4 ene. 2009

Gran Hermano y el mito de la sinceridad

Por fin, queridos seguidores de este blog, puedo redactar una entrada nueva. Y es que durante noviembre y diciembre he tenido que dedicar todo mi tiempo libre a terminar mi último libro pues debía estar listo antes de acabar el año. Buen augurio ha sido su inscripción en el Registro de la Propiedad Intelectual con el registro número 1 del 2009. Pero no es esto, claro, de lo que quiero hablar ahora.
Y es que la otra noche, mientras me ocupaba de las primeras revisiones del texto, retransmitían por televisión la gala de Gran Hermano. Por cierto, ¿por qué llamarán a eso una gala? De las 9 acepciones que recoge el diccionario de la RAE, solo 2 podrían venir a cuento:
* Actuación artística de carácter excepcional.
* Fiesta en la que se exige vestido especial de esta clase.
En cuanto a la primera, lo de excepcional no lo discuto. Lo de artístico sí. Y la segunda, como no se aplique al atuendo de fantoche regional de Mercedes Milá… Confieso que me resulta difícil contener los retortijones de estómago que me produce el tono sabiondo de la voz de esta presentadora. Cómo concentrarse en otra cosa que sus regañinas de timbre metálico y sus sermones que pretenden trascender de la vanalidad del programa a lo más sublime del intelecto. De hecho, en una reciente entrevista que me hicieron para un periódico propuse iniciar una cuestación para enviar a la Milá al planeta Marte.
Pues bien, con ocasión de la Navidad, se trataba de proporcionar a los concursantes una sorpresa poniéndoles en contacto con algún amigo o familiar. Allí estaba frente a la cámara una abuela que, a su edad, se animó a participar en Gran Hermano. Aunque en su caso, más apropiado sería Gran Tataranieto. De los nacidos bajo la era de los realities aún me lo explico, pero de alguien que vivió una época en la que el honor, la dignidad y el sentido del ridículo se tenían en consideración, desde luego que no. Renunció esta mujer de avanzada edad al binomio venerable anciana con que antaño se honraba a los mayores. El caso es que de sorpresa, al menos para los telespectadores, nada de nada. Rien de rien, vamos. Porque mucho antes de que esta señora oyese a su pariente al otro lado de la línea avancé con certera precisión las palabras que le iban a dirigir:
Lo estás haciendo muy bien. Sigue así. Aquí todos te apoyamos. Estás siendo tú misma. Ánimo. Resiste. Estamos contigo. Sigue así de sincera, mostrándote como tú eres. Sé tú misma. Toda España está viendo cómo eres. Estamos muy orgullosos de ti. Etcétera, etcétera, etcétera…
En definitiva, aparte de los lugares comunes de costumbre, que no asombran ni a los más fieles granhermanoadictos, salió como siempre a relucir el manido mito de la sinceridad. Porque después, cuando pillan a los participantes criticándose en corrillos o los expulsan, aún insisten en ello: Yo soy de los que dicen las cosas a la cara. Me he mostrado tal y como soy. He sido yo mismo. Nunca me callo nada, si hay que cantarle a uno las cuarenta, se las canto. Yo soy así, tal y como se ha visto. Y otra vez etcétera, etcétera, etcétera…
¿Acaso no se dan cuenta de que esa supuesta sinceridad ha sido la causa de que los boten al mundo exterior, de que por ser sinceros han caído en la descortesía y la mala educación y la falta de respeto y el enfrentamiento gratuito? ¿No advierten estas acémilas de que más vale callarse lo que uno piensa de los demás y medir con prudencia el nivel ofensivo de las frases que articulan? Porque a mí, por ejemplo, cada vez que alguien, aunque sea muy amigo, me anuncia que lo perdone de antemano porque va a ser muy sincero conmigo, se me abren las carnes. Eso significa que me va a soltar cuatro frescas o que me recriminará cierto ultraje que le inferí sin darme cuenta y del que le quedan resquemores o que me pondrá de manifiesto alguno de mis muchos defectos o que me espetará que tal de mis novelas no vale un pimiento…, vaya usted a saber qué sofocón me provoca. Por eso, antes de que comience a quebrarse nuestra amistad, lo detengo.
No, te lo agradezco, de verdad, no me seas sincero. Sé amable. Miénteme con cariño, por favor.

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