En relación a los últimos crímenes etarras, he recordado que hace dos veranos escribí un artículo que remití a la prensa local. En contra de lo acostumbrado, no lo publicaron. Entonces no supe si fue decisión del Redactor Jefe, pues en aquella época tal vez lo considerase inoportuno por haberse iniciado un proceso de negociación, o simplemente porque mi correo se perdió en la procelosa autopista de la Red.
He buscado aquel texto en mis archivos para colgarlo de este blog. Ahí va:
Anteayer, mientras hacía tiempo para uno de los conciertos del ciclo de música antigua que se interpretan en la Iglesia de San Agustín, reconocí desde calle Granada la carpa que la Guardia Civil ha montado en la plaza de la Constitución bajo el lema frente al terrorismo. Por la libertad y por las víctimas. Por supuesto que me animé a entrar pues me había llamado la atención el reportaje que se publicó hace poco sobre ella. Sobre todo, la reproducción del zulo en el que mantuvieron secuestrado a Ortega Lara durante 532 días. Sin embargo, no fue la visión de aquel agujero lo que más me impresionó. Ni el traje destrozado de un artificiero ni las imágenes de los funerales ni las manifestaciones ciudadanas ni los gráficos estadísticos sobre tan truculenta actividad criminal. Todo ello, aun hiriendo la sensibilidad del público, no me impactó tanto como el paisaje con el uno se encuentra justo después de la sala de proyecciones. Tras haber rememorado en una breve, pero dramática, filmación las terribles escenas que se sucedieron un instante después del atentado de la Casa Cuartel de Zaragoza, se traspasa una cortina negra hacia el siguiente espacio expositivo. Allí, en el panel de la izquierda, se escriben a tres columnas los nombres de los paisanos fallecidos a causa de atentados contra la Guardia Civil, mientras que enfrentre del espectador, dispuestas en un mosaico gigantesco, se ordenan los rostros de los 236 guardias civiles asesinados por bandas terroristas. Entonces tuve que detenerme. No me pareció correcto continuar y dejar allí, inexistentes, irreales, a aquellos nombres y aquellos rostros. Leí uno por uno cada nombre. Miré uno a uno a cada rostro. Porque el nombre o el rostro de un muerto ya no es nada ni existe ni es real si no hay un lector que lo lea o un visitante que lo contemple. Es lo menos que se podía hacer por ellos: una vez que ya no viven ni existen ni son reales: leer sus nombres, mirar sus rostros… Nunca estuve en esos cementerios de guerra de los que se nutren los documentales, esos camposantos de tumbas trazadas con regla y compás sobre el que crece una parrilla de cruces, todas iguales, facsímil cada una de la siguiente, y que dibujan teselas de un puzzle macabro sobre la geometría del terror, pero la impresión debe ser comparable a la experimenté en la plaza de la Constitución. En ambos casos se trata de un homenaje o un recuerdo a quienes fueron unificados por la causa de su muerte, una sinrazón, una iniquidad, y quedaron distribuidos para siempre en pautas simétricas, cristalizadas, como una pieza arqueológica de la historia de la infamia. Además, estas caras lo miran a uno allá donde se ponga, bien a la izquierda, bien a la derecha, más cerca, más lejos... En su día fijarían la vista en el objetivo del fotógrafo, supongo que para el carné o el expediente. Todos con el mismo semblante oficial. Todos con idéntica asepsia del deber. Quién sabe con qué proyectos en sus mentes o con qué ilusiones para sus vidas. Unas instantáneas se adivinan más antiguas. Las delata el sepia del positivo o el peinado o un bigote pasado de moda. Otras, las más contemporáneas, se nutren del color o de la juventud. Pero una vez retratados, nos contemplan a nosotros los vivos desde su mundo bidimensional. Ahora sí que tienen cara de muertos, ahora, que sabemos que están muertos. ¿Acaso se vislumbra una pregunta en la cara de cada uno de esos muertos? ¿Acaso intuían que había que poner cara de muerto delante de aquella cámara que los retrató? Y todos juntos, mirándolo a uno como uno los mira a ellos, conmueven, emocionan, imponen… Da igual que se trate de doscientos o de trescientos o de quinientos o de cien. Están ahí. Y hasta que no se les ve a todos juntos no se adquiere la idea de la tragedia y de la estupidez humana. En estos tiempos en que la actualidad se alimenta de negociaciones y de pactos y de mesas y de compromisos y de desarmes, no quiero sugerir nada en ningún sentido, aunque tenga mi propia opinión sobre ello, porque no viene al caso. No. Es otra cosa la que quiero decir.
Y es que ellos están ahí, fotografiados, colgados de un panel de la carpa de la plaza de la Constitución. Y un puñado de nombres se escriben junto a la fecha de un asesinato. Vayan a verlos. Es lo mínimo que se puede hacer por ellos. Lean sus nombres. Miren sus rostros.
31 jul 2009
Lean sus nombres, miren sus rostros
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Noticias
28 jul 2009
Teléfonos
¿Os acordáis, apreciados amigos, de que hubo una época en que vivíamos sin teléfonos móviles? Parece mentira, pero es así. En aquellos tiempos pretéritos acontecían hechos insólitos que hoy cuesta trabajo imaginar. Las citas, por ejemplo, se concertaban con precisión dando sus coordenadas espacio-temporales. Caía dentro de la responsabilidad de cada cual atenerse a las instrucciones establecidas con antelación: a tal hora, en tal sitio. De lo contrario, el encuentro no llegaba a producirse. Si alguien se equivocaba de lugar o llegaba con demasiado retraso y no lo habían esperado, debía apechugar con el fracaso. Existían entonces, ancladas a las aceras, unas casetas de puertas acristaladas pensadas para tales menesteres. Os recuerdo que dentro de estas garitas cavernícolas se instalaban unos artefactos antediluvianos pensados para la comunicación. Sin embargo, rara vez le sacaban a uno del apuro pues, ora el auricular estaba arrancado, ora se tragaba las pesetas sin que se oyera la señal de línea, ora su uso quedaba inutilizado por cualquier otra manifestación de sano vandalismo. Sin embargo, hoy no hace falta el menor atisbo de precisión ni compromiso.
Son las y cuarto y aún no ha aparecido Laura. ¿La llamo? Sí, llámala, a ver por dónde anda. ¿Laura? Sí, Pepe, se me ha hecho tarde, ya lo sé. Pero, ¿ vas a tardar mucho más o elegimos un sitio para cenar y te llamamos después? No, no hace falta, Pepe, estoy casi al final de calle Larios. Ah, sí, ya te vemos: cuelgo.
Pero esto es solo el principio. Al teléfono móvil todavía le queda mucho trabajo.
Hola, perdonadme por el retraso, ¿sabéis ya dónde vamos a cenar? ¿Qué os parece si nos acercamos a Miguelito el Cariñoso? Ah, muy bien, allí asan unos estupendos espetos de sardinas. De acuerdo, pues nos vamos en dos coches. ¿Y si no hay sitio en Miguelito?, porque se ha puesto de moda… Pues nos metemos en cualquier otro merendero de los alrededores. Vale, tira tú primero, que te sigo.
Basta para el encuentro enunciar vaguedades como las del párrafo anterior. Ya se irán perfilando detalles conforme avance el reloj.
Pepe, no te vemos por el retrovisor, ¿acaso te has quedado atrás en el último semáforo? Sí, Laura, se me ha colado delante un pella que se me paró en el amarillo: vaya pelmazo, daba tiempo a que pasáramos los dos: pero ya salgo. Bueno, Pepe, no importa, nosotros vamos despacito, ¿nos veis? Sí, sí…, ya os vemos tres coches más adelante. Ah, y nosotros también os distinguimos detrás, entonces…, seguimos pues: a partir de los Baños del Carmen, os dejamos el primer aparacamiento libre, ¿vale?, nosotros buscaremos otro. De acuerdo, Laura, hasta ahora.
El protocolo de citas prosigue. Lo más probable es que hagan falta unas cuantas llamadas más.
¿Habéis aparcado ya? Ahora mismo, Pepe, nos ha costado trabajito, pero hemos encontrado un hueco en el lateral del arroyo Jaboneros. Ah, bueno, lo malo, Laura, es que no había mesa libre en Miguelito el Cariñoso, nos hemos sentado dos chiringuitos más allá. ¿En cuál, Pepe? En uno que no tiene nombre o, por lo menos, no lo leo desde aquí, pero no hay pérdida, ¿ves el astillero, Laura? Sí, si estamos al lado. Pues acércaos hacia él, que nosotros estamos en una de las dos terrazas, estamos haciéndoos señas. Ah, sí, ya vemos vuestros ocho brazos levantados…
Y todo arreglado.
Dios mío, ¿cómo puñetas funcionaba el mundo en la remota época en que no había móviles?
Son las y cuarto y aún no ha aparecido Laura. ¿La llamo? Sí, llámala, a ver por dónde anda. ¿Laura? Sí, Pepe, se me ha hecho tarde, ya lo sé. Pero, ¿ vas a tardar mucho más o elegimos un sitio para cenar y te llamamos después? No, no hace falta, Pepe, estoy casi al final de calle Larios. Ah, sí, ya te vemos: cuelgo.
Pero esto es solo el principio. Al teléfono móvil todavía le queda mucho trabajo.
Hola, perdonadme por el retraso, ¿sabéis ya dónde vamos a cenar? ¿Qué os parece si nos acercamos a Miguelito el Cariñoso? Ah, muy bien, allí asan unos estupendos espetos de sardinas. De acuerdo, pues nos vamos en dos coches. ¿Y si no hay sitio en Miguelito?, porque se ha puesto de moda… Pues nos metemos en cualquier otro merendero de los alrededores. Vale, tira tú primero, que te sigo.
Basta para el encuentro enunciar vaguedades como las del párrafo anterior. Ya se irán perfilando detalles conforme avance el reloj.
Pepe, no te vemos por el retrovisor, ¿acaso te has quedado atrás en el último semáforo? Sí, Laura, se me ha colado delante un pella que se me paró en el amarillo: vaya pelmazo, daba tiempo a que pasáramos los dos: pero ya salgo. Bueno, Pepe, no importa, nosotros vamos despacito, ¿nos veis? Sí, sí…, ya os vemos tres coches más adelante. Ah, y nosotros también os distinguimos detrás, entonces…, seguimos pues: a partir de los Baños del Carmen, os dejamos el primer aparacamiento libre, ¿vale?, nosotros buscaremos otro. De acuerdo, Laura, hasta ahora.
El protocolo de citas prosigue. Lo más probable es que hagan falta unas cuantas llamadas más.
¿Habéis aparcado ya? Ahora mismo, Pepe, nos ha costado trabajito, pero hemos encontrado un hueco en el lateral del arroyo Jaboneros. Ah, bueno, lo malo, Laura, es que no había mesa libre en Miguelito el Cariñoso, nos hemos sentado dos chiringuitos más allá. ¿En cuál, Pepe? En uno que no tiene nombre o, por lo menos, no lo leo desde aquí, pero no hay pérdida, ¿ves el astillero, Laura? Sí, si estamos al lado. Pues acércaos hacia él, que nosotros estamos en una de las dos terrazas, estamos haciéndoos señas. Ah, sí, ya vemos vuestros ocho brazos levantados…
Y todo arreglado.
Dios mío, ¿cómo puñetas funcionaba el mundo en la remota época en que no había móviles?
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