23 ene. 2009

Gran hermano y el Banco

Mucha gente disfruta viendo Gran hermano. A este hecho se llega por reducción al absurdo. En efecto, si no disfrutase mucha gente con el programa, no llevaría ya 10 ediciones ni se anunciaría que en breve perpetrarán la undécima. Qué horror, madre mía... Con lo escaso que estamos de ver algo de inteligencia en la pantalla de la tele, y una cadena entera dedica su programación casi íntegra a tamaña memez, a alimentar la ya extensa nómina de cutrefamosos a partir de una piara de voluntarios. Eso sí, de los miles que se presentan, son seleccionados aquellos especímenes que pueden dar más morbo al juego, aunque luego suela ganar el más normal de entre la reata de descerebrados. Así, nada de extrañar en que más adelante concursen sacerdotes de la cienciología, musulmanes bígamos con sus dos mujeres, hermafroditas que buscan pasta para operarse o pastores que acaban de sufrir un desengaño amoroso con una de sus cabras. El circo lo admite todo. Y la Milá, mientras tanto, forrándose. Ella justifica su complicidad con el engendro arguyendo que, a cambio, exige a Telecinco que cuente con su ilustre persona para documentales de carácter sesudo y culto, documentales de investigación periodística que laven su mal parado prestigio. En fin...

Pero no es de esto exactamente, queridos seguidores de este blog, de lo que quería hablar aquí. Supongo que habrá ocasión en otra entrada para tratar acerca del morbo y el cotilleo que alimenta a la audiencia. Y es que tuve el domingo pasado un sueño inquietante. No llegó a pesadilla, pero me desperté algo sobresaltado. Veréis. Me encontraba en la sucursal de mi banco, sentado frente al Director, Eduardo, por cierto, buen amigo mío. Al parecer, en mi amago de pesadilla pretendía pedirle un crédito. Por fortuna, a día de hoy no necesito de ningún préstamo para llevar una vida normal. Sin embargo, en aquel escenario onírico esa era mi obsesión. Eduardo tecleaba en su ordenador atendiendo a un cliente por teléfono mientras yo hacía lo propio en mi portátil. Ni él ni yo podíamos ver la pantalla del otro. A través de mi navegador, también conectado a la página Web del banco, rellenaba un recuadro de diálogo en el que quería formalizar mi solicitud. Sin embargo, arrepentido, me salí de ella sin cliquear en el botón Enviar pues pensé que mejor tratar el asunto en persona con él. Y en ese momento, Eduardo se volvió hacia mí y me preguntó qué era lo que estaba escribiendo en los formularios de solicitudes del banco. Me quedé de piedra. ¿Cómo supo aquel hombre que comencé a redactar un texto, si no llegué a remitirlo? ¿Hasta qué punto la querencia a fisgonear del banco se inmiscuye en un mensaje abortado? ¿Acaso vigilan hasta las pulsaciones de mi teclado? Gracias a Dios, retorné al estado devigilia antes de enfrentarme cabreado a mi amigo el Director.

Recordad, amigos, de dónde viene el título Gran Hermano del dichoso concursito. El Gran Hermano no era sino el dictador omnipotente y omnipresente de la genial novela 1984 de George Orwell. Allí, los ciudadanos estaban permanentemente vigilados por inmensas pantallas que asistían a todos sus actos. Nada de intimidad. Libertad nula. Nula también la identidad o la personalidad. El Gran Hermano sabe todo de todos. Incluso los pensamientos. Y aquí, nosotros, riéndonos de los concursantes porque lo sabemos todo de ellos, porque no tienen la menor intimidad ni atesoran ningún secreto, cuando, si se piensa con detenimiento, los que concursamos somos nosotros. No lo sabemos ni salimos por la televisión, pero todos concursamos en un Gran Hermano sin haberlo pedido.

El banco es el Gran Hermano. Él sí que lo sabe todo de nosotros, nuestra edad, nuestro domicilio, nuestro sueldo, nuestros ingresos esporádicos por actividades extraordinarias, nuestras deudas, nuestras compras... Sabe si nos quedamos sin dinero el 25 o el 15 de cada mes, o si nos toca la lotería. Sabe por dónde nos movemos en la ciudad gracias al rastro de nuestra tarjeta por los cajeros. Sabe si frecuentamos los barrios no recomendables, si nos llegamos a los burdeles o a los restaurantes de lujo, a los casinos o a los teatros, si viajamos, si preferimos el coche al avión o al tren. Gracias a los cargos a nuestra cuenta, sabe las asociaciones a las que pagamos y, por consiguiente, nuestras creencias religiosas, nuestras aficiones, nuestras inclinaciones políticas, nuestras obras de caridad y nuestros fraudes a Hacienda. Todo todito todo. Lo sabe todo..., puñetas.

En definitiva: el banco, el puñetero banco es el auténtico Gran Hermano

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