalles acerca de mi ubicación, estimados lectores de este blog, porque resultará crucial en el desenlace del episodio que quiero relataros. A eso de las y veinte entraron Alfredo Taján, Luis Alberto de Cuenca, Espido Freire y los tres coordinadores del ciclo, Ana Rossetti, Noni Benegas y Óscar Martín. Taján, aparte de su función como Director del IML, ejerció de acomodador indicándole a De Cuenca y Espido los lugares donde sentarse. Oh, casualidad sublime, la afamada escritora cayó justo delante de mí. Reconozco lo apropiado de su atuendo, un vestido oscuro de mangas acampanadas y justa minifalda por la que asomaban dos espléndidas piernas enfundadas en medias de malla. Una vampiresa, vamos.

El acto comenzó tras los habituales posados para la prensa. No os daré aquí detalles, queridos amigos, pues para ello están las crónicas que habrán de aparecer entre hoy y mañana en los periódicos. Sí que añadiré que estuvo muy bien planteado: el audiovisual, la oscuridad, las intervenciones en directo de las poetisas como voces en off, la atmósfera tenebrosa, el ingenio de Alfredo Taján, la erudición y el desparpajo de Luis Alberto de Cuenca... Y la charla sin papeles de Freire que mostró una enorme facilidad para la expresión verbal. Ha sido la primera vez que he visto a alguien llevar las líneas de su exposición anotadas en un discreto PAD.

El caso es que los asientos de madera del Salón de Actos del IML son bastante incómodos. Mis ochenta y tantos quilos y las casi dos horas de duración del evento me impelían a cambiar con frecuencia de postura. Piernas extendidas. Piernas cruzadas. Apoyo sobre el lado izquierdo. Ora sobre el derecho. Retrepado en el respaldar. Inclinado hacia adelante... Y en una de esas evoluciones, creo que fue descruzando el pie derecho, propiné una patadita al trasero de Espido. Al principio pensé que mi zapato había rozado una pata de la silla, pero el ligero bote que dio la escritora me confirmó que el puntapié atinó en sus sugerentes nalgas. De hecho, ella amagó volver la cabeza, aunque no llegó a girarla ni cuarenta y cinco grados. Regresó de inmediato a su postura de escriba egipcio sin responder a mi inconsciente agresión. Quizá cayó en la cuenta de que romper el ambiente tétrico que se había establecido con una salva de improperios garroteros o sacudiéndome un indignado bofetón destruiría de golpe su áurea de sacerdotisa del Olimpo Literario. Aquello me salvó, gracias a Dios, de la vergüenza y el oprobio públicos. Pongo a todos los dioses por testigos de que mi coz no fue ni mucho menos intencionada. Un accidente, os lo aseguro.

Así, pido aquí disculpas, no solo a tan insigne figura de las letras, sino a cualquiera de sus fanáticos seguidores que se haya sentido ofendido por mi imperdonable afrenta física. Por otro lado, sirva mi acción para disfrute y regodeo de quienes se hallan en el extremo opuesto, es decir, de quienes opinen de Espido Freire que es una empollona, cursi e inaguantable y producto de los técnicos de la mercadotecnia. No puedo incluirme en ninguna de las dos banderías pues, si me decanto por la primera, podría achacárseme corporativismo al colmar de elogios a una compañera de editorial (ambos hemos publicado sendos libros con Algaida), y si la critico, se me tildaría de envidioso o resentido o fatuo presuntuoso. Comprenderéis, estimados seguidores de este blog, que no me pronuncie sobre el particular.

Lo entendéis, ¿verdad?

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