1 jun. 2008

Un viaje a Almería

Arranqué el coche con el entusiasmo de recorrer de nuevo la mítica carretera de mi niñez. Siempre me fascinaron aquellas heroicas singladuras que abordábamos, con mi padre al volante, primero en un seíllas 2 puertas, y luego en un cuatro latas negro. Mi madre acabó renunciando a esas fatigosas expediciones. Argumentaba que, justo después de dejar un pueblecito llamado Maro, la calzada comenzaba a retorcerse sobre sí misma, a despeinarse enloquecida caracolillo tras caracolillo, a atormentar a los viajeros con un firme estrecho y bacheado, el sol de frente que dispara imparable sus salvas de jaqueca, y una macabra colección de cruces y coronas fúnebres dispuestas casi por azar en las atalayas de las curvas. Sin embargo, a mí me seducía ese triste primer plano, esos rústicos cenotafios compuestos en su mayoría por dos palos atados, tal vez el rótulo del fallecido, y una corona de flores en descomposición apoyada a sus pies. A la izquierda la caprichosa geología de un monte cortado a pico. A la derecha ese mismo monte se suicida cayendo en vertical hacia la tumba azul oscuro del Mediterráneo. Delante, los quitamiedos recortan tétricas almenas sobre el telón de fondo de la muerte. Y así, un giro y otro y otro más: seis horas de viaje: cinco si había poco tráfico o el motor resistía sin calentarse. Solo dos respiros: la hoya de Motril y la recta de Adra. En este insólito desperezamiento del camino solía correr el entusiasmo por los asientos de atrás. Mis hemanos y yo nos manteníamos pendientes del velocímetro, sesenta, setenta, ochenta... Y llegado ese punto triunfal, nos pegábamos codazos de alegría por alzanzar aquellas increíbles velocidades.
Desde entonces, la comunicación por tierra Málaga-Almería ha experimentado multitud de reformas. La mayoría de sus tramos han sido suavizados, ensanchados, reasfaltados, señalizados... Otros ya han perdido su condición de carretera nacional al haberse sustituido por trechos de autovía. Mucho más cómoda y rápida, claro, pero huérfanas del atractivo original. Por eso, si encuentro a mano un desvío que conecta con la ruta vieja, no dudo en tomarlo, en detenerme en la curva más amenazante, en dejar el auto al ralentí en la cuneta, salir a encenderme un cigarrillo y asomarme a la frontera del vértigo. Aunque esto ya casi solo se puede practicar entre Calahonda y Castell de Ferro.
De ahí que partiera a las nueve y cuarto de Málaga y llegase a Almería bien pasada la una y media. En este tiempo se ma ha vuelto a pasar por la cabeza el viejo proyecto literario que algún día tendré que afrontar: Pertrechado de una mochila y unas buenas botas, recorreré a pie los 200 quilómetros de antigua vía con el fin de redactar un libro de viajes, género del que soy aficionado como lector, aunque nunca he llegado a practicar como autor. Quizá así rescate desde otro punto narrativo la lamentable página de la Historia universal de la infamia que se escribió en la carretera Málaga-Almería.
Nada más estacionar a la trasera del hotel, sonó el móvil. Era Antonio Benavente, el responsable del grupo Anaya para las tres provincias orientales de Andalucía.
Acabo de llegar, Antonio. Ah, muy bien, Alberto, cuándo te parece que nos veamos. Pues, no sé ¿en media hora? De acuerdo, Alberto, en media hora nos encontramos en el hall.
Ya en la habitación, llamo a mi prima Mariloli. Por ella me entero de que nuestra tía Margarita está en la UCI. Sabedora de que hoy presentaba mi último libro, ha querido que la trajesen a la ciudad desde la residencia para ir a la peluquería. Ese trombo que merodea por su cerebro y que no acaba de disolverse sigue haciendo de las suyas. Quedamos a la espera de lo que el médico informará a sus hijas.
Salgo del ascensor buscando con la mirada a Antonio cuando no sé cuál es su fisonomía pues hasta entonces solo hemos hablado a través del teléfono. Pero él sí que me conoce. Se levanta de un sofá del recibidor. Nos presentamos. Intercambiamos las primeras frases. Me sugiere, para almorzar, la carne mejor que el pescado. Al parecer, deduce mis preferencias a partir de lo que ha leído en este blog. Me agrada entonces que estas líneas que tecleo de vez en cuando atraigan a los lectores. Y aunque vamos a un restaurante más bien de pescado, aterrizamos contradictoriamente en la carne: cochinillo caramelizado sobre lecho de puré de patatas y salsa de frutos secos. Y si ambos esperábamos reconocer al animal que es pecado para dos religiones, tostadito y tumbado en el plato, nos sorprendemos con una especie de empanada gallega rellena de proteína desmenuzada. En definitiva, cochinillo deconstruido al más puro estilo de la nueva cocina. ¿Decepción? No tanto. El sabor compensa la añoranza de roer los huesos.
Durante la comida la conversación muda del penoso panorama educativo que contemplamos, él desde su puesto editorial, yo desde mi puesto docente, hasta los entresijos de la publicación en España.
¿Sabes cómo marcha tu libro, Alberto? No, Antonio, no tengo ni idea, nada más que lo que compruebo en las librerías de Málaga, donde se van agotando los rimeros de volúmenes de las mesas de novedades.
¿Y No te ha dicho nada Miguel Ángel sobre una reimpresión?, me pregunta. (Miguel Ángel es el editor de Algaida.)
Y es que, según me comunica, solo quedan escasos centenares de libros por distribuir. Y si se cumplen las previsiones habituales, 75% de ventas sobre la tirada, la difusión superará cualquiera de las que me imaginaba en un principio.
Me haces un rey, Antonio, no te puedes imaginar lo contento que me pones con lo que me estás diciendo.
Antonio me describe con detalle el modus operandi del grupo Anaya, cómo recurren a cada uno de sus sellos para depende de qué objetivos, cómo se procede a los distintos tipos de promoción, cómo se salta de un sello a otro... Lo dejo hablar. Aunque él no se lo cree, me interesa, todo lo que me cuenta. Y me descubre hechos que hasta entonces no pasaban de sospechas mías: la desvergüenza con que algunas editoriales compran reseñas en los suplementos culturales, o adquieren, billetes de por medio, puestos de honor en las listas de los más vendidos. Me asegura que Anaya se resiste a semejantes enjuagues.
De vuelta al hotel, me acuesto a formalizar la siesta. He quedado con Heraclia, la presentadora de esta tarde, a las siete y cuarto. Antonio y yo, ambos con chaqueta y corbata, nos encajamos en la librería Picasso con cierta tardanza. Me agrada el establecimiento. Espacioso, atractivo, funcional. María, la librera, es una mujer joven a quien atribuyo de inmediato la valentía de los que se atreven a emprender estos negocios. Heraclia llega al poco. Viene muy elegante. ¿Telepatía?, ¿Intuición?, ¿buen criterio? Porque no habíamos quedado en nada, a pesar de que en estos actos suelo ponerme de acuerdo con los que nos sentaremos en la mesa para evitar disonancias entre vestimentas informales o más serias. La sala está llena. Según María, nunca había congregado a tanta gente una presentación en la Picasso. Entre el público que espera reconozco a algunos de mis parientes, a tres queridos colegas de la Universidad de Almería y al sustituto de un buen amigo que, estando de viaje, lo ha enviado para hacerse con un ejemplar dedicado. Saludo a cada uno con sincera alegría por verlos allí, agradeciéndoles su presencia. Sabedores de mi pánico a los espacios vacíos, han querido acompañarme en la ceremonia. No obstante, también hay muchos desconocidos. Magnífico. Me satisface la escena.
Heraclia lleva unas hojas escritas. Sin embargo, el texto que lee es tan natural que parece enteramente que improvisa. Atiendo a su alocución mientras un fotógrafo y un cámara revolotean a nuestro alrededor. Lo ha hecho muy bien. En realidad no me sorprende. Esperaba algo así. Aparte de la reglamentaria sinopsis y de las impresión que "Regina angelorum" le causó, realiza una autopsia bastante precisa de mi novela, tanto del fondo como de la forma. Finaliza al estilo Castellón, con los versillos que suelen recitarse en las reuniones familiares. Más tarde le pedí que me remitiese el fichero para colgarlo de este blog. Después de mi intervención, respondo a las preguntas que formulan los asistentes. Esta siempre es la parte más agradable, pues los escritores casi no tienen otro contacto con sus lectores.
Firmados un buen número de ejemplares, aterrizamos en un bar próximo donde charlamos y tapeamos hasta las once. Allí me entrega mi prima Isabelita el anuncio que salió en el suplemento Libros de La voz de Almería. La entrevista se publicará el martes próximo. La tía Margarita está fuera de peligro, ahora se sabe que es una neumonía, pero ha quedado ingresada.
Antonio y yo nos despedimos en el pasillo que separa nuestras habitaciones. A él le ha parecido muy provechosa esta actividad de promoción. Me sugiere que repitamos algo así en Granada. Y a mí me parece muy bien. Tirando de los compañeros de uno de mis hermanos afincado allí y de mis colegas de la Facultad de Matemáticas podría asegurar 10 ó 12 asistentes, los suficientes como para que no cunda el pánico al color uniforme de los respaldos desiertos.

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